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arzobispo de medellín

Jue 4 Ago 2022

La urgencia de ser luz y levadura

La sociedad, agobiada por múltiples fenómenos y situaciones, pide que se dé un cambio, tal vez sin perspectivas muy claras ni de lo que quiere ni de lo que puede venir. Se pone en cuestión la estructura misma de la persona humana, la identidad de las instituciones, la explotación de recursos naturales, el uso eficiente del dinero público y privado, la organización y funcionalidad de la realidad política. Hay como una desesperación al no encontrar el sentido profundo de la vida, al ver la eterna inequidad social que no se logra superar y al tener que enfrentar los efectos perversos de salidas falaces como el narcotráfico y la violencia. La situación de la población, empobrecida desde varios aspectos, contrasta con el mundo ficticio del lujo en ciertos ambientes, del espectáculo y la diversión ajenos a la realidad, de las maniobras políticas y económicas que no resuelven las necesidades básicas de la gente. No hay una verdadera conciencia sobre la dignidad de cada persona, no se da el profundo respeto que se debe a la vida humana, no hay autoridad que proteja a las personas indefensas frente a la violencia y la extorsión, no tenemos la calidad educativa que requieren las nuevas generaciones, no puede admitirse que una ciudad cifre su importancia en ser un burdel, no es aceptable que jóvenes y adultos no puedan más y se lancen a vivir en la calle o atenten contra su propia vida. No podemos acostumbrarnos con indolencia a que tantas personas vivan en la pobreza, que carezcan de lo indispensable en materia de vivienda, alimentación y salud. Esa indiferencia es la que va aceptando que la vida no tiene valor y que, para mantener la comodidad, se puede interrumpir la gestación de los niños en el vientre de la madre y se puede acudir a la eutanasia mirando como una carga a los enfermos y a los ancianos. Ante esta realidad, a todos nos urge ser positivos y propositivos. No podemos quedarnos lamentando el mal, sino que debemos actuar contra él; no se puede cancelar el futuro, nuestra sociedad merece una oportunidad para salir adelante. Pero. es inútil esperar cambios y reformas sociales, si no se transforma lo esencial: el corazón de cada ser humano. No nos engañemos; las reformas necesarias para adecuar el presente a un futuro mejor, que supere la mentira, el egoísmo y la injusticia, no vendrán si no se educa la conciencia, que genera una escala de auténticos valores y nos hace capaces del encuentro, de la solidaridad y de la fraternidad. Todo el que no logre este cambio será un depredador de los demás y de la sociedad, un generador de corrupción y de crímenes, un enemigo del estado de derecho y del bien común. Debemos hacernos conscientes que nos falta, primero que todo, una verdadera reforma interior. Ahí está la misión de la Iglesia, que debe ser capaz de mostrar, ante una realidad que no responde al proyecto de Dios y ante los espejismosque vislumbran soluciones falsas, la verdad sobre la dignidad humana, sobre la responsabilidad social que pesa sobre cada ciudadano, sobre los valores indispensables y constitutivos de una nación, sobre el compromiso personal que debe superar el mundo de las apariencias y de las posiciones cómodas, sobre la esperanza que va más allá de lo terreno. Como Jesús, debemos seguir llamando a la conversión, a la reforma de la mente, a la transformación del corazón para construir el nuevo mundo que necesitamos. Ojalá veamos y actuemos antes de que sea tarde. Por tanto, nosotros, de modo personal y comunitario, debemos buscar hacer el bien, trabajar para que cada familia transmita valores y enseñe a amar, influir para que los diversos grupos e instituciones procuren mejorar la vida laboral, social, educativa y política del país. Sabemos que debemos entregar la vida en el servicio y la misión venciendo el mal, como Jesús, con el poder de la verdad, del bien y del amor. No podemos sentirnos agobiados ni derrotados, sino convocados con urgencia a trabajar por la construcción de un mundo nuevo con la fuerza del Espíritu del Señor Resucitado. Es muy honroso y urgente el llamamiento a ser luz y levadura del mundo. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Mié 15 Jun 2022

Cuidado con la fatiga democrática

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Las grandes fallas que ha tenido el ejercicio de la política en nuestro país y que se originan en una conducción del Estado marcada, con frecuencia, por la falta de un eficiente y estable plan nacional, por la escasez de verdaderos estadistas en la clase dirigente y por el interés del lucro personal en lugar de la búsqueda del bien común, ha generado una escandalosa corrupción, una nefasta politización de las instituciones nacionales, una creciente impunidad, un desastroso recurso a la violencia y una permanente desigualdad social que golpea especialmente a las clases menos favorecidas. Por esto y por falta de una verdadera formación socio-política, algunos sectores de la ciudadanía aparecen “cansados” para ir a votar pues les parece que luego “la realidad sigue igual” y otros caen en la tentación de ver todo lo que tenemos como malo y creer que es necesario un “cambio” que debe comenzar por la demolición de cuanto hemos construido durante tantos años. Estos dos fenómenos aparecen en el irresponsable abstencionismo electoral y en las protestas y propuestas destructoras para presionar con la violencia que se acoja un determinado proyecto ideológico. La solución pasa por un verdadero compromiso ciudadano, que lleve a valorar y proteger la democracia como la posibilidad de una amplia participación de todos, a no permitir la manipulación con estrategias de proyectos planeados desde fuera del país, a escoger dentro de las posibilidades que tenemos el mejor candidato y a decidirnos a cooperar para que nuestra patria se encamine hacia lo que, finalmente, todos queremos alcanzar. Este es el camino para no caer en un fracaso, en una administración fallida, en otra cara de la corrupción y en nuevas formas de violencia que incluso se instauren en el poder. Después de estas elecciones, con cualquiera de los dos candidatos que se están presentando, Colombia no será igual. Hemos llegado a un límite que nos exige recomponer la unidad, encontrar un nuevo rumbo, asumir criterios éticos y llenarnos de fortaleza para construir juntos la nación. Si todo lo centramos en la riqueza, la tecnología, el entretenimiento y el poder, sin pensar en la dignidad humana, en una cultura de la solidaridad y en el justo y honesto aprovechamiento de los grandes recursos que tenemos en bien de todos, no saldremos nunca de un laberinto de descontento, corrupción e inequidad social. Ahora debemos votar todos; pero debemos entender que no se trata sólo de marcar el nombre de un candidato y seguir en la indiferencia, sino de asumir la responsabilidad de participar en la profunda renovación que requiere nuestra nación. Es necesario saber a dónde queremos ir para que todo no lo defina la tiranía del mercadeo, las decisiones de organismos financieros y las maniobras de la comunicación. Se requiere una madura participación política y una solidaridad activa, porque no será posible dirigir el país sin lograr el consenso en un proyecto colectivo que nos involucre a todos. Este es un momento en el que tenemos que desterrar el odio, la indolencia, la desconfianza, la impaciencia. No podemos quedarnos alimentando la furia contra la clase política, ni descalificándonos inhumanamente los unos a los otros, ni permanecer como anestesiados, ni tampoco lanzarnos desesperadamente a un abismo. Nos tenemos que unir, debemos reencontrar nuestros fines como sociedad, realizar un diálogo nacional y emprender una educación ciudadana. Hemos llegado a un punto en el que o todos estamos bien o ninguno estará bien. Pidamos la luz de Dios y votemos pensando en el bien del país que hemos venido construyendo con sufrimiento y esfuerzo. Cuidado con la fatiga democrática. Vamos todos a votar con responsabilidad y esperanza. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Vie 27 Mayo 2022

La vida política de la sociedad

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo - En este momento, cuando nos disponemos a elegir un nuevo Presidente para Colombia, es preciso que iluminados por la doctrina social de la Iglesia seamos conscientes y responsables de cuanto nos corresponde hacer. Urge que miremos en su conjunto la sociedad y tengamos conceptos claros. Debemos comprender, en primer lugar, que la organización jurídica y política de la vida en la sociedad es una necesidad, por cuanto es una exigencia ética que deriva de la misma naturaleza humana. Esto implica la integración de los grupos, instituciones y asociaciones que los ciudadanos constituyen libremente para el desarrollo de su vida personal y comunitaria dentro de una regulación jurídica y política que se edifique sobre el principio inviolable de la dignidad humana, como fundamento y fin de toda forma de convivencia, que reconozca y garantice el ejercicio libre de los derechos y deberes de la persona y que sirva a la promoción del bien común. Esta organización política de la sociedad requiere un pueblo consciente de su libertad, que defiende siempre su derecho a decidir cómo quiere ser gobernado y quién quiere que lo gobierne; comporta también una autoridad política legítimamente constituida que debe guiarse por la forma de mando institucionalizada en el Estado; pide un orden jurídico justo, estable y público que garantice los derechos y deberes fundamentales de todos; exige un sistema de relaciones entre gobernantes y gobernados marcado por la responsabilidad y la confianza. A este respecto la doctrina social católica enseña que Dios es el origen del poder, porque es el creador del hombre y del mundo. Los gobernados eligen a sus gobernantes, pero no les transfieren la titularidad del poder; por eso, éste es siempre revocable. La corrupción del derecho de mando degenera en tiranía, lo que legitima el derecho de resistencia. Las leyes positivas no pueden sustentarse en la mera voluntad de los legisladores, en proyectos ideológicos o de gobierno, ni en la parte mayoritaria de la sociedad. El derecho natural es el fundamento pre-político sobre el que debe sustentarse el derecho. La doctrina de la Iglesia valora el régimen democrático como modelo de organización política que garantiza la participación, se opone al monopolio del poder y es un ideal de libertad y madurez moral que pone en su centro la defensa y garantía de la persona, de sus derechos y libertades. La democracia no puede reducirse a la regla de la mayoría, debe asentarse en un Estado de derecho que garantice la división funcional del poder, que instaure la autoridad de la ley, que someta y fiscalice al poder político. Por consiguiente, es preciso oponerse, por ser contrarios a la dignidad y libertad del ser humano, a los regímenes dictatoriales con voluntad de permanencia, a la institucionalización de formas políticas basadas en la excepcionalidad, la represión y la violencia. Son causa de graves problemas en la organización política: la acción política como actividad orientada a la satisfacción de intereses particulares, las diversas formas de monopolio de poder, los caudillismos que piden adhesión incondicional y la intromisión del poder en la esfera de las libertades fundamentales de las personas. Algunos medios con los que se puede afrontar los desafíos que plantea la adecuada organización política de la sociedad son estos: educar en la consideración de la dignidad de toda persona; lograr que la familia, la escuela y las diversas instituciones civiles y religiosas formen la conciencia ciudadana; promover el respeto a los valores y a los logros culturales y sociales de la nación; defender el derecho a la libertad religiosa y de conciencia; construir instituciones políticas y sociales que se relacionen desde los principios de subsidiariedad y responsabilidad. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Jue 19 Mayo 2022

Vamos todos a votar

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Se acerca un momento muy importante en la vida de nuestro país: elegir un nuevo Presidente de la República. Diversos hechos y circunstancias muestran que el contexto de esta elección es grave y que debemos obrar con inteligencia y responsabilidad desde la primera vuelta. Estas son algunas consideraciones que conviene tener presentes: Hay obligación moral de votar. No podemos ser indiferentes frente al presente y al futuro de nuestra nación. Tenemos que ser responsables y depositar libre y reflexivamente nuestro voto por quien veamos, en conciencia, puede responder mejor a las necesidades y desafíos del país. Hay que superar el abstencionismo, pues a todos nos afecta lo que pueda pasar bueno o malo. Optemos y trabajemos por la unidad. No somos enemigos, sino hermanos que aunque tengamos diversas visiones y posiciones, finalmente debemos entendernos y comprometernos para convivir bien en una misma patria. Pensemos en un candidato que busque más unir que combatir, que logre más concertar que enfrentar a unos contra otros, pues lo peor que nos puede pasar es una ruptura nacional. Propiciemos con quienes nos sea posible el diálogo. Este es un momento para que todos analicemos lo que necesita y conviene a Colombia. Más que alimentar temores, tejer enfrentamientos, difundir noticias falsas y dejarnos manipular por informaciones tendenciosas, dialoguemos para esclarecer juntos lo que mejor conviene al país y descubramos la forma de cooperar todos en ello. Exijamos respeto y orden para las elecciones. Pidamos a las entidades del Estado encargadas de orientar, vigilar y escrutar las elecciones, que lo hagan con honestidad y competencia. Pidamos a los candidatos y a sus equipos, a los corruptos que acostumbran delinquir electoralmente y a los actores armados ilegales que no impidan que este momento responda sólo a los intereses del bien común. Seamos realistas. Ni un país perfecto es posible ni tendremos nunca un candidato omnipotente. Tampoco somos un desastre sin salida. El país es lo que todos somos, lo que todos hemos construido, lo que todos nos propongamos realizar. Más que en una persona que nos agrada debemos pensar en un plan de gobierno posible y efectivo, en el que todos podamos participar. Escojamos el mejor proyecto de gobierno. Si bien nada es absolutamente perfecto, sí podemos votar por quien garantice mejor la libertad de los ciudadanos, la paz y concordia entre todos, la adecuada integración con las demás naciones, la defensa de la vida y la familia, la lucha contra la inequidad social, el acceso de todos a los servicios básicos de salud, vivienda y alimentación. Analicemos quiénes están detrás de los candidatos. Una persona sola no logra gobernar. Por eso, en último término, elegimos un equipo, un movimiento, un partido. De ahí la importancia de examinar quién inspira, asesora, acompaña y ayuda a quien será el próximo Presidente, comenzando por su vice-presidente y siguiendo por quienes serán sus inmediatos colaboradores. Apoyemos un cambio razonable y positivo. No podemos estancarnos, tenemos que avanzar; pero cambiar no es destruir lo que se ha hecho con esfuerzo y recursos de todos, sino continuar una creación que nos lleve a lo mejor, que potencie lo bueno que ya tenemos, que reforme lo que no funciona y que ponga en marcha los proyectos que necesitamos. Cuidemos que se mantenga la institucionalidad. La construcción democrática ha costado hasta sangre y es la mejor garantía de bienestar. Por tanto, votemos por quien respete el estado social de derecho, la alternación presidencial cada cuatro años, el carácter propio de las Fuerzas Armadas, la autonomía de los organismos de control y los derechos humanos de todos los colombianos. Oremos mucho y confiemos en Dios. Dios no dejará nunca de ser Padre y de conducir la historia, aunque respetando siempre nuestra libertad. Dispongámonos a recibir de él la sabiduría que necesitamos para hacer la mejor opción, la responsabilidad para afrontar las vicisitudes siempre presentes en el camino de un pueblo y la fortaleza para asumir la purificación que de repente llega cuando se ha permitido la descomposición moral de una sociedad. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Vie 29 Abr 2022

Anunciemos que Cristo vive

Por: Ricardo Tobón Restrepo - Estamos celebrando el tiempo de Pascua que nos lleva a interiorizar y a asumir cada vez mejor lo que significa que Cristo está vivo, que sigue en medio de nosotros, que nos trasmite su vida y que su victoria es nuestra victoria. La Pascua de Jesús es el centro del año litúrgico porque es el centro mismo de nuestra fe. Romano Guardini dice: “La fe cristiana se mantiene o se pierde según se crea o no en la resurrección del Señor. La resurrección no es un fenómeno marginal de esta fe; ni siquiera un desenlace mitológico que la fe haya tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón”. Pascua, tiempo de alegría. Estos cincuenta días de Pascua, una “semana de semanas”, son una verdadera fiesta en el Señor. El triunfo de Cristo sobre la muerte debe generar en nosotros una profunda alegría que nos conduzca a vivir confiados en el poder amoroso de Dios y a construir una profunda unidad entre nosotros. No es fácil describir esta alegría, que no se identifica con la diversión y el placer, sino que es paz, consolación, fortaleza interior, gozo en el Espíritu Santo. Es preciso aprender a vivir y a irradiar esta alegría, que el mundo no sabe dar y que brota del sepulcro glorioso del Señor. Pascua, tiempo del auténtico amor. El Resucitado nos da su Espíritu, con el que ha servido a todos y ha entregado la vida por la salvación del mundo. La Pascua nos hace sentir que somos el cuerpo de Cristo y que participamos de todas las situaciones dolorosas en que se encuentra la humanidad. Así nos implica en las obras de misericordia, rompiendo el muro del egoísmo, venciendo el afán materialista del tener y del disfrutar y situándonos de un modo concreto en el amor del Padre para llevar al mundo del trabajo, de las relaciones y del sufrimiento, la ayuda concreta de la caridad. Pascua, tiempo de la comunidad. En torno al Resucitado se congrega su familia que es la Iglesia y que encuentra, especialmente en el lenguaje luminoso de la Eucaristía y los demás sacramentos, su presencia y su actuación salvadora. En la comunidad lo experimentamos no como un personaje del pasado, sino como el pastor y el amigo que nos mira, nos acompaña y nos envía a la misión. La Pascua es un tiempo y una gracia que nos invita a levantar el corazón para convertirnos y abrazarnos en la fraternidad y la solidaridad, verdaderas expresiones de la vida resucitada. Pascua, tiempo de testimonio. Jesús resucitado confía a sus discípulos la tarea de ser testigos y ellos van por todas partes diciendo que no pueden callar lo que han visto. Hoy, cada discípulo, con los ojos de los apóstoles, debe proclamar que él es la luz y la verdad indispensables en medio de las inquietudes y miedos de nuestra sociedad, de los sufrimientos de las familias, de los bloqueos sociales y culturales que atravesamos. No debemos esconder ni dar por supuesto este anuncio; es el eje de la evangelización. El testimonio pascual es la característica específica del cristiano. Pascua, tiempo de santidad. San Pablo escribe a los Colosenses: “Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios; aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra”. Hemos entrado en una realidad nueva: “nuestra vida está oculta con Cristo en Dios”. Por tanto, debemos aprender la libertad frente a las cosas del mundo, asumir la nueva forma de ser que nos señalan las bienaventuranzas y proyectarnos hacia el futuro dentro del plan de Dios. Se trata de apropiarnos en serio la gracia del Bautismo, que renovamos en la noche de Pascua. Pascua, tiempo de esperanza. Es necesario aceptar con sabiduría las pruebas, tribulaciones y persecuciones a las que estamos sometidos. Recordemos lo que Jesús ha dicho: “Si el mundo los odia, sepan que primero me ha odiado a mí… Tendrán tribulaciones en el mundo, pero tengan confianza. ¡Yo he vencido al mundo!” Solamente Cristo puede mantenernos en el camino de la gracia, del amor infinito de Dios, de la verdad y del bien. Recorrer el camino con Cristo es poder hacer una historia nueva a nivel personal y comunitario, es ir realizando la máxima aspiración del hombre, la resurrección. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Mar 19 Abr 2022

Fallece hermana de monseñor Ricardo Tobón Restrepo

La Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) expresa su cercanía al arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, por el sensible fallecimiento de su hermana Luz Consuelo Tobón Restrepo. "El episcopado se une en oración para dar gracias a Dios por la vida de la señora Luz Consuelo, pidiendo al Señor la reciba en su Reino. Manifiesta su compañía y solidaridad con la familia de monseñor Ricardo Tobón Restrepo". Las honras fúnebres se realizarán este miércoles 20 de abril, a las 10:00 a.m., en la Capilla del Cementerio Campos de Paz de la ciudad de Medellín.

Mié 16 Mar 2022

FALSO audio que circula por WhatsApp atribuido al arzobispo de Medellín

En un comunicado la Delegación de Pastoral de las Comunicaciones de la Arquidiócesis de Medellín desmiente, una vez más, un audio y un mensaje escrito titulado “Carta abierta”, atribuido al arzobispo de esta ciudad y que está circulando por las redes sociales, de manera especial por Whatsapp. En dicho mensaje, "Carta abierta", una persona anónima presenta una opinión personal sobre la realidad política de Colombia. Junto a este mensaje de audio aparece un texto escrito, indicando que su autor es monseñor Ricardo Tobón Restrepo, Arzobispo de Medellín. “La Delegación para Comunicaciones de la Arquidiócesis de Medellín hace constar que el contenido de la carta y la voz de la persona que habla en el mensaje no son de monseñor Tobón Restrepo”. El mensaje firmado por el padre Diego Alejandro Díaz, director de esta delegación, señala que “es lamentable que se sigan propagando este tipo de noticias falsas, por lo cual, agradecemos a quienes puedan hacer difusión de esta aclaración entre sus contactos, especialmente aquellos que han recibido la nota de voz”.

Lun 29 Nov 2021

Un mundo sin alma

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo -En varios países del mundo se está dando, desde hace algunos años, una movilización social, que ahora está presente también en Colombia. A esto se añade la tensión producida por la violencia que nos ha azotado en las últimas décadas y las preocupantes situaciones generadas a partir de la pandemia del Covid-19. Todo va alimentando la reacción agresiva de las masas, puede ser con motivaciones acomodadas o aun sin razones concretas, pero en el fondo señalando que algo no funciona bien. Este descontento que está paralizando el país, que promueve un vandalismo que destruye servicios indispensables que entre todos hemos construido, que saca lo mejor y lo peor de las personas, más que a situaciones particulares, se debe a las formas de vida que ha generado un modelo de civilización, cuyos únicos valores y fundamentos son económicos, tecnológicos y políticos. Así se ha creado una sociedad injusta, donde sólo una pequeña parte de la población aprovecha toda la riqueza y para ello utiliza el poder político. A esto se suma la corrupción en el manejo del estado y en la actuación de no pocos servidores públicos, quienes en lugar de pensar a profundidad en la organización y el desarrollo integral de la sociedad, en lamentables componendas políticas, dilapidan los recursos y aceptan todo lo que impongan grupos internos o agendas foráneas, que les permiten detentar el poder y todos sus beneficios. Así quedamos todos bajo unos estereotipos impuestos por unas elites que, con diversos intereses, se pelean el mundo. De otra parte, la búsqueda de comodidad, de lujos y de hedonismo, transformó la vida en un ámbito comercial, donde no se encuentra ni el verdadero concepto ni la forma adecuada de alcanzar la felicidad personal y el bienestar de todos. Esa falta de respeto por la dignidad humana, de ausencia de solidaridad entre todas las personas y de creciente insatisfacción, llega a un punto intolerable. Entonces, los estallidos sociales muestran que estamos frente a un modelo de sociedad mal construido, que debe cambiar. Ante esta realidad, por supuesto, los gobiernos y toda la sociedad deben realizar un dialogo serio para recomponer lo que marcha mal; la clase económica debe patrocinar proyectos audaces para ayudar a los sectores más vulnerables y superar la inequidad; todos debemos propiciar diversas iniciativas para ayudar a quienes están sin los recursos indispensables y aún sin la fortaleza interior para vivir. Pero es preciso pensar que esto no basta y que con el tiempo seguirán creciendo los problemas morales y sociales, que generan indignación y llevan a estallidos imparables. Es preciso ir al fondo. El mundo no puede ser un cuerpo sin alma. La persona humana tiene el deber moral de trabajar sobre sí misma para tener gobierno de su mundo interior a partir de la conciencia; de lo contrario, los instintos y pasiones nos deforman, esclavizan y enfrentan unos contra otros. La visión que, en gran parte, ha construido la sociedad de hoy sólo ha pensando en un bienestar exterior. Si no hay un referente trascendente es imposible encontrar sentido, la calidad humana disminuye, muchos grupos humanos quedan sin protección y sin futuro y la verdadera justicia social nunca llega. La sociedad ha sido víctima de un engaño: creer que la producción y generación de riqueza era el sentido mismo de la vida. Esa dinámica nos puso en una permanente ansiedad, en un terrible individualismo y por último en una lamentable polarización y confrontación. Junto a esto una creciente secularización nos volvió la vida más compleja, más acelerada, más frívola y más triste. La vida se empobreció al desvanecerse los conceptos esenciales de sabiduría, de virtud y de trascendencia. Cada uno inventando el sentido para vivir y muchos mendigándolo en ideologías, que siendo sólo ideas, no pueden responder a la realidad integral de la persona. Ciertamente es preciso atender los problemas inmediatos, pero es necesario pensar también en una respuesta a fondo. La alegría de vivir, la fraternidad, la unidad en torno al bien común no se logran por una campaña publicitaria, ni por la promulgación de una ley, ni por la manipulación ideológica con los potentes medios de hoy, menos todavía por una revolución violenta. La vida verdadera sólo puede venir al mundo por una larga transformación cultural que vaya dando a las personas la sabiduría para vivir bien y la motivación para conducir rectamente su vida. Ahí está el gran servicio de la Iglesia a la humanidad. Es preciso que nosotros veamos claro y que actuemos con más audacia. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín