Colombia es un país colocado en la esquina noroccidental de América del Sur. Por su extensión ocupa el quinto lugar entre las naciones latinoamericanas. Sus costas se abren en una extensión de 1.600 kilómetros sobre Océano Atlántico que allí se llama Mar Caribe, y de 1.500 kilómetros sobre el Océano Pacifico. La extensión de Colombia es de 1.200.000 kilómetros cuadrados, limitando al norte con el Mar Caribe, al sur con el Ecuador, Perú y Brasil, al oriente con Brasil y Venezuela, y al occidente con el Océano Pacifico. En términos generales los límites actuales corresponden a los límites convencionales que tuvo en la época española o colonial. Cuando el territorio se llamaba "Nuevo Reino de Granada", nombre impuesto por el más noble de los conquistadores, Gonzalo Jiménez de Quesada, nacido en la región de Granada, al sur de España, y fundador de la más importante ciudad Colombiana: Santa Fe de Bogotá, en 1538.
La nación se llama Colombia desde 1886. Anteriormente se denominó Nuevo Reino de Granada, Confederación Granadina y Estados Unidos de Colombia.
Es verosímil que la población total Indígena de todo el territorio cuando llegaron los españoles, ascendiera a un millón y medio de habitantes. La flexión demográfica fue sumamente fuerte por causas que señalaremos después. En 1800 la población incorporada a la civilización occidental redondeaba el millón; en 1900 ascendía a unos cuatro millones; en 1950 era de 12 millones y en 1980 la proporción racial se conserva con bastante uniformidad: un 25% de blancos puros; un 60% de mestizos descendientes de blancos e indios; cerca de un 10% de negros y un 5% de indios de tribu escasamente esparcidos en las regiones selváticas.
1. Los antiguos habitantes y sus formas de civilización
Cuando los españoles iniciaron la conquista del actual territorio de Colombia, el grupo étnico más importante era el de los chibchas. Desde siglos atrás se había ido replegando a las altiplanicies centrales, acosados por otros pueblos belicosos. La civilización chibcha ocupaba un puesto intermedio por el grado de desarrollo, entre las civilizaciones de los aztecas (México) y de los Quechuas (Perú) y las de otras agrupaciones primitivas repartidas a lo largo de América del Sur. Estaban organizadas en grandes núcleos bajo el mando de los jefes locales, entre los que sobresalían los de la altiplanicie de Bogotá (Zipas) y de Tunja, 160 kilómetros al norte (Zaques). Eran sedentarios, agricultores, y habían desarrollado el arte de fundición (oro, cobre) y los tejidos de algodón. Su alimentación básica era el maíz.
Los chibchas fueron muy religiosos. Sus formas de culto eran astrales adorando al sol y a la luna, y ampliamente politeístas y supersticiosos: como en las demás religiones indoamericanas practicaba los sacrificios humanos y la superstición impregnaba todos los aspectos de la vida política, social y familiar. Existía una casta sacerdotal. Practicaban la poligamia. Pero castigaban el adulterio, las aberraciones sexuales, el homicidio y el hurto. Al igual que las demás tribus del continente se entregaban a frecuentes y estrepitosas borracheras.
Otros grupos étnicos de Colombia fueron los taironas al norte y los paeces al sur, de costumbres bárbaras, politeístas, polígamos y sanguinarios. Los caribes, diseminados en numerosas enclaves en todo el territorio, ofrecieron aguerrida resistencia a los españoles. Eran antropófagos y su organización social apenas obedecía los fines de la defensa y agresión contra los pueblos circundantes. Los grupos más notables fueron los panches, pijaos, muzos y quimbayas. El "Museo del Oro" de Bogotá conserva magníficas piezas trabajadas en el rico metal, de formas geométricas sencillas.
La nueva época independiente adopta la forma republicana. En el plan de Bolívar los tres Estados: Colombia, Venezuela y Ecuador debían formar una sola entidad llamada “La Gran Colombia”. Al morir Bolívar en el año 1830, este fecundo proyecto se deshizo y los tres estados regresaron más o menos a sus antiguos limites coloniales.
Para comprender en gran parte el talante psicológico y espiritual de la nueva sociedad colombiana, se ha de advertir que el país continuara durante más de un siglo con una configuración social de carácter rural. Las grandes ciudades, a fines del siglo XIX, no llegarán a los 80.000 habitantes; Bogotá, será la única en esta cifra. Las demás mantendrán el aire de grandes aldeas.
La Iglesia adquirirá su fisionomía Nacional. Entre 1830 y 1900 se crearán siete nuevas Diócesis.
Se advierte a lo largo de estos 70 años (1830-1900) como en general en toda América Latina, una paulatina descristianización, aunque restringida de las clases influyentes. Es la onda liberal retrasada del siglo de la Ilustración que marca, como reacción a la tradición española y católica de los siglos coloniales, la legislación, la educación, los gustos literarios. Todo ello en contraste con el aferramiento del pueblo llano a sus tradiciones y a su fe católica.
En los nuevos gobiernos y en la legislación, fenómeno común a los países de naturaleza indoibérica, se advierte el malestar por el innegable influjo que continúa ejerciendo la religión católica y su clero. Por ello los gobiernos luchan por mantener sometida a la Iglesia; la mejor herramienta para lograrlo es la usurpación del patronato concedido por los Papas a los Reyes españoles que los gobiernos republicanos pretenden haber heredado: el nombramiento de Obispo y de párrocos se somete al poder legislativo. Los Papas nunca reconocieron tal pretensión aunque por evitar mayores males, lo toleraron.
Si el personal directivo de la Iglesia, Obispos y sacerdotes, quedan sujetos a la discreción del gobierno civil, la religión pasa a ser su simple herramienta. La Iglesia que no se concibe como un estado dentro de otro estado, sino como una comunidad de libre adhesión, cuyos miembros son al mismo tiempo súbditos del estado, pero dentro una competencia diversa, reacciona contra la pretensión de ser tratada como instrumento de una maquinaria estatal.
Hubo también, aún antes de 1830, una fuerte presión contra las ordenes religiosas existentes: restricción de sus casas, expoliación de sus bienes, legislación sobre su forma de vida. Incluso en 1840 estalló una guerra a causa de estas medidas.
No obstante estas tensiones, en 1837 Colombia fue el primer país hispanoamericano que tuvo un representante diplomático de la Santa Sede. Poco antes, el Papa Gregorio XVI había reconocido la independencia de Colombia. Curiosamente en 1844 el gobierno llamó a los Jesuitas desterrados por el Rey de España en 1767.
Los Obispos de la era republicana empezaron a preocuparse seriamente por la fundación de seminarios para una adecuada formación de los sacerdotes.
El país de innegable mayoría católica estaba ya cansado del régimen de persecución. La Constitución de 1863, inadecuada aún en muchos aspectos no religiosos, había sido fuente de numerosas disensiones, desavenencias políticas y de frágil estabilidad. Fue así como en 1886 el presidente Rafael Nuñez la declaró abolida.
Con mucho realismo se redactó una nueva Constitución de carácter centralista que estuvo en vigor, casi en todas sus cláusulas, durante poco más de un siglo. Trajo la paz religiosa. En 1887 se firmó un Concordato entre el gobierno colombiano y el Papa León XIII. Tal Concordato reformado de común acuerdo en 1974, fue ampliamente favorable al sentimiento y a la realidad de Colombia. Sintetizaremos los aspectos más sobresalientes del nuevo florecimiento de la Iglesia.
Este ultimo siglo las Diócesis han pasado de 11 a 44. Ya desde 1908 los Obispos se habían organizado en Conferencia Episcopal para reunirse periódicamente a tratar los problemas de su competencia. Desde 1953 se reúnen cada año y ha sido ejemplar el realismo y valentía con que se han abordado no pocos problemas.
Desde los años cincuenta, el interés de las reuniones Episcopales y sus directivas se ha ido orientando a los problemas del sindicalismo, de los medios de comunicación, de la modernización de los métodos de trabajo apostólico, del cambio social y de los tremendos interrogantes planteados por la injusticia de las estructuras.
Los años que van de 1886 a 1930 sirvieron para recuperarse y consolidarse. Vinieron a Colombia numerosas congregaciones religiosas, la mayor parte expertos en educación y beneficencia. Por ello, hacia 1950, la Iglesia podría mostrar una obra colosal de hospitales, escuelas, normales, orfanatorios, centros de asistencia, creados o dirigidos por ella. La creación del sistema de escuelas radiofónicas iniciativa del clero y del Episcopado católico, iniciada modestamente en 1947, educaba en formas múltiples a más de un millón de campesinos en 1960.
La mayor parte de los 5.500 sacerdotes y de las 20.000 religiosas existentes hacia 1965 era oriunda de Colombia. La Iglesia colombiana ha podido así enviar ayuda de personas a las vecinas repúblicas y a las Iglesias hermanas de Zaire, Formosa y el Japón. En el interior florecen quince territorios misionales entre tribus autóctonas.
Fuerzas hostiles a la Iglesia desatan campañas periódicas contra la obra misional, ignorando que en esos lejanos y difíciles territorios los misioneros han construido 50 hospitales, 600 escuelas, 2.000 kilómetros de caminos y carreteras. Tampoco debe desconocerse que en muchas regiones de Colombia se conserva la unidad y estabilidad de la familia merced a la tesonera lucha del catolicismo.
La visita hecha a nuestro país por S.S. Pablo VI en agosto de 1968 con ocasión del XXXIX Congreso Eucarístico Internacional, y la nueva realizada por S.S. Juan Pablo II en julio de 1986 para la celebración del IV centenario de la renovación del cuadro de nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, marcaron nuevos derroteros a la Iglesia colombiana. La primera en la línea de una aplicación del Concilio Vaticano II con la inauguración del la segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se celebraría en Medellín y la de Juan Pablo II, iluminando realidades y desafíos que estábamos viviendo.
La delicada atención del Santo Padre con nuestro país nos ha regalado la creación de un nuevo Arzobispo en Santa Fe de Antioquia y de las siguientes Diócesis: Obispado u Ordinariato Castrense, Málaga - Soatá, Girardota, Caldas, Apartadó, Líbano - Honda, Riohacha, Itsmina-Tado y Quibdó.
La quiebra de la Caja Vocacional (CAVINTER), mostró la responsabilidad y nobleza del Episcopado, al asumir, aún con la venta de su sede y con generosos aportes diocesanos, de religiosas y personales, el pago hasta del último centavo de los depósitos recibidos, dejando sin piso la maledicencia y ataques de quienes se sirven del más mínimo error para denigrar y tratar de enlodar a la Iglesia.
Este ha sido un período difícil en nuestra patria: La corrupción institucional, el narcotráfico y la guerrilla han generado una violencia inusitada en donde la Iglesia ha ofrecido con su compromiso y voz profética, un espacio de credibilidad ante los graves problemas y la desconfianza e inseguridad del pueblo. Con la vida y martirio de algunos sacerdotes y religiosas y del Obispo de Arauca, Monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, ha ratificado su anuncio evangélico. Siempre que lo ha requerido el país en los diálogos y mediaciones con la guerrilla, ha estado presente con representaciones del Episcopado.
La violencia genera odios y venganzas; sabedora la Iglesia de su misión, ha organizado y viene realizando una misión de reconciliación Nacional con un trabajo de presencia evangelizadora y de amor solidario en todos los rincones de la patria, suscitando actitudes concretas de perdón y de paz.