SISTEMA INFORMATIVO
Tiempo de reconciliación, la opción por los hermanos
Tags: Carlos Ignacio Agudelo Betancur 3 de mayo día de la reconciliación dia de oracion por la reconciliacion y la paz de colombia obispos convocan dia de oracion por la reconciliacion y la paz de colombia iglesia colombiana iglesia católica colombiana
Por Carlos Ignacio Agudelo Betancur - Los Obispos de Colombia nos invitan a celebrar el 3 de mayo el día nacional por la Reconciliación y la Paz de Colombia que se celebra, desde la visita del Papa Francisco en el 2017, el día de la Exaltación de la Santa Cruz. En su mensaje, el cardenal Luis José Rueda Aparicio nos recuerda que “la reconciliación requiere la capacidad de ver al otro como hermano”, que “la barca colombiana requiere que usted abra su corazón a la reconciliación y al perdón, al mirar al otro no como enemigo”, que “Colombia reconciliada es una esperanza” y que “Colombia merece ser un país reconciliado y en paz”.
El Papa Francisco en Villavicencio ante un Cristo mutilado, que representa los sufrimientos y dolores de todas y todos los habitantes de nuestro país, oró:
“Oh Cristo negro de Bojayá,
haz que nos comprometamos
a restaurar tu cuerpo.
Que seamos tus pies para salir al encuentro
del hermano necesitado;
tus brazos para abrazar
al que ha perdido su dignidad;
tus manos para bendecir y consolar
al que llora en soledad.
Haz que seamos testigos
de tu amor y de tu infinita misericordia”.
(Fragmento de la Oración al Cristo negro de Bojayá, Papa Francisco, 2017)
Para reconciliarnos necesitamos restaurar nuestro cuerpo, nuestro corazón y también nuestra psiquis. Son muchos los dolores que necesitan ser curados y esto debe ser lo primero que debemos reconocer, que necesitamos ser sanados. “Jesús estaba dispuesto a escuchar y sanar a sus contemporáneos…A nivel físico, psicológico y espiritual”, como nos compartió Cristian David Ortiz en anterior publicación del Blog de la CEC. Para nuestra reconciliación de cuerpo, corazón y alma, necesitamos también aliviar y sanear nuestra psiquis, si es necesario debemos acudir a la ayuda de nuestros pastores, de los profesionales en la salud, de las buenas amistades que nos ayuden a superar heridas y ataduras sicológicas, debemos purificar nuestra mente, nuestra memoria, nuestro lenguaje.
Para conseguir un verdadero estado de reconciliación debemos purificarnos de todos los odios y rencores de cualquier tipo. Lo repetimos a diario en el Padrenuestro. Todas y todos sufrimos de las fragilidades propias y ajenas. “El que esté sin pecado que tire la primera piedra” quiere decir que todos nos hemos equivocado por acción, omisión o indiferencia:
Hemos pagado salarios injustos; hemos diseñado o apoyado leyes inequitativas; hemos confabulado ilícitamente para mantener y acrecentar el poder y la riqueza; hemos aprovechado influencias para nuestro beneficio egocéntrico; le hemos quitado el puesto a otros valiéndonos de engaños y artimañas; hemos conquistado el poder con engaños electoreros y publicidad engañosa; hemos robado sigilosamente o a mano armada; hemos atentado contra la dignidad de las y los compatriotas en su cuerpo, en su corazón, en su psiquis; hemos dado muerte a una o a un hermano; hemos infringido daños contra poblaciones y agrupaciones; a plena conciencia o por nuestra indiferencia o por nuestra falta de interés hemos permitido que se instauren estructuras de injusticia en nuestro país; no hemos sabido implementar programas de plena cobertura para resocializar a los que cometieron errores y pagan castigos en cárceles insalubres; hemos favorecido en los juicios a los que pagan por ser librados de sus condenas y hemos dejado en cárcel a muchos inocentes; no hemos sido capaces de brindar una adecuada alimentación y escuelas dignas a nuestra niñez y juventud; no hemos sabido proteger a nuestros menores de edad, a las mujeres y a los indefensos de la explotación y el abuso en todas sus formas; hemos quemado bosques, hemos desviado corrientes de agua, hemos afectado o dañado permanentemente los ecosistemas; no hemos valorado lo que han hecho los anteriores gobernantes, no hemos sabido construir sobre lo construido y preferimos el borrón y la contratación nueva; hemos diseñado y pactado contrataciones amañadas buscando el beneficio propio y de cercanos; no hemos avanzado efectivamente en la lucha contra la corrupción; no hemos sabido generar nuevos empleos dignos, nuevas industrias, nuevas oportunidades para todas y todos; no hemos sabido desapegarnos del poder o del puesto de trabajo para darle oportunidad a las nuevas generaciones que buscan empleo.
Y todo lo anterior se multiplica si nos vamos a la historia, desde la conquista o mucho antes. Todas las sociedades y culturas tienen mucho qué purificar. La purificación comienza por el reconocimiento de nuestras históricas condiciones y fragilidades, y las de los otros, pero no se trata de quedarnos allí, recriminándonos unos a otros ad infinitum en discusiones bizantinas. Necesitamos dar un primer paso, como nos lo propuso el Papa Francisco, un paso en dirección de la reconciliación que implica vernos como hermanas y hermanos, hijos de un mismo Padre, habitantes de un mismo y amado territorio; necesitamos una verdadera amnistía del corazón y de la psiquis, necesitamos purificarnos de nuestros prejuicios, de nuestros odios, de nuestros deseos de venganza, inclusive de nuestros deseos de hacer justicia a toda costa.
Jesucristo en la Cruz asumió todos nuestros errores, nuestros odios; Él vivió personalmente los implacables castigos de la flagelación y la crucifixión romanas, y al hacerlo nos Redimió y nos mostró el camino de la Resurrección, nos propuso una vida nueva, una vida de fraternidad, donde sepamos vivir juntos como hermanos, practicando las obras de misericordia unos con otros.
La reconciliación implica que demos un salto de caridad y de calidad como personas y purifiquemos nuestra mente, nuestra memoria, nuestro corazón y nuestro lenguaje. La purificación del lenguaje implica que salgamos del pantano de seguir repitiendo frases, estereotipos, juicios, condenas, etiquetas y muletillas insultantes, y toda palabra que nos aleje del respeto por la dignidad de cada ser humano.
La reconciliación no se consigue de la noche a la mañana; necesitamos un proceso; no es sólo poner en evidencia la verdad histórica, sino también abrazar los dolores históricos y superarlos con ayuda profesional de ser necesario. Quizás necesitemos una generación o más, quizás un gobierno que dedique años a sólo este proceso, o menos si todas y todos los colombianos nos proponemos esta meta como la primera; para que luego de habernos reconciliado avancemos en los consensos de mejoramiento de nuestras instituciones y de nuestras leyes, que nos permitan seguir construyendo el amado país que todas y todos los colombianos merecemos.
En la homilía del Papa Francisco en Villavicencio titulada «Reconciliarse en Dios, con los colombianos y con la creación» afirmó que reconciliarse “como ha enseñado san Juan Pablo II: «Es un encuentro entre hermanos dispuestos a superar la tentación del egoísmo y a renunciar a los intentos de pseudo justicia; es fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos, que conducen a instaurar una convivencia fundada sobre el respeto de cada individuo y los valores propios de cada sociedad civil». Y concluyó Francisco: “La reconciliación, por tanto, se concreta y consolida con el aporte de todos, permite construir el futuro y hace crecer esa esperanza”.
Nos unimos en oración especialmente este 3 de mayo y todo el mes, juntos como familia colombiana, con el propósito de comprometernos con la reconciliación fraterna que nos permita avanzar en la concordia. Así sea.
Carlos Ignacio Agudelo Betancur
Laico, padre de familia e ingeniero.
Vie 22 Mayo 2026
Implementación de la Sinodalidad en la Diócesis de Pasto
Por Pbro. Carlos Eduardo Contreras Grijalba - La Diócesis de Pasto, en comunión con la Iglesia universal y en fidelidad al camino sinodal promovido por el Documento de las Conclusiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (2024), ha asumido la sinodalidad como expresión constitutiva de su ser y actuar, configurándola como estilo permanente de vida eclesial orientado a la comunión, la participación y la misión.En este horizonte, la fase de implementación ha estado marcada por un proceso orgánico que integra la formación espiritual, la renovación de las relaciones, la estructuración pastoral y la dinamización misionera, con el propósito de pasar de una comprensión conceptual de la sinodalidad a su vivencia concreta en la vida diocesana y parroquial.Acciones significativas de implementaciónUna de las acciones más significativas ha sido la implementación progresiva de las Ejercitaciones de Espiritualidad Sinodal, concebidas como un itinerario pedagógico y espiritual que busca suscitar una auténtica conversión personal y comunitaria. Estas ejercitaciones, estructuradas en tres tiempos: espiritualidad de las relaciones, espiritualidad de los procesos y espiritualidad de los vínculos, han sido desarrolladas a nivel diocesano y replicadas en las parroquias mediante los equipos pastorales, llegando a aproximadamente 500 agentes de pastoral. Su metodología, centrada en los dinamismos de EscucharME, EscucharLO y EscucharNOS, y a través de la Conversación en el Espíritu, ha permitido generar espacios reales de escucha, diálogo y discernimiento, favoreciendo la transformación de actitudes, el crecimiento en la vida espiritual y la consolidación de una cultura eclesial marcada por la corresponsabilidad y la comunión. De este modo, la sinodalidad comienza a asumirse no solo como contenido formativo, sino como experiencia vivida que configura el corazón de los agentes pastorales.En estrecha relación con este proceso formativo, se ha impulsado el fortalecimiento de los procesos pastorales participativos, especialmente en el ámbito parroquial, mediante la dinamización de los Equipos y organismos de animación Pastoral, entre ellos: Equipo de Animación Pastoral (EPAP), el Consejo Económico Parroquial (CEP), y los Equipos de Evangelización Parroquial (Betania – Emaús - Samaritano). Estos organismos han sido revitalizados desde una lógica sinodal, promoviendo la planificación participativa, el discernimiento comunitario y la evaluación constante de la acción pastoral. Este dinamismo ha permitido avanzar de una pastoral centrada en actividades aisladas hacia una pastoral basada en procesos sostenidos, en los que la comunidad discierne, decide y actúa en comunión, fortaleciendo así la corresponsabilidad de todos los bautizados y la integración de carismas y ministerios en la misión eclesial.De esta manera, la Diócesis ha avanzado en la restructuración de su acción pastoral mediante la configuración de Centros de Pastoral, como mediaciones concretas que garantizan la continuidad y articulación de los procesos evangelizadores. Esta reorganización ha permitido integrar las distintas dimensiones de la acción pastoral, superando la fragmentación y promoviendo una visión orgánica de la vida eclesial. En este contexto, se han consolidado diversas estrategias pastorales sinodales que dinamizan la misión desde enfoques complementarios: el Centro Cafarnaúm dinamiza las ejercitaciones de espiritualidad sinodal como proceso formativo permanente; el Centro Betania, orientado al proyecto de vida, promueve la maduración de la identidad y vocación del discípulo misionero; el Centro Emaús impulsa los itinerarios catecumenales comunitarios, diferenciales y espirituales favoreciendo la iniciación cristiana y la corresponsabilidad en la organización eclesial; el Centro Samaritano promueve la cultura de la ecología integral, integrando la dimensión social, ambiental y espiritual de la evangelización; el Centro Galilea orienta los procesos formativos para la ministerialidad sinodal, preparando líderes y agentes pastorales para el ejercicio corresponsable del servicio, y el Centro Belén promueve la cultura de la administración pastoral. Esta articulación ha permitido consolidar una estructura pastoral sinodal caracterizada por la integración de carismas, la coordinación entre niveles diocesanos y parroquiales, y la continuidad de los procesos en clave misionera.Finalmente, se destaca la experiencia “Familia en el Carisma”, desarrollada en comunión con la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, como un signo concreto de la sinodalidad vivida en el ámbito espiritual y comunitario de la vida consagrada. Esta iniciativa ha permitido integrar la espiritualidad eucarística y carismática en la vida pastoral, fortaleciendo la dimensión fraterna y la comunión entre diversos estados de vida. En el contexto de la preparación al centenario de la adoración perpetua, esta experiencia ha generado espacios de encuentro, formación espiritual y renovación misionera, consolidando vínculos eclesiales que expresan una Iglesia que camina unida en torno a la Eucaristía y se proyecta hacia la misión.En conjunto, estas acciones evidencian un avance significativo en la implementación de la sinodalidad en la Diócesis de Pasto, al integrar procesos formativos, estructuras pastorales y experiencias de comunión que configuran progresivamente una Iglesia más participativa, orgánica y misionera. Este camino ha permitido iniciar una verdadera conversión relacional, estructural y pastoral, en la que la Iglesia aprende a escucharse, a discernir y a caminar junta bajo la guía del Espíritu Santo.De este modo, la sinodalidad se consolida no como un proyecto transitorio, sino como un camino permanente de renovación eclesial, mediante el cual la Diócesis busca responder con fidelidad a los desafíos del tiempo presente y anunciar con mayor credibilidad el Evangelio, configurándose como comunidad de discípulos misioneros que viven la comunión como misión y la misión como expresión de la comunión.Pbro. Carlos Eduardo Contreras GrijalbaCoordinador Centro Pastoral EmúsDiócesis de Pasto
Mié 22 Abr 2026
Una deuda silenciosa: los sacerdotes olvidados…
Por Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche - En estas líneas deseo llamar la atención sobre una realidad que interpela profundamente nuestra vida cristiana y nuestro sentido de Iglesia: la situación de nuestros sacerdotes ancianos, particularmente aquellos que, a causa de la enfermedad o la fragilidad propia de la edad, viven en condiciones de soledad, abandono o insuficiente acompañamiento, incluso de olvido material.Es justo reconocer que estos hermanos mayores han consagrado su vida al servicio del Pueblo de Dios. Con fidelidad y entrega, han administrado los sacramentos, anunciado la Palabra y acompañado a innumerables fieles en los momentos más significativos de su existencia. Su labor, muchas veces silenciosa y sacrificada, constituye un testimonio elocuente de amor y entrega pastoral.Ante esta realidad, la Iglesia, como madre y maestra, está llamada a promover una cultura de la gratitud, cercanía y cuidado hacia quienes han sido servidores diligentes del Evangelio. El paso del tiempo y las limitaciones propias de la edad no disminuyen la dignidad de su ministerio ni el valor de su testimonio.Es verdad que muchos sacerdotes ancianos, después de haber entregado absolutamente todo por la Iglesia, hoy viven en el olvido. No es una percepción exagerada ni un caso aislado; es una realidad que, aunque silenciosa, revela una profunda incoherencia dentro de nuestra propia Iglesia.Lo dieron todo. No parcialmente, no a medias. Toda una vida marcada por la entrega: años de servicio constante, disponibilidad sin horarios, acompañamiento en los momentos más decisivos de la vida de los fieles. Estuvieron cuando hubo alegría, cuando hubo dolor, cuando hubo dudas. Fueron presencia firme cuando muchos no tenían a quién acudir. Y, sin embargo, hoy..¿Dónde están? ¿Quién los cuida?Muchos han sido desplazados de la vida activa, confinados a espacios donde apenas reciben visitas, donde el paso del tiempo se vuelve más pesado por la ausencia de cercanía. Ya no son “necesarios”, ya no “producen”, ya no “lideran”. Y en una lógica silenciosa pero cruel, eso parece bastar para que dejen de ser visibles.Este olvido no es neutro. Es una forma de abandono. Incluso muchos de ellos mueren en el silencio, en el olvido de sus fieles sin que sepan que han pasado a la casa del Padre. Como Iglesia —y aquí no se trata solo de estructuras, sino de todos nosotros— hemos fallado en algo esencial. Hemos recibido sin aprender a corresponder. Hemos sido acompañados sin comprometernos a acompañar. Hemos escuchado durante años palabras sobre amor, fidelidad y gratitud… pero no las estamos viviendo con quienes nos las enseñaron.¿De qué sirve hablar de comunidad si dejamos solos a nuestros propios pastores cuando más necesitan compañía? ¿Qué credibilidad tiene nuestro discurso sobre el amor al prójimo si ignoramos a quienes nos lo enseñaron con su vida?No basta con garantizarles lo mínimo. Un techo, comida o atención médica no reemplazan la cercanía humana, el reconocimiento, la memoria agradecida. Un sacerdote anciano no necesita solo asistencia: necesita saber que su vida no fue olvidada, que su entrega no quedó en el vacío.Lo más preocupante es que este fenómeno se ha normalizado. Ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado a que sea así. Y esa normalización es, quizás, la señal más clara de que algo no está bien. Porque una Iglesia que olvida a quienes lo dieron todo corre el riesgo de vaciarse por dentro. Pierde memoria, pierde coherencia, pierde alma. Todavía estamos a tiempo de reaccionar. No con discursos, sino con gestos concretos: visitar, escuchar, acompañar, agradecer. Hacerlos parte, no del pasado, sino del presente. Porque ellos no fueron circunstanciales. Fueron pilares. Y a los pilares no se les abandona cuando el tiempo pasa. Se les honra.Al encontrarse en la etapa de la ancianidad o en condición de retiro pastoral, no dejan de ser miembros vivos y valiosos del Cuerpo de Cristo. Su dignidad permanece intacta, y su testimonio continúa siendo fuente de edificación para toda la Iglesia. Sin embargo, existe el riesgo de que su entrega sea relegada al olvido o que su presencia pase desapercibida en medio del dinamismo cotidiano de nuestras comunidades.La gratitud no es solo un deber moral, sino una expresión auténtica de la fe que profesamos. En el cuidado y reconocimiento de nuestros sacerdotes eméritos, manifestamos el rostro de una Iglesia que no olvida, que honra y que ama a quienes han dado su vida por ella. Que este llamado encuentre eco en sus corazones y se traduzca en gestos concretos de caridad y comunión.Exhorto, por tanto, a todos los fieles laicos a manifestar, de manera concreta, su aprecio y reconocimiento hacia estos sacerdotes, mediante la oración constante, la visita fraterna y, en la medida de sus posibilidades, el apoyo material y humano que requieran.De igual manera, invito a los presbíteros en ejercicio activo a fortalecer los vínculos de fraternidad sacerdotal, procurando que ninguno de sus hermanos mayores carezca de la cercanía, el respeto y la asistencia que merece.Que este llamado sea acogido con espíritu de fe y caridad, recordando siempre que en el rostro del sacerdote anciano y enfermo reconocemos la presencia de Cristo, quien nos invita a servirle con amor y generosidad.Encomendamos esta intención a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que nos alcance la gracia de vivir con autenticidad el mandamiento del amor.Pbro. Daniel Bustamante GoyenecheDirector Fundación Mutuo Auxilio Sacerdotal Colombiano (MASC)
Jue 16 Abr 2026
Traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas
Por P. Carlos Alberto Jiménez cjm - Un Encuentro con las Semillas del Verbo presentes en los pueblos originarios - En función de la Inculturación del Evangelio en el seno de los pueblos originarios, se realizó del 23 al 27 de marzo del presente año 2026, en la Ciudad de México, el segundo “Encuentro sobre traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas”. Este encuentro estuvo liderado por el Cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (México) y quien ha sido coordinador del equipo asesor del CELAM en Teología India. Si bien convocó especialmente a agentes de pastoral indígena y liturgistas de la nación mexicana, también fueron invitados agentes de otras Iglesias nacionales a saber: Colombia, Guatemala y Bolivia. Por Colombia asistimos junto con Monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, obispo del Vicariato apostólico de Mitú (Vaupés) y presidente del Instituto Misionero de Antropología (IMA).El encuentro también contó con la participación de Monseñor Aurelio García Macías, Obispo de Rotdon (España) y subsecretario del “Dicasterio para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos” en el Vaticano, además de diversos miembros de las comisiones de Pastoral litúrgica, Pastoral profética y de la Dimensión bíblica de la pastoral, de la Conferencia Episcopal Mexicana.El encuentro tuvo por objetivo compartir criterios y experiencias de traducciones y adaptaciones litúrgicas en los pueblos originarios, para continuar el proceso de inculturación de la Iglesia y promover la plena participación de los Indígenas en la vida eclesial. En él se compartieron las experiencias de algunas diócesis en lo que concierne a la traducción de textos litúrgicos a las lenguas indígenas de los pueblos originarios presentes en el territorio y reconocimiento de estas lenguas como lenguas de la liturgia universal, en especial lenguas de pueblos mexicanos, como lo son Nahualt, Tseltal y Tsotsil. También se presentaron logros en materia de adaptaciones litúrgicas en la Diócesis de San Cristóbal de las Casas. En el encuentro participaron decenas de miembros de pueblos indígenas interesados en poder escuchar y decir el mensaje del evangelio, en lengua propia. Para esto se recordó un hito de la evangelización en México y en el continente, relacionado con la revelación de la Virgen de Guadalupe al Indio San Juan Diego, pues dicha comunicación se dio en lengua indígena (Nahualt), razón por la cual la leyenda sagrada del “Nikan Mopohua”, que recoge dicha revelación dada en el cerro del Tepeyac al Indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, se escribió en su lengua. Por motivos como éste, es que en varias diócesis se han constituido equipos de traductores integrados por los sabios de las comunidades indígenas, misioneros que identifican la lengua, lingüistas y liturgistas, de modo tal que en conjunto logren un cuidadoso trabajo de traducción, que atendiendo al pedido de los pueblos mantenga la fidelidad a la liturgia de la Iglesia.Monseñor Aurelio García, en nombre del dicasterio recordó como el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium permite el uso de la lengua vernácula siempre que sea “muy útil para el pueblo”. De allí que se permita la traducción de libros litúrgicos. Refiriéndose a los Criterios para la traducción litúrgica citó varios documentos que han guiado la actividad en esta materia: la instrucción “Comme la prévoit” (25 de enero de 1969), la Instrucción “Liturgiam Authenticam” (28 de marzo de 2001) y la carta apostólica en forma motu proprio de la Papa Francisco “Magnum principium” (3 de septiembre de 2017); todo a fin de cuidar el ejercicio de interpretaciones forzadas o de la obsesión en la literalidad. Recordó también que a lo largo del tiempo se han enviado cartas para orientar a las Conferencias Episcopales en la materia, como la dirigida por la Sede apostólica a los presidentes de éstas, sobre las lenguas habladas en la liturgia (Epistola ad praesides conferentiarum episcopalium de linguis vulgaribus in sacram liturgiam inducendis), el 5 de junio de 1976, donde se clarifica las competencias de los obispos, la documentación a presentar a la Sede Apostólica, la atención a las fórmulas sacramentales, así como el procedimiento para la aprobación y transmisión de actas a la Santa Sede. Vale la pena señalar que un requisito básico para emprender la tarea de traducción de los textos litúrgicos es la existencia de la versión de la Biblia en una determinada lengua aprobada por la Conferencia Episcopal.Para efecto de adaptaciones litúrgicas el Subsecretario del Dicasterio señaló como en la Constitución Sacrosanctum Concilium se habló de “adaptación”, término que encontraría un desarrollo posterior en el concepto de “inculturación” usado por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Salvorum Apostoli. Observó como el tema de las adaptaciones fue tratado y explicado detenidamente en la instrucción “Varietates Legitimae” (25 de enero de 1994), sobre La liturgia romana y la inculturación. Al final lo que debe quedar claro es que la adaptación está motivada por exigencias culturales y lo que busca “es expresar ritualmente, a través de gestos y símbolos, el mismo contenido expresado por gestos y símbolos del Rito Romano”.Viniendo al caso colombiano se informó como los pueblos originarios y ancestrales, suman 117, según la información disponible en el Ministerio del Interior, el DANE y algunas organizaciones indígenas. Entre estos pueblos subsisten 66 lenguas nativas, que son vitales para la comunicación de estos y la conservación de su identidad cultural. Ahora bien, para miembros de estos pueblos, hacer una oración que salga del corazón implica hacerla en lengua materna, lo cual nos desafía a misioneros y pastores a aprender sobre sus lenguas y símbolos.Vale la pena señalar que, en el caso del acompañamiento pastoral a las comunidades afrodescendientes de Colombia y de América Latina, se han ido presentando, en las celebraciones litúrgicas, gestos que ayudan a sus miembros a expresar la fe, como lo son: el sonido de tambores, la danza y ornamentos litúrgicos coloridos. Tal hecho ha sido reflexionado en el encuentro, llegando a la conclusión que se debe hacer un prudente seguimiento y acompañamiento pastoral, para poder establecer la medida en que estos gestos podrían gozar en algún momento del reconocimiento de adaptación litúrgica por parte de la Iglesia Universal.Al final queda la convicción que la Iglesia debe y puede ofrecer “signos” de auténtica fraternidad y voluntad de acogida, en la evangelización de los pueblos originarios, siendo algunos de ellos: proclamar el evangelio en la lengua de quienes decimos son pueblos hermanos y reconocer los símbolos que emplean para expresar la fe en Dios, cuando estos están en comunión con la Iglesia.Padre Carlos Alberto Jiménez Zapata, CJMDirector del Centro Misionero y del Área de EtniasConferencia Episcopal de Colombia
Lun 13 Abr 2026
En memoria del Padre Adriano Tarrarán
Por P. Luis Eduardo Pérez Villegas, M.I - El padre Adriano Tarrarán, religioso de la Orden de los Ministros de los Enfermos (Camilos), fue ordenado sacerdote en 1964 en Rossano Veneto (Italia). Inspirado por el carisma de San Camilo de Lelis, consagró su vida al servicio de los enfermos, reconociendo en ellos el rostro vivo de Cristo sufriente.En septiembre de 1966 se ofreció como misionero para Colombia, llegando a Bogotá el 4 de enero de 1967. Desde entonces, inició una entrega generosa que se prolongó por más de cinco décadas de servicio sacerdotal y misionero en el país, convirtiéndose en una figura clave en la renovación de la pastoral de la salud en Colombia y América Latina.Su primer destino fue el Hospital Universitario San Juan de Dios, donde ejerció como capellán. Allí, el contacto directo con el dolor, la exclusión y las carencias del sistema de salud lo interpeló profundamente. Esta experiencia marcó el rumbo de su misión: trabajar por la humanización del cuidado, la dignificación del enfermo y la promoción de una atención integral que atendiera tanto las dimensiones físicas como humanas, sociales y espirituales de la persona.Fiel al espíritu camiliano, el padre Adriano impulsó una verdadera transformación en el modo de comprender y vivir la pastoral de la salud. Promovió la formación ética y humana de los profesionales sanitarios, así como la creación de redes de voluntariado capaces de acompañar con compasión y cercanía a quienes sufren.Para ello, desarrolló un amplio programa de sensibilización a través de cursos, seminarios y jornadas de humanización de los servicios de salud. Durante varios años recorrió incansablemente el país, llegando a hospitales, clínicas y comunidades, sembrando una nueva conciencia sobre el valor de la vida y la dignidad del enfermo.En 1981 dio un paso decisivo al fundar el Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la Salud en Bogotá, que con el tiempo se consolidó como un referente nacional e internacional. Este espacio se convirtió en una verdadera escuela de formación en el arte de cuidar, por la que han pasado miles de personas: agentes pastorales, profesionales de la salud, voluntarios y familiares de enfermos.En 1986 fue nombrado responsable de la pastoral de la salud de la Arquidiócesis de Bogotá, y en 1994 la Conferencia Episcopal de Colombia le confió la animación de esta pastoral a nivel nacional. Ese mismo año, el CELAM le encomendó la coordinación continental, impulsando un cambio significativo: pasar de una pastoral centrada únicamente en el enfermo a una pastoral de la salud con enfoque integral, preventivo y comunitario.Su aporte no se limitó a la acción pastoral directa. El padre Adriano también realizó una importante labor formativa y académica, elaborando materiales, manuales y reflexiones sobre el acompañamiento al sufrimiento, el duelo, la espiritualidad en la enfermedad y la humanización de los servicios de salud. Sus escritos y procesos formativos han orientado a generaciones de agentes pastorales en Colombia y América Latina.Fiel a su espíritu visionario, promovió la creación de nuevos espacios al servicio de la vida. En 2009 se inauguraron la Casa de Espiritualidad Camiliana y el Centro de Escucha San Camilo, dedicados al acompañamiento de personas en situaciones de dolor, pérdida y duelo, fortaleciendo así una atención más cercana y profundamente humana.Hoy, el Centro Camiliano de Bogotá es reconocido como un oasis de paz, formación y esperanza, símbolo vivo de una Iglesia comprometida con el cuidado de la vida y la dignidad humana.Celebrar la vida y misión del padre Adriano es reconocer en él a un auténtico testigo de la caridad. Su legado permanece en cada persona formada, en cada enfermo acompañado con dignidad y en cada corazón sensibilizado frente al sufrimiento humano.Gracias, padre Adriano, por tu entrega generosa, por tu fidelidad al Señor y por encarnar con radicalidad el carisma de la Orden Camiliana. Gracias por enseñarnos que cuidar es amar, y que en el servicio a los más frágiles se revela el sentido más profundo de la vida.Tu vida ha sido, y seguirá siendo, una semilla de esperanza para Colombia y para toda la Iglesia.P. Luis Eduardo Pérez Villegas M.IDirector Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la SaludCoordinador de la pastoral salud a nivel Colombia desde la Conferencia Episcopal