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Cuarenta años después, el legado de San Juan Pablo II sigue iluminando el camino de la Iglesia en Colombia
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A cuatro décadas de la histórica peregrinación apostólica de San Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta un especial audiovisual y un reportaje escrito sobre el legado de esta peregrinación que marcó la historia del país, "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia". Más que una conmemoración, esta producción invita a redescubrir los gestos, mensajes y enseñanzas que marcaron profundamente la vida de la Iglesia y de la nación, y cuya vigencia continúa iluminando el camino del pueblo colombiano.
Una nación herida recibió a un peregrino de esperanza
Era julio de 1986. Colombia atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La violencia seguía golpeando distintas regiones del país y sembrando incertidumbre entre miles de familias. Al mismo tiempo, la nación aún intentaba sobreponerse a una tragedia que había conmovido al mundo entero. Apenas ocho meses antes, la erupción del volcán Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó a Armero, cobró la vida de más de veinte mil personas y dejó una herida imborrable en la memoria colectiva de los colombianos.
Fue en ese contexto cuando, el 1 de julio de 1986, un peregrino descendió del avión papal y besó el suelo colombiano. No llegaba únicamente el Obispo de Roma ni el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Llegaba el Pastor de la Iglesia universal para encontrarse con un pueblo creyente que, en medio del dolor y la incertidumbre, seguía aferrado a la esperanza.
Desde el primer momento, San Juan Pablo II quiso dejar claro el propósito de su viaje. Al iniciar su peregrinación apostólica expresó que llegaba a Colombia como "mensajero de evangelización", una misión que marcaría cada uno de sus encuentros y que daría sentido a todo su recorrido por el país.
Durante siete días visitó Bogotá, Chiquinquirá, Tumaco, Popayán, Cali, Chinchiná, Pereira, Medellín, Armero, Lérida, Bucaramanga, Cartagena y Barranquilla. Fueron jornadas intensas que la historia bautizó como los "Siete Días Blancos", una expresión que sintetiza mucho más que un itinerario. Representa una peregrinación que congregó a millones de colombianos alrededor del Sucesor de Pedro y que convirtió plazas, estadios, templos y carreteras en escenarios de oración, encuentro y renovación espiritual.
Sin embargo, el verdadero alcance de aquella visita no puede medirse únicamente por la magnitud de las concentraciones o el número de ciudades recorridas. Su huella permanece porque San Juan Pablo II supo leer la realidad de Colombia desde la fe y responder a ella con un mensaje profundamente evangélico.
En cada encuentro, el Papa polaco habló de reconciliación a un país dividido; de esperanza a un pueblo golpeado por el sufrimiento; de dignidad humana allí donde la violencia pretendía imponerse; y de evangelización como el camino para transformar la sociedad desde el corazón del hombre.
Aquella fue, ante todo, una visita pastoral. El Papa quiso encontrarse con los distintos rostros de Colombia: jóvenes, familias, campesinos, trabajadores, comunidades indígenas y afrodescendientes, enfermos, privados de la libertad, seminaristas, sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos. Nadie quedó fuera de su mirada.
Una peregrinación para confirmar la fe de un pueblo
Desde el inicio de su ministerio petrino, San Juan Pablo II había insistido en que la Iglesia debía salir al encuentro de los hombres y mujeres de cada tiempo para anunciar a Cristo como respuesta a las inquietudes más profundas del ser humano. Ese mismo horizonte marcó su paso por Colombia. No vino únicamente a presidir celebraciones multitudinarias; tampoco a pronunciar discursos protocolarios. Vino a confirmar en la fe a un pueblo profundamente creyente y a fortalecer la misión evangelizadora de una Iglesia llamada a responder a los desafíos de su tiempo.
Cada ciudad representó un acento distinto de ese gran mensaje.
En Chiquinquirá reafirmó la profunda identidad mariana del pueblo colombiano y renovó su confianza en la intercesión de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de Colombia.
En los encuentros con los jóvenes los invitó a no dejarse seducir por la violencia ni por el desaliento, sino a descubrir en Cristo el sentido de sus vidas y el compromiso con la construcción de una sociedad nueva.
A las familias les recordó su vocación como primera escuela de fe, de reconciliación y de amor, insistiendo en que el hogar cristiano constituye un pilar insustituible para el futuro de la sociedad.
A los trabajadores y campesinos les habló de la dignidad del trabajo humano, del valor de la solidaridad y de la necesidad de construir estructuras sociales más justas.
A los sacerdotes, religiosos y religiosas, los llamó a vivir con fidelidad la propia vocación y a entregar la vida al servicio del Evangelio.
Pero hubo dos momentos que sintetizaron de manera especial el corazón de toda la peregrinación: su visita a Armero y el encuentro con los obispos de Colombia. En ellos quedaron condensados dos grandes rasgos de su pontificado: la cercanía con quienes sufren y la convicción de que la Iglesia está llamada a ser signo de esperanza para los pueblos.
Armero: cuando el Papa compartió el dolor de Colombia
La visita a Armero fue, quizá, uno de los momentos más conmovedores de toda la peregrinación apostólica. No se trató simplemente de una escala más dentro del itinerario. San Juan Pablo II quiso hacerse presente en el lugar donde el sufrimiento de Colombia se había manifestado con mayor crudeza.
El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó la ciudad y provocó una de las mayores tragedias naturales de la historia del continente. Miles de familias perdieron a sus seres queridos, sus hogares y sus proyectos de vida. Las imágenes de aquella catástrofe dieron la vuelta al mundo y convirtieron el nombre de Armero en símbolo de dolor y desolación.
Ocho meses después, el Papa llegó hasta allí; no para ofrecer explicaciones frente al sufrimiento humano, sino para compartirlo. Su presencia fue, ante todo, un gesto profundamente pastoral. Oró ante la cruz, caminó entre quienes todavía lloraban a sus familiares, abrazó a los sobrevivientes y quiso llevar consuelo a una comunidad que intentaba levantarse en medio de las ruinas.
En aquella tierra marcada por la tragedia, elevó una oración por las víctimas y dirigió palabras de aliento a quienes continuaban enfrentando las consecuencias de la catástrofe. Invitó a descubrir que, incluso en medio del dolor más profundo, la esperanza cristiana permanece viva porque Dios no abandona a quienes sufren. Más que un discurso, fue una presencia. Más que una ceremonia, fue un abrazo espiritual a toda una nación.
Para millones de colombianos, aquel gesto resumió el sentido de la visita apostólica: una Iglesia que no permanece distante ante el sufrimiento de su pueblo, sino que camina junto a él, comparte sus lágrimas y anuncia que el amor de Dios puede abrir caminos de esperanza aun en medio de las pruebas más difíciles.
No fue casual que uno de los momentos más recordados de los Siete Días Blancos ocurriera precisamente allí. Armero se convirtió en el lugar donde la cercanía del Sucesor de Pedro hizo visible la cercanía de toda la Iglesia con los que sufrían, una enseñanza que continúa iluminando la misión pastoral de la Iglesia en Colombia cuatro décadas después.
Una Iglesia llamada a ser signo de esperanza
Entre los numerosos encuentros que marcaron la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, hubo uno que adquirió un significado especial para la vida de la Iglesia: la reunión con los obispos del país. Más allá de un encuentro institucional, fue un momento de comunión eclesial en el que el Sucesor de Pedro habló de pastor a pastores. Conocía los desafíos que enfrentaba la Iglesia colombiana en medio de una realidad marcada por la violencia, las profundas desigualdades sociales y el sufrimiento de miles de personas. Por eso, quiso fortalecer a quienes tenían la misión de conducir al Pueblo de Dios en medio de aquellas circunstancias.
Desde el inicio de su intervención, manifestó la alegría de encontrarse con el episcopado colombiano y reconoció el testimonio de una Iglesia con una profunda tradición evangelizadora, llamada a seguir anunciando el Evangelio en una sociedad que experimentaba grandes transformaciones. Al mismo tiempo, los invitó a leer esos desafíos con esperanza, conscientes de que la misión de la Iglesia nace de la fidelidad a Jesucristo y no de las circunstancias históricas.
El Papa les recordó que el ministerio episcopal solo puede comprenderse desde la comunión. La unidad entre los obispos, en torno a Cristo y en estrecha comunión con el Sucesor de Pedro, era para él una condición indispensable para que la Iglesia pudiera responder con credibilidad a los desafíos del momento. Aquella comunión no era únicamente un principio organizativo, sino la expresión visible de una Iglesia llamada a ser signo de reconciliación para el mundo.
En un país profundamente fragmentado, ese mensaje adquiría una fuerza particular. Mientras la violencia amenazaba con dividir a la sociedad, San Juan Pablo II invitó a los obispos a ser artífices de unidad, promotores del diálogo y servidores de la esperanza, convencido de que la primera contribución de la Iglesia a la construcción de la paz debía nacer del testimonio de su propia comunión.
Pero el Pontífice fue más allá. También los exhortó a permanecer cercanos al pueblo que les había sido confiado. Su ministerio, insistió, debía reflejar el estilo del Buen Pastor: un pastor que conoce a su rebaño, comparte sus alegrías y sufrimientos, acompaña a quienes más lo necesitan y anuncia, con valentía, la verdad del Evangelio.
Aquella cercanía pastoral no podía quedarse en el ámbito de las palabras. Debía traducirse en una presencia permanente entre las comunidades, en la defensa de la dignidad de toda persona humana y en un compromiso decidido con la evangelización de la cultura, de la familia y de la vida social.
San Juan Pablo II también animó al episcopado a fortalecer la acción evangelizadora de la Iglesia en Colombia, convencido de que el anuncio de Jesucristo constituye la respuesta más profunda a las heridas espirituales y sociales de cualquier pueblo. Para el Pontífice, la evangelización no podía reducirse a una actividad pastoral más; era la misión esencial de la Iglesia y el camino para renovar el corazón de las personas y transformar la sociedad desde sus fundamentos.
Esa convicción recorrió toda la peregrinación apostólica. En cada ciudad, en cada homilía y en cada encuentro con los distintos sectores de la sociedad, el Papa volvió una y otra vez sobre la necesidad de anunciar a Cristo como fuente de reconciliación, de justicia y de auténtica libertad.
Cuatro décadas después, aquellas palabras conservan una sorprendente actualidad. La Iglesia en Colombia continúa desarrollando su misión en un contexto que sigue planteando enormes desafíos pastorales y sociales. Persisten las heridas provocadas por la violencia, las desigualdades, la pobreza y las múltiples formas de exclusión. Al mismo tiempo, emergen nuevas realidades culturales que reclaman una presencia evangelizadora capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a la verdad del Evangelio.
En ese escenario, el mensaje que San Juan Pablo II dirigió al episcopado colombiano continúa ofreciendo una hoja de ruta. Su invitación a fortalecer la comunión, vivir una auténtica cercanía con el pueblo, anunciar el Evangelio con renovado ardor y hacer de la Iglesia un signo creíble de esperanza mantiene plena vigencia para quienes hoy continúan la misión de anunciar a Jesucristo en Colombia.
Un legado que sigue caminando con Colombia
Si algo caracterizó la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II fue su capacidad para leer la realidad del país desde la esperanza cristiana. Nunca ignoró las dificultades que atravesaba Colombia. Por el contrario, las miró de frente. Reconoció el dolor provocado por la violencia, la pobreza, las injusticias y las tragedias que golpeaban a miles de familias. Sin embargo, nunca permitió que esas realidades tuvieran la última palabra.
Su mensaje fue siempre una invitación a mirar más allá del sufrimiento inmediato para descubrir la fuerza transformadora del Evangelio. Por eso, habló insistentemente de reconciliación cuando el país parecía atrapado en la confrontación; de dignidad humana cuando tantas vidas eran vulneradas; de solidaridad cuando miles de personas sufrían las consecuencias del abandono; y de esperanza cuando el desaliento amenazaba con imponerse.
Esa es, precisamente, la razón por la que los Siete Días Blancos siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria de la Iglesia y de Colombia. No fueron únicamente siete días de multitudinarias celebraciones. Fueron siete días en los que el Evangelio resonó con fuerza en medio de una nación que necesitaba volver a creer que era posible construir un futuro distinto.
Cuarenta años después, ese llamado permanece vigente. Las circunstancias históricas han cambiado, pero el desafío continúa siendo el mismo: hacer de la Iglesia una presencia cercana a quienes sufren, una comunidad que anuncia con alegría la Buena Nueva y una servidora incansable de la reconciliación, la justicia y la paz.
Con el propósito de contribuir a esa memoria agradecida y de acercar a las nuevas generaciones a uno de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de la Iglesia en Colombia, la Conferencia Episcopal presenta el especial audiovisual "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia. El legado de una peregrinación que marcó la historia del país".
A través de imágenes históricas, registros originales y los propios mensajes pronunciados por San Juan Pablo II durante su recorrido por el país, esta producción propone redescubrir una peregrinación que no pertenece únicamente al pasado. Su legado continúa iluminando el presente y alentando el compromiso de la Iglesia con la evangelización, la reconciliación y la esperanza.
Vea el especial a continuación:
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Vie 25 Sep 2026
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Jue 24 Sep 2026
Jue 1 Oct 2026
Nuevos ataques en la subregión del San Juan: Mons. Mario de Jesús Álvarez clama por la paz y la protección de las comunidades
Ante los recientes ataques contra estaciones de Policía en Nóvita y Santa Rita de Iró, la Iglesia expresa su preocupación por el impacto de la violencia en la población civil y pide buscar caminos de paz, diálogo y respeto por la dignidad humana.La Diócesis de Istmina-Tadó hizo un llamado urgente a detener la escalada de violencia que en los últimos días ha afectado a distintos municipios de la subregión del San Juan, en el sur del departamento del Chocó, y que nuevamente tiene a las comunidades sufriendo.La situación se agudizó el miércoles 30 de septiembre en Nóvita, donde, alrededor de las 10:00 de la mañana, mientras la comunidad se disponía a iniciar la celebración de la Eucaristía con motivo de la fiesta patronal de San Jerónimo, se registró un ataque contra la estación de Policía mediante drones y armas de largo alcance. De acuerdo con información de las autoridades, el hecho incluyó el lanzamiento de seis granadas desde drones y también afectó instalaciones militares. No se reportaron personas heridas.Para la Diócesis, la situación adquiere una especial gravedad por haber ocurrido en medio de una celebración religiosa y en el casco urbano, donde la población quedó expuesta al riesgo.Desde Nóvita, monseñor Mario de Jesús Álvarez Gómez, obispo de Istmina-Tadó, expresó su preocupación por lo que está ocurriendo en la región y pidió a los grupos armados detener las acciones que están afectando directamente a las comunidades. También pidió al al Gobierno Nacional priorizar la protección de las comunidades.“Todo debemos pararlo inmediatamente, dada la angustia y la zozobra que esto provoca”, manifestó el obispo, quien insistió en que la salida debe buscarse por “los caminos del Evangelio y los caminos de la paz”.El prelado señaló que durante los últimos días se han registrado graves hechos de violencia en municipios como Tadó, Río Iró, Sipí, Condoto y Nóvita. En declaraciones entregadas este 1 de octubre, explicó que, a su juicio, las comunidades están experimentando miedo e impotencia y que muchas personas prefieren guardar silencio ante el riesgo que perciben en sus territorios.Sobre las dinámicas del conflicto, monseñor Álvarez se refirió a la confrontación entre el ELN y las AGC, así como a los ataques contra integrantes de la Fuerza Pública. Sus apreciaciones corresponden a su lectura de la situación que viven las comunidades que acompaña pastoralmente la Diócesis.La violencia continúa en Santa Rita de IróLa preocupación se extendió este jueves 1 de octubre a Santa Rita de Iró, cabecera municipal de Río Iró. Según informó el padre Ernesto Zapata, vicario general de la Diócesis de Istmina-Tadó, durante la mañana se habían registrado múltiples explosiones de artefactos lanzados mediante drones contra la estación de Policía.“Lo que sabemos hasta el momento es que se han producido al menos seis ataques desde aeronaves no tripuladas...aún no se tiene información confirmada sobre posibles personas heridas", explicó el sacerdote. Recordó, además, que esta población, de aproximadamente 4.000 habitantes, ya había vivido numerosos ataques con estos artefactos dos meses atrás.“Que todos vivamos en dignidad y en respeto”Ante este panorama, la Diócesis de Istmina-Tadó insiste en que las comunidades no pueden continuar soportando las consecuencias de la confrontación armada. Su llamado se dirige a quienes tienen responsabilidades en las decisiones de seguridad y, de manera particular, a los actores armados que desarrollan acciones violentas en los territorios.“Únicamente es dejándonos iluminar por el Dios del amor, de la misericordia y del perdón como podemos hallar caminos para que todos vivamos en dignidad y en respeto”, expresó monseñor Álvarez.La preocupación de la Iglesia por la situación de las comunidades del San Juan no es nueva. En anteriores momentos de confinamiento y confrontación armada, la Diócesis de Istmina-Tadó ha pedido que se garantice la libertad de movilidad de la población civil y el acceso de la Iglesia y de las organizaciones humanitarias a las comunidades afectadas.Precisamente estas localidades del sur del Chocó resultaron gravemente impactadas por el terremoto del 10 de agosto en Colombia. La mayor parte de sus viviendas sufrieron graves daños estructurales y las comunidades aún están a la espera del proceso de recuperación y reconstrucción.Vea el mensaje del Obispo de Istmina-Tadó a continuación:
Jue 1 Oct 2026
“Que la Iglesia sea una casa abierta": Papa León XIV pide acompañar y orar por quienes enfrentan dificultades de salud mental
El Santo Padre invita a rezar para que la Iglesia sea una casa abierta, capaz de acompañar sin juzgar a quienes enfrentan dificultades en su salud mental y de integrar este cuidado en la vida y misión de las comunidades.La Iglesia en Colombia se une a la intención de oración confiada en este mes de octubre por el Papa León XIV a la Red Mundial de Oración del Papa: “Por la pastoral de la salud mental”. A través de la iniciativa “Reza con el Papa”, el Santo Padre invita a los fieles y a todas las personas de buena voluntad a orar para que la pastoral de la salud mental se integre en toda la Iglesia, contribuyendo a superar el estigma y la discriminación que enfrentan las personas con enfermedades mentales.La propuesta del Pontífice pone en el centro a quienes viven situaciones de ansiedad, depresión u otras enfermedades mentales, muchas veces en silencio y en medio de experiencias de soledad, incomprensión o estigmatización. En este contexto, el papa León XIV pide que la Iglesia sea una “casa abierta”, un espacio seguro donde todos tengan un lugar y donde las personas puedan ser escuchadas y acompañadas sin juicios ni miedo.Una Iglesia que acompaña y no descartaEn la oración, el Papa León XIV se dirige al “Dios de la vida”, que conoce las luces, sombras y heridas silenciosas que habitan el corazón humano. Desde allí, presenta ante el Señor a quienes enfrentan dificultades en su salud mental y recuerda que Dios los llama por su nombre, con ternura, y que en Él encuentran dignidad y esperanza.La plegaria también contiene una petición de perdón por las veces en que la comunidad ha mirado hacia otro lado y ha contribuido al estigma y la discriminación hacia las personas con enfermedades mentales. El Papa pide que la Iglesia se convierta en una comunidad que acompaña y no descarta, que escucha sin juzgar y se acerca sin miedo.La intención se extiende, además, a quienes acompañan y cuidan: profesionales de la salud, familiares, voluntarios y todas aquellas personas que, desde distintos ámbitos, tienden puentes de comprensión y consuelo. Para ellos, el Pontífice pide fortaleza y compasión.Finalmente, el papa León XIV invoca al Espíritu Santo para que la Iglesia aprenda a acoger e integrar el cuidado de la salud mental en la vida y en la misión de sus comunidades, de manera que pueda ser signo vivo de una misericordia que acompaña, sostiene y restaura.Una realidad que interpela a la sociedad y a la IglesiaLa intención de oración responde a una realidad que afecta a millones de personas en el mundo. La Organización Mundial de la Salud señala que cerca de mil millones de personas viven con algún trastorno mental y advierte que el estigma, la discriminación y las dificultades para acceder a servicios de calidad continúan siendo obstáculos importantes para quienes necesitan atención.La situación también tiene una incidencia particular en niños y adolescentes. La OMS estima que uno de cada siete jóvenes entre los 10 y los 19 años experimenta un trastorno mental, mientras que muchos de estos casos permanecen sin reconocer o sin tratamiento. La organización advierte, además, que quienes viven con estas condiciones son especialmente vulnerables a la exclusión social y a la discriminación.Ante esta realidad, la Iglesia está llamada a fortalecer espacios de acogida y acompañamiento, en articulación con las familias, las comunidades y los profesionales que brindan atención especializada. La pastoral de la salud mental no busca sustituir el trabajo de los profesionales de la salud, sino ofrecer también cercanía, escucha, acompañamiento y una comunidad en la que cada persona pueda experimentar que su dignidad es reconocida.“No podemos hacerlo solos”El Papa León XIV ya se había referido a la salud mental durante la vigilia de oración con jóvenes celebrada en Barcelona el 9 de junio de 2026. En respuesta al testimonio de una joven que compartió su experiencia con la depresión, el Pontífice llamó la atención sobre las presiones y expectativas que pueden afectar los equilibrios fundamentales de las personas y, al reflexionar sobre el dolor y la soledad, afirmó: “no podemos hacerlo solos”.Esta expresión ilumina también la intención de oración de octubre: frente al sufrimiento que muchas personas experimentan en silencio, la respuesta cristiana pasa por fortalecer comunidades capaces de acompañar, escuchar y acoger. Se trata de que nadie tenga que afrontar solo sus heridas y de que la Iglesia pueda ser un lugar donde las personas encuentren cercanía, dignidad y esperanza.Oración del Papa León XIV por la pastoral de la salud mental:En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.Dios de la vida,Tú conoces lo más íntimo de nuestro corazón,las luces y sombras que nos habitan,las heridas silenciosas que a veces nadie ve.Hoy te presentamos a nuestros hermanos y hermanasque enfrentan dificultades en su salud mental,que sufren en soledad con ansiedad, depresión o cualquier otra enfermedad mental.Tú los llamas por su nombre, con ternura,y en Ti encuentran dignidad y esperanza.Perdónanos por las veces que hemos mirado hacia otro lado,alimentando el estigma y la discriminaciónhacia las personas con enfermedades mentales.Haz que tu Iglesia sea casa abierta,espacio seguro donde todos tengan lugar,comunidad que acompaña y no descarta,que escucha sin juzgar y se acerca sin miedo.Te pedimos, Señor, por quienes cuidan:profesionales, familiares, voluntarios,hombres y mujeres que con paciencia y amortienden puentes de comprensión y consuelo.Dales fortaleza y compasión para sostener.Envía tu Espíritu sobre nosotros,para que aprendamos a acoger e integrar el cuidado de la salud mentalen la vida y en la misión de nuestras comunidades y de toda la Iglesia,y así lleguemos a ser un signo vivo de tu misericordia,que nunca abandona y siempre restaura.Amén.Vea el video de la oración del Papa a continuación:
Mié 30 Sep 2026
Tras peregrinar con María, la Arquidiócesis de Medellín se dispone a vivir octubre misionero
Cerca de 1.300 personas participaron en la tradicional Peregrinación Mariana de la Arquidiócesis de Medellín. La jornada fue encabezada por el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, y el obispo auxiliar, monseñor José Mauricio Vélez García. Familias, jóvenes, sacerdotes, religiosas y fieles se unieron en esta jornada que cada año prepara a la Iglesia particular para vivir octubre, Mes Misionero.El 26 de septiembre, acompañados por la Virgen del Seminario, los peregrinos caminaron unidos en oración hasta el Seminario Mayor de Medellín. Durante el recorrido, los participantes encomendaron sus intenciones, la vida pastoral de la Iglesia particular y los frutos de este mes de las misiones que celebra la Iglesia Universal.La jornada concluyó con la celebración de la Eucaristía, presidida por el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo. En su homilía, el prelado centró su reflexión en la bienaventuranza proclamada en el Evangelio y destacó que escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica permite descubrir el sentido de la fe y avanzar hacia una vida transformada por ella.“La Palabra de Dios no es una teoría, es una persona a la que nos unimos para que se haga carne en nosotros”, afirmó el arzobispo, subrayando así la relación entre la escucha de la Palabra y la vida concreta de los creyentes.Monseñor Tobón también presentó a la Virgen María como modelo de quien escucha la voluntad de Dios y responde con toda su vida. En este sentido, vinculó la peregrinación con el camino misionero que la Iglesia está llamada a recorrer:“Qué hermosa esta jornada: estar reunidos en torno a la Madre y con ella reconocer quiénes somos, a dónde vamos y qué tenemos que hacer”.
Mar 29 Sep 2026
Liberar y cuidar: Iglesia en Colombia profundiza sobre nuevos criterios para el Ministerio del Exorcismo
El tercer curso nacional de formación para exorcistas reunió en Bogotá a sacerdotes y delegados de distintas regiones para profundizar en protocolos, criterios de discernimiento y prácticas pastorales orientadas a proteger la dignidad de las personas atendidas.En Colombia, el Ministerio del Exorcismo avanza hacia una práctica pastoral cada vez más consciente de la responsabilidad que implica acompañar a personas que atraviesan situaciones de especial vulnerabilidad. Esta fue una de las principales conclusiones del tercer curso nacional de formación para exorcistas, organizado por la Comisión Episcopal y el Departamento de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Colombia, bajo el lema “Liberar y Cuidar: El Ministerio del Exorcismo desde la Cultura del Cuidado”.El encuentro, que contó con la participación de cerca de 80 representantes de distintas jurisdicciones eclesiásticas del país y con aportes de expertos nacionales e internacionales, dio continuidad a los dos cursos anteriores, centrados en “Exorcismo y oración de liberación” y “Discernimiento y espiritualidad, pilares del sacerdote exorcista y su equipo”. En esta tercera edición, la reflexión se concentró en cómo incorporar de manera concreta la cultura del cuidado, la normativa eclesial y criterios de actuación responsable en este ministerio.“La figura del exorcista la debemos no solo valorar, sino también cuidar”, señaló monseñor José Mauricio Vélez García, obispo auxiliar de Medellín y presidente de la Comisión Episcopal de Doctrina de la CEC, al explicar que se trata de un servicio que requiere formación, discernimiento, oración y comunión con el obispo. El prelado recordó que el exorcismo es un sacramental de la Iglesia y que su ejercicio corresponde al sacerdote que ha recibido legítimamente este encargo de parte del obispo.El cuidado de la persona, en el centroUno de los principales énfasis del curso fue la necesidad de que quienes ejercen o acompañan este ministerio tengan claridad sobre los riesgos de generar nuevas afectaciones en personas que ya llegan a la Iglesia en condiciones de fragilidad. El padre Iván José Ruiz Vidal, delegado para el Ministerio del Exorcismo de la Arquidiócesis de Cartagena, destacó este desafío: “En la medida en que nosotros adoptamos el cuidado dentro de nuestro ministerio, pues evitamos entrar en revictimización”.Desde esta perspectiva, el cuidado no se planteó como un elemento adicional al ejercicio del exorcismo, sino como un criterio transversal que debe orientar la relación con quienes solicitan acompañamiento. Esto implica respetar su dignidad, intimidad y libertad; ofrecer una escucha adecuada; evitar actuaciones que puedan producir nuevas heridas y reconocer cuándo una situación requiere la intervención o el acompañamiento de otros profesionales.El padre Gabriel Londoño Sepúlveda, sacerdote exorcista de la Arquidiócesis de Bogotá, sintetizó este enfoque en dos direcciones: el cuidado del ministro hacia las personas que atiende y el cuidado de quienes acuden a él en el ejercicio de su ministerio. Para ello, subrayó la importancia de actuar desde la verdad, el amor, una recta doctrina, la escucha y el acompañamiento pastoral.Discernir antes de intervenirOtro de los aprendizajes centrales fue la necesidad de fortalecer el discernimiento. Las reflexiones abordaron la importancia de evitar atribuciones apresuradas de carácter espiritual frente a situaciones que pueden tener dimensiones psicológicas, psiquiátricas, médicas o sociales.Monseñor José Mauricio Vélez insistió en que el sacerdote exorcista debe contar con criterios suficientes para distinguir las distintas realidades que pueden estar presentes en una persona que solicita ayuda. De ahí la importancia de una formación que permita conjugar la dimensión espiritual con las herramientas provenientes de otras disciplinas.En la misma línea, las ponencias sobre los criterios para el discernimiento de la acción extraordinaria del maligno, las directrices para el ministerio del exorcismo y los posibles abusos en el uso del ritual profundizaron en la necesidad de actuar con prudencia, rigor teológico, formación, oración y trabajo interdisciplinario.El curso también abordó situaciones relacionadas con prácticas de ocultismo y algunas terapias alternativas, planteando la prevención y la formación de las comunidades como herramientas necesarias para que los fieles puedan desarrollar criterios de discernimiento frente a las distintas propuestas espirituales que encuentran en la sociedad contemporánea.Prevenir abusos y fortalecer la responsabilidadLa cultura del cuidado también llevó a revisar posibles formas de abuso en el ejercicio del ministerio, incluidos aquellos que pueden surgir por desconocimiento, actuaciones inadecuadas o interpretaciones erróneas del ritual.Monseñor Rubens Miraglia Zani, exorcista de la Diócesis de Bauru, en Brasil, uno de los conferencistas internacionales del encuentro, llamó la atención sobre la necesidad de fortalecer la vigilancia episcopal y la formación de quienes participan en este servicio. También recordó que no toda persona que se presenta como exorcista cuenta con la autorización eclesial para ejercer este ministerio.De acuerdo con el sacerdote brasileño, esta claridad resulta particularmente relevante en contextos en los que personas que buscan una respuesta inmediata frente a situaciones de sufrimiento pueden quedar expuestas a prácticas que no corresponden al ejercicio legítimo del ministerio de la Iglesia.“No hacemos de nombre propio sino en nombre de la Iglesia y, por lo tanto, hay que seguir lo que nos pide la misma Iglesia”, afirmó el sacerdote brasileño.En este sentido, monseñor Vélez recordó también que el exorcista es un sacerdote nombrado por el obispo y que los fieles pueden acudir a sus respectivas jurisdicciones eclesiásticas para conocer quién ha recibido este encargo. Esta claridad busca favorecer el orden pastoral y prevenir que personas vulnerables terminen recurriendo a quienes actúan al margen de la autoridad y de las normas de la Iglesia.Una responsabilidad que involucra al exorcista y a su equipoEl curso amplió, además, la reflexión sobre quienes acompañan al sacerdote exorcista. La selección, formación, acompañamiento y actuación de los auxiliares fueron abordados como elementos necesarios para garantizar que todo el equipo comprenda los límites de su servicio, actúe con discreción y permanezca en comunión con la autoridad eclesial.Entre los elementos identificados durante los talleres se destacó la necesidad de fortalecer competencias relacionadas con el discernimiento, la formación doctrinal y canónica, el equilibrio humano y espiritual, el trabajo interdisciplinario y la capacidad de reconocer señales de alerta en la práctica pastoral.La reflexión sobre la cultura del cuidado incluyó también el cuidado del propio sacerdote exorcista, tanto en sus dimensiones física y psicológica como espiritual, así como la importancia de evitar actitudes de protagonismo o autorreferencialidad que puedan desvirtuar el sentido eclesial del servicio.De la reflexión a líneas de acciónUno de los aportes metodológicos del encuentro fue el trabajo desarrollado en ocho mesas, organizadas según las provincias eclesiásticas. Este ejercicio permitió compartir experiencias territoriales, reconocer desafíos comunes y plantear propuestas para fortalecer el ministerio en las distintas jurisdicciones.El análisis de las normas canónicas y la construcción de un mapa de competencias permitieron, además, trasladar las reflexiones a situaciones concretas de la práctica pastoral. Las conclusiones recogidas durante estos ejercicios serán objeto de una posterior sistematización por parte de la Conferencia Episcopal de Colombia.Para el padre Carlos Guillermo Arias, director del Departamento de Doctrina de la CEC y coordinador de la organización del curso, este proceso se inscribe en la responsabilidad de continuar ofreciendo herramientas de formación para quienes prestan este servicio en las Iglesias particulares.La proyección, de acuerdo con lo trabajado durante el encuentro, apunta a mantener una formación permanente, fortalecer la articulación entre las jurisdicciones eclesiásticas, consolidar criterios comunes de actuación y profundizar en protocolos y líneas de acción que permitan responder de manera responsable a las situaciones que llegan a este ministerio.“Es relevante seguir formándonos y ojalá tuviésemos la posibilidad de seguir formando también otro mayor número de sacerdotes”, señaló el padre Iván José Ruiz, quien insistió en que la tarea no puede reducirse a una comprensión exclusivamente espiritual de las situaciones que afectan a las personas, sino que debe considerar también las circunstancias sociales y las afectaciones a la dignidad humana.Así, el tercer curso nacional dejó como uno de sus principales desafíos hacer de la cultura del cuidado una práctica permanente del Ministerio del Exorcismo en Colombia: un servicio ejercido en comunión con el obispo, con sólida formación espiritual, doctrinal y canónica, capacidad de discernimiento, apertura al trabajo interdisciplinario y especial atención a la dignidad y protección de las personas vulnerables.Vea el informe audiovisual con los momentos y testimonios más destacados: