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Mar adentro - blog

Vie 2 Oct 2026

Mi gran tarea, la trilogía Jesús de Nazaret del Papa Benedicto XVI

Por Carlos Ignacio Agudelo Betancur - El Papa Emérito Benedicto XVI en su retiro como Papa emérito, en las entrevistas con Peter Seewald en el 2016, volvió la vista atrás y definió su trilogía sobre Jesús de Nazareth como el eje de su vida: «Mi gran tarea, mi propósito fundamental, fue sacar de nuevo a la luz la figura de Jesús, que corría el riesgo de quedar sepultada bajo los tecnicismos teológicos. Tenía que mostrar que el Jesús de los Evangelios es el verdadero Jesús».Jesús de Nazaret fue publicada en tres tomos editados, respectivamente, en el original alemán, en los años 2007, 2011 y 2012. Esta trilogía: Los relatos de la infancia; Desde el bautismo en el Jordán hasta la transfiguración; Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección, nace de la relación personal del autor con Jesús, a ella responde y a ella quiere introducir al lector. Su lectura nos hace encontrar más profundamente a Jesús si lo conocemos ya, nos lo descubre si no lo conocemos o tenemos de él una idea imperfecta, y nos hace entender que en Jesús tenemos a Dios con nosotros”.Desde la pandemia, mi madre y yo decidimos leer libros; comencé a leérselos por teléfono, en nuestros coloquios diarios que en ocasiones se tomaban más de una hora; ya al 2025 habíamos leído seis libros, alguno voluminoso de más de 500 páginas. No ha sido sólo lectura, ha sido meditación, diálogo, acompañamiento, esparcimiento y, sobre todo, crecimiento mutuo.Desde el año 2025 venimos leyendo y meditando con mi madre el libro “Jesús de Nazaret, segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección”. El libro me lo había regalado mi madre hacía años y lo tenía guardado como un tesoro, pero sin leerlo. Debido a que este volumen es un poco denso teológicamente hablando, decidimos leerlo en persona, meditándolo profundamente, degustándolo.El pasado jueves 17 de septiembre, día en que mi hermana me solicitó que acompañara a nuestra madre, estuve leyendo con ella la primera parte del capítulo titulado LA RESURRECCIÓN DE JESÚS DE ENTRE LOS MUERTOS. A continuación, transcribo el último párrafo de esa parte, que nos llevó a hacer cuentas de a quiénes se apareció Jesús Resucitado, quiénes tuvieron ese privilegio inimaginable.“Desde el punto de vista de la historia del mundo, la resurrección de Jesús es poco llamativa, es la semilla más pequeña de la historia. Esta inversión de las proporciones es uno de los misterios de Dios. A fin de cuentas, lo grande, lo poderoso, es lo pequeño. Y la semilla pequeña es lo verdaderamente grande. Así es como la resurrección ha entrado en el mundo: sólo a través de algunas apariciones misteriosas a unos elegidos. Y, sin embargo, fue el comienzo realmente nuevo; aquello que, en secreto, todos estaba esperando. Y para los pocos testigos —precisamente porque ellos mismos no lograban hacerse una idea— era un acontecimiento tan impresionante y real, y se manifestaba con tanta fuerza ante ellos, que desvanecía cualquier duda, llevándolos al fin, con un valor absolutamente nuevo, a presentarse ante el mundo para dar testimonio: Cristo ha resucitado verdaderamente”.Luego de esta lectura, mi madre y yo meditamos en cómo habrán sido de especiales esos encuentros con el Resucitado, quien se apareció seguramente primero a su Madre María, luego a María Magdalena y a otras mujeres, luego a los apóstoles en varias ocasiones (sin Tomás y con Tomás), luego a los discípulos de Emaús, y seguramente a muchos en el momento de la Ascensión, donde se estiman 120 personas; además, San Pablo afirma que Cristo resucitado «se apareció a más de quinientos hermanos a la vez».Nos quedó en el alma que la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es algo tan grande para nuestra fe, para la vida de la Iglesia, que tendríamos qué tenerla más presente todos los días y especialmente en la celebración de la Santa Misa, donde celebramos su pasión y muerte, pero también su Resurrección.Como una manifestación misteriosa de este acontecimiento de Su Resurrección, que se muestra en lo pequeño y a los más pequeños, descubrimos que precisamente ese día, 17 de septiembre de 2026, se leyó en todo el mundo como primera lectura, la tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios:“… yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí…” (1 Cor 15, 1-11). A primera vista podríamos decir que fue una coincidencia; mi madre dijo que realmente fue una Dioscidencia. Para nosotros realmente fue como si El Resucitado nos hubiera regalado un rayo de su Luz, un guiño amoroso de sus ojos. Y desde ese día, y pidiéndole que nos mantenga en su Gracia, venimos agradeciéndole diariamente Su Resurrección, y hemos incluido en nuestras oraciones diarias la Secuencia de Resurrección que la Iglesia Católica proclama todos los días en la octava de Pascua de Resurrección y que dice:Ofrezcan los cristianosofrendas de alabanzaa gloria de la Víctimapropicia de la Pascua.Cordero sin pecadoque a las ovejas salva,a Dios y a los culpablesunió con nueva alianza.Lucharon vida y muerteen singular batallay, muerto el que es la Vida,triunfante se levanta.—¿Qué has visto de camino,María, en la mañana?—A mi Señor glorioso,la tumba abandonada,los ángeles testigos,sudarios y mortaja.¡Resucitó de verasmi amor y mi esperanza!Venid a Galilea,allí el Señor aguarda;allí veréis los suyosla gloria de la Pascua.Primicia de los muertos,sabemos por tu graciaque estás resucitado;la muerte en ti no manda.Rey vencedor, apiádatede la miseria humanay da a tus fieles parteen tu victoria santa.

Lun 21 Sep 2026

Hacer memoria no es hacer un informe: León XIV propone releer, escuchar y discernir juntos

Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - Detenerse, mirar lo vivido, reconocer los frutos y las dificultades y preguntarse juntos qué nos está mostrando el Espíritu. León XIV ofrece algunas claves que ayudan a comprender qué significa evaluar pastoralmente en una Iglesia sinodal.Durante la Asamblea Diocesana de Roma, celebrada el 18 de septiembre, el papa León XIV invitó a la comunidad diocesana a comenzar su nuevo camino pastoral haciendo un ejercicio que puede parecer sencillo, pero que tiene una profunda dimensión sinodal: detenerse para releer juntos lo vivido.La propuesta del Papa no consiste en añadir nuevas actividades. Por el contrario, invitó a “hacer menos y hacerlo mejor”, comenzando por una evaluación compartida de la vida pastoral.Evaluar, desde esta perspectiva, no significa simplemente contar actividades, elaborar estadísticas o presentar informes. Significa preguntarse juntos qué ha dado fruto, qué dificultades se han encontrado, qué necesita ser revisado y qué caminos puede estar mostrando el Espíritu a la comunidad.Releer juntos lo vividoLeón XIV propuso que esta evaluación no sea realizada solamente por quienes tienen responsabilidades pastorales. Toda la comunidad está llamada a participar y, cuando sea posible, también conviene escuchar a quienes habitualmente permanecen alejados de la vida eclesial.El Papa sugirió mirar la acción pastoral desde preguntas muy concretas: ¿ayuda a las personas a encontrarse con Cristo?, ¿genera comunidad, acogida y corresponsabilidad?, ¿permite a la Iglesia estar realmente presente y servir en la realidad concreta en la que vive?Son preguntas que cambian la manera de evaluar. El centro deja de estar únicamente en cuánto hicimos y pasa a estar en qué frutos está produciendo aquello que hacemos.Escuchar antes de responder, discernir antes de decidirEsta manera de proceder requiere también una forma diferente de relacionarnos.León XIV invitó especialmente a los pastores a escuchar antes de responder y a discernir antes de decidir, reconociendo los dones y responsabilidades de los distintos miembros del Pueblo de Dios.La sinodalidad aparece así no como una actividad adicional en la agenda pastoral, sino como una manera de vivir la misión: escuchando, discerniendo y caminando juntos.Una clave para nuestro camino hacia 2027Estas palabras pueden ayudarnos a comprender el sentido de una de las próximas etapas del camino sinodal que recorrerán las Iglesias locales en Colombia: Hacer memoria.Hacer memoria no consiste simplemente en reconstruir cronológicamente lo realizado ni en preparar un informe sobre las actividades desarrolladas.Significa volver sobre el camino recorrido para reconocer, a la luz del Espíritu, dónde hemos experimentado frutos de comunión, participación y misión; qué dificultades hemos encontrado; qué hemos aprendido y qué llamadas descubrimos para continuar caminando.Por eso, cuando una comunidad hace memoria en clave sinodal no pregunta solamente: “¿Qué hicimos?”.También se atreve a preguntar:“¿Qué hemos aprendido caminando juntos y hacia dónde sentimos que el Espíritu nos invita ahora a caminar?”Esa diferencia puede transformar un informe sobre el pasado en un verdadero ejercicio de discernimiento para el futuro.Fuente: Vatican News, «León XIV invita a la diócesis de Roma “a hacer menos y mejor”», 18 de septiembre de 2026. Intervención del papa León XIV durante la Asamblea Diocesana de Roma. (Leer la publicación click aquí)

Vie 18 Sep 2026

La amistad, tesoro evangélico y sostén del Ministerio Sacerdotal

La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable"(Eclo 6,14-15).¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTESi esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZDiócesis de Santa Marta

Jue 10 Sep 2026

De la escucha a las estructuras: nuevas propuestas para una Iglesia sinodal

Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?Una sinodalidad que llega a la vida cotidianaDurante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.Corresponsables, pero no todos de la misma maneraUna expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.También las estructuras pueden aprender a escucharEl segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.¿Qué significa esto para los laicos?Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.Una pregunta para nuestras comunidadesLa fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.Fuentes:Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.htmlVatican News en español:https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.htmlBernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad

Mar 1 Sep 2026

Nos llama, nos mueve y nos une: caminar con las familias para sembrar la paz

P. Nelson Ortiz Rozo - En un entorno social marcado por las heridas de la violencia, la polarización y los desastres naturales, muchas familias experimentan cansancio, incertidumbre y frustración. Frente a esta realidad, la acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia emerge como una fuerza indispensable, capaz de abrazar la fragilidad de los hogares y animarlos a ser sembradores de paz. Por lo tanto, reconocer a la familia como un lugar privilegiado donde se cultivan valores, hábitos y patrones de convivencia permite entender su profunda y decisiva influencia en el desarrollo de la sociedad. La familia no es solo el primer espacio de socialización, sino también la primera escuela donde se aprende a amar, a dialogar, a respetar la diferencia y a resolver los conflictos. Esta labor eclesial nace del corazón de una Iglesia que desea caminar al ritmo de la historia humana mostrando que el tejido social sana en la medida que fortalecemos los vínculos familiares.Esta llamada se hace aún más viva y urgente al sintonizarnos con la iniciativa de la Semana por la Paz que este año nos convoca bajo el lema: ¡la paz nos llama, nos mueve y nos une! Es especialmente en el seno del hogar donde este lema se convierte en vida, pues la familia es el primer escenario donde esa fuerza que nos mueve y nos une debe ser cultivada y custodiada.En primer lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia cuida y sirve a la paz respondiendo a la voz de “la paz nos llama”, ofreciendo espacios de acogida, escucha y sanación para el fortalecimiento del vinculo conyugal, filial y fraternal. Sabemos bien que el clima de agresión exterior con frecuencia se filtra al interior de las casas, lastimando las relaciones entre los esposos, el trato de los padres hacia los hijos e instalando la rivalidad en indiferencia entre los hermanos. Por eso la Iglesia sale al encuentro con la pedagogía del cuidado para caminar al lado de cada hogar en su realidad concreta, compartiendo sus alegrías y aliviando sus dolores. Como nos enseñaba san Juan Pablo II: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (F. C., 22). Así cuando los miembros de una familia aprenden a acoger y promover la dignidad del otro en su vida diaria, sanando los conflictos internos mediante la caridad cristiana, ese hogar se convierte de manera natural en una sembradora de paz.En segundo lugar, este caminar compartido “nos mueve” a actuar, en el que la Iglesia acompaña con la pedagogía del perdón y la reconciliación cotidiana en la convivencia familiar. Frente a una sociedad que propone el descarte de los que piensan diferente, el Evangelio vivido en el hogar nos mueve a descubrir que el diálogo sincero y el discernimiento comunitario son los verdaderos caminos del Espíritu. El papa Francisco no alienta en este aprendizaje: “Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil” (A.L., 106). La acción evangelizadora acompaña con paciencia estos procesos del corazón, mostrando a los padres y a los hermanos que las diferencias no se destruyen con la violencia, sino que se abrazan en la comunión. Con este propósito, la pastoral familiar de la Iglesia en Colombia impulsa múltiples iniciativas, tales como talleres de perdón y reconciliación, retiros espirituales y asesoría personalizada en los centros de escucha y orientación familiar. A esto se suman los encuentros de la Semana de la Familia que esté año, los cuales ofrecen herramientas de resolución pacífica de conflictos orientadas a “desarmar el corazón” y consolidar entornos de convivencia fraterna.Finalmente, el dinamismo de este caminar juntos es el lazo que “nos une” en corresponsabilidad, impulsando a la familia a salir de sí misma para ofrecerse generosamente a la comunidad. De este modo, “ensancha la tienda” del corazón y derriba los muros del egoísmo para vivir una fraternidad más allá del hogar. Al respecto, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanistas, recuerda que la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es un bien social primario y la célula fundamental e insustituible de la sociedad (nn. 165-167). Así al tejer redes de comunión donde caminan juntas y viven el servicio pastoral, las familias dejan atrás la soledad y el desamparo para descubrirse unidas en una misión común: ser testimonio de fraternidad, hospitalidad, solidaridad y servicio comunitario.La acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia nos demuestra que la paz social es inseparable de la paz familiar; la primera no es posible sin la segunda, pues brota y se nutre directamente de ella. Al sanar los vínculos internos, educar en el perdón y motivar a los hogares hacia el servicio comunitario, la Iglesia recuerda al mundo que la reconciliación de la sociedad se realiza desde la vivencia cotidiana del amor en el hogar. Por eso, ¡la paz familiar nos llama, nos mueve y nos une!P. Nelson Ortiz RozoDepartamento de Matrimonio y FamiliaConferencia Episcopal de Colombia

Mar 1 Sep 2026

Cuando la sinodalidad transforma también las estructuras de la Iglesia

Por DP. Bernardo Vanegas Luque - El papa León XIV publicó el 29 de agosto la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Mutua Concordia, mediante la cual modifica dos cánones del Código de Cánones de las Iglesias Orientales. Más allá de su alcance jurídico específico, la decisión ofrece una expresión concreta de una Iglesia que busca vivir la comunión, la corresponsabilidad y la sinodalidad también en sus estructuras y en el ejercicio de la autoridad.La nueva normativa se refiere a las Iglesias católicas orientales patriarcales y, por su naturaleza, también a las Iglesias arzobispales mayores. Su propósito es fortalecer la comunión entre el Patriarca —Padre y Cabeza de la Iglesia sui iuris— y los obispos que, junto con él, conforman el Sínodo de los Obispos.Una autoridad que se ejerce en comuniónMutua Concordia parte de una afirmación especialmente significativa: la concordia entre quien preside una Iglesia oriental y los demás obispos que integran su Sínodo constituye el alma de la comunión de su jerarquía.Desde esta perspectiva, el ministerio de quien preside no aparece aislado del cuerpo episcopal. Por el contrario, el documento recuerda la vocación a la colegialidad propia de este ministerio y señala que la sinodalidad debe ser buscada y cultivada constantemente en un contexto de responsabilidad común.Esta orientación adquiere una expresión jurídica concreta. Entre otros aspectos, la reforma establece procedimientos mediante los cuales el Sínodo puede actuar cuando se presentan dificultades graves en el ejercicio del ministerio del Patriarca, garantizando también su derecho a la defensa y conservando el papel propio del Romano Pontífice.No se trata simplemente de modificar un procedimiento. Detrás de las nuevas disposiciones aparece una comprensión eclesial: la comunión también necesita formas, responsabilidades y estructuras que permitan vivirla.De la experiencia sinodal a las formas concretas de vida eclesialUno de los grandes desafíos de la fase de implementación del Sínodo es precisamente este: evitar que la sinodalidad sea entendida solamente como la realización de encuentros, consultas o métodos de escucha.La escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y la conversación en el Espíritu son fundamentales, pero están llamados a transformar progresivamente nuestra manera de relacionarnos, participar, discernir, tomar decisiones y ejercer los distintos ministerios y responsabilidades en la Iglesia.Mutua Concordia permite observar este dinamismo en un ámbito muy concreto. En este caso, la sinodalidad encuentra una expresión jurídica en la tradición y organización propias de las Iglesias católicas orientales.Esto no significa trasladar estas disposiciones particulares a las diócesis de tradición latina. Su valor para el conjunto de la Iglesia está, más bien, en el principio que dejan entrever: la sinodalidad está llamada a encarnarse en prácticas y estructuras que favorezcan una verdadera comunión y corresponsabilidad.Una pista para nuestro camino en ColombiaLas Iglesias locales en Colombia se encuentran recorriendo la fase de implementación del Sínodo 2025-2028. En este camino, una pregunta resulta cada vez más importante: ¿cómo hacer que la experiencia sinodal pase de los encuentros y espacios de escucha a la vida ordinaria de nuestras comunidades?La respuesta no consiste solamente en crear nuevas estructuras. También supone revisar cómo funcionan las que ya existen: consejos pastorales y económicos, equipos de animación, organismos de participación, comunidades parroquiales y otras instancias de discernimiento y corresponsabilidad.La sinodalidad comienza a hacerse visible cuando escuchar, discernir y participar juntos deja de ser una experiencia ocasional y se convierte progresivamente en una manera habitual de ser Iglesia.La publicación de Mutua Concordia puede leerse, por ello, como una señal concreta de este horizonte: una Iglesia en la que comunión, autoridad, participación y corresponsabilidad no recorren caminos separados, sino que se necesitan mutuamente para el cumplimiento de una misma misión.Para profundizarEl Motu Proprio Mutua Concordia fue publicado el 29 de agosto de 2026 y modifica los cánones 106 y 126 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.Fuente: Santa Sede y Vatican News.Bernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad

Mar 11 Ago 2026

Los ministerios de los laicos: un recorrido histórico

Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - Del 30 al 31 de julio de 2026, la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín fue sede del VIII Congreso Internacional de Liturgia, convocado bajo el lema «Liturgia, escuela de espiritualidad y compromiso laical». En ese marco el Director del Departamento de Liturgia del Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano (SPEC) ofreció la ponencia que da origen a este artículo, con un objetivo doble: histórico y litúrgico. Histórico, porque se trataba de recorrer cómo ha caminado la Iglesia, a lo largo de sus veinte siglos, en su comprensión y ejercicio de los ministerios confiados a los laicos. Litúrgico, porque en cada etapa de ese recorrido interesa preguntar qué rito —qué gesto concreto— expresó la relación entre el ministerio ordenado y los servicios confiados a los laicos.La historia del laicado, como advierten quienes la han estudiado, está hecha de luces y de sombras: no es una línea recta de progreso continuo, ni tampoco una novedad reciente inventada por el Concilio Vaticano II o por el Papa Francisco. Es, más bien, el relato de tres grandes movimientos que se entrelazan y a veces se contraponen: una riqueza carismática originaria en las primeras comunidades; una progresiva concentración de esa riqueza en los ministerios ordenados; y, finalmente, un redescubrimiento que encuentra en el Concilio su formulación decisiva y llega hasta las Orientaciones recién aprobadas por el Episcopado colombiano.1. La Iglesia de los primeros siglos: una comunidad ministerial en su totalidadEn el Nuevo Testamento se distingue ya entre el don fontal del Espíritu, dado a todos para la santificación en Cristo, y los dones particulares que ese mismo Espíritu confiere a algunos fieles para la edificación del Cuerpo. San Pablo lo expresa con una fórmula programática: existen diversos carismas, pero el Espíritu es el mismo; existen diversos servicios, pero el Señor es el mismo (cf. 1 Co 12,1-7). Ese servicio traduce, en griego, diakonía, y remite ante todo a la actitud de Cristo mismo, que se vació y se entregó por la humanidad (cf. Flp 2,5-11): el ministerio, antes que un poder, es un servicio que lo prolonga (Lodi 1987, 1275).La palabra «laico»: quién la usó primeroLa palabra griega laikós aparece por primera vez hacia el año 95, en la Primera Carta de Clemente de Roma a los Corintios (1Clem 40,5), donde Clemente contrapone la tríada sacerdotes-levitas-laicos para hablar del orden que Dios quiere en su pueblo (Sanvito 2026, 31-66). Un siglo después, hacia el 200, Clemente de Alejandría emplea el mismo término en sus Stromata (III, 12, 90, 1), esta vez con la tríada sacerdotes-diáconos-laicos; y Tertuliano, en Cartago, lo usa en su De exhortatione castitatis (7, 3), dando ya por conocido su significado. Los tres no inventan una categoría nueva: fijan, cada uno en su contexto, un vocabulario que la comunidad ya usaba para distinguir, sin romper la unidad del pueblo bautizado, entre quienes ejercían un ministerio jerárquico y quienes no.Buena parte de los grandes apologistas, maestros, mártires y ascetas de estos siglos fueron, precisamente, laicos: Justino, filósofo convertido que abrió en Roma una escuela sin mandato eclesiástico y selló su testimonio con el martirio hacia el año 165; Lactancio, retórico africano que escribió las Divinas instituciones sin dejar nunca su condición laical; Orígenes, que siendo aún laico llegó a dirigir la escuela catequética de Alejandría. Los mártires tienen también nombre propio: tras el edicto de Septimio Severo del año 202, murieron en Cartago Perpetua y Felicidad —hoy presentes en el Canón Romano y en las letanías de la Vigilia Pascual (Misal Romano, 312, 667)—, y en Alejandría, Leónidas, padre de Orígenes. Entre los ascetas, san Antonio Abad (251-356), nunca ordenado, es reconocido como padre del monacato cristiano.Los ministerios menores: qué hacía cada unoSan Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II, es quien primero distingue con nitidez las funciones episcopales de las presbiterales (Lodi 1987, 1279); y la Tradición apostólica de Hipólito de Roma describe ya, en el siglo III, los ritos de ordenación de obispo, presbítero y diácono (Lodi 1987, 1282). Junto a estos tres grados mayores, las fuentes documentan toda una constelación de ministerios laicales estables: el subdiácono leía la epístola y preparaba los vasos sagrados; el lector proclamaba las Escrituras; el cantor entonaba los salmos; el exorcista imponía las manos sobre los catecúmenos; el ostiario custodiaba la puerta del templo; el acólito llevaba las luces y presentaba el vino y el agua. Entre las mujeres, las diaconisas de la tradición siríaca eran ordenadas por imposición de manos —caso documentado es el de santa Olimpia de Constantinopla (360-408)—; las vírgenes consagradas recibían el velo de manos del obispo, como santa Marcelina, hermana de san Ambrosio; y las viudas formaban un orden dedicado a la oración y la caridad, como el círculo reunido por santa Marcela de Roma en el Aventino.Este dato tiene una lectura litúrgica precisa: cada uno de estos ministerios se recibía mediante un gesto ritual distinto, más o menos solemne según el grado, como consta en el Sacramentario Gelasiano, el primer libro litúrgico que recoge los ritos de ordenación de las órdenes menores. Ya en el siglo III, la Iglesia sabía distinguir con el rito la diversidad de vocaciones dentro de un único Pueblo de Dios.2. La concentración clericalA partir de la alianza entre la Iglesia y el Imperio en el siglo IV, el clero se consolidó como un grupo claramente definido y concentró funciones que antes se distribuían de manera más amplia. Desapareció el catecumenado, se debilitó el impulso misionero, y los ministerios y carismas laicales se redujeron hasta el punto de que el diaconado mismo entró en riesgo de extinción práctica (Lodi 1987, 1283). Los privilegios concedidos a los obispos —convertidos en dignatarios del Estado— introdujeron en la liturgia el ceremonial de la corte imperial y una terminología tomada del cursus honorum romano, que llevó a concebir los grados ministeriales como peldaños de una carrera jerárquica y no ya como servicios complementarios. El canon 10 del Concilio de Sárdica (343) es elocuente: nadie podía acceder al episcopado sin haber ejercido antes el lectorado, el diaconado o el presbiterado.La cristiandad organizó así la Iglesia al modo del Imperio, marcando una diferencia cada vez más nítida entre clero y laicado. Desde el siglo VIII la liturgia se celebró en latín, lengua que el pueblo ya no comprendía, lo que convirtió con frecuencia a los fieles en simples espectadores. Litúrgicamente, es la época en que el gesto ritual deja de multiplicarse: donde antes había un rito propio para cada servicio, ahora casi todo converge en la ordenación, y el laico va perdiendo el gesto que antes lo vinculaba visiblemente a un ministerio reconocido.3. El despertar del laicado: cofradías, terceras órdenes y catequistas doctrinerosA partir del siglo X surgieron las cofradías —asociaciones de fieles laicos organizadas en torno a una devoción o una obra de caridad, sin votos ni vida en común— y, en el siglo XIII, las órdenes mendicantes extendieron su espiritualidad a los laicos mediante las terceras órdenes. Santa Isabel de Hungría (1207-1231), reina viuda que renunció a su rango para servir a los pobres, es considerada la primera terciaria franciscana; santa Catalina de Siena (1347-1380) vivió como terciaria dominica e influyó en la vida de la Iglesia de su tiempo, incluida su intervención ante Gregorio XI para el regreso de la Sede de Aviñón a Roma. En este contexto se sentaron las bases del reconocimiento de una misión propia del laicado: la relación específica con las realidades temporales.En la Edad Moderna, el laico Ettore Vernazza fundó en Génova, en 1497, la Compañía del Divino Amor, bajo inspiración de santa Catalina de Génova; el jesuita Jean Leunis fundó en 1563 la primera Congregación Mariana; y, todavía laico, san Felipe Neri fundó en 1548 la Congregación del Oratorio. En el siglo XIX, dos universitarios italianos, Mario Fani y Giovanni Acquaderni, lanzaron en 1867 la iniciativa que Pío IX aprobaría como Sociedad de la Juventud Católica Italiana —antecedente directo de la Acción Católica que Pío XI organizaría formalmente en la Encíclica Ubi Arcano Dei Consilio (1922)—. En las letras, Blaise Pascal (1623-1662) dejó, en sus Pensamientos, la célebre frase «el corazón tiene razones que la razón desconoce»; y Alphonse de Lamartine (1790-1869) cantó a Dios en sus Méditations poétiques (1820).Es precisamente en este mismo período de máxima concentración clerical cuando, en los territorios de misión de América, resurge con fuerza la figura del catequista laico. Ante la escasez de clero, catequistas indígenas y mestizos —muchas veces llamados «fiscales» o «doctrineros»— asumieron durante siglos la enseñanza catequética entre visita y visita del sacerdote. De aquella época perviven hoy varias capillas doctrineras en diócesis colombianas —Zipaquirá, Sutatausa, Suesca, Chiquinquirá, Sáchica, Villa de Leyva, Tierradentro, Tópaga, Monguí—, varias de ellas declaradas bienes de interés cultural. Es la misma semilla ministerial que llegará, sin solución de continuidad, hasta el ministerio de catequista que hoy conocemos: la bendición o el mandato que el párroco daba al doctrinero, sin ordenarlo, era ya un germen del rito de institución que Pablo VI formalizaría siglos después.4. El siglo XX: la teología del laicadoA comienzos del siglo XX comenzó a abrirse paso la conciencia de que el clero no podía representar la única presencia de la Iglesia en el mundo. El papa Pío XI impulsó la Acción Católica, entendida como la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia; Pío XII dio un paso más audaz al afirmar que «los laicos no solo pertenecen a la Iglesia, sino que son Iglesia» (Pío XII 1946). Surgieron movimientos como la Juventud Obrera Cristiana, y se celebraron dos Congresos Mundiales del Apostolado de los Laicos (1951 y 1957), que prepararon el nacimiento de una verdadera teología del laicado entre 1950 y 1960.El P. Yves Congar, dominico francés, silenciado por sospecha de heterodoxia entre 1946 y 1956 y rehabilitado en 1960 por Juan XXIII —quien lo incorporó como perito al Concilio—, representa el primer intento sistemático de pensar al laico no por delegación de la jerarquía, sino desde su propia relación constitutiva con el mundo, fundada en la vocación bautismal. Suya es la frase que resume la condición del laicado de su tiempo: hay laicos que ya son apóstoles en una Iglesia todavía clerical, que se defiende en un mundo en vías de secularización.5. El Concilio Vaticano II: el giro eclesiológicoEl Concilio, convocado por san Juan XXIII, significa un verdadero punto de inflexión, y lo hace desde una decisión de método: en la constitución Lumen Gentium, el capítulo sobre el Pueblo de Dios precede al capítulo sobre la jerarquía. Antes de hablar de cómo los obispos participan de los tres oficios de Cristo, el Concilio afirma que todo el Pueblo de Dios es ya, por el bautismo, un pueblo sacerdotal, profético y real (Concilio Vaticano II 1964, LG 10, 31). Con todo, Lumen Gentium 10 mantiene con claridad la distinción esencial entre ambos sacerdocios —«diferentes esencialmente y no solamente en grado», aunque «ordenados el uno al otro»—.El decreto Apostolicam Actuositatem aplica a los laicos ese mismo esquema de la triple función de Cristo, con una secuencia propia: sacerdote-profeta-rey, en clave de dominio de sí y de servicio a la sociedad (Concilio Vaticano II 1965a, AA 2). Y el decreto Ad Gentes elogia explícitamente a los catequistas, calificándolos de «legión benemérita» de la obra misionera (Concilio Vaticano II 1965b, AG 17). Antes del Concilio, el laico solía definirse de manera negativa: «el que no es sacerdote ni religioso» (CELAM 2007, DA 209). El Concilio superó esa visión y afirmó que los fieles laicos son, en fórmula feliz, hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo, y hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia. Con todo, es honesto reconocer una ambivalencia en el texto conciliar: la colaboración de los laicos aparece todavía, en varios pasajes, ligada a la penuria de sacerdotes, como si se tratara ante todo de una suplencia, y no plenamente como ejercicio propio del sacerdocio bautismal.6. El desarrollo posconciliar y la recepción colombianaPablo VI, en el motu proprio Ministeria quaedam de 1972, reforma la antigua disciplina de las órdenes menores, reserva el Orden sagrado a la tríada episcopado-presbiterado-diaconado y confía el lectorado y el acolitado a los laicos mediante un rito de institución, no de ordenación —la primera vez que la Iglesia distingue con tanta claridad ambos gestos litúrgicos—. El mismo documento abre la puerta a que las Conferencias Episcopales pidan otros ministerios, mencionando expresamente el oficio de catequista.En 1988, san Juan Pablo II precisa en Christifideles laici que «no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental» (Juan Pablo II 1988, ChL 23); la instrucción Ecclesiae de mysterio (1997) lo resumirá con una fórmula memorable: «colaborar no significa sustituir» (Congregación para el Clero 1997). En 2021, Spiritus Domini abre a las mujeres el lectorado y el acolitado instituidos, modificando el canon 230 §1 del CIC, y Antiquum ministerium instituye el ministerio de catequista, descrito como «testigo de la fe, maestro y mistagogo, acompañante y pedagogo que enseña en nombre de la Iglesia» (Francisco 2021, AM 6). En 2022, el Papa Francisco resume todo el recorrido: «no existe comunidad cristiana que no genere ministerios» (Francisco 2022, 3).El Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad (2024) confirma y proyecta este camino, pidiendo «la promoción de más formas de ministerios laicales... no solo en el ámbito litúrgico» (Sínodo de los Obispos 2024, 36). El Episcopado colombiano ha respondido con decisión: tras Antiquum ministerium, y a partir del encuentro del 23 al 25 de mayo de 2023 liderado por el Departamento de Liturgia, se publicaron el 24 de junio de 2026 las «Orientaciones para el Fomento y la Renovación de los Servicios y Ministerios Bautismales» (Conferencia Episcopal de Colombia 2026), que tipifican los ministerios ordenados, los tres ministerios instituidos de alcance universal —lectorado, acolitado y catequista—, los ministerios extraordinarios y los servicios de facto. Y determina la figura del Catequista para la Iglesia en Colombia:«Se dedicará de manera especial a la promoción y realización de acciones y procesos específicamente misioneros y al acompañamiento de las comunidades que surjan de la acción misionera. En este sentido, será líder de comunidades misioneras en contextos rurales o urbanos y podría, si las necesidades locales así lo aconsejan, presidir celebraciones dominicales de la Palabra, en la ausencia del presbítero» (Orientaciones 2026, 117).Se trata de la culminación institucional, dos siglos después, de la figura del catequista doctrinero. Y las Orientaciones añaden un principio que cierra el círculo: cuanto más avanza una Iglesia particular en la pluralidad de los ministerios laicales, más debe insistir en la importancia decisiva de los ministerios ordenados; lo uno nunca es alternativa de lo otro.ConclusiónEste recorrido histórico permite algunas conclusiones pastorales. La Iglesia primitiva nació ministerial en su totalidad: la distinción entre laicos y clérigos, atestiguada desde el año 95, no impidió una vitalidad carismática notable —maestros, mártires y ascetas laicos, y una constelación de ministerios menores con función y rito propios— que rara vez se recuerda hoy con el detalle que merece. El proceso de concentración clerical entre los siglos IV y XIX no fue lineal ni exento de resistencias: coexistió, en distintos momentos, con auténticos despertares laicales, hasta llegar, en el contexto americano, a la figura del catequista doctrinero, germen histórico directo del ministerio que hoy reconoce el magisterio universal.El giro eclesiológico del Concilio Vaticano II confirma que la revalorización del laicado no fue una concesión coyuntural, sino una decisión de método teológico —anteponer el Pueblo de Dios a la jerarquía—, aunque el texto conciliar conserva una ambivalencia no resuelta entre la colaboración laical como suplencia y como ejercicio propio del sacerdocio bautismal. La recepción de este desarrollo en las Orientaciones de la Conferencia Episcopal de Colombia (2026) muestra una Iglesia particular que asume el itinerario magisterial universal y lo articula con su propia historia. Y en la dimensión ritual que ha atravesado todo el recorrido, se advierte que cada etapa tuvo su correspondiente expresión litúrgica: la multiplicidad de ritos de los primeros siglos, su concentración en la sola ordenación durante la cristiandad, el mandato eclesial sin rito propio de la Acción Católica preconciliar, y, finalmente, la distinción magisterial explícita entre el rito de ordenación y el rito de institución que Pablo VI formuló en 1972.En síntesis, lo que hoy se denomina «nuevos ministerios» no es una novedad, sino una recuperación: la tensión entre concentración clerical y despliegue carismático no es nueva, y la Iglesia ha sabido, en distintos momentos de su historia, corregir sus propios desequilibrios sin romper la unidad esencial entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial. El camino sinodal actual no busca clericalizar al laico ni debilitar al ministerio ordenado, sino permitir que toda la comunidad cristiana sea ministerial, para construir juntos el único cuerpo eclesial (Francisco 2022, 9).Referencias-CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). 2007. Documento de Aparecida: Texto conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Bogotá: CELAM.-Concilio Vaticano II. 1964. Lumen Gentium: Constitución dogmática sobre la Iglesia. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Concilio Vaticano II. 1965a. Apostolicam Actuositatem: Decreto sobre el apostolado de los laicos. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Concilio Vaticano II. 1965b. Ad Gentes: Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Conferencia Episcopal de Colombia. 2026. Orientaciones para el Fomento y la Renovación de los Servicios y Ministerios Bautismales. Bogotá: Carvajal Soluciones.-Congregación para el Clero. 1997. Ecclesiae de Mysterio: Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes. Acta Apostolicae Sedis 89: 852–877.-Francisco. 2021a. Spiritus Domini: Carta apostólica en forma de "motu proprio" sobre el acceso de las personas de sexo femenino al ministerio instituido del lectorado y del acolitado. Acta Apostolicae Sedis 113: 169–171.-Francisco. 2021b. Antiquum Ministerium: Carta apostólica en forma de "motu proprio" con la que se instituye el ministerio de catequista. Acta Apostolicae Sedis 113: 641–647.-Francisco. 2022. Mensaje del Santo Padre en el 50.º aniversario de la carta apostólica Ministeria quaedam de san Pablo VI. Acta Apostolicae Sedis 114: 1168–1175.-Juan Pablo II. 1988. Christifideles Laici: Exhortación apostólica postsinodal sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Acta Apostolicae Sedis 81 (1989): 393–521.-Lodi, Enzo. 1987. "Ministerio/Ministerios." En Nuevo Diccionario de Liturgia, dirigido por D. Sartore y A. M. Triacca, edición española de J. M. Canals, 1275–1286. Madrid: Ediciones Paulinas.-Pablo VI. 1972. Ministeria Quaedam: Carta apostólica en forma de "motu proprio" por la que se reforma en la Iglesia latina la disciplina relativa a la primera tonsura, a las órdenes menores y al subdiaconado. Acta Apostolicae Sedis 64: 529–534.-Pío XII. 1946. "Discurso a los nuevos cardenales." Consistorio del 20 de febrero de 1946. Ciudad del Vaticano.-Sanvito, Clara. 2026. "El laico en relación con la jerarquía: un recorrido en los primeros testimonios cristianos." Estudios Eclesiásticos 101, núm. 396: 31–66.-Sínodo de los Obispos, XVI Asamblea General Ordinaria. 2024. Documento Final: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Ciudad del Vaticano, 26 de octubre.P. Jairo de Jesús Ramírez RamírezDirector del Departamento de LiturgiaConferencia Episcopal de Colombia

Mié 22 Jul 2026

Entre memoria y profecía: 40 años de la visita de San Juan Pablo II a Colombia

Por Fray Jorge Ferdinando Rodriguez Ruiz, O.P - A cuarenta años de la visita apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, realizada entre el 01 y el 07 de julio de 1986 bajo el lema “Con la paz de Cristo por los caminos de Colombia”, sus mensajes conservan una sorprendente actualidad para la Iglesia y la sociedad colombiana. Durante aquellos conocidos, posteriormente, como los Siete Días Blancos, el Papa recorrió diversas regiones del país entrecruzándose con campesinos, indígenas, jóvenes, trabajadores, religiosos, sacerdotes, políticos y víctimas de la violencia, dejando un llamado permanente a la reconciliación, la justicia social y la esperanza cristiana, especialmente arropados por la figura de María.Desde la perspectiva de los frailes dominicos de Colombia, los temas que Juan Pablo II abordó continúan siendo desafíos fundamentales para la misión evangelizadora. En primer lugar, su insistencia en la construcción de la paz sigue siendo una tarea urgente. Aunque el país ha experimentado importantes procesos de reconciliación, persisten múltiples formas de violencia, exclusión y polarización. La Iglesia, comprometida históricamente con la predicación de la verdad y la defensa de la dignidad humana, reconoce que la paz no es solamente ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia, el diálogo y la promoción integral de la persona humana, por lo tanto en la inspiración de San Juan Pablo tenemos un horizonte de sentido para continuar trabajando en dicho proyecto humano.Un segundo aspecto de plena vigencia es la opción por los pobres y los excluidos. Durante su visita, Juan Pablo II expresó una profunda cercanía con las víctimas de la tragedia de Armero, con los pueblos indígenas, con los trabajadores y con las comunidades marginadas. En la actualidad, ante las nuevas formas de pobreza, migración, desigualdad educativa y exclusión social, debemos encontrar en esos mensajes una invitación a fortalecer una pastoral de acompañamiento, reflexión crítica y compromiso social inspirada en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia, rejuvenecida con la reciente encíclica Magnifica Humanitas.Asimismo, su encuentro con el mundo universitario y con los intelectuales resulta especialmente significativo para la tradición eclesial ligada a la cultura y la educación. En una época marcada por la inteligencia artificial, la transformación digital y los rápidos cambios culturales, el llamado de Juan Pablo II a integrar fe, razón y servicio al bien común conservan una enorme relevancia. La búsqueda de la verdad, característica esencial del campo educativo, sigue siendo una contribución necesaria para iluminar los desafíos éticos y antropológicos del presente, especialmente desde nuestros lugares eclesiales.Finalmente, la visita del Papa recordó que la evangelización debe estar unida a la esperanza. Frente a un país herido por la violencia y el dolor, Juan Pablo II proclamó que Cristo es fuente de reconciliación y futuro. Para la Iglesia colombiana esta convicción continúa orientando su misión de anunciar el Evangelio en las parroquias, universidades, centros de estudio y espacios de acompañamiento social. La actualidad de aquella visita no se encuentra solamente en el recuerdo histórico, sino en la vigencia de sus preguntas fundamentales: ¿cómo construir una sociedad más justa?, ¿cómo defender la dignidad de cada persona?, ¿cómo formar ciudadanos comprometidos con la verdad y el bien común?, ¿cómo anunciar a Cristo en un mundo cambiante? ¿Cómo ser una iglesia profética en Colombia?Recordar sus pisadas como peregrino de la paz por la geografía de nuestro país nos obliga a confrontar el presente con la misma esperanza activa que él sembró, abrazando aquella convicción profunda que pronunció durante su viaje apostólico: El desarrollo es el nuevo nombre de la paz; y a la paz se llega por la justicia. Mantener vivo su pensamiento es, en última instancia, recordar que la construcción de un tejido social armónico no se logra con acuerdos superficiales, sino con el compromiso diario de asegurar la equidad y la dignidad para cada colombiano. Estamos convocados a una memoria agradecida de su visita pero también a continuar su compromiso profético, pues todos estamos invitados a vivir nuestro profetismo bautismal desestabilizando injusticias y promoviendo la paz.Fray Jorge Ferdinando Rodriguez Ruiz, O.P