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Sacerdote, Eucaristía, Iglesia
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Por P. José Antonio Díaz - “Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han «concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa «contemporaneidad». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cf. Lc 24, 3.35)”.
Estas eran las palabras escritas por Juan Pablo II en su encíclica sobre la Eucaristía Ecclesia de Eucharistia, n° 59, dando testimonio del misterio que vivía cada día en la celebración eucarística. Este testimonio, tan personal y cautivante, demuestra, mucho mejor que cualquier razonamiento abstracto, el carácter esencial de la Eucaristía para la vida y la identidad del presbítero, cumbre y fuente verdadera de todo lo que éste es y hace. No entendería un sacerdote que no viviera a plenitud el misterio que celebra.
Precisamente, este ejemplo me alienta a reflexionar sobre la relación que existe entre el sacerdote y el sacramento eucarístico, memorial de la pascua del Señor, dirigiéndome como hermano a mis hermanos presbíteros, pero también, para que los fieles en general conozcan la relación profunda, la verdadera espiritualidad, que debe existir entre el sacerdote, la Eucaristía y la Iglesia.
Particularmente, a mis hermanos sacerdotes, los invito a reflexionar sobre el mayor don colocado en nuestras manos y sobre las razones que hacen de la Eucaristía el acontecimiento que da sentido, fuerza y belleza a cada uno de nuestros días. Pensar en el momento sublime en el que celebraremos, junto al pueblo de Dios, o incluso, solos, el Santo Sacrificio.
Me permito comenzar con la pregunta que me han planteado muchas veces algunas personas: ¿por qué celebrar la Eucaristía cada día? ¿No será suficiente con el encuentro dominical en el que está reunida toda la comunidad cristiana? ¿Y por qué celebrar la Eucaristía estando solo o ante dos personas? ¿No se vacía así del sentido comunitario que tiene la celebración?
Se podría responder a estas preguntas sólo con argumentos teológicos, pero quiero hacerlo también bajo la luz de la vivencia espiritual contenida en las palabras del Papa Polaco, y citadas al comienzo de este escrito, pues son un testimonio profundo y convincente. Las preguntas mencionadas no se podrían responder sin plantearse otras igualmente importantes: ¿por qué somos sacerdotes? ¿Quién nos ha llamado para dar nuestra vida por el servicio de la reconciliación, la Eucaristía y la caridad? Solo hay una respuesta posible: Jesús. Somos sacerdotes porque así lo ha querido Él, porque para ello nos ha llamado y nos ha amado, y aún sigue queriéndonos y amándonos por ello, Él que es siempre fiel en el amor.
Decimos, entonces, el sentido de nuestra vida, la razón verdadera de nuestra vocación sacerdotal, no está en algo, aunque fuera lo más hermoso del mundo, sino en Alguien. Es decir, ese Alguien es Cristo el Señor. Somos sacerdotes porque un día Él nos llamó desde nuestra realidad histórica. Cada uno sabe cómo: en la palabra de un testigo, en el ejemplo de alguna persona, en un gesto de caridad que nos ha tocado el corazón, en el silencio de un camino de escucha y oración, tal vez en el dolor de una vida que de repente nos pareció desperdiciada sin Él.
A la correspondiente invitación a seguirle le dijimos que sí. En realidad, no hubiéramos podido ser sacerdotes, y serlo, a pesar de todo, en la fidelidad, si no hubiéramos recibido de Él una invitación. Es precisamente este amor el que nos ha inspirado a todas las obras que hemos hecho por los demás: desde la acogida hasta la escucha perseverante y paciente de los demás y el esfuerzo transmitirles el sentido y la belleza de la vida vivida por Dios y su Evangelio, hasta las obras de caridad y el compromiso de trabajar por la justicia, compartiendo en especial la realidad del pobre y tratando de ser la voz de quien no tiene voz. Un sacerdote no lo es por sí mismo, ni por capricho, ni persiguiendo un interés personal, es sacerdote porque Jesús lo ha llamado para esa vocación. No podemos olvidar que nuestro sacerdocio está para el servicio de la comunidad de los creyentes, es decir, la Iglesia; tenemos la función de servir en el nombre de Cristo al Pueblo de Dios. Por eso, un sacerdote no podría ejercer la misión para la que ha sido llamado por Jesús, si niega la comunión con la Iglesia.
Todo este testimonio me ayuda a explicar la razón por la que considero necesario celebrar cada día la Eucaristía: aquí no se trata de un precepto, sino de una real necesidad, no sólo emotiva sino profunda e ineludible. Se trata de la necesidad urgente que debe tener todo sacerdote de colmar su vida cada día con la de Jesús. ¿Dónde podríamos encontrarlo sino allí en donde Él nos ha prometido y garantizado el don de Su presencia? «Éste es mi cuerpo, éste es el cáliz de la nueva y eterna alianza, derramado por vosotros y por todos para remisión de los pecados» (Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,19-20) (cf. Bruno Forte, Sacerdote y Eucaristía). Las diferentes versiones del Nuevo Testamento sobre la institución de la Eucaristía permiten suponer que la tradición de la Última Cena de Jesús con sus discípulos fue tomando forma literaria en las distintas comunidades, que, fieles al mandato del Maestro, celebraron desde el principio el memorial del Señor (cf. 1 Co 11,23-25).
Cada sacerdote hace posible, por mandato de Jesús, y en comunión con el Obispo, ese memorial. Los sacerdotes en primer lugar somos calurosamente invitados a descubrir nuestra identidad sacerdotal, que se vive, especialmente, en la celebración de la Eucaristía. Por eso, la importancia de la relación sacramental que debe existir entre el presbítero y el Obispo, que forman el corazón palpitante de la entera comunidad diocesana. No se entendería nunca un presbítero que rompa la unidad, la armonía y la obediencia que debe existir con su Obispo. Como recordaba en un artículo anterior: del Obispo, se recibe la potestad sacramental y la autorización jerárquica para tal ministerio. La Exhortación Apostólica Post-sinodal Pastores Dabo Vobis, afirma: «En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el proprio Obispo, hacia los cuales debe observarse obediencia y respeto» (PDV 28).
El amor a la Iglesia, como misterio de comunión para la misión, se aprende del amor del mismo Cristo, que "amó a la Iglesia y se entregó en sacrificio por ella" (Ef 5,25). Citando a Juan Pablo II, cuando afirmaba que "la santa Misa es absolutamente el centro de mi vida y de cada jornada" (Discurso del 27 de octubre de 1995, a los treinta años del Decreto Presbyterorum Ordinis), el Papa Benedicto XVI comenta: "Del mismo modo, la obediencia a Cristo, que corrige la desobediencia de Adán, se concretiza en la obediencia eclesial, que para el sacerdote es, en la práctica cotidiana, en primer lugar, su propio Obispo" (Benedicto XVI, Discurso 13 mayo).
La celebración eucarística nos une a Cristo, dejándonos transformar por él, también en su obediencia a los designios del Padre. Por esto, nuestra obediencia "personifica a Cristo obediente" (Benedicto XVI, Discurso 13 mayo) (cf. Tema para la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes: 3 junio 2005); siendo desobedientes atentamos contra esta unidad querida por el Señor.
No se puede olvidar, que la comunión de los sacerdotes con el Obispo redunda en bien de la gente, de los fieles. De unas buenas relaciones los mayores beneficiarios son los fieles, las comunidades. En cualquier circunstancia, pensemos en el bien de la gente. Si uno de nosotros decide romper con esta comunión, rompe con Cristo y con la Iglesia.
Para terminar, permítanme formular una última pregunta: ¿Es válida la Eucaristía de un sacerdote que está suspendido o en desobediencia? La situación de un sacerdote suspendido presenta un serio problema teológico - sacramental: Por una parte, la Iglesia le prohíbe el ejercicio del sagrado ministerio; por otra el sacramento del Orden imprime carácter; por consiguiente, quien lo recibió seguirá siendo siempre sacerdote. ¿Se lesiona de alguna manera la coherencia y comunión de la Iglesia?
No olvidemos que la función estrictamente sacerdotal es la celebración de la Eucaristía. Todo sacerdote y solamente el sacerdote es ministro de la Eucaristía. Juan Pablo II recuerda: "Debéis celebrar la Eucaristía que es la raíz y la razón de ser de vuestro sacerdocio. Seréis sacerdotes, ante todo, para celebrar y actualizar el sacerdocio de Cristo..." "La Eucaristía se convierte así en el misterio, que debe plasmar interiormente vuestra existencia". (Ordenación sacerdotal de Valencia – España 8 noviembre 1982).
Pero volvamos a la pregunta anterior, ¿la Eucaristía celebrada por un sacerdote suspendido o desobediente es válida? La comunión ¿es un sacramento real? Sobre el tema de la validez de la Eucaristía la Iglesia ya ha dado criterios bastante claros. Una Eucaristía es “válida” si en ella realmente sucede la consagración del Cuerpo y Sangre de Cristo. Por tanto, la consagración realmente sucede si y sólo el sacerdote que preside tiene intención de hacer lo que hace la Iglesia con este sacramento. Esto quiere decir, que la validez simplemente significa que Cristo se hace realmente presente por ministerio del sacerdote.
Según la enseñanza anterior, una misa puede ser plenamente válida en circunstancias dignas o indignas. En alguna parte leía: como Cristo en su Pasión, así también Cristo en la Eucaristía está literalmente “en nuestras manos” para ser honrado y adorado, como Él realmente merece, o para ser ofendido y calumniado, como a veces sucede, o como cuando un sacerdote está en estado permanente, sin ningún tipo de contrición, en desobediencia. Por eso, en un clima de oración y penitencia, se tiene que decir: nadie está obligado a asistir, es más, no se debería asistir a una celebración eucarística que, aunque sea válida con un sacerdote suspendido o desobediente, pues termina por volverse en un espectáculo que ofende a Nuestro Señor.
“Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús, ten piedad de nosotros:
aliméntanos y defiéndenos, condúcenos a los bienes eternos en la tierra de los vivos.
Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra,
guía a tus hermanos al banquete del cielo
en el gozo de tus santos. Amén”»
(Ecclesia de Eucharistia, n° 62).
P. José Antonio Díaz Hernández
Canciller Diócesis de Santa Marta
Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Jue 10 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mar 8 Sep 2026
Mar 1 Sep 2026
Cuando la sinodalidad transforma también las estructuras de la Iglesia
Por DP. Bernardo Vanegas Luque - El papa León XIV publicó el 29 de agosto la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Mutua Concordia, mediante la cual modifica dos cánones del Código de Cánones de las Iglesias Orientales. Más allá de su alcance jurídico específico, la decisión ofrece una expresión concreta de una Iglesia que busca vivir la comunión, la corresponsabilidad y la sinodalidad también en sus estructuras y en el ejercicio de la autoridad.La nueva normativa se refiere a las Iglesias católicas orientales patriarcales y, por su naturaleza, también a las Iglesias arzobispales mayores. Su propósito es fortalecer la comunión entre el Patriarca —Padre y Cabeza de la Iglesia sui iuris— y los obispos que, junto con él, conforman el Sínodo de los Obispos.Una autoridad que se ejerce en comuniónMutua Concordia parte de una afirmación especialmente significativa: la concordia entre quien preside una Iglesia oriental y los demás obispos que integran su Sínodo constituye el alma de la comunión de su jerarquía.Desde esta perspectiva, el ministerio de quien preside no aparece aislado del cuerpo episcopal. Por el contrario, el documento recuerda la vocación a la colegialidad propia de este ministerio y señala que la sinodalidad debe ser buscada y cultivada constantemente en un contexto de responsabilidad común.Esta orientación adquiere una expresión jurídica concreta. Entre otros aspectos, la reforma establece procedimientos mediante los cuales el Sínodo puede actuar cuando se presentan dificultades graves en el ejercicio del ministerio del Patriarca, garantizando también su derecho a la defensa y conservando el papel propio del Romano Pontífice.No se trata simplemente de modificar un procedimiento. Detrás de las nuevas disposiciones aparece una comprensión eclesial: la comunión también necesita formas, responsabilidades y estructuras que permitan vivirla.De la experiencia sinodal a las formas concretas de vida eclesialUno de los grandes desafíos de la fase de implementación del Sínodo es precisamente este: evitar que la sinodalidad sea entendida solamente como la realización de encuentros, consultas o métodos de escucha.La escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y la conversación en el Espíritu son fundamentales, pero están llamados a transformar progresivamente nuestra manera de relacionarnos, participar, discernir, tomar decisiones y ejercer los distintos ministerios y responsabilidades en la Iglesia.Mutua Concordia permite observar este dinamismo en un ámbito muy concreto. En este caso, la sinodalidad encuentra una expresión jurídica en la tradición y organización propias de las Iglesias católicas orientales.Esto no significa trasladar estas disposiciones particulares a las diócesis de tradición latina. Su valor para el conjunto de la Iglesia está, más bien, en el principio que dejan entrever: la sinodalidad está llamada a encarnarse en prácticas y estructuras que favorezcan una verdadera comunión y corresponsabilidad.Una pista para nuestro camino en ColombiaLas Iglesias locales en Colombia se encuentran recorriendo la fase de implementación del Sínodo 2025-2028. En este camino, una pregunta resulta cada vez más importante: ¿cómo hacer que la experiencia sinodal pase de los encuentros y espacios de escucha a la vida ordinaria de nuestras comunidades?La respuesta no consiste solamente en crear nuevas estructuras. También supone revisar cómo funcionan las que ya existen: consejos pastorales y económicos, equipos de animación, organismos de participación, comunidades parroquiales y otras instancias de discernimiento y corresponsabilidad.La sinodalidad comienza a hacerse visible cuando escuchar, discernir y participar juntos deja de ser una experiencia ocasional y se convierte progresivamente en una manera habitual de ser Iglesia.La publicación de Mutua Concordia puede leerse, por ello, como una señal concreta de este horizonte: una Iglesia en la que comunión, autoridad, participación y corresponsabilidad no recorren caminos separados, sino que se necesitan mutuamente para el cumplimiento de una misma misión.Para profundizarEl Motu Proprio Mutua Concordia fue publicado el 29 de agosto de 2026 y modifica los cánones 106 y 126 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.Fuente: Santa Sede y Vatican News.Bernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad
Mar 11 Ago 2026
Los ministerios de los laicos: un recorrido histórico
Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - Del 30 al 31 de julio de 2026, la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín fue sede del VIII Congreso Internacional de Liturgia, convocado bajo el lema «Liturgia, escuela de espiritualidad y compromiso laical». En ese marco el Director del Departamento de Liturgia del Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano (SPEC) ofreció la ponencia que da origen a este artículo, con un objetivo doble: histórico y litúrgico. Histórico, porque se trataba de recorrer cómo ha caminado la Iglesia, a lo largo de sus veinte siglos, en su comprensión y ejercicio de los ministerios confiados a los laicos. Litúrgico, porque en cada etapa de ese recorrido interesa preguntar qué rito —qué gesto concreto— expresó la relación entre el ministerio ordenado y los servicios confiados a los laicos.La historia del laicado, como advierten quienes la han estudiado, está hecha de luces y de sombras: no es una línea recta de progreso continuo, ni tampoco una novedad reciente inventada por el Concilio Vaticano II o por el Papa Francisco. Es, más bien, el relato de tres grandes movimientos que se entrelazan y a veces se contraponen: una riqueza carismática originaria en las primeras comunidades; una progresiva concentración de esa riqueza en los ministerios ordenados; y, finalmente, un redescubrimiento que encuentra en el Concilio su formulación decisiva y llega hasta las Orientaciones recién aprobadas por el Episcopado colombiano.1. La Iglesia de los primeros siglos: una comunidad ministerial en su totalidadEn el Nuevo Testamento se distingue ya entre el don fontal del Espíritu, dado a todos para la santificación en Cristo, y los dones particulares que ese mismo Espíritu confiere a algunos fieles para la edificación del Cuerpo. San Pablo lo expresa con una fórmula programática: existen diversos carismas, pero el Espíritu es el mismo; existen diversos servicios, pero el Señor es el mismo (cf. 1 Co 12,1-7). Ese servicio traduce, en griego, diakonía, y remite ante todo a la actitud de Cristo mismo, que se vació y se entregó por la humanidad (cf. Flp 2,5-11): el ministerio, antes que un poder, es un servicio que lo prolonga (Lodi 1987, 1275).La palabra «laico»: quién la usó primeroLa palabra griega laikós aparece por primera vez hacia el año 95, en la Primera Carta de Clemente de Roma a los Corintios (1Clem 40,5), donde Clemente contrapone la tríada sacerdotes-levitas-laicos para hablar del orden que Dios quiere en su pueblo (Sanvito 2026, 31-66). Un siglo después, hacia el 200, Clemente de Alejandría emplea el mismo término en sus Stromata (III, 12, 90, 1), esta vez con la tríada sacerdotes-diáconos-laicos; y Tertuliano, en Cartago, lo usa en su De exhortatione castitatis (7, 3), dando ya por conocido su significado. Los tres no inventan una categoría nueva: fijan, cada uno en su contexto, un vocabulario que la comunidad ya usaba para distinguir, sin romper la unidad del pueblo bautizado, entre quienes ejercían un ministerio jerárquico y quienes no.Buena parte de los grandes apologistas, maestros, mártires y ascetas de estos siglos fueron, precisamente, laicos: Justino, filósofo convertido que abrió en Roma una escuela sin mandato eclesiástico y selló su testimonio con el martirio hacia el año 165; Lactancio, retórico africano que escribió las Divinas instituciones sin dejar nunca su condición laical; Orígenes, que siendo aún laico llegó a dirigir la escuela catequética de Alejandría. Los mártires tienen también nombre propio: tras el edicto de Septimio Severo del año 202, murieron en Cartago Perpetua y Felicidad —hoy presentes en el Canón Romano y en las letanías de la Vigilia Pascual (Misal Romano, 312, 667)—, y en Alejandría, Leónidas, padre de Orígenes. Entre los ascetas, san Antonio Abad (251-356), nunca ordenado, es reconocido como padre del monacato cristiano.Los ministerios menores: qué hacía cada unoSan Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II, es quien primero distingue con nitidez las funciones episcopales de las presbiterales (Lodi 1987, 1279); y la Tradición apostólica de Hipólito de Roma describe ya, en el siglo III, los ritos de ordenación de obispo, presbítero y diácono (Lodi 1987, 1282). Junto a estos tres grados mayores, las fuentes documentan toda una constelación de ministerios laicales estables: el subdiácono leía la epístola y preparaba los vasos sagrados; el lector proclamaba las Escrituras; el cantor entonaba los salmos; el exorcista imponía las manos sobre los catecúmenos; el ostiario custodiaba la puerta del templo; el acólito llevaba las luces y presentaba el vino y el agua. Entre las mujeres, las diaconisas de la tradición siríaca eran ordenadas por imposición de manos —caso documentado es el de santa Olimpia de Constantinopla (360-408)—; las vírgenes consagradas recibían el velo de manos del obispo, como santa Marcelina, hermana de san Ambrosio; y las viudas formaban un orden dedicado a la oración y la caridad, como el círculo reunido por santa Marcela de Roma en el Aventino.Este dato tiene una lectura litúrgica precisa: cada uno de estos ministerios se recibía mediante un gesto ritual distinto, más o menos solemne según el grado, como consta en el Sacramentario Gelasiano, el primer libro litúrgico que recoge los ritos de ordenación de las órdenes menores. Ya en el siglo III, la Iglesia sabía distinguir con el rito la diversidad de vocaciones dentro de un único Pueblo de Dios.2. La concentración clericalA partir de la alianza entre la Iglesia y el Imperio en el siglo IV, el clero se consolidó como un grupo claramente definido y concentró funciones que antes se distribuían de manera más amplia. Desapareció el catecumenado, se debilitó el impulso misionero, y los ministerios y carismas laicales se redujeron hasta el punto de que el diaconado mismo entró en riesgo de extinción práctica (Lodi 1987, 1283). Los privilegios concedidos a los obispos —convertidos en dignatarios del Estado— introdujeron en la liturgia el ceremonial de la corte imperial y una terminología tomada del cursus honorum romano, que llevó a concebir los grados ministeriales como peldaños de una carrera jerárquica y no ya como servicios complementarios. El canon 10 del Concilio de Sárdica (343) es elocuente: nadie podía acceder al episcopado sin haber ejercido antes el lectorado, el diaconado o el presbiterado.La cristiandad organizó así la Iglesia al modo del Imperio, marcando una diferencia cada vez más nítida entre clero y laicado. Desde el siglo VIII la liturgia se celebró en latín, lengua que el pueblo ya no comprendía, lo que convirtió con frecuencia a los fieles en simples espectadores. Litúrgicamente, es la época en que el gesto ritual deja de multiplicarse: donde antes había un rito propio para cada servicio, ahora casi todo converge en la ordenación, y el laico va perdiendo el gesto que antes lo vinculaba visiblemente a un ministerio reconocido.3. El despertar del laicado: cofradías, terceras órdenes y catequistas doctrinerosA partir del siglo X surgieron las cofradías —asociaciones de fieles laicos organizadas en torno a una devoción o una obra de caridad, sin votos ni vida en común— y, en el siglo XIII, las órdenes mendicantes extendieron su espiritualidad a los laicos mediante las terceras órdenes. Santa Isabel de Hungría (1207-1231), reina viuda que renunció a su rango para servir a los pobres, es considerada la primera terciaria franciscana; santa Catalina de Siena (1347-1380) vivió como terciaria dominica e influyó en la vida de la Iglesia de su tiempo, incluida su intervención ante Gregorio XI para el regreso de la Sede de Aviñón a Roma. En este contexto se sentaron las bases del reconocimiento de una misión propia del laicado: la relación específica con las realidades temporales.En la Edad Moderna, el laico Ettore Vernazza fundó en Génova, en 1497, la Compañía del Divino Amor, bajo inspiración de santa Catalina de Génova; el jesuita Jean Leunis fundó en 1563 la primera Congregación Mariana; y, todavía laico, san Felipe Neri fundó en 1548 la Congregación del Oratorio. En el siglo XIX, dos universitarios italianos, Mario Fani y Giovanni Acquaderni, lanzaron en 1867 la iniciativa que Pío IX aprobaría como Sociedad de la Juventud Católica Italiana —antecedente directo de la Acción Católica que Pío XI organizaría formalmente en la Encíclica Ubi Arcano Dei Consilio (1922)—. En las letras, Blaise Pascal (1623-1662) dejó, en sus Pensamientos, la célebre frase «el corazón tiene razones que la razón desconoce»; y Alphonse de Lamartine (1790-1869) cantó a Dios en sus Méditations poétiques (1820).Es precisamente en este mismo período de máxima concentración clerical cuando, en los territorios de misión de América, resurge con fuerza la figura del catequista laico. Ante la escasez de clero, catequistas indígenas y mestizos —muchas veces llamados «fiscales» o «doctrineros»— asumieron durante siglos la enseñanza catequética entre visita y visita del sacerdote. De aquella época perviven hoy varias capillas doctrineras en diócesis colombianas —Zipaquirá, Sutatausa, Suesca, Chiquinquirá, Sáchica, Villa de Leyva, Tierradentro, Tópaga, Monguí—, varias de ellas declaradas bienes de interés cultural. Es la misma semilla ministerial que llegará, sin solución de continuidad, hasta el ministerio de catequista que hoy conocemos: la bendición o el mandato que el párroco daba al doctrinero, sin ordenarlo, era ya un germen del rito de institución que Pablo VI formalizaría siglos después.4. El siglo XX: la teología del laicadoA comienzos del siglo XX comenzó a abrirse paso la conciencia de que el clero no podía representar la única presencia de la Iglesia en el mundo. El papa Pío XI impulsó la Acción Católica, entendida como la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia; Pío XII dio un paso más audaz al afirmar que «los laicos no solo pertenecen a la Iglesia, sino que son Iglesia» (Pío XII 1946). Surgieron movimientos como la Juventud Obrera Cristiana, y se celebraron dos Congresos Mundiales del Apostolado de los Laicos (1951 y 1957), que prepararon el nacimiento de una verdadera teología del laicado entre 1950 y 1960.El P. Yves Congar, dominico francés, silenciado por sospecha de heterodoxia entre 1946 y 1956 y rehabilitado en 1960 por Juan XXIII —quien lo incorporó como perito al Concilio—, representa el primer intento sistemático de pensar al laico no por delegación de la jerarquía, sino desde su propia relación constitutiva con el mundo, fundada en la vocación bautismal. Suya es la frase que resume la condición del laicado de su tiempo: hay laicos que ya son apóstoles en una Iglesia todavía clerical, que se defiende en un mundo en vías de secularización.5. El Concilio Vaticano II: el giro eclesiológicoEl Concilio, convocado por san Juan XXIII, significa un verdadero punto de inflexión, y lo hace desde una decisión de método: en la constitución Lumen Gentium, el capítulo sobre el Pueblo de Dios precede al capítulo sobre la jerarquía. Antes de hablar de cómo los obispos participan de los tres oficios de Cristo, el Concilio afirma que todo el Pueblo de Dios es ya, por el bautismo, un pueblo sacerdotal, profético y real (Concilio Vaticano II 1964, LG 10, 31). Con todo, Lumen Gentium 10 mantiene con claridad la distinción esencial entre ambos sacerdocios —«diferentes esencialmente y no solamente en grado», aunque «ordenados el uno al otro»—.El decreto Apostolicam Actuositatem aplica a los laicos ese mismo esquema de la triple función de Cristo, con una secuencia propia: sacerdote-profeta-rey, en clave de dominio de sí y de servicio a la sociedad (Concilio Vaticano II 1965a, AA 2). Y el decreto Ad Gentes elogia explícitamente a los catequistas, calificándolos de «legión benemérita» de la obra misionera (Concilio Vaticano II 1965b, AG 17). Antes del Concilio, el laico solía definirse de manera negativa: «el que no es sacerdote ni religioso» (CELAM 2007, DA 209). El Concilio superó esa visión y afirmó que los fieles laicos son, en fórmula feliz, hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo, y hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia. Con todo, es honesto reconocer una ambivalencia en el texto conciliar: la colaboración de los laicos aparece todavía, en varios pasajes, ligada a la penuria de sacerdotes, como si se tratara ante todo de una suplencia, y no plenamente como ejercicio propio del sacerdocio bautismal.6. El desarrollo posconciliar y la recepción colombianaPablo VI, en el motu proprio Ministeria quaedam de 1972, reforma la antigua disciplina de las órdenes menores, reserva el Orden sagrado a la tríada episcopado-presbiterado-diaconado y confía el lectorado y el acolitado a los laicos mediante un rito de institución, no de ordenación —la primera vez que la Iglesia distingue con tanta claridad ambos gestos litúrgicos—. El mismo documento abre la puerta a que las Conferencias Episcopales pidan otros ministerios, mencionando expresamente el oficio de catequista.En 1988, san Juan Pablo II precisa en Christifideles laici que «no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental» (Juan Pablo II 1988, ChL 23); la instrucción Ecclesiae de mysterio (1997) lo resumirá con una fórmula memorable: «colaborar no significa sustituir» (Congregación para el Clero 1997). En 2021, Spiritus Domini abre a las mujeres el lectorado y el acolitado instituidos, modificando el canon 230 §1 del CIC, y Antiquum ministerium instituye el ministerio de catequista, descrito como «testigo de la fe, maestro y mistagogo, acompañante y pedagogo que enseña en nombre de la Iglesia» (Francisco 2021, AM 6). En 2022, el Papa Francisco resume todo el recorrido: «no existe comunidad cristiana que no genere ministerios» (Francisco 2022, 3).El Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad (2024) confirma y proyecta este camino, pidiendo «la promoción de más formas de ministerios laicales... no solo en el ámbito litúrgico» (Sínodo de los Obispos 2024, 36). El Episcopado colombiano ha respondido con decisión: tras Antiquum ministerium, y a partir del encuentro del 23 al 25 de mayo de 2023 liderado por el Departamento de Liturgia, se publicaron el 24 de junio de 2026 las «Orientaciones para el Fomento y la Renovación de los Servicios y Ministerios Bautismales» (Conferencia Episcopal de Colombia 2026), que tipifican los ministerios ordenados, los tres ministerios instituidos de alcance universal —lectorado, acolitado y catequista—, los ministerios extraordinarios y los servicios de facto. Y determina la figura del Catequista para la Iglesia en Colombia:«Se dedicará de manera especial a la promoción y realización de acciones y procesos específicamente misioneros y al acompañamiento de las comunidades que surjan de la acción misionera. En este sentido, será líder de comunidades misioneras en contextos rurales o urbanos y podría, si las necesidades locales así lo aconsejan, presidir celebraciones dominicales de la Palabra, en la ausencia del presbítero» (Orientaciones 2026, 117).Se trata de la culminación institucional, dos siglos después, de la figura del catequista doctrinero. Y las Orientaciones añaden un principio que cierra el círculo: cuanto más avanza una Iglesia particular en la pluralidad de los ministerios laicales, más debe insistir en la importancia decisiva de los ministerios ordenados; lo uno nunca es alternativa de lo otro.ConclusiónEste recorrido histórico permite algunas conclusiones pastorales. La Iglesia primitiva nació ministerial en su totalidad: la distinción entre laicos y clérigos, atestiguada desde el año 95, no impidió una vitalidad carismática notable —maestros, mártires y ascetas laicos, y una constelación de ministerios menores con función y rito propios— que rara vez se recuerda hoy con el detalle que merece. El proceso de concentración clerical entre los siglos IV y XIX no fue lineal ni exento de resistencias: coexistió, en distintos momentos, con auténticos despertares laicales, hasta llegar, en el contexto americano, a la figura del catequista doctrinero, germen histórico directo del ministerio que hoy reconoce el magisterio universal.El giro eclesiológico del Concilio Vaticano II confirma que la revalorización del laicado no fue una concesión coyuntural, sino una decisión de método teológico —anteponer el Pueblo de Dios a la jerarquía—, aunque el texto conciliar conserva una ambivalencia no resuelta entre la colaboración laical como suplencia y como ejercicio propio del sacerdocio bautismal. La recepción de este desarrollo en las Orientaciones de la Conferencia Episcopal de Colombia (2026) muestra una Iglesia particular que asume el itinerario magisterial universal y lo articula con su propia historia. Y en la dimensión ritual que ha atravesado todo el recorrido, se advierte que cada etapa tuvo su correspondiente expresión litúrgica: la multiplicidad de ritos de los primeros siglos, su concentración en la sola ordenación durante la cristiandad, el mandato eclesial sin rito propio de la Acción Católica preconciliar, y, finalmente, la distinción magisterial explícita entre el rito de ordenación y el rito de institución que Pablo VI formuló en 1972.En síntesis, lo que hoy se denomina «nuevos ministerios» no es una novedad, sino una recuperación: la tensión entre concentración clerical y despliegue carismático no es nueva, y la Iglesia ha sabido, en distintos momentos de su historia, corregir sus propios desequilibrios sin romper la unidad esencial entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial. El camino sinodal actual no busca clericalizar al laico ni debilitar al ministerio ordenado, sino permitir que toda la comunidad cristiana sea ministerial, para construir juntos el único cuerpo eclesial (Francisco 2022, 9).Referencias-CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). 2007. Documento de Aparecida: Texto conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Bogotá: CELAM.-Concilio Vaticano II. 1964. Lumen Gentium: Constitución dogmática sobre la Iglesia. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Concilio Vaticano II. 1965a. Apostolicam Actuositatem: Decreto sobre el apostolado de los laicos. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Concilio Vaticano II. 1965b. Ad Gentes: Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Conferencia Episcopal de Colombia. 2026. Orientaciones para el Fomento y la Renovación de los Servicios y Ministerios Bautismales. Bogotá: Carvajal Soluciones.-Congregación para el Clero. 1997. Ecclesiae de Mysterio: Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes. Acta Apostolicae Sedis 89: 852–877.-Francisco. 2021a. Spiritus Domini: Carta apostólica en forma de "motu proprio" sobre el acceso de las personas de sexo femenino al ministerio instituido del lectorado y del acolitado. Acta Apostolicae Sedis 113: 169–171.-Francisco. 2021b. Antiquum Ministerium: Carta apostólica en forma de "motu proprio" con la que se instituye el ministerio de catequista. Acta Apostolicae Sedis 113: 641–647.-Francisco. 2022. Mensaje del Santo Padre en el 50.º aniversario de la carta apostólica Ministeria quaedam de san Pablo VI. Acta Apostolicae Sedis 114: 1168–1175.-Juan Pablo II. 1988. Christifideles Laici: Exhortación apostólica postsinodal sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Acta Apostolicae Sedis 81 (1989): 393–521.-Lodi, Enzo. 1987. "Ministerio/Ministerios." En Nuevo Diccionario de Liturgia, dirigido por D. Sartore y A. M. Triacca, edición española de J. M. Canals, 1275–1286. Madrid: Ediciones Paulinas.-Pablo VI. 1972. Ministeria Quaedam: Carta apostólica en forma de "motu proprio" por la que se reforma en la Iglesia latina la disciplina relativa a la primera tonsura, a las órdenes menores y al subdiaconado. Acta Apostolicae Sedis 64: 529–534.-Pío XII. 1946. "Discurso a los nuevos cardenales." Consistorio del 20 de febrero de 1946. Ciudad del Vaticano.-Sanvito, Clara. 2026. "El laico en relación con la jerarquía: un recorrido en los primeros testimonios cristianos." Estudios Eclesiásticos 101, núm. 396: 31–66.-Sínodo de los Obispos, XVI Asamblea General Ordinaria. 2024. Documento Final: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Ciudad del Vaticano, 26 de octubre.P. Jairo de Jesús Ramírez RamírezDirector del Departamento de LiturgiaConferencia Episcopal de Colombia
Mié 22 Jul 2026
Entre memoria y profecía: 40 años de la visita de San Juan Pablo II a Colombia
Por Fray Jorge Ferdinando Rodriguez Ruiz, O.P - A cuarenta años de la visita apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, realizada entre el 01 y el 07 de julio de 1986 bajo el lema “Con la paz de Cristo por los caminos de Colombia”, sus mensajes conservan una sorprendente actualidad para la Iglesia y la sociedad colombiana. Durante aquellos conocidos, posteriormente, como los Siete Días Blancos, el Papa recorrió diversas regiones del país entrecruzándose con campesinos, indígenas, jóvenes, trabajadores, religiosos, sacerdotes, políticos y víctimas de la violencia, dejando un llamado permanente a la reconciliación, la justicia social y la esperanza cristiana, especialmente arropados por la figura de María.Desde la perspectiva de los frailes dominicos de Colombia, los temas que Juan Pablo II abordó continúan siendo desafíos fundamentales para la misión evangelizadora. En primer lugar, su insistencia en la construcción de la paz sigue siendo una tarea urgente. Aunque el país ha experimentado importantes procesos de reconciliación, persisten múltiples formas de violencia, exclusión y polarización. La Iglesia, comprometida históricamente con la predicación de la verdad y la defensa de la dignidad humana, reconoce que la paz no es solamente ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia, el diálogo y la promoción integral de la persona humana, por lo tanto en la inspiración de San Juan Pablo tenemos un horizonte de sentido para continuar trabajando en dicho proyecto humano.Un segundo aspecto de plena vigencia es la opción por los pobres y los excluidos. Durante su visita, Juan Pablo II expresó una profunda cercanía con las víctimas de la tragedia de Armero, con los pueblos indígenas, con los trabajadores y con las comunidades marginadas. En la actualidad, ante las nuevas formas de pobreza, migración, desigualdad educativa y exclusión social, debemos encontrar en esos mensajes una invitación a fortalecer una pastoral de acompañamiento, reflexión crítica y compromiso social inspirada en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia, rejuvenecida con la reciente encíclica Magnifica Humanitas.Asimismo, su encuentro con el mundo universitario y con los intelectuales resulta especialmente significativo para la tradición eclesial ligada a la cultura y la educación. En una época marcada por la inteligencia artificial, la transformación digital y los rápidos cambios culturales, el llamado de Juan Pablo II a integrar fe, razón y servicio al bien común conservan una enorme relevancia. La búsqueda de la verdad, característica esencial del campo educativo, sigue siendo una contribución necesaria para iluminar los desafíos éticos y antropológicos del presente, especialmente desde nuestros lugares eclesiales.Finalmente, la visita del Papa recordó que la evangelización debe estar unida a la esperanza. Frente a un país herido por la violencia y el dolor, Juan Pablo II proclamó que Cristo es fuente de reconciliación y futuro. Para la Iglesia colombiana esta convicción continúa orientando su misión de anunciar el Evangelio en las parroquias, universidades, centros de estudio y espacios de acompañamiento social. La actualidad de aquella visita no se encuentra solamente en el recuerdo histórico, sino en la vigencia de sus preguntas fundamentales: ¿cómo construir una sociedad más justa?, ¿cómo defender la dignidad de cada persona?, ¿cómo formar ciudadanos comprometidos con la verdad y el bien común?, ¿cómo anunciar a Cristo en un mundo cambiante? ¿Cómo ser una iglesia profética en Colombia?Recordar sus pisadas como peregrino de la paz por la geografía de nuestro país nos obliga a confrontar el presente con la misma esperanza activa que él sembró, abrazando aquella convicción profunda que pronunció durante su viaje apostólico: El desarrollo es el nuevo nombre de la paz; y a la paz se llega por la justicia. Mantener vivo su pensamiento es, en última instancia, recordar que la construcción de un tejido social armónico no se logra con acuerdos superficiales, sino con el compromiso diario de asegurar la equidad y la dignidad para cada colombiano. Estamos convocados a una memoria agradecida de su visita pero también a continuar su compromiso profético, pues todos estamos invitados a vivir nuestro profetismo bautismal desestabilizando injusticias y promoviendo la paz.Fray Jorge Ferdinando Rodriguez Ruiz, O.P
Mar 14 Jul 2026
La familia es un bien social primario
Por P. Nelson Ortiz Rozo - En la carta encíclica Magnifica Humanitas, publicada por el papa León XIV, la familia es definida explícitamente como un “bien social primario” y la “célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria”. El documento aborda este concepto principalmente en sus numerales 165 al 167, dentro del apartado destinado a las condiciones sociales de la esperanza para la familia y los jóvenes.En este punto, el Papa evoca la enseñanza de Centesimus annus y señala que la familia: “Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad” (n. 165).Hablar de la familia como un bien social primario significa reconocer que ella constituye el fundamento sobre el cual se construye toda la vida social. Antes que una persona participe en la escuela, en el trabajo, en las instituciones políticas, en la vida de fe o en la cultura, vive la experiencia de pertenecer a una familia. En este entorno se vive la primera experiencia del amor, se descubre el valor de la dignidad humana y se asimilan las primeras normas de convivencia. Tal es su impacto, que la forma en que el individuo viva esta etapa marcará toda su existencia. Por esta razón, la familia no es únicamente una realidad privada que interesa a quienes la conforman, sino un bien que beneficia a toda la sociedad.El carácter de bien social primario también implica que el bienestar de la sociedad depende, en gran medida, de la salud y estabilidad de las familias. Cuando las familias cuentan con condiciones adecuadas para desarrollarse, la sociedad se fortalece; cuando son debilitadas por la pobreza, la violencia, la exclusión o la inseguridad económica, toda la comunidad experimenta sus consecuencias. Por esta razón, el Papa señala que relegar a la familia a un papel secundario en la decisiones políticas y económicas compromete el crecimiento auténtico del cuerpo social. Una sociedad que descuida a sus familias termina debilitando las bases mismas sobre las que alcanza su desarrollo.Esta encíclica sitúa la relevancia de la protección de la familia en el contexto actual de la cuarta revolución industrial y el auge de la inteligencia artificial, marcado por rápidas transformaciones tecnológicas y económicas. Debido a que la dignidad humana es el eje central de la sociedad, la precariedad laboral, el desempleo y la incertidumbre económica afectan directamente la posibilidad de construir proyectos familiares sólidos y de largo plazo. Al limitar la capacidad para asumir responsabilidades, procrear, educar a sus hijos y proyectar un futuro esperanzador, las crisis del mundo laboral terminan perjudicando la calidad de la vida familiar y, en consecuencia, en la cohesión social.Los jóvenes viven esta realidad de manera particularmente intensa. El acceso al empleo digno constituye una condición importante para formar una familia, desarrollar una vocación y participar activamente en la sociedad. Por ello, una sociedad comprometida con el futuro debe promover condiciones que permitan a las nuevas generaciones acceder a la formación, al trabajo y a la estabilidad necesarias para construir sus proyectos de vida.El Papa subraya la necesidad de reconocer a la familia como bien social primario supone, finalmente, asumir una responsabilidad colectiva:“El Estado tiene el deber de apoyar la actividad de las empresas creando condiciones favorables para el empleo, fomentando el trabajo donde escasea y defendiéndolo en tiempos de crisis, ya que este es un bien primario para las familias y para la sociedad”. (n. 168)El Estado, las empresas, la Iglesia, las instituciones educativas y la sociedad en general están llamados a crear condiciones que favorezcan su fortalecimiento. Las políticas de empleo digno, la conciliación entre vida familiar y laboral, el acceso a la educación, las oportunidades de desarrollo cultural y la protección social no son sólo cuestiones económicas o administrativas; son acciones que contribuyen a preservar el núcleo donde se forma la persona y se renueva constantemente la sociedad.Asimismo, la acción evangelizadora y social de la Iglesia adquiere una nueva dimensión al considerar la familia como un bien social. Esto implica que ya no debe ser vista sólo como receptora de un conjunto de acciones, sino reconocerla como un verdadero agente activo de transformación social, como lo impulsó en papa Francisco en Amoris Laetitia:“No basta incorporar una genérica preocupación por la familia en los grandes proyectos pastorales. Para que las familias puedan ser cada vez más sujetos activos de la pastoral familiar, se requiere «un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia», que la oriente en este sentido” (n. 200).Para ello, entre muchas acciones a considerar, es fundamental:a.Educar a las familias para que descubran que su vida interna tiene un impacto directo en la sociedad.b.Impulsar redes de apoyo y comunidades de familias para compartir experiencias, fortalecer la vivencia de la fe y brindarse apoyo mutuo en la misión conyugal y parental. De este modo, se busca contrarrestar el aislamiento que imponen los ritmos de vida modernos y el uso absorbente de las nuevas tecnologías.c.Propiciar espacios para la vivencia de la solidaridad. La familia tiene un valor social que se desarrolla en su capacidad de servicio hacia los más vulnerables. Son muchos los ambientes en los que padres e hijos pueden prestar un servicio común en el que se apoye a familias en situación de pobreza material. Esto educa a los hijos en la empatía y muestra a la sociedad la fuerza transformadora de un hogar unido.d.Desarrollar acciones específicas de acompañamiento a familias en situación de vulnerabilidad asegurando que la Iglesia actúe como una “familia de familias” que no deja a nadie solo.En conclusión, afirmar que la familia es un bien social primario significa reconocer que ella es el primer ámbito de desarrollo humano, la fuente de los valores esenciales para la convivencia y la base indispensable del bien común. Allí se aprende a vivir con otros, a respetar la dignidad de cada persona y a construir relaciones de solidaridad. Por ello, el cuidado y fortalecimiento de la familia no es sólo una tarea privada, sino una exigencia social y eclesial que condiciona el presente y el futuro de toda comunidad humana.P. Nelson Ortiz RozoDirector Departamentos Matrimonio y Familia - Promoción y Defensa de la VidaConferencia Episcopal de Colombia