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De mínimos humanitarios a máximos en humanidad: Evangelio en operatividad
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Por Pbro. Mauricio Rey Sepúlveda - En el devenir histórico del mundo, la humanidad ha transitado entre la supervivencia y la aspiración a una existencia plena. En este recorrido vital, la ética y el derecho han desempeñado un papel central en la configuración de las condiciones mínimas de dignidad que deben ser garantizadas a todas las personas humanas, especialmente en contextos de crisis y vulnerabilidad. Sin embargo, el horizonte del desarrollo humano no puede reducirse a la mera subsistencia; existe un llamado ético y teológico que nos interpela a trascender la respuesta inmediata y caritativa para construir una sociedad basada en el ejercicio de la justicia estructural y la solidaridad radical.
Este llamado no es ajeno a la doctrina cristiana, la cual ha puesto en el centro de su contenido la primacía de la persona y su dignidad inherente e inviolable. En palabras del profeta Isaías:“Aprended a hacer el bien; buscad la justicia, socorred al oprimido; defended al huérfano, abogad por la viuda” (Isaías 1,17).
Desde esta perspectiva, podemos identificar dos niveles de responsabilidad ética y social: los Mínimos Humanitarios, que constituyen el umbral innegociable de dignidad de toda persona humana en situaciones de emergencia, y los Máximos en Humanidad, que representan la plenitud del compromiso cristiano con la transformación del mundo. En este contexto buscamos analizar ambos niveles, integrando la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y el pensamiento social cristiano, con el fin de proponer una evangelización que no solo predique la fe, sino que la haga, con el ejercicio existencial, praxis de vida en la esfera social y política.
1. Mínimos Humanitarios: La Ética de la Emergencia y la Supervivencia
1.1 Fundamentos Ético-Jurídicos de los Mínimos Humanitarios
El concepto de mínimos humanitarios surge del derecho internacional humanitario y de la doctrina de los derechos humanos. Se trata de un conjunto de principios que garantizan la protección de la vida y la dignidad de las personas en situaciones de guerra, desastres naturales, crisis humanitarias y pobreza extrema.
Estos principios se articulan en torno a cuatro ejes fundamentales:
• Protección de la vida y la integridad personal ante cualquier tipo de amenaza o violencia.
• Acceso a los bienes esenciales para la supervivencia, como agua potable, alimentos, salud y refugio.
• No discriminación en la asistencia humanitaria, garantizando la atención sin distinción de raza, religión, género o condición social.
• Neutralidad e imparcialidad en la ayuda, evitando su uso con fines políticos o estratégicos.
Desde la perspectiva cristiana, estos mínimos no son solo exigencias jurídicas o humanitarias, sino una manifestación concreta de la misericordia de Dios en la historia, a favor de toda y cada persona humana. La enseñanza de Jesús es clara en este sentido
“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis” (Mateo 25, 35).
Garantizar estos mínimos es un imperativo moral ineludible. No obstante, la verdadera transformación social no puede reducirse a la contención de la emergencia pasajera o temporal. Es aquí donde la reflexión sobre los máximos en humanidad cobra relevancia en nuestro quehacer social.
2. Máximos en Humanidad: Hacia una Civilización del Amor y la Justicia Social
2.1 Más Allá de la Asistencia: La Promoción de una Sociedad Justa y Solidaria
Si los mínimos humanitarios nos permiten garantizar la supervivencia, los máximos en humanidad nos invitan a repensar el sentido de la existencia humana en clave de justicia, fraternidad, solidaridad y desarrollo integral de la persona humana. Se trata de una propuesta que no solo responde a la urgencia inmediata, sino que busca transformar las estructuras sociales que generan exclusión y desigualdad.
En este sentido, los máximos en humanidad incluyen:
• Una economía basada en la solidaridad y la equidad social: No basta con paliar la pobreza, es necesario erradicar sus causas estructurales.
• El acceso universal a la educación y la cultura: La ignorancia y la falta de oportunidades perpetúan la marginalidad.
• El trabajo digno y con sentido: El empleo debe ser fuente de realización personal y contribución al bien común.
• El fortalecimiento del tejido social y comunitario: La construcción de paz requiere comunidades organizadas y participativas.
• La custodia de la Casa Común: El desarrollo humano no puede desligarse del respeto por el medio ambiente y la sostenibilidad ambiental.
Estos elementos encuentran su fundamento en la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente en la encíclica Fratelli Tutti, donde el Papa Francisco señala:
“La caridad política es también la expresión de un amor social, capaz de construir fraternidad y justicia” (Fratelli Tutti, 180).
Los máximos en humanidad no son una utopía inalcanzable, sino la encarnación y manifestación concreta del Reino de Dios en la historia humana.
2.2 Evangelizar la Sociedad: Una Tarea Urgente e Inaplazable
El mandato evangélico no se limita a la conversión individual; implica también la transformación de las estructuras sociales injustas. En este sentido, la evangelización de lo social debe ser asumida como una tarea ineludible de la Iglesia en medio de las realidades humanas.
Para ello, se requiere:
1. Una educación en la doctrina social cristiana, que forme ciudadanos comprometidos con la justicia y el bien común.
2. El fomento de políticas públicas basadas en los principios de solidaridad y subsidiariedad bien comprendida y asumida.
3. La creación de modelos económicos alternativos, que privilegien la cooperación sobre la competencia desmedida (economía social y sólida).
4. Una Iglesia en salida, cercana a los excluidos y comprometida con su causa.
La evangelización no puede quedar reducida exclusivamente a los templos; debe hacerse presente en los espacios de decisión política, en la economía, en la educación y en la cultura. Como señala la carta de Santiago: “La fe sin obras está muerta” (Santiago 2, 26).
La Iglesia no puede ser neutral ante la injusticia, pues su misión es anunciar un Reino donde los pobres sean bienaventurados y los últimos sean los primeros.
Amar es Comprometerse con la Justicia y la Solidaridad
Los mínimos humanitarios son un deber moral irrenunciable, pero no pueden ser el punto final de nuestra responsabilidad cristiana.
La verdadera evangelización no se conforma con garantizar la mera subsistencia, sino que busca transformar el mundo según los valores del Reino de Dios.
El desafío que se nos presenta es claro: ¿nos quedaremos en la asistencia puntual o trabajaremos por una justicia estructural? ¿Nos conformaremos con lo mínimo o buscaremos lo máximo en humanidad?
La fe auténtica no se mide tan solo por la oración, sino por su impacto en la historia. La Iglesia está llamada a ser luz y fermento en el mundo, construyendo una sociedad donde el amor, la justicia y la solidaridad no sean la excepción, sino la norma de vida.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5, 6).
Es tiempo de encarnar el Evangelio en la acción social. Porque donde hay hambre, debe haber pan y formación para cocer el mismo; donde hay injusticia, debe haber denuncia ante la vulneración y defensa de los derechos humanos; y donde hay sufrimiento, debe haber desbordamiento de la esperanza. Esta es la vocación cristiana: transformar la historia desde el amor que Dios ha puesto en cada corazón humano.
Pbro. Mauricio Rey Sepúlveda
Director del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana
Vie 22 Mayo 2026
Implementación de la Sinodalidad en la Diócesis de Pasto
Por Pbro. Carlos Eduardo Contreras Grijalba - La Diócesis de Pasto, en comunión con la Iglesia universal y en fidelidad al camino sinodal promovido por el Documento de las Conclusiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (2024), ha asumido la sinodalidad como expresión constitutiva de su ser y actuar, configurándola como estilo permanente de vida eclesial orientado a la comunión, la participación y la misión.En este horizonte, la fase de implementación ha estado marcada por un proceso orgánico que integra la formación espiritual, la renovación de las relaciones, la estructuración pastoral y la dinamización misionera, con el propósito de pasar de una comprensión conceptual de la sinodalidad a su vivencia concreta en la vida diocesana y parroquial.Acciones significativas de implementaciónUna de las acciones más significativas ha sido la implementación progresiva de las Ejercitaciones de Espiritualidad Sinodal, concebidas como un itinerario pedagógico y espiritual que busca suscitar una auténtica conversión personal y comunitaria. Estas ejercitaciones, estructuradas en tres tiempos: espiritualidad de las relaciones, espiritualidad de los procesos y espiritualidad de los vínculos, han sido desarrolladas a nivel diocesano y replicadas en las parroquias mediante los equipos pastorales, llegando a aproximadamente 500 agentes de pastoral. Su metodología, centrada en los dinamismos de EscucharME, EscucharLO y EscucharNOS, y a través de la Conversación en el Espíritu, ha permitido generar espacios reales de escucha, diálogo y discernimiento, favoreciendo la transformación de actitudes, el crecimiento en la vida espiritual y la consolidación de una cultura eclesial marcada por la corresponsabilidad y la comunión. De este modo, la sinodalidad comienza a asumirse no solo como contenido formativo, sino como experiencia vivida que configura el corazón de los agentes pastorales.En estrecha relación con este proceso formativo, se ha impulsado el fortalecimiento de los procesos pastorales participativos, especialmente en el ámbito parroquial, mediante la dinamización de los Equipos y organismos de animación Pastoral, entre ellos: Equipo de Animación Pastoral (EPAP), el Consejo Económico Parroquial (CEP), y los Equipos de Evangelización Parroquial (Betania – Emaús - Samaritano). Estos organismos han sido revitalizados desde una lógica sinodal, promoviendo la planificación participativa, el discernimiento comunitario y la evaluación constante de la acción pastoral. Este dinamismo ha permitido avanzar de una pastoral centrada en actividades aisladas hacia una pastoral basada en procesos sostenidos, en los que la comunidad discierne, decide y actúa en comunión, fortaleciendo así la corresponsabilidad de todos los bautizados y la integración de carismas y ministerios en la misión eclesial.De esta manera, la Diócesis ha avanzado en la restructuración de su acción pastoral mediante la configuración de Centros de Pastoral, como mediaciones concretas que garantizan la continuidad y articulación de los procesos evangelizadores. Esta reorganización ha permitido integrar las distintas dimensiones de la acción pastoral, superando la fragmentación y promoviendo una visión orgánica de la vida eclesial. En este contexto, se han consolidado diversas estrategias pastorales sinodales que dinamizan la misión desde enfoques complementarios: el Centro Cafarnaúm dinamiza las ejercitaciones de espiritualidad sinodal como proceso formativo permanente; el Centro Betania, orientado al proyecto de vida, promueve la maduración de la identidad y vocación del discípulo misionero; el Centro Emaús impulsa los itinerarios catecumenales comunitarios, diferenciales y espirituales favoreciendo la iniciación cristiana y la corresponsabilidad en la organización eclesial; el Centro Samaritano promueve la cultura de la ecología integral, integrando la dimensión social, ambiental y espiritual de la evangelización; el Centro Galilea orienta los procesos formativos para la ministerialidad sinodal, preparando líderes y agentes pastorales para el ejercicio corresponsable del servicio, y el Centro Belén promueve la cultura de la administración pastoral. Esta articulación ha permitido consolidar una estructura pastoral sinodal caracterizada por la integración de carismas, la coordinación entre niveles diocesanos y parroquiales, y la continuidad de los procesos en clave misionera.Finalmente, se destaca la experiencia “Familia en el Carisma”, desarrollada en comunión con la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, como un signo concreto de la sinodalidad vivida en el ámbito espiritual y comunitario de la vida consagrada. Esta iniciativa ha permitido integrar la espiritualidad eucarística y carismática en la vida pastoral, fortaleciendo la dimensión fraterna y la comunión entre diversos estados de vida. En el contexto de la preparación al centenario de la adoración perpetua, esta experiencia ha generado espacios de encuentro, formación espiritual y renovación misionera, consolidando vínculos eclesiales que expresan una Iglesia que camina unida en torno a la Eucaristía y se proyecta hacia la misión.En conjunto, estas acciones evidencian un avance significativo en la implementación de la sinodalidad en la Diócesis de Pasto, al integrar procesos formativos, estructuras pastorales y experiencias de comunión que configuran progresivamente una Iglesia más participativa, orgánica y misionera. Este camino ha permitido iniciar una verdadera conversión relacional, estructural y pastoral, en la que la Iglesia aprende a escucharse, a discernir y a caminar junta bajo la guía del Espíritu Santo.De este modo, la sinodalidad se consolida no como un proyecto transitorio, sino como un camino permanente de renovación eclesial, mediante el cual la Diócesis busca responder con fidelidad a los desafíos del tiempo presente y anunciar con mayor credibilidad el Evangelio, configurándose como comunidad de discípulos misioneros que viven la comunión como misión y la misión como expresión de la comunión.Pbro. Carlos Eduardo Contreras GrijalbaCoordinador Centro Pastoral EmúsDiócesis de Pasto
Mié 22 Abr 2026
Una deuda silenciosa: los sacerdotes olvidados…
Por Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche - En estas líneas deseo llamar la atención sobre una realidad que interpela profundamente nuestra vida cristiana y nuestro sentido de Iglesia: la situación de nuestros sacerdotes ancianos, particularmente aquellos que, a causa de la enfermedad o la fragilidad propia de la edad, viven en condiciones de soledad, abandono o insuficiente acompañamiento, incluso de olvido material.Es justo reconocer que estos hermanos mayores han consagrado su vida al servicio del Pueblo de Dios. Con fidelidad y entrega, han administrado los sacramentos, anunciado la Palabra y acompañado a innumerables fieles en los momentos más significativos de su existencia. Su labor, muchas veces silenciosa y sacrificada, constituye un testimonio elocuente de amor y entrega pastoral.Ante esta realidad, la Iglesia, como madre y maestra, está llamada a promover una cultura de la gratitud, cercanía y cuidado hacia quienes han sido servidores diligentes del Evangelio. El paso del tiempo y las limitaciones propias de la edad no disminuyen la dignidad de su ministerio ni el valor de su testimonio.Es verdad que muchos sacerdotes ancianos, después de haber entregado absolutamente todo por la Iglesia, hoy viven en el olvido. No es una percepción exagerada ni un caso aislado; es una realidad que, aunque silenciosa, revela una profunda incoherencia dentro de nuestra propia Iglesia.Lo dieron todo. No parcialmente, no a medias. Toda una vida marcada por la entrega: años de servicio constante, disponibilidad sin horarios, acompañamiento en los momentos más decisivos de la vida de los fieles. Estuvieron cuando hubo alegría, cuando hubo dolor, cuando hubo dudas. Fueron presencia firme cuando muchos no tenían a quién acudir. Y, sin embargo, hoy..¿Dónde están? ¿Quién los cuida?Muchos han sido desplazados de la vida activa, confinados a espacios donde apenas reciben visitas, donde el paso del tiempo se vuelve más pesado por la ausencia de cercanía. Ya no son “necesarios”, ya no “producen”, ya no “lideran”. Y en una lógica silenciosa pero cruel, eso parece bastar para que dejen de ser visibles.Este olvido no es neutro. Es una forma de abandono. Incluso muchos de ellos mueren en el silencio, en el olvido de sus fieles sin que sepan que han pasado a la casa del Padre. Como Iglesia —y aquí no se trata solo de estructuras, sino de todos nosotros— hemos fallado en algo esencial. Hemos recibido sin aprender a corresponder. Hemos sido acompañados sin comprometernos a acompañar. Hemos escuchado durante años palabras sobre amor, fidelidad y gratitud… pero no las estamos viviendo con quienes nos las enseñaron.¿De qué sirve hablar de comunidad si dejamos solos a nuestros propios pastores cuando más necesitan compañía? ¿Qué credibilidad tiene nuestro discurso sobre el amor al prójimo si ignoramos a quienes nos lo enseñaron con su vida?No basta con garantizarles lo mínimo. Un techo, comida o atención médica no reemplazan la cercanía humana, el reconocimiento, la memoria agradecida. Un sacerdote anciano no necesita solo asistencia: necesita saber que su vida no fue olvidada, que su entrega no quedó en el vacío.Lo más preocupante es que este fenómeno se ha normalizado. Ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado a que sea así. Y esa normalización es, quizás, la señal más clara de que algo no está bien. Porque una Iglesia que olvida a quienes lo dieron todo corre el riesgo de vaciarse por dentro. Pierde memoria, pierde coherencia, pierde alma. Todavía estamos a tiempo de reaccionar. No con discursos, sino con gestos concretos: visitar, escuchar, acompañar, agradecer. Hacerlos parte, no del pasado, sino del presente. Porque ellos no fueron circunstanciales. Fueron pilares. Y a los pilares no se les abandona cuando el tiempo pasa. Se les honra.Al encontrarse en la etapa de la ancianidad o en condición de retiro pastoral, no dejan de ser miembros vivos y valiosos del Cuerpo de Cristo. Su dignidad permanece intacta, y su testimonio continúa siendo fuente de edificación para toda la Iglesia. Sin embargo, existe el riesgo de que su entrega sea relegada al olvido o que su presencia pase desapercibida en medio del dinamismo cotidiano de nuestras comunidades.La gratitud no es solo un deber moral, sino una expresión auténtica de la fe que profesamos. En el cuidado y reconocimiento de nuestros sacerdotes eméritos, manifestamos el rostro de una Iglesia que no olvida, que honra y que ama a quienes han dado su vida por ella. Que este llamado encuentre eco en sus corazones y se traduzca en gestos concretos de caridad y comunión.Exhorto, por tanto, a todos los fieles laicos a manifestar, de manera concreta, su aprecio y reconocimiento hacia estos sacerdotes, mediante la oración constante, la visita fraterna y, en la medida de sus posibilidades, el apoyo material y humano que requieran.De igual manera, invito a los presbíteros en ejercicio activo a fortalecer los vínculos de fraternidad sacerdotal, procurando que ninguno de sus hermanos mayores carezca de la cercanía, el respeto y la asistencia que merece.Que este llamado sea acogido con espíritu de fe y caridad, recordando siempre que en el rostro del sacerdote anciano y enfermo reconocemos la presencia de Cristo, quien nos invita a servirle con amor y generosidad.Encomendamos esta intención a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que nos alcance la gracia de vivir con autenticidad el mandamiento del amor.Pbro. Daniel Bustamante GoyenecheDirector Fundación Mutuo Auxilio Sacerdotal Colombiano (MASC)
Jue 16 Abr 2026
Traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas
Por P. Carlos Alberto Jiménez cjm - Un Encuentro con las Semillas del Verbo presentes en los pueblos originarios - En función de la Inculturación del Evangelio en el seno de los pueblos originarios, se realizó del 23 al 27 de marzo del presente año 2026, en la Ciudad de México, el segundo “Encuentro sobre traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas”. Este encuentro estuvo liderado por el Cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (México) y quien ha sido coordinador del equipo asesor del CELAM en Teología India. Si bien convocó especialmente a agentes de pastoral indígena y liturgistas de la nación mexicana, también fueron invitados agentes de otras Iglesias nacionales a saber: Colombia, Guatemala y Bolivia. Por Colombia asistimos junto con Monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, obispo del Vicariato apostólico de Mitú (Vaupés) y presidente del Instituto Misionero de Antropología (IMA).El encuentro también contó con la participación de Monseñor Aurelio García Macías, Obispo de Rotdon (España) y subsecretario del “Dicasterio para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos” en el Vaticano, además de diversos miembros de las comisiones de Pastoral litúrgica, Pastoral profética y de la Dimensión bíblica de la pastoral, de la Conferencia Episcopal Mexicana.El encuentro tuvo por objetivo compartir criterios y experiencias de traducciones y adaptaciones litúrgicas en los pueblos originarios, para continuar el proceso de inculturación de la Iglesia y promover la plena participación de los Indígenas en la vida eclesial. En él se compartieron las experiencias de algunas diócesis en lo que concierne a la traducción de textos litúrgicos a las lenguas indígenas de los pueblos originarios presentes en el territorio y reconocimiento de estas lenguas como lenguas de la liturgia universal, en especial lenguas de pueblos mexicanos, como lo son Nahualt, Tseltal y Tsotsil. También se presentaron logros en materia de adaptaciones litúrgicas en la Diócesis de San Cristóbal de las Casas. En el encuentro participaron decenas de miembros de pueblos indígenas interesados en poder escuchar y decir el mensaje del evangelio, en lengua propia. Para esto se recordó un hito de la evangelización en México y en el continente, relacionado con la revelación de la Virgen de Guadalupe al Indio San Juan Diego, pues dicha comunicación se dio en lengua indígena (Nahualt), razón por la cual la leyenda sagrada del “Nikan Mopohua”, que recoge dicha revelación dada en el cerro del Tepeyac al Indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, se escribió en su lengua. Por motivos como éste, es que en varias diócesis se han constituido equipos de traductores integrados por los sabios de las comunidades indígenas, misioneros que identifican la lengua, lingüistas y liturgistas, de modo tal que en conjunto logren un cuidadoso trabajo de traducción, que atendiendo al pedido de los pueblos mantenga la fidelidad a la liturgia de la Iglesia.Monseñor Aurelio García, en nombre del dicasterio recordó como el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium permite el uso de la lengua vernácula siempre que sea “muy útil para el pueblo”. De allí que se permita la traducción de libros litúrgicos. Refiriéndose a los Criterios para la traducción litúrgica citó varios documentos que han guiado la actividad en esta materia: la instrucción “Comme la prévoit” (25 de enero de 1969), la Instrucción “Liturgiam Authenticam” (28 de marzo de 2001) y la carta apostólica en forma motu proprio de la Papa Francisco “Magnum principium” (3 de septiembre de 2017); todo a fin de cuidar el ejercicio de interpretaciones forzadas o de la obsesión en la literalidad. Recordó también que a lo largo del tiempo se han enviado cartas para orientar a las Conferencias Episcopales en la materia, como la dirigida por la Sede apostólica a los presidentes de éstas, sobre las lenguas habladas en la liturgia (Epistola ad praesides conferentiarum episcopalium de linguis vulgaribus in sacram liturgiam inducendis), el 5 de junio de 1976, donde se clarifica las competencias de los obispos, la documentación a presentar a la Sede Apostólica, la atención a las fórmulas sacramentales, así como el procedimiento para la aprobación y transmisión de actas a la Santa Sede. Vale la pena señalar que un requisito básico para emprender la tarea de traducción de los textos litúrgicos es la existencia de la versión de la Biblia en una determinada lengua aprobada por la Conferencia Episcopal.Para efecto de adaptaciones litúrgicas el Subsecretario del Dicasterio señaló como en la Constitución Sacrosanctum Concilium se habló de “adaptación”, término que encontraría un desarrollo posterior en el concepto de “inculturación” usado por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Salvorum Apostoli. Observó como el tema de las adaptaciones fue tratado y explicado detenidamente en la instrucción “Varietates Legitimae” (25 de enero de 1994), sobre La liturgia romana y la inculturación. Al final lo que debe quedar claro es que la adaptación está motivada por exigencias culturales y lo que busca “es expresar ritualmente, a través de gestos y símbolos, el mismo contenido expresado por gestos y símbolos del Rito Romano”.Viniendo al caso colombiano se informó como los pueblos originarios y ancestrales, suman 117, según la información disponible en el Ministerio del Interior, el DANE y algunas organizaciones indígenas. Entre estos pueblos subsisten 66 lenguas nativas, que son vitales para la comunicación de estos y la conservación de su identidad cultural. Ahora bien, para miembros de estos pueblos, hacer una oración que salga del corazón implica hacerla en lengua materna, lo cual nos desafía a misioneros y pastores a aprender sobre sus lenguas y símbolos.Vale la pena señalar que, en el caso del acompañamiento pastoral a las comunidades afrodescendientes de Colombia y de América Latina, se han ido presentando, en las celebraciones litúrgicas, gestos que ayudan a sus miembros a expresar la fe, como lo son: el sonido de tambores, la danza y ornamentos litúrgicos coloridos. Tal hecho ha sido reflexionado en el encuentro, llegando a la conclusión que se debe hacer un prudente seguimiento y acompañamiento pastoral, para poder establecer la medida en que estos gestos podrían gozar en algún momento del reconocimiento de adaptación litúrgica por parte de la Iglesia Universal.Al final queda la convicción que la Iglesia debe y puede ofrecer “signos” de auténtica fraternidad y voluntad de acogida, en la evangelización de los pueblos originarios, siendo algunos de ellos: proclamar el evangelio en la lengua de quienes decimos son pueblos hermanos y reconocer los símbolos que emplean para expresar la fe en Dios, cuando estos están en comunión con la Iglesia.Padre Carlos Alberto Jiménez Zapata, CJMDirector del Centro Misionero y del Área de EtniasConferencia Episcopal de Colombia
Lun 13 Abr 2026
En memoria del Padre Adriano Tarrarán
Por P. Luis Eduardo Pérez Villegas, M.I - El padre Adriano Tarrarán, religioso de la Orden de los Ministros de los Enfermos (Camilos), fue ordenado sacerdote en 1964 en Rossano Veneto (Italia). Inspirado por el carisma de San Camilo de Lelis, consagró su vida al servicio de los enfermos, reconociendo en ellos el rostro vivo de Cristo sufriente.En septiembre de 1966 se ofreció como misionero para Colombia, llegando a Bogotá el 4 de enero de 1967. Desde entonces, inició una entrega generosa que se prolongó por más de cinco décadas de servicio sacerdotal y misionero en el país, convirtiéndose en una figura clave en la renovación de la pastoral de la salud en Colombia y América Latina.Su primer destino fue el Hospital Universitario San Juan de Dios, donde ejerció como capellán. Allí, el contacto directo con el dolor, la exclusión y las carencias del sistema de salud lo interpeló profundamente. Esta experiencia marcó el rumbo de su misión: trabajar por la humanización del cuidado, la dignificación del enfermo y la promoción de una atención integral que atendiera tanto las dimensiones físicas como humanas, sociales y espirituales de la persona.Fiel al espíritu camiliano, el padre Adriano impulsó una verdadera transformación en el modo de comprender y vivir la pastoral de la salud. Promovió la formación ética y humana de los profesionales sanitarios, así como la creación de redes de voluntariado capaces de acompañar con compasión y cercanía a quienes sufren.Para ello, desarrolló un amplio programa de sensibilización a través de cursos, seminarios y jornadas de humanización de los servicios de salud. Durante varios años recorrió incansablemente el país, llegando a hospitales, clínicas y comunidades, sembrando una nueva conciencia sobre el valor de la vida y la dignidad del enfermo.En 1981 dio un paso decisivo al fundar el Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la Salud en Bogotá, que con el tiempo se consolidó como un referente nacional e internacional. Este espacio se convirtió en una verdadera escuela de formación en el arte de cuidar, por la que han pasado miles de personas: agentes pastorales, profesionales de la salud, voluntarios y familiares de enfermos.En 1986 fue nombrado responsable de la pastoral de la salud de la Arquidiócesis de Bogotá, y en 1994 la Conferencia Episcopal de Colombia le confió la animación de esta pastoral a nivel nacional. Ese mismo año, el CELAM le encomendó la coordinación continental, impulsando un cambio significativo: pasar de una pastoral centrada únicamente en el enfermo a una pastoral de la salud con enfoque integral, preventivo y comunitario.Su aporte no se limitó a la acción pastoral directa. El padre Adriano también realizó una importante labor formativa y académica, elaborando materiales, manuales y reflexiones sobre el acompañamiento al sufrimiento, el duelo, la espiritualidad en la enfermedad y la humanización de los servicios de salud. Sus escritos y procesos formativos han orientado a generaciones de agentes pastorales en Colombia y América Latina.Fiel a su espíritu visionario, promovió la creación de nuevos espacios al servicio de la vida. En 2009 se inauguraron la Casa de Espiritualidad Camiliana y el Centro de Escucha San Camilo, dedicados al acompañamiento de personas en situaciones de dolor, pérdida y duelo, fortaleciendo así una atención más cercana y profundamente humana.Hoy, el Centro Camiliano de Bogotá es reconocido como un oasis de paz, formación y esperanza, símbolo vivo de una Iglesia comprometida con el cuidado de la vida y la dignidad humana.Celebrar la vida y misión del padre Adriano es reconocer en él a un auténtico testigo de la caridad. Su legado permanece en cada persona formada, en cada enfermo acompañado con dignidad y en cada corazón sensibilizado frente al sufrimiento humano.Gracias, padre Adriano, por tu entrega generosa, por tu fidelidad al Señor y por encarnar con radicalidad el carisma de la Orden Camiliana. Gracias por enseñarnos que cuidar es amar, y que en el servicio a los más frágiles se revela el sentido más profundo de la vida.Tu vida ha sido, y seguirá siendo, una semilla de esperanza para Colombia y para toda la Iglesia.P. Luis Eduardo Pérez Villegas M.IDirector Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la SaludCoordinador de la pastoral salud a nivel Colombia desde la Conferencia Episcopal