SISTEMA INFORMATIVO
Digamos NO AL ABORTO
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Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid - En estos días se nos presenta nuevamente el tema de la despenalización del aborto en Colombia, tema que suscita en todos los miembros de nuestra comunidad una gran sensibilidad y necesita también una palabra clara y precisa para orientar a los hombres y mujeres que viven la fe. Tenemos presente también que estos hechos suscitan un gran drama entre quienes tienen que enfrentarlo, poniéndonos de frente al gran tema del valor de la vida humana.
En el designo amoroso de Dios, en las normas y modelo de vida que nos ha regalado, resuena claramente en la Palabra de Dios el precepto: “No matarás” en el libro del Éxodo (Ex 20, 13) y que Jesucristo en el Sermón de la montaña nos recuerda claramente (Mateo 5, 21). La vida humana es sagrada. Ella pertenece solamente a Dios, está en sus manos y en su plan, desde el momento mismo de la concepción hasta el término final de la misma. Ningún hombre o mujer puede atribuirse el derecho a matar o “interrumpir la vida humana”, se puede intentar disfrazar con otras palabras este hecho, pero siempre será el asesinato de una vida inocente, un acto realizado por un sicario. Como recientemente nos enseñó el Papa Francisco).
En la cultura occidental, en el espacio jurídico y en el diario vivir de nuestro contexto social, toman cada vez más fuerza los “Derechos humanos”, algo justo y necesario, que lleva a fortalecer las condiciones de vida, los derechos y obligaciones de todos en el marco que pretende dar a cada uno lo que le corresponde. Muchos se han empeñado en este frente -de los derechos humanos-, pero con figuras de lenguaje y palabras, a veces ambiguas, se quiere destruir uno de los derechos fundamentales de la persona humana, el derecho a la vida, un derecho inalienable, que pertenece concretamente pertenece a un embrión o a un feto no nacido, o a un niño que ya es viable para una vida autónoma.
Esta creatura es una persona humana, sujeto de deberes y derechos por parte de la sociedad. ¿Es justo matar un niño a pocos días de su nacimiento? ¿Es licito matar una vida inocente en los días que su nacimiento es ya viable, en los parámetros de la capacidad técnica de la medicina para mantener la vida?
En una forma equivocada se van abriendo espacios para nuevos “derechos” (derecho al aborto, a nuevas formas de unión de parejas del mismo sexo, a la eutanasia, al uso de drogas) pero que no corresponden a la moral ni a la ética humana, leída en sus verdaderos fundamentos antropológicos. Podemos decir que descansan estas reflexiones sobre una antropología equivocada.
El derecho a la vida humana es un derecho natural e inalienable, que también es tutelado por la Constitución de la República de Colombia (“El derecho a la vida es inviolable”, Articulo 11). No puede existir una forma de manipulación del lenguaje, que lleve a presentar el aborto, con otras palabras o con otra modalidad de expresión que lo descargue de su peso moral. El aborto es la conculcación de un derecho a la vida, es la muerte de un ser humano que tiene derecho a nacer y a recibir lo necesario para ser autónomo y cumplir el plan de Dios para el hombre.
La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde su inicio, es decir desde la concepción misma (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2270). A una creatura indefensa, a un hombre en potencia, tiene que respetarse su derecho a la vida, debe protegerse y debe garantizarse. Si se invoca el respeto a los derechos humanos, debería respetarse el primero y fundamental entre todos: el derecho a la vida, el derecho a nacer.
El aborto es un hecho contrario a la moral católica y a la ética, es claro que matar una vida humana está íntimamente ligado a la acción que consideramos “mala”. Este llamado se repite para la vida humana en todos los contextos y en el tiempo de su existencia.
Nuestros Legisladores deben reflexionar y pensar que su tarea legislativa, tiene que defender, cuidar, garantizar la vida de todos los hombres y mujeres, también ciudadanos, incluso los no nacidos. El hombre, en su ser mismo, desde la concepción tiene que ser defendido en su integridad.
De frente a la dramática realidad el aborto, se nos presentan el derecho fundamental a la vida, contrapuesto a otro presunto “derecho” a decidir el aborto, como si la vida del niño fuera propiedad de la madre (un derecho individual de la madre). En la reflexión sobre el aborto en Colombia debemos tener claro que cuanto se ha aprobado en su momento por la Corte Constitucional, la despenalización del aborto, con la sentencia C-355/2006, puede ser considerada como una ley injusta desde la moral católica. Respetuosamente, con las autoridades civiles legislativas, debemos señalar que esta decisión establece la apertura a este grave atentado a la vida humana, el aborto, sin pasar por la decisión del legislador y al ratificar su decisión se está fortaleciendo una decisión que va contra la vida humana.
El uso de la expresión “interrupción del embarazo” quiere descargar de su peso moral la acción de matar a un niño que ha sido concebido (y que está condicionado por la situación de violencia-violación, posee deformidades o padece enfermedades, disturba la concepción sicológica de la madre). San Juan Pablo II, el gran apóstol de la familia y de la vida, define el aborto como el matar la vida humana –de forma deliberada y directa- en la fase inicial de su existencia, entre la concepción y el momento del nacimiento natural (San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, n. 58).
Como ciudadanos, pero como cristianos, disentimos del pretendido “derecho al aborto” que va apareciendo en las reflexiones y sentencias judiciales. Recordemos a los lectores que este tipo de aproximación jurídica viene desde la famosa sentencia de la Corte Suprema de los Estados Unidos de América (Sentencia Roe vs. Wade: Sentencia 410 US 113 / 1973).
Esta decisión abrió la puerta al aborto en forma legan en USA. En esta ella se pretende defender el “derecho de la mujer al aborto” y el derecho a la privacidad en la persona que toma esta decisión. Este tipo de concepción jurídica va entrando y permeando también nuestra jurisprudencia en detrimento del valor de la vida humana. No podemos de ninguna manera defender el aborto como un derecho, más bien es el ataque y la destrucción de la vida humana.
En la teología católica, no podemos hacer prevalecer el aparente “derecho personal” de la mujer sobre el derecho real y fundamental a la vida de la vida humana que tiene el derecho a nacer (derecho inviolable del “nasciturus”). El niño en el vientre de su madre no es una “cosa”, algo que puede ser desechado sin ninguna consecuencia ética o valor moral.
Todos tenemos que defender la vida humana, potenciar sus derechos, fortalecer las acciones que ayuden el nacimiento de los niños y, también las acciones que ayuden a las madres -en necesidad o en condiciones de pobreza o enfermedad- para llevar a término el nacimiento de los niños.
Estas interpretaciones jurídicas que van contra la persona humana, contra el derecho fundamental a la vida, abren necesariamente la puerta a una reflexión sobre el derecho que poseen las personas que viven la vocación a las tareas sanitarias (médicos, enfermeras, personal administrativo y de servicios), así como las Instituciones a invocar el derecho a la objeción de conciencia para realizar el aborto.
Es necesario que encontremos el camino para la defensa de la vida humana, para procurar su respeto y su fortalecimiento en nuestra comunidad. Ello nos hace mirar con fe y responsabilidad el futuro. Del respeto de la vida humana, en todo momento de su existencia, surge el fortalecimiento de nuestra comunidad y entorno social.
+ Víctor Manuel Ochoa Cadavid
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
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Mar 19 Mayo 2026
La familia, don de Dios
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Y dijo Dios “hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra…Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: sean fecundos y henchid la tierra, sean fecundos". (Gn. 1,26-27)La familia: don sagrado de Dios que debe ser protegido hoy: en medio de los profundos cambios culturales, sociales y jurídicos que atraviesa el mundo contemporáneo, la familia —fundamento de la sociedad y santuario de la vida— enfrenta desafíos que cuestionan su identidad, su misión y su estabilidad. No se trata simplemente de transformaciones externas, sino de una verdadera crisis antropológica que toca el corazón mismo del ser humano, por eso, es urgente alzar la voz con claridad, caridad y firmeza para custodiar este don divino.1. La familia en el designio de DiosLa Sagrada Escritura nos presenta la familia no como una invención humana, sino como un proyecto nacido en el corazón de Dios:“Dios creó al hombre a su imagen… varón y mujer los creó” (Gn 1,27).La complementariedad entre el hombre y la mujer no es solo biológica, sino profundamente espiritual y relacional. En esta unión se revela el amor creador de Dios, que es fecundo, fiel y total.El matrimonio, elevado por Cristo a sacramento, no es un simple contrato social, sino una alianza sagrada que refleja el amor entre Cristo y su Iglesia (cf. Ef 5,25). Por eso, la familia es llamada con razón “Iglesia doméstica”, lugar donde se transmite la fe, se aprende a amar y se cultiva la vida.2. Las amenazas actuales contra la familiaHoy la familia se ve amenazada por múltiples corrientes que, bajo el lenguaje de libertad o progreso, terminan debilitando su esencia:a. Las Ideologías que desdibujan la identidad humana: existen corrientes que niegan la naturaleza dada del ser humano, relativizando la identidad sexual y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Esto no solo afecta la comprensión del matrimonio, sino también la estabilidad emocional y espiritual de las nuevas generaciones.b. La mentalidad anticonceptiva y rechazo de la vida: la difusión de prácticas anticonceptivas ha instaurado una cultura que separa el amor conyugal de su apertura a la vida. El hijo deja de ser don de Dios para convertirse, en muchos casos, en una opción condicionada o incluso rechazada. Esto contradice profundamente el sentido sacramental del matrimonio, llamado a ser signo de amor fecundo, generoso y abierto al don de la vida.c. La disolución progresiva del vínculo familiar: el aumento de separaciones, la banalización del compromiso y la fragilidad de los vínculos afectan gravemente el tejido social. Cuando la familia se rompe, no solo sufren los esposos, sino especialmente los hijos, quienes pierden referentes fundamentales para su crecimiento integral.d. Las tendencias jurídicas que redefinen la familia: en muchos contextos, las legislaciones buscan redefinir la familia desligándola de su fundamento natural y sacramental. Si bien es necesario garantizar derechos y dignidad para todas las personas, no se puede perder de vista la verdad profunda sobre la familia como unión estable entre un hombre y una mujer abierta a la vida.3. La fidelidad, la verdad y el amor son la respuesta cristianaAnte este panorama, la Iglesia no responde con condena, sino con una propuesta: volver al plan original de Dios.a. Redescubrir la belleza del matrimonio: es necesario anunciar con alegría que el matrimonio no es una carga, sino una vocación hermosa, un camino de santidad donde el amor se purifica, madura y da fruto.b. Educar en el amor verdadero: la familia debe ser escuela de virtudes: respeto, entrega, fidelidad, perdón. Solo así se construyen relaciones sólidas capaces de resistir las dificultades.c. Defender la vida como don sagrado: cada hijo es signo del amor de Dios. Acoger la vida es participar en la obra creadora divina. La apertura a la vida no empobrece el amor, lo engrandece.d. Testimonio coherente: más que discursos, el mundo necesita familias que vivan con autenticidad su vocación: hogares donde se respire fe, donde el perdón sea posible, donde el amor no sea pasajero sino comprometido.4. Dimensión espiritual y sacramentalLa familia cristiana no está sola. Está sostenida por la gracia de Dios. En los sacramentos, especialmente la Eucaristía y el Matrimonio, encuentra la fuerza para perseverar.Orar en familia, participar en la vida de la Iglesia y confiar en la acción de Dios son pilares fundamentales para resistir las crisis.Proteger la familia no es una opción ideológica, es una urgencia humana y espiritual. Allí donde la familia es fuerte, la sociedad florece; donde la familia se debilita, todo se fragmenta.Hoy más que nunca, estamos llamados a custodiar este don con valentía, iluminados por la verdad del Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios.La familia no es un vestigio del pasado: es la esperanza del futuro porque donde la familia se mantiene unida a Cristo allí nace la esperanza del mundo.Señor Jesús, que la sagrada familia de Nazaret sea modelo y protección de nuestros hogares.Danos amor, unidad y fidelidad para que nuestra familia pueda vivir la voluntad creadora de nuestro Dios.El Señor proteja nuestra familia+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 5 Mayo 2026
Edición número mil con María al pie de la Cruz
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Hemos comenzado el mes de mayo dedicado a honrar a la Santísima Virgen María, en este año jubilar que el Papa León XIV ha concedido a nuestra Iglesia Particular, en la advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá, la Kacika de Cúcuta, con el lema que estamos interiorizando desde la Basílica: María madre de la esperanza. Así reafirmamos el lema pastoral de este año: vayan y hagan discípulos imitando a la Virgen María, transmitiendo a todos el Evangelio de Jesucristo que es la esperanza que no defrauda. También, llegamos a la edición número mil en el periódico La Verdad, dando gracias a Dios por este medio de difusión del Evangelio que llega a muchas personas que reciben el periódico en cada una de sus ediciones.Al inicio del mes de mayo conmemoramos en Colombia la exaltación de la Santa Cruz, reconociendo en este madero a Jesús como el enviado del Padre para conducirnos a la salvación prometida y esperada. Cada uno de nosotros al mirar y contemplar el Crucificado, estamos llamados a pronunciar desde el corazón las palabras del centurión romano que estaba frente a la cruz: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39); Él ha venido a traernos el perdón del Padre, para reconciliarnos y recibir la paz que debemos entregar a los de¬más, siendo instrumentos del perdón para con nuestros hermanos.Al pie de la Cruz también estaba María tal como lo indica el Evangelio: “junto a la Cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre: mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 25 - 27); allí María estaba con dolor por ver morir a su Hijo, pero no estaba derrumbada, estaba de pie con la confianza, que de su Hijo clavado en la Cruz, brota la salvación para toda la humanidad, siendo perdonados de los pecados para entrar a la vida eterna.María al pie de la cruz es la madre de la esperanza, que ha sido entregada en la persona del discípulo amado a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros. Ella nos indica el camino para llegar a Jesús, esperanza que no defrauda, aún en los momentos de cruz e incertidumbre. En la cruz fue clavado nuestro Señor Jesucristo, que según profesamos en el credo, padeció, fue crucificado, murió, fue sepultado y resucitó al tercer día y está sentado a la derecha del Padre. En el Crucificado está la síntesis de todo el Misterio Pascual que celebramos en la Semana Santa y que vivimos todos los días en la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo que nos da fortaleza diaria, para cargar la propia cruz uniendo nuestros dolores, sufrimientos y enfermedades a la cruz del Señor, para hacernos uno con Jesús Crucificado.En la cultura actual se quiere anular la cruz, el dolor y el sufrimiento que hace parte de la naturaleza humana, vendiendo falsamente la idea de una vida en perfecto bienestar y prosperidad. En ocasiones desde la predicación, algunos comercian con lo sagrado, quieren vender sacramentales ofreciéndoles a las personas la cancelación de todo sufrimiento en sus vidas. Desde la Palabra de Dios tenemos la certeza que estamos predicando la verdad, cuando anunciamos a Jesucristo Crucificado: “porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo Crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. En cambio, para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo, que es fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor 1, 22 - 24). Ahí está la fuerza que nos da la fe, que engendra a la vez la esperanza que hace que tengamos los ojos fijos en el cielo que es nuestro destino; sin olvidar-nos que el camino es la cruz, por la que pasó nuestro Señor Jesucristo, entregando la vida por todos nosotros y que asumió María, cuando estuvo al pie de la Cruz y desde allí nos da consuelo como madre de la esperanza.María al pie de la Cruz nos enseña a contemplar el Crucificado y unir la cruz de cada día a la Cruz del Señor, con la certeza que seguir a Jesucristo Crucificado, nos da la vida eterna. Así lo pide Jesús a sus discípulos: “y dirigiéndose a sus discípulos añadió: Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará” (Mt 16, 24 - 25). Jesucristo mismo nos ha dado ejemplo de entrega de la propia vida por la salvación de todos y nos invita constantemente a tomar la cruz y seguirlo.Mirando y contemplando el Crucificado el corazón se llena de esperanza. La esperanza es la virtud que nos mantiene en pie, que nos ayuda a salir adelante en las incertidumbres y dificultades de la vida y para el cristiano la esperanza brota del árbol de la Cruz, que lo sana de la tristeza, porque es el mismo Jesús que sana, consuela, levanta y da alivio: “vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas” (Mt 11, 28 - 30); de esa manera, cuando estemos agobiados y sin fuerzas por la cruz de cada día, arrodillémonos a mirar y contemplar el Crucificado y encontraremos paz en medio de las fatigas diarias de la vida.Que Nuestra Señora de Chiquinquirá, la Kacika de Cúcuta, madre de la esperanza y el Glorioso Patriarca San José, custodien en nosotros la gracia de Dios y la fe, para seguir en nuestra vida a Jesucristo Crucificado, fuente de nuestra salvación. En acción de gracias seguimos anunciando el Evangelio a través del periódico La Verdad, que desde esta edición número mil, lanzamos hacia el futuro como medio de evangelización que lleva a Jesús hasta sus familias.En unión de oraciones,reciban mi bendición+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Lun 27 Abr 2026
Entre la promesa y la profecía: acercamiento teológico y discernimiento geopolítico sobre Israel, Irán y Medio Oriente
Por Mons. Mario de Jesús Álvarez Gómez - En el complejo entramado de las relaciones internacionales contemporáneas, pocos escenarios suscitan una atención tan sostenida, una inquietud tan profunda y, simultáneamente, interpretaciones de carácter tan trascendente como la tensión persistente entre el Estado de Israel y la República Islámica de Irán. A primera vista, se trata de una confrontación inscrita en dinámicas de orden geoestratégico, disputas de influencia regional y divergencias ideológicas de carácter estructural. No obstante, en determinados contextos eclesiales y religiosos, dicha realidad es leída a la luz de las Sagradas Escrituras, como si los acontecimientos contemporáneos pudieran identificarse, sin mediaciones hermenéuticas, con la realización directa de designios proféticos previamente anunciados.Tal aproximación exige, por consiguiente, un ejercicio de discernimiento particularmente riguroso, sereno y teológicamente responsable. No se trata de establecer correspondencias inmediatas o asociaciones superficiales entre denominaciones antiguas y configuraciones estatales modernas, sino de examinar con prudencia si el texto bíblico ofrece fundamentos sólidos para una lectura que vincule estos acontecimientos con un cumplimiento profético específico.Para abordar adecuadamente esta cuestión, resulta necesario retornar al trasfondo bíblico en el que aparece Persia, entidad histórica que guarda relación geográfica y cultural con el actual Irán. En la Sagrada Escritura, Persia no se presenta como enemiga de Israel, sino, de manera significativa, como instrumento providencial en la economía de la restauración del pueblo elegido. La figura del rey Ciro constituye, en este sentido, un hito de particular densidad teológica. El profeta Isaías proclama: “Así dice el Señor a Ciro, su ungido, a quien ha tomado de la mano para someter ante él a las naciones y destronar a los reyes; para hacer que las ciudades se rindan y no le cierren las puertas…” (Is 45,1). La designación de un soberano extranjero con el título de “ungido”, categoría de profunda resonancia mesiánica, manifiesta la soberanía absoluta de Dios, quien actúa más allá de las fronteras visibles de su pueblo y dispone incluso de autoridades no israelitas para el cumplimiento de sus designios salvíficos.Esta perspectiva se confirma en el libro de Esdras, que recoge el decreto de Ciro, rey de Persia, autorizando el retorno del exilio y la reconstrucción del templo en Jerusalén: “Habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén, que está en la región de Judá. El que de ustedes pertenezca a ese pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén, que está en la región de Judá, a reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel” (Esd 1,2-3). Este testimonio no solo evidencia una relación históricamente favorable entre Persia e Israel, sino que introduce una clave teológica fundamental: la historia de las naciones no se encuentra fuera del señorío divino, sino integrada en su misterioso y providente designio.A la luz de este trasfondo, resulta metodológicamente delicado establecer una identificación directa entre la Persia bíblica y el Irán contemporáneo en términos de enemistad profética. Aun cuando existe una continuidad geográfica e histórica, la configuración política, religiosa y cultural de los Estados modernos no puede ser equiparada de manera automática con los imperios del mundo antiguo. La recta hermenéutica exige, en consecuencia, distinguir con precisión entre tipología bíblica, lenguaje simbólico y cumplimiento literal de las profecías.No obstante, determinados enfoques interpretativos recurren a los capítulos 38 y 39 del libro de Ezequiel, que describen la visión de una coalición de naciones que se levanta contra Israel en los últimos tiempos. En dicho contexto se menciona a Persia: “Persia, Etiopia y Libia van con ellos, todos con escudos y cascos” (Ez 38,5). Este pasaje ha sido objeto de diversas lecturas a lo largo de la tradición exegética, particularmente en momentos históricos marcados por tensiones internacionales.Con todo, es necesario reconocer que la interpretación de estos textos no es unívoca. Una corriente exegética los comprende en sentido futurista y literal, identificando a los pueblos mencionados con entidades estatales contemporáneas. Otra tradición hermenéutica, de carácter más simbólico y teológico, entiende estos oráculos como expresiones propias del lenguaje apocalíptico, cuyo objetivo principal no es delinear con precisión el mapa geopolítico del futuro, sino proclamar la permanente oposición entre las fuerzas del mal y el designio de Dios en la historia. En esta última perspectiva, “Persia” no designaría necesariamente una nación moderna concreta, sino una representación paradigmática de realidades históricas que, en diversos momentos, se oponen al pueblo de Dios.En este horizonte de complejidad interpretativa debe situarse también la dimensión política del conflicto actual. La relación entre Israel e Irán se encuentra determinada por factores múltiples: consideraciones de seguridad nacional, equilibrios de poder regional, estrategias de disuasión, así como redes de alianzas internacionales. La República Islámica de Irán ha desarrollado una política exterior que entra en abierta tensión con la existencia y seguridad del Estado de Israel, mientras que este último percibe en determinados programas militares y nucleares una amenaza de carácter existencial. Tales dinámicas pertenecen, en sentido estricto, al ámbito de la geopolítica contemporánea, y no pueden ser reducidas, sin más, a categorías exclusivamente teológicas o proféticas.En este mismo contexto regional, es necesario ampliar la mirada hacia otros escenarios que integran este entramado de tensiones. La situación en Gaza, tras periodos de intensa conflictividad seguidos de intervalos de relativa contención, ha constituido durante años un foco de grave crisis humanitaria y política, con profundas repercusiones para la estabilidad regional. De igual modo, la realidad del Líbano reviste una particular gravedad y complejidad, especialmente en lo relativo a la presencia de actores armados, no estatales, con significativa capacidad de incidencia militar y política. Las dinámicas que se desarrollan en la frontera norte de Israel no pueden ser comprendidas de forma aislada, sino en el contexto de una red más amplia de relaciones, influencias y confrontaciones indirectas que atraviesan todo el Oriente Medio, configurando un escenario de inestabilidad prolongada y estructural.A este ya complejo entramado se suma la presencia de actores extrarregionales cuya influencia resulta determinante en la configuración del equilibrio estratégico global. Entre ellos, los Estados Unidos de América ocupan un lugar central como principal aliado del Estado de Israel, no solo en el ámbito de la cooperación militar y tecnológica, sino también en el plano diplomático y político. Esta relación, consolidada a lo largo de décadas, introduce una dimensión adicional al conflicto, al situarlo dentro de un sistema internacional más amplio en el que las decisiones de las grandes potencias inciden directamente en la estabilidad del Medio Oriente. En consecuencia, la interacción entre actores regionales y extrarregionales configura un escenario de elevada complejidad, que exige ser abordado con especial rigor analítico y prudencia interpretativa.Sería igualmente incompleto, sin embargo, omitir la influencia que ejercen las narrativas religiosas en la configuración simbólica de estos conflictos. Tanto en determinadas corrientes del Judaísmo y del Islam, como en ciertos sectores del pensamiento cristiano, existen marcos interpretativos que atribuyen a los acontecimientos históricos un significado de carácter espiritual o escatológico. Aunque tales lecturas no determinan de manera directa las decisiones políticas de los Estados, sí influyen en la percepción colectiva de los acontecimientos, contribuyendo en ocasiones a intensificar la carga emocional y simbólica de las tensiones existentes.En este contexto surge una cuestión de notable relevancia teológica: ¿Es legítimo afirmar que la actual tensión entre Israel e Irán, enmarcada en un escenario regional más amplio que incluye Gaza y el Líbano, y en un contexto internacional donde intervienen también potencias como los Estados Unidos, se puede entender como el cumplimiento directo de una profecía bíblica específica? Una aproximación responsable desde nuestra fe exige responder con prudencia y reserva. Si bien las Escrituras contienen referencias a Persia y presentan visiones de conflicto que pueden resonar con la actualidad, no se encuentra en ellas una identificación explícita, inequívoca y directa de los acontecimientos contemporáneos como cumplimiento literal de dichos oráculos.El riesgo de una lectura precipitada o excesivamente literalista de la profecía ha sido advertido reiteradamente a lo largo de la tradición eclesial. La historia muestra numerosos intentos de correlacionar acontecimientos políticos concretos con textos apocalípticos, muchos de los cuales han derivado en interpretaciones erróneas o en lecturas reduccionistas de la complejidad histórica. La sana teología invita, por el contrario, a una hermenéutica marcada por la humildad, el discernimiento y la conciencia de los límites del conocimiento humano ante el misterio del actuar divino en la historia.En última instancia, el valor permanente de los textos proféticos no reside en la precisión cronológica de los acontecimientos que describen, sino en la proclamación de verdades teológicas fundamentales: la soberanía absoluta de Dios sobre la historia, la firme certeza de su justicia y la esperanza escatológica de una restauración plena de la creación. Estas verdades, lejos de quedar circunscritas a contextos históricos determinados, iluminan de manera constante la comprensión creyente de la realidad.Desde esta perspectiva, más que precipitarse a establecer identificaciones definitivas entre los textos sagrados y la coyuntura contemporánea, se impone una actitud de discernimiento eclesial sereno, que reconozca tanto la profundidad espiritual de la historia como la complejidad irreductible de los procesos políticos. De este modo, la reflexión creyente no se orienta hacia la especulación, sino hacia la comprensión responsable, el juicio prudente y la incesante búsqueda de la paz en el mundo, que continúa desenvolviéndose bajo el misterio providente de Dios. En esta línea entendemos y acogemos, como hijos de la Iglesia, el llamado a “una paz desarmada y desarmante” como nos lo viene pidiendo, desde su primer saludo el Papa León XIV. No nos dejemos confundir ni por profecías apocalípticas ni por ataques rastreros a la Sagrada Persona del Papa. Nuestra misión es luchar por hacer claro el Evangelio que siempre será un juicio de paz, armonía, fraternidad y convivencia serena entre las naciones. Y, sintamos como un bálsamo de frescura, la bienaventuranza que nos asegura la filiación divina: “Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).+Mario de Jesús Álvarez GómezObispo de Istmina-Tadó
Lun 20 Abr 2026
El Buen Pastor entra por la puerta en el aprisco de las ovejas
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El próximo domingo estamos llamados por la Iglesia en su liturgia a contemplar a Jesu¬cristo Buen Pastor que tiene preocupación por cada una de las ovejas y sobre todo por aquella que está perdida. Para la misión del pastoreo en su nombre ha dejado instituido el sacerdocio ministerial, indicando a quien ha elegido que entre por la puerta al aprisco donde están las ovejas y camine delante de ellas, tal como lo enseña el Evangelio: “el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca” (Jn 10, 1 - 3); indicando con ello que todos debemos disponernos a entrar por la puerta que es Jesucristo Buen Pastor que da la vida por las ovejas.En la Iglesia tenemos la certeza de estar en el aprisco más seguro para recorrer el camino de la vida cristiana, porque Jesucristo Buen Pastor está con nosotros. Pero además un bautizado, elegido por Dios para el sacerdocio, ayuda al cuidado del rebaño para que nadie se pierda, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20).La misión del Buen Pastor es anunciar el Evangelio, entregando la vida por las ovejas, no las abandona cuando están en peligro y va en busca de ellas cuando se han perdido. Esas actitudes del sacerdote, Buen Pastor, muestran la actitud misericordiosa de Jesús que va en busca de quien se ha perdido, “¿quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros lleno de alegría, y al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ¡alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!” (Lc 15, 4 - 6).Desvelarse por la oveja perdida es la misión de la Iglesia en su tarea evangelizadora, que a tiempo y a destiempo predica a Jesucristo, con la finalidad que sea conocido y que todos reciban la salvación. Ese es el designio amoroso del Padre, Él quiere que todos nos salvemos: “esto es bueno y grato a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 3 - 4); de nuestra parte corresponde disponernos a escuchar la voz del Señor y seguirlo, transformando nuestra vida en Él, mediante un proceso de conversión que cada día debemos emprender.De esta actitud amorosa del Padre misericordioso que nos entrega a Jesucristo Buen Pastor, tiene que brotar una actitud contemplativa en cada uno de nosotros, porque es la intimidad de la oración a solas con Él, lo que refuerza en nosotros el llamado a seguirlo, abandonando comportamientos pecaminosos, para poder escuchar la voz del Señor, reconocer la puerta segura que nos lleva a la salvación: “yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10, 9 - 10).Jesucristo para continuar la obra de la salvación se ha quedado con nosotros en cada uno de los sacerdotes, quienes, participando de su único sacerdocio, hacen visible al Buen Pastor, siendo pastores del Pueblo de Dios, cuidando cada oveja que se les ha encomendado como misión, saliendo en busca de aquella que se ha perdido y viviendo como Buen Pastor, presencia de Jesucristo en medio del redil y no como quien se salta la puerta comportándose como un extraño; porque “a un extraño no lo seguirán las ovejas, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Jn 10, 5). Cada sacerdote que presta su servicio en las parroquias de nuestra Diócesis de Cúcuta, ha entrado al ministerio sacerdotal y a la misión de ser pastores, por la puerta que es Jesucristo Buen Pastor, que ha elegido a cada uno para esta misión; la Iglesia lo ha llamado y enviado en su nombre a cuidar el rebaño que se la ha confiado.El próximo domingo al celebrar a Jesucristo Buen Pastor que ha dado la vida por todos nosotros en la cruz, es también un día para agradecer al Señor por cada uno de nuestros sacerdotes, que dejándolo todo han sabido escuchar la voz del Pastor Supremo, entrar por la Puerta que es Jesucristo, para cumplir la misión en el mundo de pastorear al pueblo de Dios con los sentimientos de Jesucristo, dando la vida por las ovejas que han sido puestas bajo su cuidado.Agradecemos a Dios el don de cada uno de los sacerdotes de nuestra Diócesis de Cúcuta y también de las vocaciones, para que el Señor siga enviando obreros a su mies a cumplir con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos, celebrando la Resurrección”. Oremos por los seminaristas que se encuentran en nuestro Seminario Mayor San José, para que sepan responder al llamado del Señor y se vayan configurando con Jesucristo Buen Pastor. Pidamos la gracia de la renovación sacerdotal para nuestro presbiterio, que nos comprometa a todos en la salida misionera, a ir en búsqueda de la oveja perdida y poderla retornar a tomar el alimento que ofrece Jesucristo en la Eucaristía. Pongámonos bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María y del Glorioso Patriarca San José, pidiendo por todos los sacerdotes para que seamos fieles a Jesucristo y a la Iglesia, en el pastoreo que se nos ha confiado.Felicitaciones a todos los sacerdotes en este día.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta