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Situación de la Iglesia tras la muerte del Papa Francisco
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Por Pbro. Carlos Guillermo Arias Jiménez - El canon 335 del Código de Derecho Canónico (CIC) nos dice que al quedar vacante o totalmente impedida la sede romana, nada se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal y por lo tanto han de observarse las leyes especiales dadas para esos casos. En este momento, tras la muerte del Papa Francisco, nos encontramos en sede vacante.
En cuanto a las leyes especiales dadas para este caso, nos remitimos a la Constitución Apostólica UNIVERSI DOMINICI GREGIS, del papa Juan Pablo II, del 22 de febrero de 1996, dedicada a los temas de la vacante de la Sede Apostólica y la elección del Romano Pontífice. Este documento, como lo refiere el mismo Papa Juan Pablo II, contiene las normas a las que, cuando tenga lugar la vacante de la Sede Romana, deben atenerse rigurosamente los Cardenales que tienen el derecho-deber de elegir al Sucesor de Pedro, Cabeza visible de toda la Iglesia y Siervo de los siervos de Dios.
Este documento está compuesto por dos grandes partes, la primera dedicada a la vacante de la sede Apostólica que, en cinco capítulos, presenta todo lo referente a los poderes del Colegio de Cardenales mientras está vacante la sede, a las congregaciones de los cardenales para preparar la elección del Sumo Pontífice, además de algunos cargos durante la sede vacante, las competencias de los dicasterios de la Curia Romana y las exequias del Romano Pontífice. En la segunda parte, dedicada al tema de la elección del Romano Pontífice, se expone en siete capítulos lo referente a los electores, el lugar de la elección y las personas admitidas en razón de su cargo, el comienzo de los actos de elección, la observancia del secreto sobre todo lo relativo a la elección, el desarrollo de la elección, lo que se debe observar o evitar en la elección del Sumo Pontífice, y finalmente la aceptación, proclamación e inicio del ministerio del nuevo Pontífice.
A estas normas se le han hecho dos modificaciones, ambas por el Papa Benedicto XVI, la primera el 11 de junio del año 2007, en el que se modifican algunas cuestiones relacionadas a los escrutinios en las votaciones de los cardenales y la segunda modificación a través de la Carta Apostólica Normas Nonnullas, publicada el 22 de febrero del año 2013, donde se modifican las normas publicadas en el 2007 y otras de las establecidas por el Papa Juan Pablo II, relativas a la elección del Romano Pontífice.
La Sede Vacante
A la muerte del Pontífice todos los jefes de los Dicasterios de la Curia Romana, tanto el Cardenal Secretario de Estado como los Cardenales Prefectos y los Presidentes Arzobispos, así como también los Miembros de los mismos Dicasterios, cesan en el ejercicio de sus cargos. Se exceptúan el Camarlengo de la Santa Iglesia Romana y el Penitenciario Mayor, que siguen ocupándose de los asuntos ordinarios, sometiendo al Colegio de los Cardenales todo lo que debiera ser referido al Sumo Pontífice.
Apenas recibida la noticia de la muerte del Sumo Pontífice, el Camarlengo de la Santa Iglesia Romana debe comprobar oficialmente la muerte del Pontífice en presencia del Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, de los Prelados Clérigos y del Secretario y Canciller de la Cámara Apostólica, el cual deberá extender el documento o acta auténtica de muerte. Además, sellar el estudio y la habitación del mismo Pontífice, disponiendo que el personal que vive habitualmente en el apartamento privado pueda seguir en él hasta después de la sepultura del Papa, momento en que todo el apartamento pontificio será sellado. Es competencia del Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, durante la Sede vacante, cuidar y administrar los bienes y los derechos temporales de la Santa Sede, con la ayuda de tres Cardenales Asistentes.
El Decano del Colegio de los Cardenales, sin embargo, apenas haya sido informado por el Cardenal Camarlengo o por el Prefecto de la Casa Pontificia de la muerte del Pontífice, tiene la obligación de dar la noticia a todos los Cardenales, convocándolos para las Congregaciones del Colegio. Igualmente comunicará la muerte del Pontífice al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede y a los Jefes de Estado de las respectivas Naciones. Durante la Sede vacante, todo el poder civil del Sumo Pontífice, concerniente al gobierno de la Ciudad del Vaticano, corresponde al Colegio de los Cardenales, el cual sin embargo no podrá emanar decretos sino en el caso de urgente necesidad y sólo durante la vacante de la Santa Sede.
Después de la muerte del Romano Pontífice, los Cardenales celebrarán las exequias en sufragio de su alma durante nueve días consecutivos, según el Ordo exsequiarum Romani Pontificis, cuyas normas, así como las del Ordo rituum Conclavis ellos cumplirán fielmente.
A nadie le está permitido tomar con ningún medio imágenes del Sumo Pontífice enfermo en la cama o difunto, ni registrar o grabar sus palabras para después reproducirlas. Si alguien, después de la muerte del Papa, quiere hacer fotografías para documentación, deberá pedirlo al Cardenal Camarlengo, el cual no permitirá que se hagan fotografías del Sumo Pontífice si no está revestido con los hábitos pontificales.
Desde el momento en que la Sede Apostólica quede vacante, se debe esperar durante quince días completos a los Cardenales ausentes de la ciudad de Roma antes de iniciar el Cónclave, aunque los Cardenales tienen la facultad de anticipar el comienzo del mismo, si consta la presencia de todos los electores, así como la de retrasarlo algunos días si hubiera motivos graves, pero, en todo caso, al máximo de veinte días desde el inicio de la Sede vacante, todos los Cardenales electores presentes están obligados a proceder a la elección.
En todo caso, siempre habrá que estar pendiente de las indicaciones que, a través de los medios oficiales, la Santa Sede estará emitiendo sobre las exequias del Santo Padre, así mismo sobre todo lo referente a la sede vacante y la realización del cónclave.
El Cónclave
El derecho de elegir al Romano Pontífice corresponde únicamente a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, con excepción de aquellos que hayan cumplido 80 años de edad antes del día de la muerte del Sumo Pontífice o del día en que la Sede Apostólica quede vacante. Ningún Cardenal elector podrá ser excluido de la elección, activa o pasiva, por ningún motivo o pretexto. Todos los cardenales están obligados, en virtud de santa obediencia, a cumplir con el anuncio de convocatoria y acudir al lugar designado, a menos que estén impedidos por enfermedad u otro impedimento grave.
Desde el comienzo del proceso de elección hasta el anuncio público de que se ha realizado la elección del Sumo Pontífice, o hasta que así lo ordene el nuevo Pontífice, los locales de la Domus Sanctae Marthae y, de manera especial, la Capilla Sixtina y las áreas destinadas a las celebraciones litúrgicas, deben estar cerrados a personas no autorizadas, bajo la autoridad del Cardenal Camarlengo y con la colaboración externa del Sustituto de la Secretaría de Estado. Se debe cuidar especialmente que nadie se acerque a los Cardenales electores durante el traslado desde la Domus Sanctae Marthae al Palacio Apostólico Vaticano.
A todos los Cardenales electores les está prohibido mantener cualquier tipo de comunicación con el exterior desde el comienzo del proceso de elección hasta que ésta tenga lugar y sea anunciada públicamente. Las personas que, por razón de su oficio, tengan acceso a los Cardenales o a los lugares donde ellos se encuentren, deben prestar juramento de mantener en secreto todo lo que puedan ver y escuchar, y abstenerse de usar cualquier elemento electrónico de grabación o comunicación.
En el día establecido para el inicio del Cónclave, todos los Cardenales se reunirán en la Basílica de San Pedro en el Vaticano para participar en una solemne celebración eucarística con la Misa votiva Pro eligendo Papa, que debe celebrarse preferiblemente en la mañana. En la tarde, desde la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, los Cardenales electores irán en solemne procesión, invocando con el canto del Veni Creator la asistencia del Espíritu Santo, a la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico, lugar y sede del desarrollo de la elección. Se deberá cuidar que dentro de dicha Capilla y de los locales adyacentes, todo esté dispuesto de manera que se preserve la normal elección y el carácter reservado de la misma.
Llegados los Cardenales electores a la Capilla Sixtina, en presencia aún de quienes han participado en la solemne procesión, emitirán el juramento. Una vez terminado, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias pronunciará el "extra omnes" y todos los ajenos al Cónclave deberán salir de la Capilla Sixtina.
El Papa Juan Pablo II, en la Universi Dominici Gregis, estableció el modo de realizar los escrutinios en los números 64 al 77. En ellos se detallan las formas de entregar y recoger las papeletas y su conteo. En la tarde del primer día del cónclave, podría realizarse un solo escrutinio. En los días sucesivos, si la elección no ha tenido lugar en el primer escrutinio, se deben realizar dos votaciones tanto en la mañana como en la tarde, comenzando siempre las operaciones de voto a la hora previamente establecida en las Congregaciones preparatorias. Al terminar las dos votaciones de la mañana, tendrá lugar la quema de las papeletas, y lo mismo por la tarde. Para la elección válida del Romano Pontífice se requieren al menos los dos tercios de los votos, calculados sobre la totalidad de los electores presentes y votantes.
En este documento también se advierte a los cardenales sobre pactos, alianzas o la intromisión de autoridades civiles en el proceso de elección. Los Cardenales deben abstenerse de toda forma de pactos, acuerdos, promesas u otros compromisos de cualquier género que los obliguen a dar o negar el voto a uno o a algunos. Si esto sucediera en realidad, incluso bajo juramento, tal compromiso es nulo e inválido y nadie está obligado a observarlo, so pena de la excomunión latae sententiae para los transgresores de esta prohibición. Igualmente, está prohibido a los Cardenales hacer capitulaciones antes de la elección, es decir, tomar compromisos de común acuerdo, obligándose a llevarlos a cabo en el caso de que uno de ellos sea elevado al Pontificado. Estas promesas, aun cuando fueran hechas bajo juramento, son nulas e inválidas.
También se exhorta a los Cardenales electores, en la elección del Pontífice, a no dejarse llevar por simpatías o aversiones, ni influenciar por el favor o relaciones personales con alguien, ni moverse por la intervención de personas importantes, grupos de presión, medios de comunicación social, la violencia, el temor o la búsqueda de popularidad.
La Elección del Romano Pontífice
Realizada la elección canónicamente, son llamados al aula de la elección el Secretario del Colegio de los Cardenales y el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias. Posteriormente, el Cardenal Decano, en nombre de todo el Colegio de los electores, pide el consentimiento del elegido con las siguientes palabras:
¿Aceptas tu elección canónica para Sumo Pontífice?
Una vez recibido el consentimiento, le pregunta:
¿Cómo quieres ser llamado?
Entonces, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, actuando como notario y teniendo como testigos a dos Ceremonieros que serán llamados en ese momento, levanta acta de la aceptación del nuevo Pontífice y del nombre que ha tomado.
Después de la aceptación, el elegido que ya haya recibido la ordenación episcopal es inmediatamente Obispo de la Iglesia romana, verdadero Papa y Cabeza del Colegio Episcopal. En cambio, si el elegido no tiene el carácter episcopal, será ordenado Obispo inmediatamente. Esta ordenación debe hacerla, según la costumbre de la Iglesia, el Decano del Colegio de los Cardenales o el más antiguo de los Cardenales Obispos.
Cumplidas todas las formalidades previstas, los Cardenales se acercan para expresar un gesto de respeto y obediencia al nuevo Sumo Pontífice. A continuación, se dan gracias a Dios. El Cónclave se concluye inmediatamente después de que el nuevo Sumo Pontífice elegido haya dado su consentimiento a la elección, salvo que él mismo disponga otra cosa. Luego, el primero de los Cardenales Diáconos anuncia al pueblo, que está esperando, la elección y el nombre del nuevo Pontífice, con estas palabras:
Annuntio vobis gaudium magnum:
Les anuncio un gran gozo:
Habemus Papam;
Tenemos Papa
Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum [prænomen] Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem [nomen],
El eminentísimo y reverendísimo señor, Don [nombre], el cardenal de la Santa Iglesia Romana [apellido],
qui sibi nomen imposuit [nomen pontificale].
quien se ha impuesto el nombre [de] [nombre papal].
Inmediatamente después, el nuevo Papa, imparte la Bendición Apostólica Urbi et Orbi desde el balcón de la Basílica Vaticana.
Conclusión
Como vemos, la elección de un Papa es un proceso que conlleva el cumplimiento de normas y preceptos que garantizan que la elección sea realmente secreta, además de libre y bajo la guía del Espíritu Santo. Este proceso, por su carácter secreto, ha llamado la atención del mundo, a tal punto que no faltan las especulaciones e incluso las obras escritas o cinematográficas que, lejos de la realidad, quieren mostrar de forma ficticia lo que ocurre en la elección de un Sumo Pontífice.
Además del cónclave, la elección del Romano Pontífice es un momento en el que la Iglesia se encomienda totalmente a la acción del Espíritu Santo. Es a través de Su guía y sabiduría divina que los Cardenales eligen a quien llevará adelante la misión de Cristo en la Tierra. Este proceso no solo reafirma la continuidad y la tradición de la Iglesia, sino que también destaca su compromiso inquebrantable con la misión de evangelizar, guiar y servir a todos los fieles en el camino de la fe. La elección de un nuevo Papa es, sin duda, un acto profundo de fe y esperanza, una renovada respuesta al llamado de Cristo para ser luz del mundo y sal de la tierra.
Pbro. Carlos Guillermo Arias Jiménez.
Director Departamento de Doctrina y Promoción de la Unidad y el Diálogo
Conferencia Episcopal de Colombia.
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Vie 25 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Jue 24 Sep 2026
Vie 18 Sep 2026
La amistad, tesoro evangélico y sostén del Ministerio Sacerdotal
La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable"(Eclo 6,14-15).¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTESi esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZDiócesis de Santa Marta
Jue 10 Sep 2026
De la escucha a las estructuras: nuevas propuestas para una Iglesia sinodal
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?Una sinodalidad que llega a la vida cotidianaDurante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.Corresponsables, pero no todos de la misma maneraUna expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.También las estructuras pueden aprender a escucharEl segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.¿Qué significa esto para los laicos?Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.Una pregunta para nuestras comunidadesLa fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.Fuentes:Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.htmlVatican News en español:https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.htmlBernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad
Mar 1 Sep 2026
Nos llama, nos mueve y nos une: caminar con las familias para sembrar la paz
P. Nelson Ortiz Rozo - En un entorno social marcado por las heridas de la violencia, la polarización y los desastres naturales, muchas familias experimentan cansancio, incertidumbre y frustración. Frente a esta realidad, la acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia emerge como una fuerza indispensable, capaz de abrazar la fragilidad de los hogares y animarlos a ser sembradores de paz. Por lo tanto, reconocer a la familia como un lugar privilegiado donde se cultivan valores, hábitos y patrones de convivencia permite entender su profunda y decisiva influencia en el desarrollo de la sociedad. La familia no es solo el primer espacio de socialización, sino también la primera escuela donde se aprende a amar, a dialogar, a respetar la diferencia y a resolver los conflictos. Esta labor eclesial nace del corazón de una Iglesia que desea caminar al ritmo de la historia humana mostrando que el tejido social sana en la medida que fortalecemos los vínculos familiares.Esta llamada se hace aún más viva y urgente al sintonizarnos con la iniciativa de la Semana por la Paz que este año nos convoca bajo el lema: ¡la paz nos llama, nos mueve y nos une! Es especialmente en el seno del hogar donde este lema se convierte en vida, pues la familia es el primer escenario donde esa fuerza que nos mueve y nos une debe ser cultivada y custodiada.En primer lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia cuida y sirve a la paz respondiendo a la voz de “la paz nos llama”, ofreciendo espacios de acogida, escucha y sanación para el fortalecimiento del vinculo conyugal, filial y fraternal. Sabemos bien que el clima de agresión exterior con frecuencia se filtra al interior de las casas, lastimando las relaciones entre los esposos, el trato de los padres hacia los hijos e instalando la rivalidad en indiferencia entre los hermanos. Por eso la Iglesia sale al encuentro con la pedagogía del cuidado para caminar al lado de cada hogar en su realidad concreta, compartiendo sus alegrías y aliviando sus dolores. Como nos enseñaba san Juan Pablo II: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (F. C., 22). Así cuando los miembros de una familia aprenden a acoger y promover la dignidad del otro en su vida diaria, sanando los conflictos internos mediante la caridad cristiana, ese hogar se convierte de manera natural en una sembradora de paz.En segundo lugar, este caminar compartido “nos mueve” a actuar, en el que la Iglesia acompaña con la pedagogía del perdón y la reconciliación cotidiana en la convivencia familiar. Frente a una sociedad que propone el descarte de los que piensan diferente, el Evangelio vivido en el hogar nos mueve a descubrir que el diálogo sincero y el discernimiento comunitario son los verdaderos caminos del Espíritu. El papa Francisco no alienta en este aprendizaje: “Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil” (A.L., 106). La acción evangelizadora acompaña con paciencia estos procesos del corazón, mostrando a los padres y a los hermanos que las diferencias no se destruyen con la violencia, sino que se abrazan en la comunión. Con este propósito, la pastoral familiar de la Iglesia en Colombia impulsa múltiples iniciativas, tales como talleres de perdón y reconciliación, retiros espirituales y asesoría personalizada en los centros de escucha y orientación familiar. A esto se suman los encuentros de la Semana de la Familia que esté año, los cuales ofrecen herramientas de resolución pacífica de conflictos orientadas a “desarmar el corazón” y consolidar entornos de convivencia fraterna.Finalmente, el dinamismo de este caminar juntos es el lazo que “nos une” en corresponsabilidad, impulsando a la familia a salir de sí misma para ofrecerse generosamente a la comunidad. De este modo, “ensancha la tienda” del corazón y derriba los muros del egoísmo para vivir una fraternidad más allá del hogar. Al respecto, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanistas, recuerda que la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es un bien social primario y la célula fundamental e insustituible de la sociedad (nn. 165-167). Así al tejer redes de comunión donde caminan juntas y viven el servicio pastoral, las familias dejan atrás la soledad y el desamparo para descubrirse unidas en una misión común: ser testimonio de fraternidad, hospitalidad, solidaridad y servicio comunitario.La acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia nos demuestra que la paz social es inseparable de la paz familiar; la primera no es posible sin la segunda, pues brota y se nutre directamente de ella. Al sanar los vínculos internos, educar en el perdón y motivar a los hogares hacia el servicio comunitario, la Iglesia recuerda al mundo que la reconciliación de la sociedad se realiza desde la vivencia cotidiana del amor en el hogar. Por eso, ¡la paz familiar nos llama, nos mueve y nos une!P. Nelson Ortiz RozoDepartamento de Matrimonio y FamiliaConferencia Episcopal de Colombia
Mar 1 Sep 2026
Cuando la sinodalidad transforma también las estructuras de la Iglesia
Por DP. Bernardo Vanegas Luque - El papa León XIV publicó el 29 de agosto la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Mutua Concordia, mediante la cual modifica dos cánones del Código de Cánones de las Iglesias Orientales. Más allá de su alcance jurídico específico, la decisión ofrece una expresión concreta de una Iglesia que busca vivir la comunión, la corresponsabilidad y la sinodalidad también en sus estructuras y en el ejercicio de la autoridad.La nueva normativa se refiere a las Iglesias católicas orientales patriarcales y, por su naturaleza, también a las Iglesias arzobispales mayores. Su propósito es fortalecer la comunión entre el Patriarca —Padre y Cabeza de la Iglesia sui iuris— y los obispos que, junto con él, conforman el Sínodo de los Obispos.Una autoridad que se ejerce en comuniónMutua Concordia parte de una afirmación especialmente significativa: la concordia entre quien preside una Iglesia oriental y los demás obispos que integran su Sínodo constituye el alma de la comunión de su jerarquía.Desde esta perspectiva, el ministerio de quien preside no aparece aislado del cuerpo episcopal. Por el contrario, el documento recuerda la vocación a la colegialidad propia de este ministerio y señala que la sinodalidad debe ser buscada y cultivada constantemente en un contexto de responsabilidad común.Esta orientación adquiere una expresión jurídica concreta. Entre otros aspectos, la reforma establece procedimientos mediante los cuales el Sínodo puede actuar cuando se presentan dificultades graves en el ejercicio del ministerio del Patriarca, garantizando también su derecho a la defensa y conservando el papel propio del Romano Pontífice.No se trata simplemente de modificar un procedimiento. Detrás de las nuevas disposiciones aparece una comprensión eclesial: la comunión también necesita formas, responsabilidades y estructuras que permitan vivirla.De la experiencia sinodal a las formas concretas de vida eclesialUno de los grandes desafíos de la fase de implementación del Sínodo es precisamente este: evitar que la sinodalidad sea entendida solamente como la realización de encuentros, consultas o métodos de escucha.La escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y la conversación en el Espíritu son fundamentales, pero están llamados a transformar progresivamente nuestra manera de relacionarnos, participar, discernir, tomar decisiones y ejercer los distintos ministerios y responsabilidades en la Iglesia.Mutua Concordia permite observar este dinamismo en un ámbito muy concreto. En este caso, la sinodalidad encuentra una expresión jurídica en la tradición y organización propias de las Iglesias católicas orientales.Esto no significa trasladar estas disposiciones particulares a las diócesis de tradición latina. Su valor para el conjunto de la Iglesia está, más bien, en el principio que dejan entrever: la sinodalidad está llamada a encarnarse en prácticas y estructuras que favorezcan una verdadera comunión y corresponsabilidad.Una pista para nuestro camino en ColombiaLas Iglesias locales en Colombia se encuentran recorriendo la fase de implementación del Sínodo 2025-2028. En este camino, una pregunta resulta cada vez más importante: ¿cómo hacer que la experiencia sinodal pase de los encuentros y espacios de escucha a la vida ordinaria de nuestras comunidades?La respuesta no consiste solamente en crear nuevas estructuras. También supone revisar cómo funcionan las que ya existen: consejos pastorales y económicos, equipos de animación, organismos de participación, comunidades parroquiales y otras instancias de discernimiento y corresponsabilidad.La sinodalidad comienza a hacerse visible cuando escuchar, discernir y participar juntos deja de ser una experiencia ocasional y se convierte progresivamente en una manera habitual de ser Iglesia.La publicación de Mutua Concordia puede leerse, por ello, como una señal concreta de este horizonte: una Iglesia en la que comunión, autoridad, participación y corresponsabilidad no recorren caminos separados, sino que se necesitan mutuamente para el cumplimiento de una misma misión.Para profundizarEl Motu Proprio Mutua Concordia fue publicado el 29 de agosto de 2026 y modifica los cánones 106 y 126 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.Fuente: Santa Sede y Vatican News.Bernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad