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“Yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20)
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Por. Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Estamos culminando el mes de octubre con la certeza de seguir avanzando en la conciencia misionera de cada uno de los bautizados, cumpliendo el mandato del Señor “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado” (Mt 28, 19). Frente a la misión llegan también momentos de incertidumbre, por las dificultades que hay que afrontar cada día, incluso el rechazo de muchos al mensaje de salvación. Frente a esta realidad, el evangelizador no ha de desfallecer, debe seguir adelante con la gracia que viene de lo alto para continuar la tarea, que no es propia, sino del Señor, y Él mismo nos ha dado la certeza que no estamos solos, pues nos ha dicho: “Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20).
Evangelizar es la misión de la Iglesia y está en nuestras manos ser instrumentos disponibles para cumplir con esta tarea que le da identidad a la Iglesia. San Pablo VI así lo enseña: “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (Evangelii Nuntiandi, 14), para que muchos experimenten la alegría del Evangelio y den sentido a sus vidas, como lo afirma el Papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Evangelii Gaudium, 1).
Dejar entrar a Jesús en la propia vida, en la vida familiar, es tener la garantía de que Él llega para permanecer, Él estará con nosotros todos los días, en los momentos fáciles y difíciles; en las alegrías y en la Cruz, ahí está el Señor caminando con nosotros, siendo soporte y alivio, dándonos esperanza en la tribulación. Aparecida nos ilustra esta realidad cuando afirma: “Todos nosotros como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas” (Documento de Aparecida, 30), porque Jesús camina con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos.
El mundo que está sin Dios se queda sin esperanza y entra en el vacío y en la tristeza más profunda; el Señor quiere quedarse en el corazón de todos hasta el final de los tiempos, pero hay que permitirle la entrada, hay que dejarse encontrar por el amor de Dios que salva, que perdona, que purifica y llena de alegría el corazón. El Papa Francisco insiste en la alegría que da el encuentro con el amor de Dios y lo expresa así: “Sólo gracias al encuentro con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada. Llegamos a ser plenamente humanos cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora, porque si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros? (EG 8).
La presencia del Señor en nuestra vida hasta el final de los tiempos, le devuelve el sentido y la alegría a la existencia humana y aún en medio de las dificultades, existe serenidad y armonía, porque mirar y contemplar el Crucificado, fuente de nuestra salvación, llena el corazón de paz. Esta realidad interior que se vive al experimentar el amor de Dios, es lo que se transmite en el nombre del Señor en el trabajo misionero, de tal manera que, no se necesita mucha ciencia humana para evangelizar, basta experimentar el amor de Dios, “si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120).
Esta fue la experiencia de los primeros discípulos del Señor, ellos después de experimentar el amor de Dios, de inmediato salieron con gozo a transmitir lo que estaban viviendo en sus vidas y lo hacían con gozo y convicción “hemos encontrado al Señor” (Jn 1, 41), y esta es la misión nuestra: vivir el amor de Dios en la propia vida y querer extender ese amor a otros siendo auténticos misioneros del Reino de Dios, porque “todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida” (EG 121).
Como creyentes en Jesucristo, sigamos en salida misionera haciendo discípulos misioneros del Señor, haciendo anuncio del Señor diciendo: “Tú eres el Cristo, envíanos Señor”, comenzando ese anuncio en el propio hogar y en el entorno en el que vivimos. Que la Santísima Virgen María y el glorioso patriarca san José, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con el mandato del Señor de ir por todas partes a hacer discípulos misioneros del Señor, con la certeza que Él está con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Cf Mt 28, 20).
En unión de oraciones.
Reciban mi bendición.
Mons. José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
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Defendiendo la vida desde la familia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo del Proceso Evangelizador en la Diócesis de Cúcuta con el lema: vayan y hagan discípulos defendiendo la vida, celebrando 70 años de vida diocesana, transmitiendo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que es Evangelio de la vida. El primer espacio y ambiente para proteger, defender y custodiar la vida es la familia; con la certeza que Jesucristo nuestra esperanza, ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hogares la custodia. Sabiendo que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31).Frente a todas las dificultades por las que pasa la familia en el momento actual, la llamada que nos hace Dios en su Palabra es a edificar la vida del hogar sobre Jesucristo, roca firme que sostiene el hogar; para recibir de Él la fuerza de afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios de custodiar y defender la vida humana. Al respecto Aparecida nos dice: “el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos” (DA 464). Esta fuerza se encuentra únicamente en Dios que regala su gracia y bendición a cada familia para cumplir con su misión.Esta enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia nos ayuda a ratificar la doctrina sobre la familia y la defensa de la vida, para responder a las ideologías que presentan el aborto, la eutanasia y demás atentados contra la vida y la dignidad de la persona humana, como norma de comportamiento. Frente a esto, tenemos que fortalecer la familia que protege la vida como regalo gratuito de Dios. En ese sentido, Aparecida afirma: “la familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de dos por una sociedad mejor” (DA 433); esto nos permite construir persona y sociedad desde los valores del Evangelio de Jesucristo.La familia que edifica su vida sobre la roca firme de Jesucristo recibirá la fuerza diaria para cumplir su misión y se convierte en luz que ilumina el camino de otras familias, que se ven desanimadas en continuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar y los desafíos que tiene que afrontar del mundo actual que quiere desestabilizar las familias.Para afrontar los retos diarios, sabemos que no estamos solos, Jesucristo va con nosotros en la barca de nuestra vida y además tenemos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, que nos enseña a estar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Jesús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL 317); con el auxilio de la gracia de Dios que se nos ofrece en los sacramen¬tos, sobre todo en la Confesión y la Eucaristía, que fortalecen y alimentan la vida familiar.Con la certeza que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, continuamos en el Proceso Evangelizador que hemos venido realizando durante todos estos años de historia diocesana, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza, porque “Dios ama nuestras familias, a pesar de tantas heridas y divisiones. La presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119); con la garantía que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los vínculos de comunión familiar.Las familias tienen la compañía de la Iglesia en cada una de las parroquias, desde donde se ora por las necesidades familiares, por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pidiendo la gracia de la caridad y del amor conyugal, dando gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, nos alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él, para que construyamos familias perdonadas, reconciliadas y en paz.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 14 Jul 2026
La Eucaristía: centro de la vida eclesial
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Caminamos juntos en la celebración de los 70 años de nuestra Diócesis de Cúcuta, sostenidos por la gracia de Dios y fortalecidos por la Eucaristía; el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha alimentado en esta historia de fe, esperanza y caridad y nos ha ayudado a construir esta Iglesia Particular, porque “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ecclesia de Eucharistia 1).La Iglesia vive de la Eucaristía, recibe del sacramento de nuestra fe la gracia para ser comunidad de creyentes que tiene su meta en la vida eterna. Por eso, también la Eucaristía nos abre el camino a la eternidad: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54); de tal manera, que la Eucaristía tiene que ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afirmó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis 5), camino evangelizador que estamos recorriendo en nuestra diócesis en salida misionera.Somos conscientes que hoy estamos recogiendo los frutos de la siembra del Evangelio en estos años de historia. Pero tenemos que reconocer que en esa siembra nunca ha faltado la Eucaristía, como el milagro más grande del mundo; por eso, no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eucaristía es escuela de caridad, de perdón y reconciliación. Es indispensable en los momentos actuales, cuando la humanidad está desgarrada por odios, violencias, resentimientos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las familias y de la sociedad, que se percibe desmoronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada persona que deja entrar toda clase de males. Nuestra ciudad y nuestra región padece muchas divisiones que producen violencia. Frente a este mal que nos agobia, la historia diocesana da razón que la Eucaristía crea la comunidad, la construye día a día y la sostiene por siempre en comunión, “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia 40).Frente a tantas incertidumbres y dificultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el establecimiento del bien y la comunión entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana. Ella, necesariamente tendrá que brotar de la Eucaristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social. Pero también, sana la desesperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida humana es pisoteada, destruida y el ser humano es manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigarse en la sociedad. Somos curados de la división y del mal, con la Eucaristía, sacramento de la fe y de la comunión, que es forma superior de oración que ilumina la historia personal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada combate humano, cristiano y espiritual.Esta realidad que vivimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la Iglesia y concretamente en la diócesis; como nos dice el Concilio “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11). Realidad que ha profundizado San Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” añadiendo además que “esta verdad encierra el núcleo de misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”(Ecclesia de Eucharistia 1).Agradecidos con Dios por los 70 años de vida diocesana, reconozcamos el don de la Eucaristía que nos permite seguir caminando juntos, cumpliendo con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos” fortaleciendo la comunidad eclesial, de la cual la Eucaristía es el centro que nos ayuda a vivir en comunión, participación y misión. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para reconocerlo en la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de nuestra fe, que nos relaciona íntimamente con la Iglesia y con cada creyente que comulga el día del Señor en gracia de Dios.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Vie 3 Jul 2026
El sacramento del matrimonio, una buena noticia
Por Mons. Héctor Cubillos Peña - Hoy, en diferentes contextos, el matrimonio está considerado como una institución llamada a desaparecer. Se piensa como una realidad que va contra la dignidad de la persona humana y su autorrealización, en él la mujer recibe toda clase de ataques que anulan su identidad y la mantiene en una dependencia esclavizante.Esta situación entra en conflicto con el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia manifestado en Jesucristo que la Iglesia, fiel a su misión, defiende y promueve como institución humana y como realidad de salvación. El matrimonio no es una propuesta engañosa ni obsoleta; no es una ilusión ni algo que va en contra de la dignidad de la persona y sus derechos. Se trata de una realidad posible que realiza el amor y la felicidad que contribuye positivamente al bien de la sociedad. Pero el matrimonio, además, ha sido elevado a la categoría de sacramento.En la vida de la Iglesia hay siete sacramentos instituidos por Dios, que son los canales por los cuales llega a los hombres el amor y la acción salvadora de Dios. No son invención de sus ministros y no pueden ser suprimidos ni alterados en su esencia. Todo lo que Dios quiere entregar a la humanidad para su bien y su realización lo comunica por los sacramentos. Los sacramentos salvan, transforman, cambian, embellecen, fortalecen y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y del poder divinos. Nuestro Dios es un Dios no que destruye, sino que salva y perfecciona.La vida de Dios, que es verdadera e invisible, llega a los hombres a través de realidades visibles de este mundo. El agua del bautismo, al derramarla sobre la cabeza del niño con las palabras del sacerdote hacen real la acción de Dios que verdaderamente purifica, da la vida divina y convierte en hijo de Dios al que la recibe.El matrimonio es uno de esos sacramentos, es decir, por el amor libre y consciente de una pareja que decide llevar una vida de unidad, de ayuda mutua de pareja para siempre y en exclusiva para buscar alcanzar el bien y la felicidad contribuyendo a la transmisión y cultivo de la vida de sus hijos, el matrimonio queda establecido como un reflejo del amor de Jesús y a la manera del amor de Jesús.Sin embargo, todos los seres humanos tenemos en nuestro interior una fuerza que quiere obstaculizar y destruir no solo el mismo amor humano, sino también que la vida de pareja no refleje el amor de Dios. El corazón humano es frágil y débil. De ahí la realidad cotidiana de matrimonios destruidos, separados, heridos como de hecho se han presentado siempre.El matrimonio es uno de esos sacramentos; es decir, el amor entre un hombre y una mujer por la acción de Dios, está llamado a ser una imagen, un reflejo del amor de Jesús por los suyos. Todo en la vida de unos esposos ha de ser una realidad que muestre ese amor de Dios. Y, de otra parte, es una gracia que hace posible esa realidad. Al ser una gracia viene a fortalecer la vida matrimonial de amor exclusivo y permanente para que no vaya a fracasar ni a destruirse. El sacramento salva el amor conyugal.Lo anterior es así, porque aparece en la Palabra de Dios, el Creador al llamar a la existencia a la primera pareja y luego Jesús afirmaron: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1, 27; Marcos 10, 6-7). Toda la vida de una pareja; sus relaciones y su convivencia han de mostrar esa semejanza con Dios y su amor. San Pablo al referirse al matrimonio dice que este está referido al amor de Jesús, el esposo con su esposa que es la Iglesia (Cfr. Efesios 5,32). Toda la enseñanza de Jesús y sus relaciones con las gentes son el camino de la felicidad y la santidad. Ese amor es el que debe habitar en el corazón, la mente, las palabras, los deseos, la sexualidad, el cariño, la unidad y la comunión. Dice la escritura: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne” (Mateo 19, 5). Dos personas, dos existencias, dos proyectos de vida que están llamados a ser uno en esta vida, por cuanto en el cielo ya no habrá matrimonio, sino que todos estarán integrados en el amor perfecto de Dios.Sin embargo, el amor de los esposos no se encuentra encerrado en ellos mismos, ha de estar abierto a la vida familiar; la familia ha sido llamada “Iglesia doméstica”, es decir, una comunidad de padres e hijos en donde se ha de vivir en la presencia y compañía de Dios y en donde sus miembros han de reproducir el amor de Jesús por los discípulos. La familia es el santuario del amor y de la vida por cuanto el amor se prolonga en la comunicación de la vida a los hijos. La gracia y ayuda de Dios que comunica el sacramento del matrimonio permanece en la familia que ha de brillar por el amor que hacen visible para los demás y que es eficaz en todos los momentos de alegría y sufrimiento. La gracia del sacramento hace posible el diálogo, el perdón, la tolerancia y la ayuda entre todos.Pero, esa gracia de Dios no llega al matrimonio ni a la familia de manera automática ni mágica; es necesaria la apertura y la acogida de cada uno. Esto será posible en la medida en que en pareja y en familia se haga oración, se escuche la Palabra de Dios, se reciba el perdón de los pecados y se acuda al alimento de la Eucaristía. Es así, como se recibe la acción poderosa y de amor de Dios. Unos esposos en y con su familia se convierten en pruebas y testimonios palpables de que sí es posible y es camino de felicidad el matrimonio sacramental, que es en verdad una Buena Noticia.+Héctor Cubillos PeñaObispo de la Diócesis de ZipaquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mié 1 Jul 2026
Llamados a ser santos y a participar en el ministerio de Cristo
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Con ocasión de la jornada para la santificación sacerdotal, el papa León XIV escribió, en el marco de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, un profundo mensaje en el cual reitera el llamado a los ministros ordenados a ser santos. Dice así, entre otras cosas:“Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jer. 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu.Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús”.En muchas jurisdicciones eclesiásticas, en los meses de junio y julio se llevan a cabo los retiros espirituales para los ministros ordenados, presbíteros y diáconos. En Cali se realizan cuatro tandas, tres para los presbíteros y una para los diáconos permanentes.Es por esto que he considerado muy pertinente proponer esta reflexión, pues el llamado que nos hace el Papa es siempre actual, y diríamos, urgente. La humanidad que reviste a los ministros ordenados a veces los lleva a perder el norte de su ser y de su misión. Ya lo anotaba el Papa que “somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas”.Este tomar conciencia de la realidad que envuelve a los sacerdotes y diáconos, es un punto de partida para seguir consolidando lo que desde el seminario se nos decía: la importancia del autocuidado. Aquí es necesario que los presbíteros y diáconos tengan las herramientas espirituales y humanas para saber hacer frente a las dificultades y desafíos que vayan encontrando. Anoto algunas: la dirección espiritual, la oración personal y comunitaria, la vida fraterna, la frecuente celebración del sacramento de la reconciliación, la vivencia plena y confiada del sacramento de la eucaristía, una afable y confiada relación con la Virgen María, sanas amistades, descanso, ejercicio físico y vida familiar sincera.El Papa Francisco nos hablaba de unas cercanías como medios para proteger a los sacerdotes y ayudarles a crecer en su vida de santidad: cercanía a Dios, al obispo, a los hermanos sacramentales y al pueblo santo de Dios.Simplemente invito a quienes van a participar en los retiros espirituales 2026, a vivirlos con entusiasmo y a ver en ellos ese kairós, ese tiempo de gracia para fortalecer lo que está bien en el ministerio, a revisar y mejorar lo está débil, y a dar el paso a una auténtica conversión si se está desviando el camino. Para ello: no tengan miedo a reconocerse limitados y necesitados de la ayuda del Señor que actúa a través del obispo.A los fieles en general dirijo también un llamado: oren por sus sacerdotes y servidores en la Iglesia. Ellos los necesitan hoy más que nunca, con su comprensión, su exigencia y mano extendida. Valoren la entrega de sus sacerdotes a sus comunidades, en la mayoría de los casos sacrificada. En el silencio ellos llevan sobre sus hombros sus penas y dolores. Necesitan, pues, el aliento de sus fieles más que las críticas destructivas a veces infundadas.En estos días en que muchos de los párrocos estarán ausentes de sus parroquias para hacer los retiros, únanse en oración ante el Sagrario y téngalos muy presentes. En los retiros ellos llevan también sus plegarias al altar.De nuevo retomo el llamado final del Papa León en su mensaje para la santificación sacerdotal:“Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo”.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali