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70 años diócesis de Cúcuta

Lun 5 Oct 2026

Vayan y enséñenles a cumplir todo lo que les he mandado

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta, celebrando 70 años de misión en esta región de frontera y 40 años del Seminario Mayor San José y lo vivimos en este mes misionero con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos anunciando el Evangelio”; cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19 - 20). Tenemos la certeza que la vocación de la Iglesia es llevar el Evangelio a todos, porque “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14), misión que está desde el principio y permanecerá hasta el final de los tiempos.En nuestra Diócesis de Cúcuta estamos en estado permanente de misión, dispuestos a proclamar por todas partes a Jesucristo nuestro salvador. La visita pastoral de los párrocos y agentes de pastoral a cada uno de los sectores, es el cumplimiento fiel del trabajo misionero en el que estamos todos comprometidos, porque “todos nosotros como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su exis¬tencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su reino, que nos acompaña en la tribu¬lación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (DA 30).Vivimos en nuestra región y ciudad momentos de dificultad y confusión a causa de la violencia que nos agobia y amenaza con destruirnos, fruto de una sociedad que vive sin Dios. Sin embargo, frente a ese panorama desolador, el cristiano que es un discípulo misionero de Jesucristo, conserva la esperanza y la transmite a los demás. Es la esperanza en Jesucristo que no defrauda, “sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia virtud probada; la virtud probada esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 3 - 5). Esa es nuestra certeza y por eso nos mantenemos en pie en medio de las dificultades, porque el amor de Dios permanece en nosotros.Para dar esperanza en momentos difíciles tenemos la presencia del Espíritu Santo que con sus dones nos ilumina para ir a todos y enseñar todo lo que Jesús nos ha mandado: “a partir de Pentecostés, la Iglesia experimenta de inmediato fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se expresa en diversos dones y carismas y variados oficios que edifican a la Iglesia y sirven a la evangelización. El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (Cf. Hch 4, 13) y Pablo (Cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a quienes deben hacerlo (Cf. Hch 13, 2)” (DA 150). Esto, para que se cumpla el mandato misionero de ir por todas partes a transmitir la persona de nuestro Señor Jesucris¬to, en medio de dificul¬tades, persecuciones y pruebas.El misionero del Señor es un enamorado del Evangelio, cuya vida está cimentada en Jesucristo, teniendo la certeza que nos da el mismo Jesús “sepan que yo estoy con ustedes día tras día hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Tenemos la seguridad puesta en Dios y por eso salimos a anunciar el Evangelio para decirle al mundo, a los violentos y a quienes hacen daño que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios; tal como lo enseña San Pablo: “pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 37 - 39). Por lo tanto, nada podrá detener el fervor evangelizador que llevamos dentro, para ir por todas partes a transmitir el mensaje de Jesucristo.De esta manera entendemos que la evangelización no se hace con poderes humanos, sino con la sabiduría que viene de Dios, que es un don del Espíritu Santo, que hace que habite en nuestro corazón la gracia y que tengamos fervor interior para transmitirla porque “si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120), que es lo que enseñamos a otros, poniendo por obra todo lo que Jesús nos ha mandado.Para un mundo sin Dios la misión de todos nosotros los bautizados se hace más necesaria y urgente, porque la humanidad sin Dios, pierde toda esperanza, “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (Spe Salvi 23). Que este mes misionero que estamos viviendo, sea un momento especial de gracia para conocer y amar más a Jesucristo y darlo a conocer a nuestros hermanos, incluyendo a aquellos que no lo conocen o lo rechazan abiertamente. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen de nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con el mandato de ir por todas partes a hacer discípulos misioneros del Señor.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 25 Ago 2026

Hacemos historia de salvación desde la parroquia

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Jue 30 Jul 2026

Defendiendo la vida desde la familia

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo del Proceso Evangelizador en la Diócesis de Cúcuta con el lema: vayan y hagan discípulos defendiendo la vida, celebrando 70 años de vida diocesana, transmitiendo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que es Evangelio de la vida. El primer espacio y ambiente para proteger, defender y custodiar la vida es la familia; con la certeza que Jesucristo nuestra esperanza, ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hogares la custodia. Sabiendo que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31).Frente a todas las dificultades por las que pasa la familia en el momento actual, la llamada que nos hace Dios en su Palabra es a edificar la vida del hogar sobre Jesucristo, roca firme que sostiene el hogar; para recibir de Él la fuerza de afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios de custodiar y defender la vida humana. Al respecto Aparecida nos dice: “el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos” (DA 464). Esta fuerza se encuentra únicamente en Dios que regala su gracia y bendición a cada familia para cumplir con su misión.Esta enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia nos ayuda a ratificar la doctrina sobre la familia y la defensa de la vida, para responder a las ideologías que presentan el aborto, la eutanasia y demás atentados contra la vida y la dignidad de la persona humana, como norma de comportamiento. Frente a esto, tenemos que fortalecer la familia que protege la vida como regalo gratuito de Dios. En ese sentido, Aparecida afirma: “la familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de dos por una sociedad mejor” (DA 433); esto nos permite construir persona y sociedad desde los valores del Evangelio de Jesucristo.La familia que edifica su vida sobre la roca firme de Jesucristo recibirá la fuerza diaria para cumplir su misión y se convierte en luz que ilumina el camino de otras familias, que se ven desanimadas en continuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar y los desafíos que tiene que afrontar del mundo actual que quiere desestabilizar las familias.Para afrontar los retos diarios, sabemos que no estamos solos, Jesucristo va con nosotros en la barca de nuestra vida y además tenemos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, que nos enseña a estar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Jesús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL 317); con el auxilio de la gracia de Dios que se nos ofrece en los sacramen¬tos, sobre todo en la Confesión y la Eucaristía, que fortalecen y alimentan la vida familiar.Con la certeza que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, continuamos en el Proceso Evangelizador que hemos venido realizando durante todos estos años de historia diocesana, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza, porque “Dios ama nuestras familias, a pesar de tantas heridas y divisiones. La presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119); con la garantía que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los vínculos de comunión familiar.Las familias tienen la compañía de la Iglesia en cada una de las parroquias, desde donde se ora por las necesidades familiares, por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pidiendo la gracia de la caridad y del amor conyugal, dando gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, nos alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él, para que construyamos familias perdonadas, reconciliadas y en paz.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta