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Opinión

Jue 24 Dic 2020

¡Coraje para vivir! ¡Coraje para la paz!

Por: Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía - Son muy posibles los sentimientos negativos en este tiempo: soledad, oscuridad, miedo, impotencia, fatiga, desgano. La amenaza de la depresión puede asediar la salud de muchos y las realidades colectivas de todos. Tantas cosas siguen entre paréntesis, que el futuro inmediato podría parecer más una ruleta rusa que un camino cierto. Vivimos “entre corchetes”, con la incertidumbre a cuestas. Y no solo por la pandemia del COVID-19, sino por patinar y patinar en lo mismo: entre la voracidad de las pasiones exacerbadas y de las violencias desatadas. Una “historia” tan absurda y repetida como “el mito de Sísifo” (cfr. Google). ¿Qué sentido darle este año a la Navidad y al Año Nuevo? Una PRESENCIA acompaña nuestras vidas y nuestra historia. Es una lucecita encendida en el seno de la noche, con el brillo de las estrellas y la esperanza del sol. “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”, clama el profeta (Is.9,5). Con él nace la esperanza de una humanidad diversa pero unida, que tendrá el coraje de vivir, el coraje de la paz. “Un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lucas 2,11). “Sobre esta pobreza del portal, se despliega el mundo del Espíritu. Mientras nosotros estamos complicados en dramas de consciencia, porque nos tienta seguir principios de fuerza, de poder y violencia, el Niño de Belén nos dice que el milagro de la paz de la Navidad es posible para quienes acogen sus dones”. Navidad no es sólo una fecha para conmemorar, sino el evento de una PRESENCIA siempre actual, capaz de contagiar de coraje para vivir y de fuerza para transformar en paz y perdón nuestros conflictos. Extiendo, con el Obispo Auxiliar y el Emérito, con todos los presbíteros y diáconos, LA BENDICIÓN DE NAVIDAD para cada persona y familia, grupo y comunidad, que acojan este mensaje: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra PAZ a las personas en quienes Él se complace” (Lc.2,14). + Darío de Jesús Monsalve Mejía Arzobispo de Cali

Dom 20 Dic 2020

Llega la Navidad

Por: Mons. Ovidio Giraldo Velásquez - Llega la Navidad, no una Navidad, porque cada época es única e irrepetible; cada Navidad es La Navidad, pues es actual y completa la experiencia del Nacimiento de Dios entre nosotros, y así unos la pueden vivir con la actitud de los pastores o de los habitantes de Belén, otros con la actitud de los reyes magos o la de Herodes, o con la actitud de la Santísima Virgen y San José. Cada Navidad es La Navidad porque ya está obrada la irrupción de Dios entre nosotros para ser el Emmanuel (Dios con nosotros) y fecundar toda la historia con su presencia siempre nueva, siempre joven, siempre vital, siempre viva y eficaz. La Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús edificada sobre el cimiento de los apóstoles, tiene la misión y el poder de encarnar en todo tiempo este don maravilloso de La Navidad, para que en el mundo no haya frío, para que los hombres sean hermanos, para que en ningún lugar falte Dios. ¡Qué alegría poder tener en este año 2020 La Navidad! Corresponde a cada uno, a cada familia y a cada comunidad favorecer este acontecimiento para que sea de gran significancia y valor en todos y cada uno. Mi navidad es nuestra navidad, y por eso se requieren unas actitudes adecuadas para facilitar este bello hecho histórico, litúrgico y teológico. Sabemos del recogimiento y la oración que se nos pide en el tiempo de Adviento, pero también es importante ir al encuentro del otro, ante todo de los que Dios ha puesto en nuestro camino como especiales compañeros de camino, En este orden de ideas es muy importante buscar la familia, los vecinos, los amigos y los hermanos de comunidad en la fe, como por ejemplo los fieles de la parroquia. Este tiempo de pandemia nos ha recordado que pocas cosas son esenciales, y entre ellas están la familia, los amigos, los vecinos y la comunidad creyente. Con razón se dice que Navidad es época de familia, de familia humana y de familia en la fe. Este año, la pandemia nos obliga y favorece el encuentro y reencuentro en pequeños núcleos familiares y de hermanos en la fe. Por lo mismo, no debe faltar el pesebre en casa, la decoración navideña del hogar y un bien vivido rezo de la Novena. Será esta Navidad época fabulosa para ampliar los tiempos del rezo, del diálogo, de las anécdotas, las evocaciones y el gusto de sentirse pueblo de Dios y el gusto de ser hermanos como bien nos lo viene recordando el papa Francisco. Pienso que las buenas comidas, típicas, bien preparadas y bien servidas formarán parte de este escenario de amor y de intimidad orante que nos ofrece La Navidad. Los obsequios y los mensajes cargados de fe y esperanza también deben hacer su aparición. Entre otras cosas, y muy importante esto, Navidad será época para procesar los muchos duelos que en este año de pandemia han quedado pendientes. Y que esta Navidad sea preludio de un nuevo resurgir. Con la venida de Dios al mundo en nuestra carne, en condición humana, se abrió una nueva historia se generó una nueva creación, se promulgó un nuevo orden de cosas. Que esta Navidad, con las muchas lecciones de este inusitado año 2020, haya un nuevo resurgir, y para que sea tal que sea de la mano de Jesús, el Emmanuel. María y José nos ayuden y acompañen, los pastores y los reyes magos nos inspiren. Sigamos en todos la liturgia y las lecturas bíblicas que nos presenta la Iglesia, madre y maestra en la fe. ¡Llega la Navidad! Ánimo, llena tu casa de luces, tu mesa de manjares, tu pesebre de evocadoras figuras, tu rincón de delicados obsequios y tu corazón de ternura. Con todo ello rompamos la coraza de la indiferencia, de la desesperanza, del desamor, de la soledad, del egoísmo, de la soberbia, de la vanidad, del acaparamiento; pero en todo ello observemos las medidas de cuidado y los protocolos de bioseguridad para acoger y promover la vida como María y José en Nazaret y en la gruta de Belén. “Que esta Navidad sea para vivirla en austeridad de bullicio en el exterior y de riqueza en la vivencia interior. Que cada hogar sea un Nazaret y cada hogar sea un pesebre. ¡Ven, Señor Jesús! + Ovidio Giraldo Velásquez Obispo de Barrancabermeja

Jue 17 Dic 2020

No ceso de dar gracias por ustedes, mencionándolos en mis oraciones”: Efesios 1, 16

Por: Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid - El día 7 de diciembre de 2020, en la fiesta del gran Obispo San Ambrosio, se ha publicado el nombramiento que el Papa FRANCISCO ha tenido a bien hacer, al nombrarme como Obispo Castrense de Colombia, quien atiende pastoralmente en nombre de la Iglesia a las Fuerzas Militares y de Policía, que sirven a la Patria. Con este nombramiento concluye mi servicio pastoral como Obispo de la Diócesis de Cúcuta, para la cual fui designado en el mes de julio del año 2015. Quiero manifestarles mi agradecimiento y mi gratitud por todas las bondades que han tenido los sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos de esta Iglesia particular durante estos años de servicio en las distintas comunidades en la animación de la evangelización. He procurado ponerme al servicio de la Evangelización, buscando anunciar con fuerza el nombre de Jesucristo, su Evangelio, su mensaje y llamada a la vida según la voluntad de Dios para cada uno de ustedes. Desde el primer momento, en la noche del 14 de agosto 2015, vi cómo Dios quería que se anunciara a Cristo como el CAMINO, para ir al Padre, para vivir según la voluntad de Dios. Estos años han sido años de evangelización en los distintos frentes de la acción pastoral: el Sínodo Diocesano, los distintos programas de formación y Asambleas Diocesanas que nos han permitido encontrarnos y caminar juntos para encontrar el camino de Dios en nuestras vidas. Tengo que dar gracias a Dios por la riqueza y todos los dones espirituales que se dan como frutos maduros en la Diócesis de Cúcuta. Son muchos los laicos, hombres y mujeres que están insertos en programas de evangelización promovidos desde nuestro plan diocesano de evangelización. Son muchos los jóvenes y niños, los adultos, familias, ancianos, que de una u otra manera están vinculados a la Iglesia en sus distintos frentes. Tengo que reconocer la gran riqueza de estas comunidades y su proceso maduro y ordenado que ha llevado a fortalecer el anuncio de la Iglesia, presentando a Jesucristo como Redentor y Salvador. He encontrado grandes riquezas en esta Iglesia particular, una de ellas el gran compromiso con la catequesis, con la formación constante de niños, jóvenes, adultos en la fe, para conocer más y amar a Jesús. Procesos liderados por sacerdotes y, especialmente por los párrocos que, con gran celo apostólico y pastoral, se dan a la tarea de formar a los católicos. Es necesario agradecer profundamente a Dios por el don de los sacerdotes, empeñados, trabajadores y comprometidos con los distintos frentes de la pastoral, para dar razón de Cristo en el mundo. Es una gran riqueza ver la abnegación y el celo de un presbiterio que se esfuerza por evangelizar y vivir los sacramentos, especialmente con la celebración digna del Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio de Cristo en el altar que es vivido por todos con profunda veneración y cuidado. Tengo que dar gracias a Dios por el don de la vida religiosa, que entre nosotros florece en muchas comunidades, con carismas y llamados muy concretos, que sirven estos religiosos y religiosas en medio de nosotros, para ser fermento en la masa, para dar testimonio de Cristo en el mundo. También es necesario agradecer a Dios por el compromiso y empeño de tantos laicos, que, en cada parroquia, en las distintas comisiones, en los frentes de trabajo pastoral, se empeñan en los grupos pastorales, en los movimientos, en la acción misionera de la Diócesis. No puedo dejar de lado la vida y el empeño de tantos jóvenes y niños que con generosidad anuncian al Señor en los grupos parroquiales, en los grupos de animación misionera; y que con fuerza viven su fe y su entrega al Señor. Tengo un particular sentimiento de gratitud hacia el Seminario Mayor Diocesano San José de Cúcuta, a sus formadores sacerdotes de la Compañía de San Sulpicio y de los sacerdotes diocesanos que allí trabajan, a los seminaristas que, con empeño, en el silencio, con generosidad se aplican en la “Escuela de Jesús” para configurarse con Él para ser un día como el Buen Pastor. Años de intensa compañía, mutuo conocimiento, trabajo para vivir en profundidad a experiencia de encuentro con Jesucristo vivo en su Palabra y en la Eucaristía. Gran esfuerzo formativo para cuidar las vides que deben dar mucho fruto, y así lo harán con la ayuda de Dios. Me alegra mucho, al final de mis servicios, ver una Iglesia consolidada y serena, que camina siguiendo a Jesús, fortalecida y decidida a dar lo mejor de sí, en el camino, cada uno según el carisma y la llamada que el señor le ha regalado. Profunda gratitud a los colaboradores, empezando por el Vicario General Monseñor Israel Bravo Cortés, y todos los colaboradores de la Curia Diocesana, a los Vicarios Territoriales y a los Decanos, a los párrocos, a todos que Dios les ayude. Gracias a los que han sido responsables de los medios de comunicación de la Diócesis, de la Emisora VOX DEI, el Periódico LA VERDAD, a todos sus colaboradores gracias por ayudarme al anuncio de Jesucristo en estos medios de comunicación social. Durante estos años el Señor nos ha hecho el regalo de la caridad y del servicio de los pobres en Colombia y con los emigrantes. Hemos todos, especialmente sacerdotes y laicos, vivido el don de ser la mano que cuida, acoge, ayuda y protege a los que sufren. Nuestra Iglesia se ha consolidado en la vivencia de la caridad. Que no se pierda esta dimensión de la caridad y del servicio a los hermanos. Un gran sentimiento de gratitud a la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, a su esposo San José. Ellos con su manto y su protección nos han mantenido firmes en el trabajo y en la acción evangelizadora. A todos, mis sentimientos de gratitud y reconocimiento por su generosa ayuda y paciencia, les aseguro mi oración y pido que oren por mí. Me pongo al servicio de todos ustedes en mis nuevas responsabilidades que la Iglesia me entrega. + Víctor Manuel Ochoa Cadavid Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Lun 14 Dic 2020

Navidad en tiempos de pandemia

Por: Mons. Gabriel Ángel Villa Vahos - La Navidad en nuestras legendarias tradiciones, ha sido siempre un tiempo diferente a los demás días del año. Tiempo de luces, de colores, de música y descanso, de alegría, de familia, bueno y también de vida espiritual, de celebración de la fe. Porque, en definitiva, la verdadera Navidad es la celebración cristiana de la encarnación del Hijo de Dios, el cumplimento de la promesa del Padre de venir al encuentro de la humanidad para rescatarnos del pecado y darnos la salvación. La Navidad de este 2020, en muchos aspectos, parece tener otra coloración. Estamos limitados para celebrar la parte cultual, para realizar reuniones, para encontrarnos. Es que la pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. Tenemos la ocasión de celebrar este año una inédita Navidad, de recuperar su verdadero sentido cristiano, de vivirla en familia, sin excesos. Es que, como la ha dicho el ahora cardenal Raniero Cantalamessa, “ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!” Fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentido de solidaridad que se ha despertado en muchas personas, actitud que debemos seguir potenciando. Son muchos los que, a raíz de esta crisis, han sacado lo mejor de sí para apoyar espiritual y materialmente a otros hermanos en situaciones de gran dificultad. La pandemia nos ha hecho recordar que todos necesitamos de todos. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones nos hemos sentido tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nos hemos olvidado de los muros a construir para abrir nuestra mente y nuestro corazón hacia los sentimientos más nobles. El virus no ha conocido fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de poder. Necesitamos cuidarnos y cuidar la salud de los otros. Somos frágiles, somos débiles. Ojalá les lecciones que nos deja esta prolongada crisis, sean para vivir mejor. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado el Papa Francisco, no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer. Junto al pesebre tenemos la oportunidad de contemplar, en palabras del Cardenal Eduardo Pironio, “un Niño débil que nos hace fuertes, un niño pobre que nos hace ricos”. Él es nuestra paz, Él ha destruido con su amor infinito el muro que nos separaba, el odio, el egoísmo, la rivalidad… Vivamos con responsabilidad, en familia y en paz, esta “diferente” Navidad. Para todos santa y feliz Navidad, bendiciones en el año por venir. + Gabriel Ángel Villa Vahos Arzobispo de Tunja

Mié 9 Dic 2020

Navidad en casa, Navidad por la vida

Por: Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo - Una buena pregunta que podemos hacernos es: ¿cómo celebrar la navidad en tiempos de incertidumbre? A este interrogante cada uno, cada familia, cada institución…, puede dar su propia respuesta. Lo cierto es que hemos de celebrar navidad. A pesar de las mil dificultades que hemos debido asumir en este momento histórico, la vida sigue, el mundo continúa avanzando y con el correr del tiempo se van gestando entre nosotros instantes inolvidables, que nunca se repetirán. La verdad es que nos hemos acostumbrado a la navidad: comemos, hacemos fiestas, rezamos la novena de aguinaldos, damos y recibimos regalos, nos saludamos, nos abrazamos, descansamos, paseamos, visitamos a nuestros familiares y amigos… Quizás todo esto lo podamos seguir haciendo, aún más, es necesario hacerlo, el tiempo pasa y no se detiene, no podemos sentarnos a llorar en un rincón de nuestra existencia. Debemos avanzar en medio de todas las circunstancias implícitas de cada día, a lo que nos invita este “instante vital” es a que seamos más creativos y menos rutinarios. Los invito a pensar lo siguiente: lo cierto es que, hoy estamos más cerca de la eternidad que hace un año. Por eso, celebremos Navidad con toda el alma. Pongámosle a este tiempo tan particular todos nuestros sentidos. Dejemos que el niño de Belén entre hasta lo más íntimo del alma, que penetre nuestros afectos y costumbres. Celebremos Navidad, con toda la intensidad espiritual posible, con todos los protocolos de seguridad que nos exige el momento presente y dejemos por fin que el centro de la navidad sea el mismo Dios encarnado, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Que el protagonismo de esta navidad no este en las realidades del mundo, sino en el misterio que celebramos: la encarnación del Hijo de Dios. En orden a lo práctico, los invito a celebrar esta Navidad con fe y esperanza, teniendo en cuenta los siguientes aspectos: Lema: “Navidad en casa, navidad por la vida”. Asistamos a la Santa Misa en nuestra parroquia, algunas celebran muy de madrugada, aprovechemos estos espacios para crecer en unidad. El 07 de diciembre, en la noche, para celebrar las vísperas de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, los convoco a encender una vela por la vida. Lema para este día: “Por la vida enciende una vela”. Como un signo de fe, los invito a escribirle a cada vela el nombre de uno de nuestros familiares y/o amigos que han muerto a causa del Covid 19. Recemos la novena de aguinaldos en casa, cuidémonos de aglomeraciones, seamos muy sensatos y cuidadosos en nuestras reuniones. Dios sigue dándonos días y la historia avanza, ya tendremos la oportunidad de volver a encontrarnos en grupos más grandes. En esta Navidad, por favor, en casa. No perdamos la bonita costumbre de hacer el pesebre, este pequeño gesto nos ayuda a incrementar entre nosotros la virtud de la piedad. Este año pongamos en el pesebre los nombres de nuestra familia, aún los nombres de quienes se nos han ido, recordémoslo con afecto y cariño. En la comunión de los santos sintamos su presencia gozosa en medio de nosotros. Estimados sacerdotes, religiosas (os), laicos, hermanos todos, tengamos toda la creatividad posible, aprovechemos con madurez y responsabilidad las redes sociales y los medios de comunicación para continuar nuestro proceso de evangelización. A todos les deseo una feliz navidad y un prospero año nuevo. + Omar de Jesús Mejía Giraldo Arzobispo de Florencia

Lun 7 Dic 2020

¿Cuál es el significado de la noche de velitas en Colombia?

Por: Monseñor Joselito Carreño Quiñonez - Ésta es una de las celebraciones más arraigadas en Colombia; la noche de la velitas conmemora las vísperas de la Inmaculada Concepción, es decir el momento en que ella es concebida en el vientre de su querida madre Ana, ya en preparación para llevar en su vientre a Jesucristo, Hijo de Dios, por obra y gracia del Espíritu Santo. Se cree que los católicos de todo el mundo encendieron velas y antorchas en honor de ese momento. El nombre oficial de ésta celebración es fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En Colombia desde 1854 se festeja este día, donde las familias aprovechan ésta tradición para reunirse compartir al caer la noche, compartir alimentos y encender la calle y viviendas con la luz de las velitas; es un momento muy especial e íntimo para las personas de todas las edades. Ésta noche marca el inicio de los festejos de navidad y por ello, es que se considera la entrada a esa etapa maravillosa de unión familiar, felicidad y esperanza que culmina el 6 de enero con la fiesta de los reyes magos. Extiende una invitación a que todos en el Vicariato Apostólico de Inírida y, ojalá en Colombia toda, al encender las velas ésta noche lo hagamos implorando a Dios que avive en los corazones de todos los colombianos la esperanza y firme compromiso de construir una Colombia reconciliada y en paz. Este año bajo el rigor de la pandemia, los grandes encuentros y multitudinarias reuniones están prohibidos, el llamado es a no olvidar las medidas de bioseguridad y protección, no exponerse para lamentar la partida de seres queridos, pues la Covid-19 está presente y llegó para quedarse. Monseñor Joselito Carreño Quiñonez Vicariato Apostólico de Inírida

Mar 1 Dic 2020

Preparad los caminos del Señor, el ADVIENTO

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid - Vivimos tiempos difíciles, y en medio de la crisis de salud que ha provocado la COVID-19, la terrible situación invernal que ha hecho sufrir a mu­chos, nos disponemos a iniciar un nuevo Año Litúrgico, ya que el ca­lendario de las celebraciones de la Iglesia se rige, no por la sucesión de días y meses que se registran en el almanaque, sino por una forma muy especial de contar el tiempo, el cual se basa en la fecha de la Pascua y que ordena todas las cele­braciones en un ciclo colmado de signos y celebraciones que cons­tituyen el Año Litúrgico, en este caso ya el 2021. Hemos concluido el Año Litúrgico con la Solemni­dad de Cristo Rey del Universo y comenzaremos este domingo, el santo Tiempo del Adviento. La Iglesia del Señor está llamada a dar gloria a su Dios. Su misión es anunciar con la Palabra, la vida y el culto, la presencia de Dios en la historia, manifestar a Cristo glo­rioso en medio de las realidades del mundo, celebrando visible­mente su triunfo sobre la muerte. Ya lo decimos en nuestras celebra­ciones: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ven Señor Jesús. Este es el centro de nuestra fe y, hacia este anuncio gozoso corre y trabaja todo nues­tro plan pastoral, queremos poner a Jesús en el corazón y en la vida de todos los hijos de la Iglesia. Iniciamos el Año Litúrgico con el tiempo del ADVIENTO, esta vi­vencia de la liturgia, nos pone de frente a las celebraciones con cua­tro semanas que preceden la santa Navidad, que siempre tiene fecha fija: el 25 de diciembre. La pre­paramos con un Tiempo de gracia que va permitiéndonos escuchar en la Palabra y celebrar en la li­turgia diaria, un camino recorrido por los profetas, animado por los consejos sabios de los Apóstoles, e ilustrado con la narración his­tórica de dos acontecimientos: el primero, el nacimiento de Jesús en la historia; el segundo, la segunda venida del Señor, la que espera­mos como consumación de la his­toria humana y victoria definitiva de Dios. El tiempo preparatorio se lla­ma Adviento, se usan vestiduras moradas, se leen los profetas que anuncian a Cristo, se prepara su venida con oraciones que le di­cen al Señor que ven­ga nuevamente: “Ven, Señor Jesús”. Se des­taca en este Tiempo, la Virgen María, que nos enseña a esperar con fe la segunda venida del Señor. Son cuatro domingos de Adviento. En ellos se celebra la esperan­za y la alegría de saber que el Señor llega con su poder y con su paz a inundar los corazones de los que ama con la luz de la vida, con la fuerza renovadora de su amor. El Adviento se celebra en las cua­tro semanas anteriores al 25 de diciembre, comenzando, precisa­mente en esta última semana de noviembre. Nuestro ADVIENTO hemos de vivirlo en la realidad concreta de una sociedad que ne­cesita reavivar la esperanza, pro­mover una experiencia de caridad con tantos signos de dolor como los que vive el mundo, vivir estos días en la promoción de la frater­nidad que, a la luz del Evangelio se llama: caridad. Hay signos muy especiales para este Tiempo: En primer lugar, el mismo tiempo ya es un signo. Cuatro domingos y cuatro semanas que nos recuerdan la preparación del pueblo de Is­rael para la llegada del Mesías, la voz de los profetas que anuncian la presencia del Señor y Salvador, la figura protagónica de San Juan Bautista que va disponiendo el resto de Israel, es decir, los pocos que aún esperaban la salvación, y que quiere advertir sobre la inmi­nencia del inicio de la misión de Jesús. Es central en el adviento la figura de María, la Virgen fiel, la Madre de la esperanza, que se convierte en sigo de fidelidad y en mo­delo de fe para todos nosotros. Nuestro Adviento debe ser una escuela de caridad, iluminada por la fe y la esperan­za, nos debe renovar en el deseo de ser pre­sencia del Señor en el corazón de tantos que sufren, ser signo del amor de Dios en la vida de quienes nos muestran en su ros­tro doliente la llamada del Señor, a vivir más fraternalmente, a es­tar cerca de los enfermos, de los niños, de los ancianos, de tantas realidades en las que este tiempo de celebración y de alegría se ve ensombrecido por el flagelo de la enfermedad y la pandemia. Es tiempo de anuncio de la Palabra en una predicación esperanzadora, en una promoción de muchos y muy significativos momentos de evangelización: la Fiesta de la In­maculada, fiesta de luz y de espe­ranza; la Novena de Navidad, que entre nosotros es “madrugarle a la esperanza” para abrir con el cla­rear del día unas jornadas de anun­cio del Evangelio y de gozosa pro­clamación de una fe que reconoce en Jesús el que nos libra “de la cárcel triste que labró el pecado” y el que quiere ser “consuelo del triste y luz del desterrado”. Desde ahora, los invito a usar con gran alegría, todos, la Novena de Navi­dad que ha preparado el Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta y que pueden encontrar en sus parroquias. Adviento es entonces una escuela de esperanza, una escuela de con­fianza, unas jornadas en las que adornamos el corazón con la luz de la fe y llenamos nuestras vidas con la certeza del amor de Dios que nunca abandona a sus hijos amados. En este tiempo nos llenamos de luces, de signos externos, que nos tienen que llevar a Jesucristo, que es la “luz de las gentes”, que alum­bra la tiniebla del pecado y del mal en el mundo. Él pone su luz dónde hay tristeza, muerte, desesperan­za. Que vivamos con respeto y si­lencio, con esperanza este tiempo que nos prepara a un encuentro con el Evangelio viviente del Pa­dre, Jesucristo mismo. Miremos al pesebre con espe­ranza, con los ojos puestos en la Santa Virgen y en San José, que se dedican a servir a Dios, esperan­do al Salvador y Redentor. Buen ADVIENTO para todos, para sus familias. + Víctor Manuel Ochoa Cadavid Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Dom 29 Nov 2020

ADVIENTO - Tiempo de espera y de esperanza, de nuevas actitudes y nuevos horizontes

Por: Mons. Ovidio Giraldo Velásquez - Este domingo 29 de noviembre de 2020 la Iglesia inicia un nuevo año litúrgico con el tiempo llamado del Adviento, adventus Redemtoris, el tiempo de la inminente venida del Redentor; realidad que los fieles abordamos desde la liturgia, la oración, la palabra y la moral. Lo más notorio y mencionado en este tiempo es la actividad litúrgica con su riqueza simbólica y celebrativa como el color morado, las variaciones en el canto, la corona de Adviento, el pesebre, el rezo de la Novena de Navidad y los decorados. Pero, para este tiempo la Iglesia hace también una clara convocatoria desde la Palabra, la vida espiritual y el comportamiento. En la Palabra que se proclama y enseña se percibe todo un contenido dirigido a avivar la esperanza en las promesas de Dios y especialmente la expectativa en la llegada del Mesías prometido en el Antiguo Testamento y en el impacto de los bienes que él trae consigo. Indudablemente, las lecturas bíblicas y las enseñanzas del Magisterio que se proponen en estos días están cargadas de buenas noticias y encantadoras premoniciones, muy significativas para el que tenga cierta familiaridad con la historia bíblica y con el acontecer eclesial. Dios los mantendrá firmes hasta el final para que no tengan de qué acusarlos en el momento decisivo, y Dios que es fiel los ha destinado a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo, recuerda el apóstol San Pablo hablando a los corintios en un saludo epistolar. El recogimiento espiritual es el camino más adecuado propuesto para el Adviento. El color morado es en sí una indicación de la actitud interior y exterior del pueblo creyente para este tiempo. Ha de ser un tiempo para el retiro, la austeridad, la intensificación de la oración, la penitencia y la caridad; incluso, lo más recomendable es que para estos días se promuevan retiros espirituales, jornadas y vigilias de oración. Indudablemente se ha de hacer un corte, un cambio de ritmo, un distanciamiento del agetreo del mundo, una alteración en nuestra cotidianidad; así como cuando nos hablan de la llegada a casa de una visita importante o de la realización de un evento de gran magnitud en nuestra comunidad, y mucho más. También en la actitud y las actitudes se ha de marcar este especial momento en el caminar de la Iglesia. La actitud es la de la activa expectación, es decir, de atención, de concentrada disposición para esto que viene, y que ya está por llegar. Es un tiempo para la no dispersión, la disciplina de la fe y la preparación para nuevos aconteceres. Las actitudes han de ser acordes con esta experiencia expectante: vigilancia, estudio, escucha, afinamiento del oído y del corazón, meditación. Finalmente, es un tiempo de un hondo contenido ético y de marcados compromisos morales. Que lo torcido se enderece, que se allanen los senderos escabrosos, esteremos escuchando en una de las lecturas de este tiempo, porque va a revelarse la gloria del Señor y todos los mortales han de verla. Por lo mismo, la Iglesia en este tiempo insiste en la revisión de vida, en el acercamiento al Sacramento de la Reconciliación, a los ajustes en los proyectos de vida personales y comunitarios y en los Planes de Pastoral. Adviento es un tiempo propicio para que germine algo nuevo, para que se ensanchen los espacios para el cielo nuevo y la tierra nueva anunciados en el Apocalipsis. Es un tiempo de revisión, de ajustes, de enderezamientos, de nuevos comienzos bajos los aires frescos y las frescas y abundantes aguas que porta el Mesías que está por llegar. En este sentido, nos podemos acoger a las palabras de Jesús a sus discípulos en el relato del Evangelio del primer domingo: que todo esto no les llegue de repente y los encuentre dormido; lo que les digo a ustedes, lo digo a todos: permanezcan en vela. Será cada creyente quien ponga los canales de recepción del cúmulo de bienes y de gratas y nuevas cosas que nos llegan con la venida de Jesucristo. Por lo mismo, es importante que cada uno y cada familia y cada comunidad hagan lectura desde su vida de las expectativas que serán colmadas con la Navidad del Hijo de Dios. Pero, para ello, hay que afinar el oído, agudizar la vista, disponer el corazón, fijar la atención, serenar la afectividad. Distanciamiento, retiro, desierto, son elementos propios y propicios. Tal vez, la forzada disciplina del confinamiento vivida este año nos favorezca la fructuosa vivencia de este momento. De cierta manera, la pandemia ha sido también un tiempo de adviento que se prolonga. La mirada de la fe nos da para mucho; aprovechemos este tiempo litúrgico de la Iglesia para sacar muchas enseñanzas y frutos de lo que ha sido este año marcado por los devastadores (pero también purificadores y restauradores) efectos de una impensada pandemia. + Ovidio Giraldo Velásquez Obispo de Barrancabermeja