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diócesis de Cúcuta

Mar 22 Sep 2026

Actividades de formación y sensibilización marcaron la Semana de la Cultura del Cuidado y el Buen Trato en Cúcuta

Del 13 al 18 de septiembre, sacerdotes, religiosos, seminaristas, colaboradores, agentes pastorales y comunidades participaron en espacios de formación y sensibilización orientados a promover ambientes seguros, protectores y fundamentados en la dignidad de cada persona.Bajo el lema “El buen trato nos une, el cuidado nos hace comunidad”, la Diócesis de Cúcuta vivió, del 13 al 18 de septiembre, la Semana de la Cultura del Cuidado y Buen Trato, una iniciativa orientada a fortalecer la prevención, la formación y la corresponsabilidad en los distintos ambientes de la vida eclesial.La programación comenzó en las parroquias, con la invitación a reconocer que todos los miembros de la comunidad están llamados a ser “Apóstoles del Cuidado”, entendiendo que la construcción de ambientes seguros y protectores es una responsabilidad compartida entre sacerdotes, colaboradores, agentes pastorales, familias y comunidades.Uno de los principales espacios de la semana tuvo lugar el 17 de septiembre en la Fundación Pía Autónoma Asilo Andresen, donde colaboradores de diferentes instituciones diocesanas participaron en el taller “Perdonar nos reconcilia, amar nos hermana y cuidar nos une”.Durante este encuentro se abordó el cuidado como una actitud que va más allá de la protección frente a situaciones de vulneración y que se expresa también en las relaciones cotidianas: en la manera de escuchar, comunicarse, acompañar y reconocer el valor de cada persona.“Esta experiencia nos permitió reconocer que el buen trato comienza en las acciones más sencillas, escuchar y ser escuchados. Cuidarnos también es trabajar unidos y reconocer el valor de cada persona”, expresó Paola García, del Banco Diocesano de Alimentos.El encuentro también permitió fortalecer los vínculos entre colaboradores de las distintas instituciones de la Diócesis, resaltando la importancia del trabajo conjunto y de relaciones laborales y comunitarias fundamentadas en la dignidad humana.Una responsabilidad que continúaLa Semana de la Cultura del Cuidado y Buen Trato concluyó el 18 de septiembre con el simposio “La dignidad de cada persona exige una mirada de responsabilidad y compromiso”, dirigido al clero diocesano y al Seminario Mayor San José.El espacio permitió profundizar en la responsabilidad de la Iglesia de reconocer, proteger y promover la dignidad de todas las personas, con especial atención a quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad.La jornada convocó a sacerdotes y seminaristas a continuar fortaleciendo ambientes eclesiales seguros y protectores mediante la escucha, la prevención, el acompañamiento y la corresponsabilidad.Más allá de las actividades desarrolladas durante esta semana, la Diócesis de Cúcuta plantea la cultura del cuidado como un compromiso permanente que debe estar presente en la vida pastoral, comunitaria y laboral de la Iglesia.Con esta iniciativa, la Iglesia Particular reafirma su apuesta por la prevención, la formación y la sensibilización, promoviendo comunidades en las que el cuidado y el buen trato sean expresiones concretas de la dignidad de cada persona y de la vivencia del Evangelio.Vea a continuación los testimonios y momentos más destacados:

Mar 8 Sep 2026

“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)

Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 25 Ago 2026

Hacemos historia de salvación desde la parroquia

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 14 Jul 2026

La Eucaristía: centro de la vida eclesial

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Caminamos juntos en la celebración de los 70 años de nuestra Diócesis de Cúcuta, sostenidos por la gracia de Dios y fortalecidos por la Eucaristía; el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha alimentado en esta historia de fe, esperanza y caridad y nos ha ayudado a construir esta Iglesia Particular, porque “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ecclesia de Eucharistia 1).La Iglesia vive de la Eucaristía, recibe del sacramento de nuestra fe la gracia para ser comunidad de creyentes que tiene su meta en la vida eterna. Por eso, también la Eucaristía nos abre el camino a la eternidad: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54); de tal manera, que la Eucaristía tiene que ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afirmó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis 5), camino evangelizador que estamos recorriendo en nuestra diócesis en salida misionera.Somos conscientes que hoy estamos recogiendo los frutos de la siembra del Evangelio en estos años de historia. Pero tenemos que reconocer que en esa siembra nunca ha faltado la Eucaristía, como el milagro más grande del mundo; por eso, no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eucaristía es escuela de caridad, de perdón y reconciliación. Es indispensable en los momentos actuales, cuando la humanidad está desgarrada por odios, violencias, resentimientos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las familias y de la sociedad, que se percibe desmoronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada persona que deja entrar toda clase de males. Nuestra ciudad y nuestra región padece muchas divisiones que producen violencia. Frente a este mal que nos agobia, la historia diocesana da razón que la Eucaristía crea la comunidad, la construye día a día y la sostiene por siempre en comunión, “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia 40).Frente a tantas incertidumbres y dificultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el establecimiento del bien y la comunión entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana. Ella, necesariamente tendrá que brotar de la Eucaristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social. Pero también, sana la desesperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida humana es pisoteada, destruida y el ser humano es manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigarse en la sociedad. Somos curados de la división y del mal, con la Eucaristía, sacramento de la fe y de la comunión, que es forma superior de oración que ilumina la historia personal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada combate humano, cristiano y espiritual.Esta realidad que vivimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la Iglesia y concretamente en la diócesis; como nos dice el Concilio “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11). Realidad que ha profundizado San Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” añadiendo además que “esta verdad encierra el núcleo de misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”(Ecclesia de Eucharistia 1).Agradecidos con Dios por los 70 años de vida diocesana, reconozcamos el don de la Eucaristía que nos permite seguir caminando juntos, cumpliendo con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos” fortaleciendo la comunidad eclesial, de la cual la Eucaristía es el centro que nos ayuda a vivir en comunión, participación y misión. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para reconocerlo en la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de nuestra fe, que nos relaciona íntimamente con la Iglesia y con cada creyente que comulga el día del Señor en gracia de Dios.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mié 1 Jul 2026

El ministerio del Papa nos confirma en la fe y la comunión

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo de nuestro Proceso Evangelizador con el lema: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), recibiendo el mandato del Señor de ir por todas partes a transmitir el Evangelio de Cristo, en la Iglesia que Él ha fundado sobre el cimiento de los apóstoles, con Pedro y sus sucesores como piedra angular de la misma. Es Pedro, a quien el mismo Jesús le ha entregado la potestad de perdonar, “te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19). Esto es lo que le da fuerza y solidez a la fe; por eso, proclamamos con fervor que nuestra Iglesia es apostólica.El apóstol Pedro, columna de la Igle¬sia, es testigo de Jesucristo, ante quien hizo profesión de fe, como manifestación de su deseo de entregar toda su vida a la voluntad de Dios. Él fue elegido por el Señor para la misión de ser el primero entre los apóstoles, él es la piedra sobre la cuál se edificó la Iglesia, “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18). Pedro, quien junto con los demás apóstoles y luego con sus sucesores garantizan la apostolicidad de la Iglesia, que llega hoy hasta el Papa León XIV, que en este momento es Pedro, para cada uno de los creyentes en Cristo, en co¬munión con todos los obispos. Por el Papa León oramos y a él respetamos y obedecemos como pueblo de Dios que camina en esta Iglesia Particular.El ministerio del Papa es fundamental para la Iglesia católica, ya que nos confirma a todos en la fe, la esperanza y la caridad y nos fortalece en la comunión con Cristo y con la Iglesia, comunidad de creyentes en todo el mundo, que camina cumpliendo el mandato misionero dado por Jesús a los apóstoles: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20).Celebramos con toda la Iglesia la Solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, con esta celebración estamos llamados a renovar nuestra comunión con la Iglesia universal en la persona del Papa León XIV, en quien los católicos tenemos la roca firme de nuestra fe, porque Jesucristo quiso edificar su Iglesia sobre Pedro y sus sucesores. En sus enseñanzas y escritos encontramos magisterio firme, para hacer frente a los oleajes de confusión doctrinal que hoy en día aparecen en muchos ambientes que desorientan a los cristianos. Por eso, cumple su misión evangelizadora con el único propósito de extender el Reino de Dios por todas partes, haciendo presente a nuestro Señor Jesucristo que transforma la vida de cada creyente.En el Papa, en los obispos, sacerdotes y en los fieles, es decir, en todos aquellos que reconocen la autoridad del Romano Pontífice, siguen su Magisterio y transmiten sus enseñanzas, encontramos al mismo Cristo, Buen Pastor, que guía a sus ovejas a la salvación eterna. Escuchemos su voz, sigamos sus huellas, imitemos su ejemplo de amor, santidad y de entrega incondicional para el bien de toda la humanidad y la Iglesia.Los católicos en comunión con Pedro tenemos la misión de defender y proclamar la fe católica, en obediencia al Papa, dando testimonio de unidad y comunión en los distintos ambientes en los que cada uno se encuentra a nivel familiar, parroquial, de trabajo y de relaciones sociales. Así lo expresa Aparecida cuando dice: “ante la tentación muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella ‘nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podemos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” (DA 156). Con esto, recordamos que la vocación a ser discípulos misioneros, es vocación a la comunión en la Iglesia, porque no puede haber discipulado sin comunión.Esta verdad viene reforzada con el testimonio de vida de los últimos Papas que hemos tenido, quienes han mantenido la fe, la esperanza, la caridad y la comunión, aún en medio de muchos sufrimientos y momentos de cruz en el cumplimiento de su misión apostólica, recibiendo del Espíritu Santo la fortaleza para no temer seguir a Jesús cargando la cruz, en las contrariedades de cada día que trae predicar y defender el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, en comunión con toda la Iglesia, con la certeza que el poder del infierno no derrotará a la Iglesia (Cf. Mt 16, 18) porque está unida a la roca firme que es nuestro Señor Jesucristo.Al celebrar a los santos apóstoles Pedro y Pablo, nos unimos a la jornada del Óbolo de San Pedro y oramos particularmente por las intenciones del Papa León XIV. De modo que, en todo momento reciba la gracia del Espíritu Santo, que lo llene de sabiduría para continuar conduciendo a la Iglesia e iluminando todas las realidades del mundo con la luz del Evangelio, trabajando por la comunión y la unidad de toda la Iglesia. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José nos ayuden con Pedro y los demás apóstoles, a ir por todas partes y hacer discípulos del Señor (Cf. Mt 28, 19), para vivir en comunión con Jesucristo y con la Iglesia universal, unidos al Papa León, hoy Pedro, piedra firme de la Iglesia para nosotros.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 16 Jun 2026

Vengan a mí que yo los aliviaré

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Vamos caminando juntos en este mes de junio que es consagrado a contemplar el Sagrado Corazón de Jesús, que centra nuestra vida y misión en el amor mismo de Dios, que en nuestro Señor Jesucristo, nos da fortaleza para seguir afrontando la misión confiada a cada uno de nosotros. La imagen del Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe, todo lo que Dios nos ama con su corazón y todo lo que nosotros debemos hacer para amarle. Jesús nos ha demostrado su amor entregándose en la cruz por nosotros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos que Él es el camino para la salvación eterna, “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie puede llegar al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6); un camino que recorremos con la esperanza puesta en el destino que es la gloria de Dios, conscientes que el camino es cargar la cruz cada día.Estamos viviendo en la actualidad en el mundo, en Colombia, en nuestra región y en la ciudad momentos de incertidumbre y de división que causan violencia y muerte. Esto se debe a que en el corazón de muchas personas hay odio, resentimiento, rencor, venganza y muchos males que hacen que la sociedad esté enferma, porque el corazón de muchos está enfermo. El profeta Jeremías experimentó esta realidad cuando dijo: “nada más falso y enfermo que el corazón del hombre” (Jer 17, 9) y Jesús en el Evangelio nos previene de la enfermedad del corazón cuando dice: “sin embargo lo que sale de la boca viene del corazón, y eso es lo que mancha al hombre. Porque del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las injurias. Eso es lo que mancha al hombre” (Mt 15, 18 - 20); quedando claro que al revisar nuestra vida podemos encontrar nuestro corazón lleno de muchos males que causan división y violencia en cada familia y en la sociedad.Esta realidad interior por la que pasa el ser humano tiene purificación, alivio y descanso en Jesucristo. Poner nuestra vida en Él, es abandonarnos a la esperanza que no defrauda, porque nos ofrece su perdón y su misericordia que brotan de su corazón que está lleno de amor para con cada uno de nosotros. Él viene a sanar las dolencias internas y darnos paz y sosiego en medio de las tormentas por las que pasamos. Abramos el corazón a Jesús que con su gracia nos permite que descansemos en Él y en los momentos más difíciles de nuestra vida, tengamos la certeza que Él es nuestro alivio: “vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida” (Mt 11, 28- 30).El pecado que dejamos entrar en nuestra vida agobia el camino y la misión que recorremos, causa desastres, destruye la propia existencia y deteriora la relación con Dios y con los demás. Por eso, hay que descansar en las manos de Dios, recibiendo la gracia del perdón por nuestros pecados y el alivio que brota del Corazón amoroso de Jesús, que es rico en misericordia, que sigue teniendo compasión de nosotros y del mundo entero, para que ninguno se pierda, porque “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 33, 11), ya que Él no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar (Cf. Jn 12, 47) y ofrecer a todos una vida nueva que brota de su amor y misericordia, hasta llevarnos al Padre a participar de la morada que tiene preparada para nosotros.La Revelación nos manifiesta que el Hijo único de Dios quiso asumir un corazón de carne, precisamente para convertirse en el mediador deseoso de la realización de nuestra reconciliación. Este Corazón quiso conocer y experimentar la desintegración de la muerte y el odio de la humanidad a fin de cumplir en nosotros su voluntad reconciliadora, reconciliándonos con nosotros mismos, con nuestros hermanos, con Él mismo y con su Padre. Aceptó, pues, detener, en la muerte, sus latidos amorosos para darnos, con la Sangre y el Agua de los sacramentos, el Espíritu, que es la reconciliación en forma de remisión de los pecados (Jn 19, 30, 34; 20, 22-23), el Espíritu de amor, que es el soplo vivificante de su corazón, que nos lleva a la verdadera paz.Cristo no murió para dispensarnos de sufrir y morir, sino para que pudiésemos con Él, amar al Padre, incluso en nuestros sufrimientos, en nuestras dificultades y en los momentos de cruz, a pesar de nuestras debilidades y de nuestros pecados. De aquí, la institución del sacramento de la penitencia, reparadora de la gracia, que nos da la capacidad de amar con un corazón manso y humilde como el de Jesús. Cuando en los momentos difíciles no entenda-mos algo de lo que nos sucede, tengamos la certeza que Dios entiende y eso nos da paz y esperanza.La gracia que Dios nos da gratuitamente en Jesucristo al ser perdonados de todos nuestros pecados, la recibimos como Palabra de Dios que nos libera de todas las esclavitudes, de los males que sufrimos en el corazón y nos da la capacidad de amar y transmitir a los demás la misericordia con el amor del Corazón de Jesús. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo por el Corazón de Cristo. Alimentemos esta gracia con la Eucaristía, que es el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo que nos transforma en Él y fortalezcámonos diariamente con la oración, para que recibamos del Señor las palabras: “dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor la misericordia y el perdón, para transmitir a nuestros hermanos esta gracia, como un acto de caridad, cumpliendo con el mandato del Señor, tal como lo vivimos este mes en nuestro trabajo misionero: vayan y hagan discípulos, viviendo la caridad.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Lun 1 Jun 2026

Imitemos a María en la fe, esperanza y caridad

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Concluimos hoy el mes de mayo venerando a María que en salida misionera visita a su prima Santa Isabel, para anunciarle al Salvador del mundo. Durante 70 años de historia diocesana, en el anuncio gozoso del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, tenemos la certeza que María ha caminado con nosotros y nos ha fortalecido en el Proceso Evangelizador, siendo modelo de fe, esperanza y caridad, a quien queremos seguir imitando, cumpliendo con nuestra misión; tal como lo expresa el lema pastoral para este mes: vayan y hagan discípulos, imitando a María.Imitamos a María como mujer de fe, reconocida esta virtud en la visita que le hace a su prima Isabel. Tal como lo narra el Evangelio: “¡dichosa tú que has creído¡ Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45), palabras que reconocen la fe de María, en el acto de entrega a la voluntad de Dios que pronunció cuando el Arcángel Gabriel le anunció que iba a ser la madre del Salvador; respondiendo ella con palabras que expresan su fe entregada a la voluntad de Dios: “he aquí la esclava del Señor, há¬gase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), afirmando con ello el Evangelio la actitud de fe de María y que Isabel reconoce y lo exclama con entusiasmo cuando le dice: “¡dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45).Imitando la fe de María, es posible que se engendre en nuestro corazón la virtud de la esperanza. En los momentos más oscuros y tormentosos de su vida, María “brilla como signo de esperanza segura y de consuelo” (Lumen Gentium 68). Desde la Anunciación, María sabe que Cristo es la roca firme sobre la que se edifica la vida cristiana y la respuesta a Dios. María espera contra toda esperanza, incluso en el momento de la muerte de Jesús en la cruz, cuando continúa su camino por la oscuridad, pero con el corazón lleno de esperanza. María enseña a cada cristiano a estar junto a la cruz del Señor, con dolor, pero de pie y con esperanza, “alcanzó así a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el misterio de la Alianza” (Documento de Aparecida 266).María mujer de fe y de esperanza nos enseña a vivir la caridad, ella puso en práctica la cari-dad con todos los que se encontró en el camino. Reconocemos que el amor oblativo, de caridad sin límites de la Virgen, nace de la comunión que tenía con el corazón de Dios, que la llevó a aceptar ser la madre del Redentor para entregar¬le la salvación a toda la humanidad. La caridad y el amor de María por cada uno de nosotros, conduce de inmediato hasta Jesús, una caridad silenciosa, prudente, que de nuevo al pie de la Cruz de su Hijo, calla y ofrece por la humanidad el acto de amor más grande de entrega. “La Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta su sacrificio definitivo” (DA 267); siendo esta misión la caridad más silenciosa, pero la más efectiva para cada uno de nosotros.María al entregarnos a Jesús, nos trae con Él todo el amor, el perdón, la reconciliación y la paz, “como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios” (DA 267). Por eso, estamos llamados a imitarla en la virtud, que Ella misma vivió, acompañando a los discípulos y a la Iglesia como la madre de la fe, la esperanza y la cari¬dad.Esta es la tarea de la Iglesia en su vocación de evangelizar y en este compromiso estamos en nuestra Diócesis de Cúcuta con el Proceso Evangelizador de la Iglesia Particular (PEIP); con la certeza que transmitir a Jesucristo a otros es la obra de caridad más grande que podemos hacer. Así nos lo enseñó el Papa Francisco: “la Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (Evangelii Gaudium 14), recordando que la primera obra de caridad que hemos de hacer a nuestros hermanos será mostrarles el camino de la fe, la esperanza y la caridad. Así lo indicó el Papa Francisco, retomando palabras de sus antecesores: “el anuncio de Jesucristo es el primer acto de caridad hacia el hombre, más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad” (Mensaje para las mi-graciones 2021). En esto la Virgen María, como maestra de la fe, la esperanza y la caridad, nos da ejemplo de un amor total a todos nosotros, entregándonos a Jesús y llevándonos hasta Él.La profunda vida interior y contemplativa de nuestra madre del cielo, nos exhorta a mirar fijamente a Jesucristo y a vivir con fe, esperanza y caridad, todo nuestro peregrinar humano y cristiano, con las incertidumbres y tormentas diarias, poniendo nuestra vida en las manos del Padre, con los ojos fijos en Jesucristo, hasta que lleguemos a participar de la Gloria de Dios. Los convoco a poner la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la madre del cielo, nos alcancen de nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la espe¬ranza que no defrauda y la caridad sin límites, para que sigamos siendo discípulos misioneros del Señor.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 5 Mayo 2026

Edición número mil con María al pie de la Cruz

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Hemos comenzado el mes de mayo dedicado a honrar a la Santísima Virgen María, en este año jubilar que el Papa León XIV ha concedido a nuestra Iglesia Particular, en la advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá, la Kacika de Cúcuta, con el lema que estamos interiorizando desde la Basílica: María madre de la esperanza. Así reafirmamos el lema pastoral de este año: vayan y hagan discípulos imitando a la Virgen María, transmitiendo a todos el Evangelio de Jesucristo que es la esperanza que no defrauda. También, llegamos a la edición número mil en el periódico La Verdad, dando gracias a Dios por este medio de difusión del Evangelio que llega a muchas personas que reciben el periódico en cada una de sus ediciones.Al inicio del mes de mayo conmemoramos en Colombia la exaltación de la Santa Cruz, reconociendo en este madero a Jesús como el enviado del Padre para conducirnos a la salvación prometida y esperada. Cada uno de nosotros al mirar y contemplar el Crucificado, estamos llamados a pronunciar desde el corazón las palabras del centurión romano que estaba frente a la cruz: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39); Él ha venido a traernos el perdón del Padre, para reconciliarnos y recibir la paz que debemos entregar a los de¬más, siendo instrumentos del perdón para con nuestros hermanos.Al pie de la Cruz también estaba María tal como lo indica el Evangelio: “junto a la Cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre: mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 25 - 27); allí María estaba con dolor por ver morir a su Hijo, pero no estaba derrumbada, estaba de pie con la confianza, que de su Hijo clavado en la Cruz, brota la salvación para toda la humanidad, siendo perdonados de los pecados para entrar a la vida eterna.María al pie de la cruz es la madre de la esperanza, que ha sido entregada en la persona del discípulo amado a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros. Ella nos indica el camino para llegar a Jesús, esperanza que no defrauda, aún en los momentos de cruz e incertidumbre. En la cruz fue clavado nuestro Señor Jesucristo, que según profesamos en el credo, padeció, fue crucificado, murió, fue sepultado y resucitó al tercer día y está sentado a la derecha del Padre. En el Crucificado está la síntesis de todo el Misterio Pascual que celebramos en la Semana Santa y que vivimos todos los días en la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo que nos da fortaleza diaria, para cargar la propia cruz uniendo nuestros dolores, sufrimientos y enfermedades a la cruz del Señor, para hacernos uno con Jesús Crucificado.En la cultura actual se quiere anular la cruz, el dolor y el sufrimiento que hace parte de la naturaleza humana, vendiendo falsamente la idea de una vida en perfecto bienestar y prosperidad. En ocasiones desde la predicación, algunos comercian con lo sagrado, quieren vender sacramentales ofreciéndoles a las personas la cancelación de todo sufrimiento en sus vidas. Desde la Palabra de Dios tenemos la certeza que estamos predicando la verdad, cuando anunciamos a Jesucristo Crucificado: “porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo Crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. En cambio, para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo, que es fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor 1, 22 - 24). Ahí está la fuerza que nos da la fe, que engendra a la vez la esperanza que hace que tengamos los ojos fijos en el cielo que es nuestro destino; sin olvidar-nos que el camino es la cruz, por la que pasó nuestro Señor Jesucristo, entregando la vida por todos nosotros y que asumió María, cuando estuvo al pie de la Cruz y desde allí nos da consuelo como madre de la esperanza.María al pie de la Cruz nos enseña a contemplar el Crucificado y unir la cruz de cada día a la Cruz del Señor, con la certeza que seguir a Jesucristo Crucificado, nos da la vida eterna. Así lo pide Jesús a sus discípulos: “y dirigiéndose a sus discípulos añadió: Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará” (Mt 16, 24 - 25). Jesucristo mismo nos ha dado ejemplo de entrega de la propia vida por la salvación de todos y nos invita constantemente a tomar la cruz y seguirlo.Mirando y contemplando el Crucificado el corazón se llena de esperanza. La esperanza es la virtud que nos mantiene en pie, que nos ayuda a salir adelante en las incertidumbres y dificultades de la vida y para el cristiano la esperanza brota del árbol de la Cruz, que lo sana de la tristeza, porque es el mismo Jesús que sana, consuela, levanta y da alivio: “vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas” (Mt 11, 28 - 30); de esa manera, cuando estemos agobiados y sin fuerzas por la cruz de cada día, arrodillémonos a mirar y contemplar el Crucificado y encontraremos paz en medio de las fatigas diarias de la vida.Que Nuestra Señora de Chiquinquirá, la Kacika de Cúcuta, madre de la esperanza y el Glorioso Patriarca San José, custodien en nosotros la gracia de Dios y la fe, para seguir en nuestra vida a Jesucristo Crucificado, fuente de nuestra salvación. En acción de gracias seguimos anunciando el Evangelio a través del periódico La Verdad, que desde esta edición número mil, lanzamos hacia el futuro como medio de evangelización que lleva a Jesús hasta sus familias.En unión de oraciones,reciban mi bendición+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta