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Sacerdote, Eucaristía, Iglesia
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Por P. José Antonio Díaz - “Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han «concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa «contemporaneidad». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cf. Lc 24, 3.35)”.
Estas eran las palabras escritas por Juan Pablo II en su encíclica sobre la Eucaristía Ecclesia de Eucharistia, n° 59, dando testimonio del misterio que vivía cada día en la celebración eucarística. Este testimonio, tan personal y cautivante, demuestra, mucho mejor que cualquier razonamiento abstracto, el carácter esencial de la Eucaristía para la vida y la identidad del presbítero, cumbre y fuente verdadera de todo lo que éste es y hace. No entendería un sacerdote que no viviera a plenitud el misterio que celebra.
Precisamente, este ejemplo me alienta a reflexionar sobre la relación que existe entre el sacerdote y el sacramento eucarístico, memorial de la pascua del Señor, dirigiéndome como hermano a mis hermanos presbíteros, pero también, para que los fieles en general conozcan la relación profunda, la verdadera espiritualidad, que debe existir entre el sacerdote, la Eucaristía y la Iglesia.
Particularmente, a mis hermanos sacerdotes, los invito a reflexionar sobre el mayor don colocado en nuestras manos y sobre las razones que hacen de la Eucaristía el acontecimiento que da sentido, fuerza y belleza a cada uno de nuestros días. Pensar en el momento sublime en el que celebraremos, junto al pueblo de Dios, o incluso, solos, el Santo Sacrificio.
Me permito comenzar con la pregunta que me han planteado muchas veces algunas personas: ¿por qué celebrar la Eucaristía cada día? ¿No será suficiente con el encuentro dominical en el que está reunida toda la comunidad cristiana? ¿Y por qué celebrar la Eucaristía estando solo o ante dos personas? ¿No se vacía así del sentido comunitario que tiene la celebración?
Se podría responder a estas preguntas sólo con argumentos teológicos, pero quiero hacerlo también bajo la luz de la vivencia espiritual contenida en las palabras del Papa Polaco, y citadas al comienzo de este escrito, pues son un testimonio profundo y convincente. Las preguntas mencionadas no se podrían responder sin plantearse otras igualmente importantes: ¿por qué somos sacerdotes? ¿Quién nos ha llamado para dar nuestra vida por el servicio de la reconciliación, la Eucaristía y la caridad? Solo hay una respuesta posible: Jesús. Somos sacerdotes porque así lo ha querido Él, porque para ello nos ha llamado y nos ha amado, y aún sigue queriéndonos y amándonos por ello, Él que es siempre fiel en el amor.
Decimos, entonces, el sentido de nuestra vida, la razón verdadera de nuestra vocación sacerdotal, no está en algo, aunque fuera lo más hermoso del mundo, sino en Alguien. Es decir, ese Alguien es Cristo el Señor. Somos sacerdotes porque un día Él nos llamó desde nuestra realidad histórica. Cada uno sabe cómo: en la palabra de un testigo, en el ejemplo de alguna persona, en un gesto de caridad que nos ha tocado el corazón, en el silencio de un camino de escucha y oración, tal vez en el dolor de una vida que de repente nos pareció desperdiciada sin Él.
A la correspondiente invitación a seguirle le dijimos que sí. En realidad, no hubiéramos podido ser sacerdotes, y serlo, a pesar de todo, en la fidelidad, si no hubiéramos recibido de Él una invitación. Es precisamente este amor el que nos ha inspirado a todas las obras que hemos hecho por los demás: desde la acogida hasta la escucha perseverante y paciente de los demás y el esfuerzo transmitirles el sentido y la belleza de la vida vivida por Dios y su Evangelio, hasta las obras de caridad y el compromiso de trabajar por la justicia, compartiendo en especial la realidad del pobre y tratando de ser la voz de quien no tiene voz. Un sacerdote no lo es por sí mismo, ni por capricho, ni persiguiendo un interés personal, es sacerdote porque Jesús lo ha llamado para esa vocación. No podemos olvidar que nuestro sacerdocio está para el servicio de la comunidad de los creyentes, es decir, la Iglesia; tenemos la función de servir en el nombre de Cristo al Pueblo de Dios. Por eso, un sacerdote no podría ejercer la misión para la que ha sido llamado por Jesús, si niega la comunión con la Iglesia.
Todo este testimonio me ayuda a explicar la razón por la que considero necesario celebrar cada día la Eucaristía: aquí no se trata de un precepto, sino de una real necesidad, no sólo emotiva sino profunda e ineludible. Se trata de la necesidad urgente que debe tener todo sacerdote de colmar su vida cada día con la de Jesús. ¿Dónde podríamos encontrarlo sino allí en donde Él nos ha prometido y garantizado el don de Su presencia? «Éste es mi cuerpo, éste es el cáliz de la nueva y eterna alianza, derramado por vosotros y por todos para remisión de los pecados» (Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,19-20) (cf. Bruno Forte, Sacerdote y Eucaristía). Las diferentes versiones del Nuevo Testamento sobre la institución de la Eucaristía permiten suponer que la tradición de la Última Cena de Jesús con sus discípulos fue tomando forma literaria en las distintas comunidades, que, fieles al mandato del Maestro, celebraron desde el principio el memorial del Señor (cf. 1 Co 11,23-25).
Cada sacerdote hace posible, por mandato de Jesús, y en comunión con el Obispo, ese memorial. Los sacerdotes en primer lugar somos calurosamente invitados a descubrir nuestra identidad sacerdotal, que se vive, especialmente, en la celebración de la Eucaristía. Por eso, la importancia de la relación sacramental que debe existir entre el presbítero y el Obispo, que forman el corazón palpitante de la entera comunidad diocesana. No se entendería nunca un presbítero que rompa la unidad, la armonía y la obediencia que debe existir con su Obispo. Como recordaba en un artículo anterior: del Obispo, se recibe la potestad sacramental y la autorización jerárquica para tal ministerio. La Exhortación Apostólica Post-sinodal Pastores Dabo Vobis, afirma: «En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el proprio Obispo, hacia los cuales debe observarse obediencia y respeto» (PDV 28).
El amor a la Iglesia, como misterio de comunión para la misión, se aprende del amor del mismo Cristo, que "amó a la Iglesia y se entregó en sacrificio por ella" (Ef 5,25). Citando a Juan Pablo II, cuando afirmaba que "la santa Misa es absolutamente el centro de mi vida y de cada jornada" (Discurso del 27 de octubre de 1995, a los treinta años del Decreto Presbyterorum Ordinis), el Papa Benedicto XVI comenta: "Del mismo modo, la obediencia a Cristo, que corrige la desobediencia de Adán, se concretiza en la obediencia eclesial, que para el sacerdote es, en la práctica cotidiana, en primer lugar, su propio Obispo" (Benedicto XVI, Discurso 13 mayo).
La celebración eucarística nos une a Cristo, dejándonos transformar por él, también en su obediencia a los designios del Padre. Por esto, nuestra obediencia "personifica a Cristo obediente" (Benedicto XVI, Discurso 13 mayo) (cf. Tema para la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes: 3 junio 2005); siendo desobedientes atentamos contra esta unidad querida por el Señor.
No se puede olvidar, que la comunión de los sacerdotes con el Obispo redunda en bien de la gente, de los fieles. De unas buenas relaciones los mayores beneficiarios son los fieles, las comunidades. En cualquier circunstancia, pensemos en el bien de la gente. Si uno de nosotros decide romper con esta comunión, rompe con Cristo y con la Iglesia.
Para terminar, permítanme formular una última pregunta: ¿Es válida la Eucaristía de un sacerdote que está suspendido o en desobediencia? La situación de un sacerdote suspendido presenta un serio problema teológico - sacramental: Por una parte, la Iglesia le prohíbe el ejercicio del sagrado ministerio; por otra el sacramento del Orden imprime carácter; por consiguiente, quien lo recibió seguirá siendo siempre sacerdote. ¿Se lesiona de alguna manera la coherencia y comunión de la Iglesia?
No olvidemos que la función estrictamente sacerdotal es la celebración de la Eucaristía. Todo sacerdote y solamente el sacerdote es ministro de la Eucaristía. Juan Pablo II recuerda: "Debéis celebrar la Eucaristía que es la raíz y la razón de ser de vuestro sacerdocio. Seréis sacerdotes, ante todo, para celebrar y actualizar el sacerdocio de Cristo..." "La Eucaristía se convierte así en el misterio, que debe plasmar interiormente vuestra existencia". (Ordenación sacerdotal de Valencia – España 8 noviembre 1982).
Pero volvamos a la pregunta anterior, ¿la Eucaristía celebrada por un sacerdote suspendido o desobediente es válida? La comunión ¿es un sacramento real? Sobre el tema de la validez de la Eucaristía la Iglesia ya ha dado criterios bastante claros. Una Eucaristía es “válida” si en ella realmente sucede la consagración del Cuerpo y Sangre de Cristo. Por tanto, la consagración realmente sucede si y sólo el sacerdote que preside tiene intención de hacer lo que hace la Iglesia con este sacramento. Esto quiere decir, que la validez simplemente significa que Cristo se hace realmente presente por ministerio del sacerdote.
Según la enseñanza anterior, una misa puede ser plenamente válida en circunstancias dignas o indignas. En alguna parte leía: como Cristo en su Pasión, así también Cristo en la Eucaristía está literalmente “en nuestras manos” para ser honrado y adorado, como Él realmente merece, o para ser ofendido y calumniado, como a veces sucede, o como cuando un sacerdote está en estado permanente, sin ningún tipo de contrición, en desobediencia. Por eso, en un clima de oración y penitencia, se tiene que decir: nadie está obligado a asistir, es más, no se debería asistir a una celebración eucarística que, aunque sea válida con un sacerdote suspendido o desobediente, pues termina por volverse en un espectáculo que ofende a Nuestro Señor.
“Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús, ten piedad de nosotros:
aliméntanos y defiéndenos, condúcenos a los bienes eternos en la tierra de los vivos.
Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra,
guía a tus hermanos al banquete del cielo
en el gozo de tus santos. Amén”»
(Ecclesia de Eucharistia, n° 62).
P. José Antonio Díaz Hernández
Canciller Diócesis de Santa Marta
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Vie 25 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Jue 24 Sep 2026
Vie 18 Sep 2026
La amistad, tesoro evangélico y sostén del Ministerio Sacerdotal
La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable"(Eclo 6,14-15).¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTESi esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZDiócesis de Santa Marta
Jue 10 Sep 2026
De la escucha a las estructuras: nuevas propuestas para una Iglesia sinodal
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?Una sinodalidad que llega a la vida cotidianaDurante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.Corresponsables, pero no todos de la misma maneraUna expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.También las estructuras pueden aprender a escucharEl segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.¿Qué significa esto para los laicos?Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.Una pregunta para nuestras comunidadesLa fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.Fuentes:Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.htmlVatican News en español:https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.htmlBernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad
Mar 1 Sep 2026
Nos llama, nos mueve y nos une: caminar con las familias para sembrar la paz
P. Nelson Ortiz Rozo - En un entorno social marcado por las heridas de la violencia, la polarización y los desastres naturales, muchas familias experimentan cansancio, incertidumbre y frustración. Frente a esta realidad, la acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia emerge como una fuerza indispensable, capaz de abrazar la fragilidad de los hogares y animarlos a ser sembradores de paz. Por lo tanto, reconocer a la familia como un lugar privilegiado donde se cultivan valores, hábitos y patrones de convivencia permite entender su profunda y decisiva influencia en el desarrollo de la sociedad. La familia no es solo el primer espacio de socialización, sino también la primera escuela donde se aprende a amar, a dialogar, a respetar la diferencia y a resolver los conflictos. Esta labor eclesial nace del corazón de una Iglesia que desea caminar al ritmo de la historia humana mostrando que el tejido social sana en la medida que fortalecemos los vínculos familiares.Esta llamada se hace aún más viva y urgente al sintonizarnos con la iniciativa de la Semana por la Paz que este año nos convoca bajo el lema: ¡la paz nos llama, nos mueve y nos une! Es especialmente en el seno del hogar donde este lema se convierte en vida, pues la familia es el primer escenario donde esa fuerza que nos mueve y nos une debe ser cultivada y custodiada.En primer lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia cuida y sirve a la paz respondiendo a la voz de “la paz nos llama”, ofreciendo espacios de acogida, escucha y sanación para el fortalecimiento del vinculo conyugal, filial y fraternal. Sabemos bien que el clima de agresión exterior con frecuencia se filtra al interior de las casas, lastimando las relaciones entre los esposos, el trato de los padres hacia los hijos e instalando la rivalidad en indiferencia entre los hermanos. Por eso la Iglesia sale al encuentro con la pedagogía del cuidado para caminar al lado de cada hogar en su realidad concreta, compartiendo sus alegrías y aliviando sus dolores. Como nos enseñaba san Juan Pablo II: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (F. C., 22). Así cuando los miembros de una familia aprenden a acoger y promover la dignidad del otro en su vida diaria, sanando los conflictos internos mediante la caridad cristiana, ese hogar se convierte de manera natural en una sembradora de paz.En segundo lugar, este caminar compartido “nos mueve” a actuar, en el que la Iglesia acompaña con la pedagogía del perdón y la reconciliación cotidiana en la convivencia familiar. Frente a una sociedad que propone el descarte de los que piensan diferente, el Evangelio vivido en el hogar nos mueve a descubrir que el diálogo sincero y el discernimiento comunitario son los verdaderos caminos del Espíritu. El papa Francisco no alienta en este aprendizaje: “Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil” (A.L., 106). La acción evangelizadora acompaña con paciencia estos procesos del corazón, mostrando a los padres y a los hermanos que las diferencias no se destruyen con la violencia, sino que se abrazan en la comunión. Con este propósito, la pastoral familiar de la Iglesia en Colombia impulsa múltiples iniciativas, tales como talleres de perdón y reconciliación, retiros espirituales y asesoría personalizada en los centros de escucha y orientación familiar. A esto se suman los encuentros de la Semana de la Familia que esté año, los cuales ofrecen herramientas de resolución pacífica de conflictos orientadas a “desarmar el corazón” y consolidar entornos de convivencia fraterna.Finalmente, el dinamismo de este caminar juntos es el lazo que “nos une” en corresponsabilidad, impulsando a la familia a salir de sí misma para ofrecerse generosamente a la comunidad. De este modo, “ensancha la tienda” del corazón y derriba los muros del egoísmo para vivir una fraternidad más allá del hogar. Al respecto, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanistas, recuerda que la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es un bien social primario y la célula fundamental e insustituible de la sociedad (nn. 165-167). Así al tejer redes de comunión donde caminan juntas y viven el servicio pastoral, las familias dejan atrás la soledad y el desamparo para descubrirse unidas en una misión común: ser testimonio de fraternidad, hospitalidad, solidaridad y servicio comunitario.La acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia nos demuestra que la paz social es inseparable de la paz familiar; la primera no es posible sin la segunda, pues brota y se nutre directamente de ella. Al sanar los vínculos internos, educar en el perdón y motivar a los hogares hacia el servicio comunitario, la Iglesia recuerda al mundo que la reconciliación de la sociedad se realiza desde la vivencia cotidiana del amor en el hogar. Por eso, ¡la paz familiar nos llama, nos mueve y nos une!P. Nelson Ortiz RozoDepartamento de Matrimonio y FamiliaConferencia Episcopal de Colombia
Mar 1 Sep 2026
Cuando la sinodalidad transforma también las estructuras de la Iglesia
Por DP. Bernardo Vanegas Luque - El papa León XIV publicó el 29 de agosto la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Mutua Concordia, mediante la cual modifica dos cánones del Código de Cánones de las Iglesias Orientales. Más allá de su alcance jurídico específico, la decisión ofrece una expresión concreta de una Iglesia que busca vivir la comunión, la corresponsabilidad y la sinodalidad también en sus estructuras y en el ejercicio de la autoridad.La nueva normativa se refiere a las Iglesias católicas orientales patriarcales y, por su naturaleza, también a las Iglesias arzobispales mayores. Su propósito es fortalecer la comunión entre el Patriarca —Padre y Cabeza de la Iglesia sui iuris— y los obispos que, junto con él, conforman el Sínodo de los Obispos.Una autoridad que se ejerce en comuniónMutua Concordia parte de una afirmación especialmente significativa: la concordia entre quien preside una Iglesia oriental y los demás obispos que integran su Sínodo constituye el alma de la comunión de su jerarquía.Desde esta perspectiva, el ministerio de quien preside no aparece aislado del cuerpo episcopal. Por el contrario, el documento recuerda la vocación a la colegialidad propia de este ministerio y señala que la sinodalidad debe ser buscada y cultivada constantemente en un contexto de responsabilidad común.Esta orientación adquiere una expresión jurídica concreta. Entre otros aspectos, la reforma establece procedimientos mediante los cuales el Sínodo puede actuar cuando se presentan dificultades graves en el ejercicio del ministerio del Patriarca, garantizando también su derecho a la defensa y conservando el papel propio del Romano Pontífice.No se trata simplemente de modificar un procedimiento. Detrás de las nuevas disposiciones aparece una comprensión eclesial: la comunión también necesita formas, responsabilidades y estructuras que permitan vivirla.De la experiencia sinodal a las formas concretas de vida eclesialUno de los grandes desafíos de la fase de implementación del Sínodo es precisamente este: evitar que la sinodalidad sea entendida solamente como la realización de encuentros, consultas o métodos de escucha.La escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y la conversación en el Espíritu son fundamentales, pero están llamados a transformar progresivamente nuestra manera de relacionarnos, participar, discernir, tomar decisiones y ejercer los distintos ministerios y responsabilidades en la Iglesia.Mutua Concordia permite observar este dinamismo en un ámbito muy concreto. En este caso, la sinodalidad encuentra una expresión jurídica en la tradición y organización propias de las Iglesias católicas orientales.Esto no significa trasladar estas disposiciones particulares a las diócesis de tradición latina. Su valor para el conjunto de la Iglesia está, más bien, en el principio que dejan entrever: la sinodalidad está llamada a encarnarse en prácticas y estructuras que favorezcan una verdadera comunión y corresponsabilidad.Una pista para nuestro camino en ColombiaLas Iglesias locales en Colombia se encuentran recorriendo la fase de implementación del Sínodo 2025-2028. En este camino, una pregunta resulta cada vez más importante: ¿cómo hacer que la experiencia sinodal pase de los encuentros y espacios de escucha a la vida ordinaria de nuestras comunidades?La respuesta no consiste solamente en crear nuevas estructuras. También supone revisar cómo funcionan las que ya existen: consejos pastorales y económicos, equipos de animación, organismos de participación, comunidades parroquiales y otras instancias de discernimiento y corresponsabilidad.La sinodalidad comienza a hacerse visible cuando escuchar, discernir y participar juntos deja de ser una experiencia ocasional y se convierte progresivamente en una manera habitual de ser Iglesia.La publicación de Mutua Concordia puede leerse, por ello, como una señal concreta de este horizonte: una Iglesia en la que comunión, autoridad, participación y corresponsabilidad no recorren caminos separados, sino que se necesitan mutuamente para el cumplimiento de una misma misión.Para profundizarEl Motu Proprio Mutua Concordia fue publicado el 29 de agosto de 2026 y modifica los cánones 106 y 126 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.Fuente: Santa Sede y Vatican News.Bernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad