SISTEMA INFORMATIVO
El Misal Romano para Colombia: Itinerario histórico, anamnesis eucarística y ars celebrandi a la luz de Desiderio desideravi
Tags: misal romano para colombia Misal Romano conferencia episcopal de colombia iglesia en colombia Liturgia padre jairo ramírez
Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - A propósito de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025)
Resumen
Este artículo examina el itinerario histórico-teológico que condujo a la cuarta edición colombiana del Misal Romano y propone, como clave de lectura del acontecimiento, dos categorías complementarias: la anámnesis eucarística y el ars celebrandi propuesto por el papa Francisco en la carta apostólica Desiderio desideravi . Se reconstruye, en primer lugar, el camino que va del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum; en segundo lugar, se describe el proceso editorial, las causas y las principales novedades de las cuatro ediciones colombianas del Misal, con especial desarrollo de la última; en tercer lugar, se profundiza en la categoría de la anámnesis desde su raíz bíblica (zikkaron) hasta su formulación en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal; y, en cuarto lugar, se exponen las cinco claves formativas de Desiderio desideravi: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi. El estudio concluye que la nueva edición del Misal no es un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones interiores que pide el magisterio reciente.
Palabras clave: Misal Romano; anámnesis; Desiderio desideravi; ars celebrandi; Conferencia Episcopal de Colombia; liturgia.
Introducción
La cuestión litúrgica no es un asunto periférico en la vida de la Iglesia. Como advirtió Joseph Ratzinger antes de su elección como Benedicto XVI, en la liturgia “se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra comprensión de Dios y del mundo, nuestra relación con Cristo, con la Iglesia y con nosotros mismos: en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia” , de modo que la relevancia de esta cuestión, lejos de disminuir, “ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever”. Esta convicción encuentra eco directo en la enseñanza conciliar, según la cual la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” , idea que el papa Francisco retoma explícitamente en Desiderio desideravi número 31, para subrayar lo que está en juego en la celebración cristiana.
La celebración litúrgica no está exenta de riesgos. De un lado, existe el peligro del esteticismo-rubricismo, es decir, un modo de celebrar obsesionado por seguir las rúbricas como un autómata, sin percatarse del sentido y la profundidad de los signos y los textos de la celebración . De otro lado, acecha el relativismo litúrgico, entendido como una forma de celebrar en la que predomina una libertad creativa tan amplia que la acción ritual pierde toda referencia fija y estable, derivando en creatividad salvaje, diversión o espectáculo . Ambas desviaciones —el formalismo vacío y la improvisación sin medida— comparten una misma raíz: la pérdida del sentido del símbolo. Por ello, el papa Francisco advierte que “todo símbolo es a la vez poderoso y frágil: si no se respeta, si no se trata como lo que es, se rompe, pierde su fuerza, se vuelve insignificante” .
En este horizonte se inscribe la promulgación de la cuarta edición colombiana del Misal Romano, acontecimiento eclesial que ofrece la ocasión propicia para una reflexión de conjunto. El presente artículo recoge y reordena, en clave académica, los contenidos de la Jornada de Formación Litúrgica del Clero de Armenia, desarrollada el 23 de junio de 2026 por el autor, en la que se expusieron, sucesivamente, (I) el camino histórico hacia la nueva edición del Misal, (II) las cuatro ediciones colombianas del mismo, con especial desarrollo de la última, (III) la categoría teológica de la anámnesis como clave para comprender por qué se celebra, y (IV) las claves de Desiderio desideravi sobre el modo de disponerse a vivir la liturgia. El argumento que se sostiene a lo largo del texto es que estas tres dimensiones —edición renovada del Misal, memorial anamnético y disposición interior ars celebrandi— no son piezas yuxtapuestas, sino momentos solidarios de una misma realidad: la manera exterior y ritual de celebrar puede ayudar o estorbar la sintonía con el misterio que se celebra, de modo que no es indiferente el modo de celebrar.
Objetivo general
Analizar el proceso histórico-teológico de recepción del Misal Romano en Colombia hasta su cuarta edición (2025), a la luz de la categoría teológica de la anámnesis y de las claves formativas propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi, con el fin de ofrecer un marco interpretativo, útil para la formación litúrgica del clero, que articule la renovación textual del Misal con la disposición interior exigida por la celebración cristiana.
Objetivos específicos
1. Reconstruir el itinerario histórico que condujo de las directrices del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum y a sus correspondientes recepciones en la Iglesia colombiana.
2. Describir el proceso editorial, las causas teológico-pastorales y las principales novedades —en el Propio del Tiempo, en el Ordo Missae, en el santoral y en la iconografía— de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025).
3. Profundizar en la categoría teológica de la anámnesis como clave hermenéutica del memorial eucarístico, desde su raíz bíblica en el zikkaron veterotestamentario hasta su formulación explícita en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal Romano.
4. Exponer las cinco claves propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi —encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi— como criterios pastorales para la formación litúrgica del clero y del Pueblo de Dios.
1. Camino hacia la nueva edición: del Concilio Vaticano II a las ediciones típicas latinas
1.1 El Misal Romano: valor teológico-litúrgico
Antes de narrar el proceso histórico de las sucesivas ediciones, conviene fijar el valor teológico que reviste el Misal en la vida de la Iglesia. El principio lex orandi, lex credendi —“la Iglesia reza lo que cree y cree lo que reza”, según la fórmula clásica de Próspero de Aquitania— expresa que la lex credendi se transforma en lex orandi: el Misal es expresión autorizada de la fe revelada. De ahí que los fieles accedan a contenidos dogmáticos tan decisivos como los definidos en Nicea, en Calcedonia, o las verdades de la Inmaculada Concepción y de la Asunción, a través de los textos eucológicos, muchas veces sin haber leído jamás los documentos magisteriales correspondientes.
El Misal es, además, testimonio de una tradición ininterrumpida de dos mil años. En el tiempo de Navidad se descubren los villancicos más antiguos en sus antífonas de entrada, con textos procedentes de la tradición bíblica del Antiguo Testamento, como ocurre en la antífona del 25 de diciembre. La segunda Plegaria Eucarística se basa en la Traditio apostolica (siglo III); las oraciones de Navidad se remontan a san León Magno (†461); el Canon Romano, a san Gregorio Magno (†604); la fiesta de Corpus Christi, al papa Urbano IV (1264); y el calendario de santos recorre todas las épocas hasta llegar a san Juan Pablo II. El Misal es, en este sentido, el “álbum de fotos” de la Iglesia.
1.2 El encargo del Concilio Vaticano II
La revisión del Misal encuentra su origen inmediato en Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963), cuyo capítulo II estableció directrices concretas: “buscar una mayor claridad en los textos y en los ritos” ; “facilitar la participación activa de los fieles” ; “preparar para el pueblo cristiano la mesa de la Palabra de Dios con mayor abundancia” ; “simplificar algunos ritos evitando repeticiones” ; restablecer otros que se habían perdido en la historia —la oración universal , la concelebración y, en gran parte, la homilía dominical —; abrir la puerta al uso de las lenguas vivas, además del latín ; y permitir la comunión bajo las dos especies.
1.3 Tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum
En cumplimiento de ese encargo conciliar, el Dicasterio competente publicó sucesivamente tres ediciones típicas en latín —referencia obligada para toda traducción vernácula, incluida la colombiana—. La primera edición típica vio la luz el 26 de marzo de 1970 , Jueves Santo, mediante el decreto Celebrationis Eucharisticae, preparada por el “Consilium” a través del grupo “Coetus X”, cuatrocientos años después del Misal de san Pío V (1570); fue reimpresa en 1971. La segunda edición típica se promulgó el 27 de marzo de 1975 , tras agotarse la primera edición —reimpresa en 1972—, e incorporó los ministerios de acólito y lector según Ministeria Quaedam y la supresión del subdiaconado. La tercera edición típica fue firmada en su Institutio el Jueves Santo del año 2000 e impresa como volumen en 2002, con un nuevo capítulo IX de la Ordenación General del Misal Romano (OGMR); esta tercera edición constituye la base de la edición colombiana vigente y fue objeto de una reimpresión corregida en 2008.
1.4 ¿Por qué una tercera edición típica?
La necesidad de una tercera edición típica respondió a la proliferación, desde 1975, de numerosos documentos eclesiales con repercusión directa en el Misal. Entre los libros litúrgicos cabe mencionar el Ritual de la Dedicación de iglesias , el Gradual de cantos , la nueva edición del Leccionario , el Código de Derecho Canónico y el Ceremonial de los Obispos . Entre los documentos magisteriales destacan Vicesimus Quintus Annus de Juan Pablo II, el Catecismo de la Iglesia Católica , Varietates legitimae sobre inculturación , Ecclesiae de mysterio sobre los ministerios laicos y Liturgiam authenticam sobre la traducción de los libros litúrgicos. A todo ello se sumó la necesidad de incorporar los santos recientemente incluidos en el calendario universal.
1.5 Dos libros para una sola celebración
Conviene precisar, por último, que la celebración eucarística se sirve de dos libros distintos y complementarios. El Misal contiene las oraciones que pronuncia quien preside —colecta, oración sobre las ofrendas y poscomunión—, los prefacios y las trece Plegarias Eucarísticas completas; en la historia ha sido llamado también “Sacramentario” u “Oracional”. El Leccionario, por su parte, contiene las lecturas bíblicas de todo el año, tanto del ciclo dominical (A, B, C) como del ciclo ferial (I, II), además de volúmenes propios para los sacramentos, los santos y las misas votivas, un Leccionario propio para niños, y el “Evangeliario” con los evangelios de las fiestas más solemnes. Durante siglos, oraciones y lecturas se unieron en un mismo volumen para el altar —son los “misalitos” que todavía usan muchos fieles—; hoy, para la celebración, el Misal y el Leccionario vuelven a distinguirse. Recibido así el texto típico latino, cada Conferencia Episcopal lo traduce, lo adapta y lo inculturiza fielmente para su pueblo, lo cual nos conduce a la recepción colombiana del Misal Romano.
2. Las cuatro ediciones del Misal Romano para Colombia
2.1 Primera, segunda y tercera ediciones colombianas (1972, 1982, 2007)
La Iglesia en Colombia ha recibido, hasta la fecha, cuatro ediciones del Misal Romano, todas aprobadas por el Dicasterio para el Culto Divino a partir del correspondiente texto típico latino. La primera edición colombiana fue promulgada el 29 de julio de 1972 por la Sagrada Congregación del Culto Divino ; mientras se publicaba el texto definitivo, fue difundida mediante el Boletín Actualidad Litúrgica, y se basó en la primera edición típica latina. La segunda edición colombiana data del 28 de octubre de 1982 e incorporó las modificaciones derivadas de la supresión del subdiaconado conforme a Ministeria Quaedam, sobre la base de la segunda edición típica latina (1975).
La tercera edición colombiana fue aprobada el 21 de marzo de 2007 por la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y se enriqueció con la Ordenación General del Misal Romano —aprobada para Colombia el 17 de agosto de 2005 — y con la Instrucción Pastoral de los Obispos de Colombia sobre algunos aspectos importantes en la celebración eucarística. En el plano práctico, esta edición implementó el uso del “ustedes” en lugar del “vosotros” en los saludos litúrgicos, y tomó como base la tercera edición típica latina (2000/2002).
2.2 La cuarta edición colombiana (2025): proceso editorial
La cuarta edición colombiana , corazón de la presente exposición, es fruto de once años de trabajo ininterrumpido bajo la guía de obispos y liturgistas. El proceso se inició en 2016 bajo el liderazgo de monseñor Fabio Duque Jaramillo, entonces presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia. En 2019 el texto fue presentado al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cual, en 2021, lo devolvió con observaciones relativas a la eucología y al Calendario Particular. En 2022 falleció monseñor Duque, y el trabajo fue retomado mediante dos comisiones específicas, una dedicada al Calendario Particular y otra a los textos eucológicos. En 2023 las propuestas resultantes fueron aprobadas por el Episcopado colombiano con amplia mayoría. Finalmente, el 2 de febrero de 2025 el Dicasterio otorgó su aprobación, contando con el nihil obstat de la Doctrina de la Fe, la recognitio del papa Francisco para la fórmula sacramental, y el correspondiente decreto de confirmatio.
2.3 Causas de la cuarta edición colombiana
Diversas causas justificaron la elaboración de esta nueva edición: la dificultad de comprensión y proclamación de muchos textos eucológicos de la edición anterior; la necesidad de incorporar la traducción litúrgica oficial de la Biblia, aprobada en 2015 para Colombia; la nueva traducción de las palabras de la consagración, es decir, de la fórmula sacramental; la inclusión de formularios para los nuevos santos del Calendario General y del Calendario Propio; la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV; la armonización de las rúbricas y de los criterios de traducción; la necesidad de evitar el uso de misales extranjeros, que generaba dispersión litúrgica; la actualización del capítulo IX de la IGMR conforme al decreto Postquam Summus Pontifex , en aplicación de Magnum Principium —que modificó el canon 838 del Código de Derecho Canónico—; y, por último, la incorporación del rito para la recepción de los santos óleos en las parroquias.
2.4 Novedades en el Propio del Tiempo y en el Ordo Missae
La cuarta edición colombiana presenta una traducción completamente nueva de los textos eucológicos, de cuño literal, conforme a los criterios de Liturgiam authenticam. En el Propio del Tiempo, se introduce para el Jueves Santo el rito de recepción de los santos óleos en cada parroquia, mediante una nueva rúbrica conexa al número 15 del Ordo Missae; en la Vigilia Pascual, las letanías bautismales se enriquecen con santa Laura Montoya y santa María Bernarda Bütler, al tiempo que se suprimen los nombres de santos no propios del calendario colombiano, como santa Rosa de Lima, san Martín de Porres y santa Mariana de Jesús; el título “Beata María Virgen” sustituye a “Nuestra Señora” en los títulos marianos, por mayor fidelidad al latín; y el texto bíblico litúrgico ha sido actualizado en su conjunto.
En el Ordo Missae propiamente dicho, las principales novedades son tres: la nueva traducción de la fórmula sacramental, aprobada por el Episcopado colombiano en 2017 y por el papa Francisco en febrero de 2025; la nueva traducción de la Oración por la Paz; y la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV, en virtud del decreto Paternas vices (1 de mayo de 2013).
2.5 Santoral, Calendario propio e iconografía
La nueva edición incorpora catorce celebraciones del Calendario General añadidas después de 2007: san Gregorio de Narek (27 de febrero), san Juan de Ávila (10 de mayo), san Pablo VI (29 de mayo), Santa María Madre de la Iglesia (lunes después de Pentecostés), santa María Magdalena (22 de julio), los santos Marta, María y Lázaro (29 de julio), santa Teresa de Calcuta (5 de septiembre), santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre), santa Faustina Kowalska (5 de octubre), san Juan XXIII (11 de octubre), san Juan Pablo II (22 de octubre), san Juan Diego Cuauhtlatoatzin (9 de diciembre) y la Bienaventurada Virgen María de Loreto (10 de diciembre); a ello se suma para san Ireneo el nuevo título de obispo, mártir y doctor de la Iglesia. Asimismo, se unifican con el Calendario General las memorias de Nuestro Señor Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote (jueves después de Pentecostés), san Felipe Neri (26 de mayo), los santos Dionisio y compañeros mártires (9 de octubre) y san Juan Leonardi (9 de octubre).
En el Calendario Propio de Colombia se incluyen santa María Bernarda Bütler, virgen (19 de mayo), santa Laura Montoya y Upegui, virgen y fundadora (21 de octubre), y las fórmulas oficiales para la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, patrona de América. La edición se acompaña, además, de una iconografía inculturada compuesta por dieciocho ilustraciones: la cruz de portada, con frutos del trópico y agua; la Bienaventurada Virgen María del Signo de Yaroslavl para el tiempo de Adviento; un Belén con palmas de corozo y ave del paraíso para la Navidad; la Transfiguración acompañada de la orquídea Cattleya para la Cuaresma; Pentecostés para el Tiempo Ordinario; el Calvario en el Te igitur; y el Cordero del Apocalipsis en el Propio de los Santos. De este modo, la iconografía cristiana tradicional se combina con la fauna, la flora y los paisajes de Colombia.
2.6 El Misal como directorio espiritual y pastoral
Más allá de su función práctica, al Misal de la Iglesia debe interesarnos como “directorio espiritual y pastoral” de nuestra celebración. La fuente litúrgica escrita responde a la antiquísima fórmula lex credendi, lex orandi, lex supplicandi: aquello que la Iglesia cree es lo que celebra, y lo que cree y celebra se convierte en norma de lo que le suplica al Señor. Por eso el Misal es también una herramienta de sinodalidad: con las mismas palabras oramos todos juntos, somos una sola voz delante del Esposo de Cristo, y con Él nos presentamos ante el Padre en el poder del Espíritu que genera comunión y unidad.
Este orar juntos responde a lo que pidió el Concilio Vaticano II: textos claros que conduzcan a la asamblea a una participación activa, fructuosa, consciente e inteligentemente espiritual. El Misal es así instrumento para que fieles y pastores celebremos el misterio pascual de Jesucristo guiados por el Espíritu Santo.
Con este texto, el episcopado colombiano se pone al día con el magisterio pontificio que, desde Sacrosanctum Concilium hasta Desiderio desideravi, ha definido la liturgia como glorificación de Dios y santificación de los fieles: un espacio de encuentro real con el poder de Cristo resucitado, y no solo de formulismos vacíos.
Como recuerda una antigua oración de la misa de la Cena del Señor, al celebrar la Eucaristía y el sacrificio de Cristo vivimos la obra de nuestra redención. Es momento de vivir con seriedad, sencillez y belleza este milagro de comunión y santidad: la liturgia no es solo una fórmula que se lee, sino experiencia de novedad y vida en el Espíritu. Que esta nueva edición del Misal Romano nos ayude a celebrar con mayor reverencia, belleza y comprensión.
Ante cada nueva edición se distinguen tres tareas complementarias: el Dicasterio para el Culto Divino introduce las oportunas matizaciones y añadiduras que sugieren la experiencia y la consulta a la Iglesia universal; la Conferencia Episcopal de Colombia lleva a cabo una versión y una adaptación fieles, tanto a la liturgia misma como a la sensibilidad de nuestro pueblo; y cada comunidad parroquial relee los nuevos textos, revisando a su luz la propia actuación pastoral, para celebrar con mayor provecho espiritual. Esta triple tarea conduce naturalmente a preguntarse qué es, en su raíz teológica, lo que efectivamente se celebra cada vez que se proclaman estos textos: la respuesta remite a la categoría de la anámnesis.
3. La anámnesis: el memorial como actualización del Misterio de Cristo
3.1 La anámnesis como categoría clave de la liturgia
El mandato de Cristo en la Última Cena —“haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19)— constituye la categoría clave para comprender la naturaleza de las celebraciones eclesiales: la anámnesis es la respuesta fiel y constante de la Iglesia a ese mandato. Se trata de un término de raíz bíblica —zikkaron (זִֻכָּרוֹן)—, empleado profusamente por los Padres de la Iglesia. Tras un cierto declive en su uso, la categoría fue recuperada por Odo Casel y la Schola Laciensis (Alemania), en una de las aportaciones más sobresalientes de la teología del siglo XX. El término “memorial” entró así al léxico teológico por la puerta grande del Concilio Vaticano II, y hoy todas las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano incluyen explícitamente la palabra “memorial” inmediatamente después del relato de la institución.
3.2 Zikkaron: el memorial bíblico
El zikkaron puede definirse como un recordar que actualiza: haciendo memoria, el pueblo se abre a la actualidad de la acción salvífica de Yahvé. No se trata, por tanto, de recordar simplemente un hecho pasado, sino de revivir sacramentalmente la acción de Dios que salva y libera, según la fórmula del libro del Éxodo: “este será un día memorable (zikkaron) para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis” (Ex 12, 14).
Tres fiestas del calendario judío ilustran esta lógica memorial. La Pascua (Pésaj), celebrada en Nisán (marzo-abril) conforme a Ex 12, 14, es memorial de la liberación de la esclavitud en Egipto, celebrada mediante una comida ritual con cordero, panes ázimos y hierbas amargas, en la que se recita el Hallel (Sal 113-118). Pentecostés (Shavuot), en Siván (mayo-junio), conforme a Lv 23, 15-21 y Dt 16, 9-12, fue originalmente ofrenda de los primeros frutos y, con el tiempo, se convirtió en memorial de la Alianza en el Sinaí y del don de la Torá. Los Tabernáculos (Sukkot), en Tishrí (septiembre-octubre), conforme a Lv 23, 33-43, son memorial de la peregrinación por el desierto, celebrado habitando en chozas en recuerdo de la providencia divina.
3.3 Del zikkaron judío a la anámnesis eucarística
El memorial, en cuanto categoría bíblica, es precisamente lo que da continuidad entre la pascua judía y la Eucaristía: ambas son un memorial. Lo que Jesús hizo en el Cenáculo fue mantener el molde y cambiarle el contenido: “esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Aquella palabra —memoria— debió evocar en los Doce la misma palabra contenida en el libro del Éxodo. En el contexto paulino —Lc 22, 19 y 1 Co 11, 24-25—, el mandato de Jesús cobra un carácter marcadamente memorial: una acción ya conocida y ritualmente establecida es plasmada de tal modo que se convierte en memorial de Cristo.
De esta raíz procede el llamado hodie —el “hoy” litúrgico—: la celebración memorial sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico, de manera que la liturgia puede afirmar “hoy Cristo ha nacido”, “hoy se ha manifestado el Espíritu Santo”, “hoy ha sido llevada al cielo la Virgen” .
3.4 La anámnesis en las Plegarias Eucarísticas
Esta estructura memorial se verifica en cada Plegaria Eucarística siguiendo una secuencia constante: memores —haciendo memoria—, offerimus —te ofrecemos— y gratias agentes —dando gracias—. La fuente de la Plegaria Eucarística II, la Traditio Apostolica de san Hipólito (siglo III), lo formula así:
“Así pues, Padre, al celebrar el memorial (memores) de la Muerte y Resurrección de tu Hijo, te ofrecemos (offerimus) el Pan de vida y el Cáliz de salvación y te damos gracias (gratias agentes) porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.” .
Esta misma estructura se repite, con variaciones propias, en las restantes Plegarias Eucarísticas del Misal. La Plegaria Eucarística I, o Canon Romano, reza:
“Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial (memores) de la Muerte gloriosa de Jesucristo, tu Hijo, Nuestro Señor, de su santa Resurrección del lugar de los muertos y de su admirable Ascensión a los cielos, te ofrecemos (offerimus), Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el Sacrificio puro, inmaculado y santo, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación”
La Plegaria Eucarística III formula la misma anámnesis del siguiente modo:
“Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial (memores) de la Pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable Resurrección y Ascensión al Cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) en esta acción de gracias (gratias referentes), el Sacrificio vivo y santo” .
La Plegaria Eucarística IV, por su parte, precisa:
Por eso, Padre, al celebrar ahora el memorial (memoriale celebrantes) de nuestra Redención, recordamos la Muerte de Cristo y su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su Resurrección y Ascensión a tu derecha; y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo” .
Las Plegarias Eucarísticas de la Reconciliación recogen la misma lógica anamnética, aplicada al don de la paz y del perdón. La primera dice:
“Así pues, al celebrar el memorial (memores) de tu Hijo Jesucristo, nuestra Pascua y nuestra paz definitiva, celebramos su muerte y resurrección de entre los muertos, y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus), Dios fiel y misericordioso, la Víctima que reconcilia a los hombres contigo” .
La segunda Plegaria de la Reconciliación añade un matiz teológico de particular relieve:
“Así pues, al celebrar el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, que nos dejó esta prenda de su amor, te ofrecemos (offerimus) lo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta”.
Esta fórmula constituye una confesión explícita: la Iglesia ofrece al Padre aquello mismo que el Padre le entregó. Finalmente, la Plegaria Eucarística para las Misas por Diversas Necesidades cierra esta serie:
“Por eso nosotros, Padre santo, al celebrar el memorial (memores) de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador, al que condujiste, por su pasión y muerte en cruz, a la gloria de la resurrección, y lo sentaste a tu derecha, anunciamos la obra de tu amor hasta que él venga, y te ofrecemos (offerimus) el pan de vida y el cáliz de bendición” .
3.5 El memorial en la eucología del Misal Romano
La categoría del memorial no se limita a las Plegarias Eucarísticas, sino que impregna también la eucología ordinaria del Misal. La oración sobre las ofrendas que se proclama el Domingo II del Tiempo Ordinario y en la Misa In Cena Domini, cuya fuente es el Sacramentario Veronense (siglo vi), atribuido a León Magno, reza:
“Concédenos, Señor, participar dignamente en estos sacramentos, pues cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención”.
En la misma línea, la oración colecta de la solemnidad de Corpus Christi —fiesta instituida en el siglo xiii por el papa Urbano IV (1264) para subrayar la centralidad de la Eucaristía—, atribuida a santo Tomás de Aquino, suplica:
“Oh, Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión; te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención” .
El fundamento conciliar de toda esta eucología se encuentra en Sacrosanctum Concilium: “Nuestro Salvador instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección” .
3.6 El memorial: actualización, no solo recuerdo
El Catecismo de la Iglesia Católica resume con precisión el alcance teológico de cuanto se ha expuesto:
“La liturgia no solo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza y los hace presentes. La celebración memorial nos sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico. La anámnesis pone en acto la irrupción del misterio en el espacio y en el tiempo: provoca que lo que ocurrió, ocurra hoy, aquí y ahora” .
Este “hoy” litúrgico se funda en la singularidad absoluta del acontecimiento pascual, según lo describe el mismo Catecismo:
“Cuando llegó su hora, vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre ‘una vez por todas’. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado” .
Esta lectura del n. 1085 del Catecismo recoge la intuición del teólogo Jean Corbón , para quien existe “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. De ahí se sigue una consecuencia pastoral de primer orden: cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía —con este Misal renovado, en esta lengua, en esta tierra colombiana— no conmemora un pasado lejano, sino que hace presente, aquí y ahora, el único Misterio de Cristo. Queda entonces por precisar con qué disposiciones interiores conviene acercarse a esa actualización sacramental, cuestión que aborda directamente la carta apostólica Desiderio desideravi.
4. Desiderio desideravi: las claves del papa Francisco para celebrar y vivir la liturgia
4.0 Presentación del documento
“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15): con esta cita evangélica, que da título a la carta, el papa Francisco introduce Desiderio desideravi, carta apostólica sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, firmada el 29 de junio de 2022. No se trata de un documento disciplinar, sino de una invitación a la formación litúrgica, según sus propias palabras: “con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana” (DD, n. 16). Si la nueva edición del Misal —expuesta en la segunda parte de este artículo— ofrece el texto renovado, y la anámnesis —expuesta en la tercera parte— explica qué es lo que se celebra, Desiderio desideravi enseña cómo disponerse a vivirlo, mediante cinco claves: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi.
El punto de partida de las cinco claves es, una vez más, la Última Cena. Toda la historia de la salvación es una preparación de esa Cena (DD, n. 3); Jesús sabe que es el Cordero pascual (n. 4), y esa misma Cena se hará presente en cada Eucaristía hasta su vuelta (n. 4 y n. 7). El contenido del Pan partido es la Cruz de Jesús, su sacrificio en obediencia amorosa al Padre, de modo que la Última Cena constituye una anticipación ritual de la muerte del Señor (n. 7): es precisamente el Cuerpo entregado y la Sangre derramada lo que se conmemora en cada Eucaristía (n. 7).
4.1 Encuentro
“Aquí está la poderosa belleza de la liturgia” (DD, n. 10): la primera clave que propone el papa Francisco es la del encuentro, pues la Encarnación, además de ser el único y novedoso acontecimiento que la historia conozca, es también el método que la Santísima Trinidad ha elegido para abrirnos el camino de la comunión (n. 10).
4.2 Belleza
La segunda clave es la belleza, que el papa describe en términos de identificación existencial con los personajes evangélicos:
“El poder salvífico del sacrificio de Jesús, de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos, mirada, sentimiento, nos alcanza en la celebración de los Sacramentos. Yo soy Nicodemo y la Samaritana, el endemoniado de Cafarnaún y el paralítico en casa de Pedro, la pecadora perdonada y la hemorroísa, la hija de Jairo y el ciego de Jericó, Zaqueo y Lázaro; el ladrón y Pedro, perdonados”.
Esta belleza se hace experiencia concreta, en primer lugar, en el Bautismo, nuestro primer encuentro con la pascua de Cristo (n. 12). El modo en que esto acontece resulta especialmente conmovedor: la plegaria de bendición del agua bautismal revela que Dios creó el agua precisamente en vista del bautismo (n. 13), de manera que, sin esta incorporación sacramental, no hay posibilidad de experimentar la plenitud del culto a Dios.
4.3 Asombro
La tercera clave es el asombro, entendido como admiración ante el hecho de que el plan salvífico de Dios nos haya sido revelado en la pascua de Jesús, cuya eficacia sigue llegándonos en la celebración de los sacramentos (n. 25). Se trata de la actitud de quien sabe que está ante la peculiaridad de los gestos simbólicos, y de la maravilla de quien experimenta la fuerza del símbolo y lo que este significa (n. 26).
4.4 Formación
La cuarta clave, la formación, exige tanto un conocimiento teológico —el sentido teológico de la liturgia, descrito admirablemente en SC, n. 7— como el dinamismo de la celebración, los textos eucológicos y los dinamismos rituales. Esta formación se dirige a todos los fieles, pero en primer lugar a quienes presiden la asamblea, para que puedan guiar a sus hermanos. Conviene, sin embargo, precisar de qué tipo de formación se trata, pues el papa Francisco advierte:
“La liturgia no tiene que ver con el ‘conocimiento’, y su finalidad no es primordialmente pedagógica (aunque tiene un gran valor pedagógico) … sino que es la alabanza, la acción de gracias por la Pascua del Hijo, cuya fuerza salvadora llega a nuestra vida. La plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo. Repito: no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él” .
Esta formación, por tanto, no es solo conocimiento intelectual, sino implicación existencial con la persona de Cristo (n. 41), una implicación que los Padres describieron en términos de deificación: nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa sino a convertirnos en lo que comemos, según la expresión de san León Magno. Esta implicación existencial tiene lugar precisamente por vía sacramental (n. 42).
De aquí se desprende la centralidad del lenguaje simbólico, camino que la Santísima Trinidad ha elegido para llegar a nosotros en la carne del Verbo (n. 44). Se delinea así la primera tarea de toda formación litúrgica: el hombre ha de ser capaz de símbolos (n. 44), lo cual plantea dos preguntas urgentes para la pastoral actual: ¿cómo volver a ser capaces de símbolos? ¿Cómo volver a saber leerlos para vivirlos? La respuesta remite a la naturaleza sacramental de la liturgia misma, según la fórmula conciliar: “en ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre” (SC, n. 7).
El símbolo litúrgico, en efecto, “no solo da una clave de lectura global de la realidad creada, sino que es una vía muy apta para conducirnos al misterio de Dios… el símbolo es receptivo de la realidad divina que él mismo señala, en su humildad y desbordamiento… habla de la reciprocidad divina”. El símbolo litúrgico es, en suma, el puente que une lo humano y lo divino, sin confundirlos, en el acontecer sacramental —el baño bautismal, la unción con aceite, el pan eucarístico, la vestidura blanca, entre otros—.
Esta capacidad simbólica encuentra su fundamento último en el principio per visibilia ad invisibilia: el símbolo es una vía privilegiada para percibir el mundo como transparencia del misterio de Dios, como lo reconoce la poesía: poetas y pensadores, tanto de Oriente como de Occidente, muestran que toda cosa encierra un misterio que remite a Dios, y que la metáfora y el símbolo permiten ascender de lo sensible a lo inteligible, preparando el espíritu para comprender la lógica sacramental de la fe. Esta comprensión simbólica constituye un hilo conductor que atraviesa la historia entera: desde la filosofía antigua y la patrística, pasando por la teología medieval y moderna, hasta el magisterio actual. Pseudo-Dionisio, Orígenes y Newman expresan que la Encarnación es el corazón del pensamiento sacramental, pues en Cristo lo visible se convierte en mediación de lo invisible; autores contemporáneos como Saussure, Rahner, Schillebeeckx y Chauvet, junto con el documento Orientale Lumen, prolongan esta misma línea al afirmar que la participación trinitaria se realiza a través de la liturgia.
Finalmente, esta formación encuentra su escuela privilegiada en los santos, conforme a la exhortación de Juan Pablo II a aprender la verdadera piedad eucarística en su ejemplo: “en ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de una realidad vivida y, en cierto modo, calienta nuestros corazones” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 62).
4.5 Ars celebrandi
La quinta y última clave, ars celebrandi, corona y recapitula las cuatro anteriores. El arte de celebrar no es una habilidad técnica ni un refinamiento estético, sino el modo en que el misterio de Cristo se hace presente en la acción ritual; constituye, por ello, la expresión más alta de la formación litúrgica. Comprende, ante todo, la fidelidad a los ritos, es decir, celebrar como la Iglesia celebra, respetando la forma ritual aprobada, sin añadidos ni sustracciones arbitrarias —lo que excluiría tanto el rubricismo vacío como el relativismo creativo descritos al inicio de este artículo—. Comprende, además, una presencia interior: el celebrante no ejecuta un ceremonial, sino que actualiza el misterio de Cristo, y esta ars celebrandi exige, por tanto, una verdadera conversión personal.
Se confirma así, en el cierre de esta cuarta parte, la afirmación con la que se abrió este artículo: “en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia”, pues “la cuestión litúrgica ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever” (Benedicto XVI). Si “la liturgia es la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, n. 10), comprendemos bien lo que está en juego en la cuestión litúrgica (DD, n. 31).
Conclusiones
El recorrido propuesto en este artículo permite extraer varias conclusiones articuladas en torno al objetivo general enunciado. En primer lugar, la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025) no es un episodio aislado, sino el último eslabón de un proceso iniciado por el Concilio Vaticano II y desarrollado a través de tres ediciones típicas latinas (1970, 1975, 2000/2002) y de cuatro recepciones colombianas sucesivas (1972, 1982, 2007, 2025); cada una de estas ediciones ha respondido a causas teológicas y pastorales concretas, desde la supresión del subdiaconado hasta la incorporación de la traducción litúrgica oficial de la Biblia y de una iconografía propiamente inculturada.
En segundo lugar, la renovación textual y rubrical del Misal carecería de sentido pleno si no se la comprende desde la categoría teológica de la anámnesis: el memorial bíblico del zikkaron, recibido y transformado por Cristo en la Última Cena, explica por qué la Iglesia, al celebrar, no conmemora un pasado lejano, sino que actualiza sacramentalmente el único Misterio de Cristo, “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. Esta verdad, confirmada por todas las Plegarias Eucarísticas y por la eucología tradicional del Misal, constituye el fundamento por el cual cada celebración “realiza la obra de nuestra redención”.
En tercer lugar, esta actualización sacramental exige, según Desiderio desideravi, una disposición interior específica, articulada en las cinco claves del encuentro, la belleza, el asombro, la formación y el ars celebrandi. Estas claves previenen tanto el esteticismo-rubricismo como el relativismo litúrgico señalados en la introducción, al recordar que la liturgia no es primordialmente pedagógica, sino salvífica, y que su finalidad última es la conformación del fiel con Cristo.
Se concluye, en consecuencia, que la nueva edición del Misal Romano para Colombia, el memorial eucarístico y el ars celebrandi no son tres asuntos independientes, sino tres momentos solidarios de una misma realidad eclesial: “no es indiferente el modo de celebrar”. La manera exterior y ritual de la celebración puede ayudar —o estorbar— la sintonía con el misterio que se celebra; de ahí que la nueva edición del Misal sea, en definitiva, un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones que pide Desiderio desideravi. Queda como tarea pastoral inmediata, para el clero de Armenia y para toda la Iglesia en Colombia, releer los nuevos textos del Misal a la luz de estas tres claves, de modo que, también en esta tierra colombiana, “cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención”.
P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez
Director del Departamento de Liturgia
Conferencia Episcopal de Colombia
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Vie 25 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Jue 24 Sep 2026
Vie 18 Sep 2026
La amistad, tesoro evangélico y sostén del Ministerio Sacerdotal
La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable"(Eclo 6,14-15).¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTESi esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZDiócesis de Santa Marta
Jue 10 Sep 2026
De la escucha a las estructuras: nuevas propuestas para una Iglesia sinodal
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?Una sinodalidad que llega a la vida cotidianaDurante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.Corresponsables, pero no todos de la misma maneraUna expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.También las estructuras pueden aprender a escucharEl segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.¿Qué significa esto para los laicos?Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.Una pregunta para nuestras comunidadesLa fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.Fuentes:Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.htmlVatican News en español:https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.htmlBernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad
Mar 1 Sep 2026
Nos llama, nos mueve y nos une: caminar con las familias para sembrar la paz
P. Nelson Ortiz Rozo - En un entorno social marcado por las heridas de la violencia, la polarización y los desastres naturales, muchas familias experimentan cansancio, incertidumbre y frustración. Frente a esta realidad, la acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia emerge como una fuerza indispensable, capaz de abrazar la fragilidad de los hogares y animarlos a ser sembradores de paz. Por lo tanto, reconocer a la familia como un lugar privilegiado donde se cultivan valores, hábitos y patrones de convivencia permite entender su profunda y decisiva influencia en el desarrollo de la sociedad. La familia no es solo el primer espacio de socialización, sino también la primera escuela donde se aprende a amar, a dialogar, a respetar la diferencia y a resolver los conflictos. Esta labor eclesial nace del corazón de una Iglesia que desea caminar al ritmo de la historia humana mostrando que el tejido social sana en la medida que fortalecemos los vínculos familiares.Esta llamada se hace aún más viva y urgente al sintonizarnos con la iniciativa de la Semana por la Paz que este año nos convoca bajo el lema: ¡la paz nos llama, nos mueve y nos une! Es especialmente en el seno del hogar donde este lema se convierte en vida, pues la familia es el primer escenario donde esa fuerza que nos mueve y nos une debe ser cultivada y custodiada.En primer lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia cuida y sirve a la paz respondiendo a la voz de “la paz nos llama”, ofreciendo espacios de acogida, escucha y sanación para el fortalecimiento del vinculo conyugal, filial y fraternal. Sabemos bien que el clima de agresión exterior con frecuencia se filtra al interior de las casas, lastimando las relaciones entre los esposos, el trato de los padres hacia los hijos e instalando la rivalidad en indiferencia entre los hermanos. Por eso la Iglesia sale al encuentro con la pedagogía del cuidado para caminar al lado de cada hogar en su realidad concreta, compartiendo sus alegrías y aliviando sus dolores. Como nos enseñaba san Juan Pablo II: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (F. C., 22). Así cuando los miembros de una familia aprenden a acoger y promover la dignidad del otro en su vida diaria, sanando los conflictos internos mediante la caridad cristiana, ese hogar se convierte de manera natural en una sembradora de paz.En segundo lugar, este caminar compartido “nos mueve” a actuar, en el que la Iglesia acompaña con la pedagogía del perdón y la reconciliación cotidiana en la convivencia familiar. Frente a una sociedad que propone el descarte de los que piensan diferente, el Evangelio vivido en el hogar nos mueve a descubrir que el diálogo sincero y el discernimiento comunitario son los verdaderos caminos del Espíritu. El papa Francisco no alienta en este aprendizaje: “Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil” (A.L., 106). La acción evangelizadora acompaña con paciencia estos procesos del corazón, mostrando a los padres y a los hermanos que las diferencias no se destruyen con la violencia, sino que se abrazan en la comunión. Con este propósito, la pastoral familiar de la Iglesia en Colombia impulsa múltiples iniciativas, tales como talleres de perdón y reconciliación, retiros espirituales y asesoría personalizada en los centros de escucha y orientación familiar. A esto se suman los encuentros de la Semana de la Familia que esté año, los cuales ofrecen herramientas de resolución pacífica de conflictos orientadas a “desarmar el corazón” y consolidar entornos de convivencia fraterna.Finalmente, el dinamismo de este caminar juntos es el lazo que “nos une” en corresponsabilidad, impulsando a la familia a salir de sí misma para ofrecerse generosamente a la comunidad. De este modo, “ensancha la tienda” del corazón y derriba los muros del egoísmo para vivir una fraternidad más allá del hogar. Al respecto, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanistas, recuerda que la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es un bien social primario y la célula fundamental e insustituible de la sociedad (nn. 165-167). Así al tejer redes de comunión donde caminan juntas y viven el servicio pastoral, las familias dejan atrás la soledad y el desamparo para descubrirse unidas en una misión común: ser testimonio de fraternidad, hospitalidad, solidaridad y servicio comunitario.La acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia nos demuestra que la paz social es inseparable de la paz familiar; la primera no es posible sin la segunda, pues brota y se nutre directamente de ella. Al sanar los vínculos internos, educar en el perdón y motivar a los hogares hacia el servicio comunitario, la Iglesia recuerda al mundo que la reconciliación de la sociedad se realiza desde la vivencia cotidiana del amor en el hogar. Por eso, ¡la paz familiar nos llama, nos mueve y nos une!P. Nelson Ortiz RozoDepartamento de Matrimonio y FamiliaConferencia Episcopal de Colombia
Mar 1 Sep 2026
Cuando la sinodalidad transforma también las estructuras de la Iglesia
Por DP. Bernardo Vanegas Luque - El papa León XIV publicó el 29 de agosto la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Mutua Concordia, mediante la cual modifica dos cánones del Código de Cánones de las Iglesias Orientales. Más allá de su alcance jurídico específico, la decisión ofrece una expresión concreta de una Iglesia que busca vivir la comunión, la corresponsabilidad y la sinodalidad también en sus estructuras y en el ejercicio de la autoridad.La nueva normativa se refiere a las Iglesias católicas orientales patriarcales y, por su naturaleza, también a las Iglesias arzobispales mayores. Su propósito es fortalecer la comunión entre el Patriarca —Padre y Cabeza de la Iglesia sui iuris— y los obispos que, junto con él, conforman el Sínodo de los Obispos.Una autoridad que se ejerce en comuniónMutua Concordia parte de una afirmación especialmente significativa: la concordia entre quien preside una Iglesia oriental y los demás obispos que integran su Sínodo constituye el alma de la comunión de su jerarquía.Desde esta perspectiva, el ministerio de quien preside no aparece aislado del cuerpo episcopal. Por el contrario, el documento recuerda la vocación a la colegialidad propia de este ministerio y señala que la sinodalidad debe ser buscada y cultivada constantemente en un contexto de responsabilidad común.Esta orientación adquiere una expresión jurídica concreta. Entre otros aspectos, la reforma establece procedimientos mediante los cuales el Sínodo puede actuar cuando se presentan dificultades graves en el ejercicio del ministerio del Patriarca, garantizando también su derecho a la defensa y conservando el papel propio del Romano Pontífice.No se trata simplemente de modificar un procedimiento. Detrás de las nuevas disposiciones aparece una comprensión eclesial: la comunión también necesita formas, responsabilidades y estructuras que permitan vivirla.De la experiencia sinodal a las formas concretas de vida eclesialUno de los grandes desafíos de la fase de implementación del Sínodo es precisamente este: evitar que la sinodalidad sea entendida solamente como la realización de encuentros, consultas o métodos de escucha.La escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y la conversación en el Espíritu son fundamentales, pero están llamados a transformar progresivamente nuestra manera de relacionarnos, participar, discernir, tomar decisiones y ejercer los distintos ministerios y responsabilidades en la Iglesia.Mutua Concordia permite observar este dinamismo en un ámbito muy concreto. En este caso, la sinodalidad encuentra una expresión jurídica en la tradición y organización propias de las Iglesias católicas orientales.Esto no significa trasladar estas disposiciones particulares a las diócesis de tradición latina. Su valor para el conjunto de la Iglesia está, más bien, en el principio que dejan entrever: la sinodalidad está llamada a encarnarse en prácticas y estructuras que favorezcan una verdadera comunión y corresponsabilidad.Una pista para nuestro camino en ColombiaLas Iglesias locales en Colombia se encuentran recorriendo la fase de implementación del Sínodo 2025-2028. En este camino, una pregunta resulta cada vez más importante: ¿cómo hacer que la experiencia sinodal pase de los encuentros y espacios de escucha a la vida ordinaria de nuestras comunidades?La respuesta no consiste solamente en crear nuevas estructuras. También supone revisar cómo funcionan las que ya existen: consejos pastorales y económicos, equipos de animación, organismos de participación, comunidades parroquiales y otras instancias de discernimiento y corresponsabilidad.La sinodalidad comienza a hacerse visible cuando escuchar, discernir y participar juntos deja de ser una experiencia ocasional y se convierte progresivamente en una manera habitual de ser Iglesia.La publicación de Mutua Concordia puede leerse, por ello, como una señal concreta de este horizonte: una Iglesia en la que comunión, autoridad, participación y corresponsabilidad no recorren caminos separados, sino que se necesitan mutuamente para el cumplimiento de una misma misión.Para profundizarEl Motu Proprio Mutua Concordia fue publicado el 29 de agosto de 2026 y modifica los cánones 106 y 126 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.Fuente: Santa Sede y Vatican News.Bernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad