Mar 14 Jul 2026
La familia es un bien social primario
Por P. Nelson Ortiz Rozo - En la carta encíclica Magnifica Humanitas, publicada por el papa León XIV, la familia es definida explícitamente como un “bien social primario” y la “célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria”. El documento aborda este concepto principalmente en sus numerales 165 al 167, dentro del apartado destinado a las condiciones sociales de la esperanza para la familia y los jóvenes.En este punto, el Papa evoca la enseñanza de Centesimus annus y señala que la familia: “Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad” (n. 165).Hablar de la familia como un bien social primario significa reconocer que ella constituye el fundamento sobre el cual se construye toda la vida social. Antes que una persona participe en la escuela, en el trabajo, en las instituciones políticas, en la vida de fe o en la cultura, vive la experiencia de pertenecer a una familia. En este entorno se vive la primera experiencia del amor, se descubre el valor de la dignidad humana y se asimilan las primeras normas de convivencia. Tal es su impacto, que la forma en que el individuo viva esta etapa marcará toda su existencia. Por esta razón, la familia no es únicamente una realidad privada que interesa a quienes la conforman, sino un bien que beneficia a toda la sociedad.El carácter de bien social primario también implica que el bienestar de la sociedad depende, en gran medida, de la salud y estabilidad de las familias. Cuando las familias cuentan con condiciones adecuadas para desarrollarse, la sociedad se fortalece; cuando son debilitadas por la pobreza, la violencia, la exclusión o la inseguridad económica, toda la comunidad experimenta sus consecuencias. Por esta razón, el Papa señala que relegar a la familia a un papel secundario en la decisiones políticas y económicas compromete el crecimiento auténtico del cuerpo social. Una sociedad que descuida a sus familias termina debilitando las bases mismas sobre las que alcanza su desarrollo.Esta encíclica sitúa la relevancia de la protección de la familia en el contexto actual de la cuarta revolución industrial y el auge de la inteligencia artificial, marcado por rápidas transformaciones tecnológicas y económicas. Debido a que la dignidad humana es el eje central de la sociedad, la precariedad laboral, el desempleo y la incertidumbre económica afectan directamente la posibilidad de construir proyectos familiares sólidos y de largo plazo. Al limitar la capacidad para asumir responsabilidades, procrear, educar a sus hijos y proyectar un futuro esperanzador, las crisis del mundo laboral terminan perjudicando la calidad de la vida familiar y, en consecuencia, en la cohesión social.Los jóvenes viven esta realidad de manera particularmente intensa. El acceso al empleo digno constituye una condición importante para formar una familia, desarrollar una vocación y participar activamente en la sociedad. Por ello, una sociedad comprometida con el futuro debe promover condiciones que permitan a las nuevas generaciones acceder a la formación, al trabajo y a la estabilidad necesarias para construir sus proyectos de vida.El Papa subraya la necesidad de reconocer a la familia como bien social primario supone, finalmente, asumir una responsabilidad colectiva:“El Estado tiene el deber de apoyar la actividad de las empresas creando condiciones favorables para el empleo, fomentando el trabajo donde escasea y defendiéndolo en tiempos de crisis, ya que este es un bien primario para las familias y para la sociedad”. (n. 168)El Estado, las empresas, la Iglesia, las instituciones educativas y la sociedad en general están llamados a crear condiciones que favorezcan su fortalecimiento. Las políticas de empleo digno, la conciliación entre vida familiar y laboral, el acceso a la educación, las oportunidades de desarrollo cultural y la protección social no son sólo cuestiones económicas o administrativas; son acciones que contribuyen a preservar el núcleo donde se forma la persona y se renueva constantemente la sociedad.Asimismo, la acción evangelizadora y social de la Iglesia adquiere una nueva dimensión al considerar la familia como un bien social. Esto implica que ya no debe ser vista sólo como receptora de un conjunto de acciones, sino reconocerla como un verdadero agente activo de transformación social, como lo impulsó en papa Francisco en Amoris Laetitia:“No basta incorporar una genérica preocupación por la familia en los grandes proyectos pastorales. Para que las familias puedan ser cada vez más sujetos activos de la pastoral familiar, se requiere «un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia», que la oriente en este sentido” (n. 200).Para ello, entre muchas acciones a considerar, es fundamental:a.Educar a las familias para que descubran que su vida interna tiene un impacto directo en la sociedad.b.Impulsar redes de apoyo y comunidades de familias para compartir experiencias, fortalecer la vivencia de la fe y brindarse apoyo mutuo en la misión conyugal y parental. De este modo, se busca contrarrestar el aislamiento que imponen los ritmos de vida modernos y el uso absorbente de las nuevas tecnologías.c.Propiciar espacios para la vivencia de la solidaridad. La familia tiene un valor social que se desarrolla en su capacidad de servicio hacia los más vulnerables. Son muchos los ambientes en los que padres e hijos pueden prestar un servicio común en el que se apoye a familias en situación de pobreza material. Esto educa a los hijos en la empatía y muestra a la sociedad la fuerza transformadora de un hogar unido.d.Desarrollar acciones específicas de acompañamiento a familias en situación de vulnerabilidad asegurando que la Iglesia actúe como una “familia de familias” que no deja a nadie solo.En conclusión, afirmar que la familia es un bien social primario significa reconocer que ella es el primer ámbito de desarrollo humano, la fuente de los valores esenciales para la convivencia y la base indispensable del bien común. Allí se aprende a vivir con otros, a respetar la dignidad de cada persona y a construir relaciones de solidaridad. Por ello, el cuidado y fortalecimiento de la familia no es sólo una tarea privada, sino una exigencia social y eclesial que condiciona el presente y el futuro de toda comunidad humana.P. Nelson Ortiz RozoDirector Departamentos Matrimonio y Familia - Promoción y Defensa de la VidaConferencia Episcopal de Colombia