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Entre el mar, los ríos y las carreteras: así celebraron los colombianos a la Virgen del Carmen
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Procesiones marítimas y fluviales, eucaristías, bendiciones de vehículos, caravanas, cabalgatas y otras manifestaciones de religiosidad popular marcaron este 16 de julio la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen en las distintas jurisdicciones eclesiásticas de Colombia. Aunque la celebración se vivió en todo el territorio nacional, este recorrido recoge algunas de las expresiones con las que diversas Iglesias particulares renovaron una de las devociones marianas más arraigadas en la historia del país.
Cada 16 de julio, Colombia vuelve a mirar hacia una misma Madre. Desde las costas del Caribe hasta las selvas de la Amazonía; desde las grandes ciudades hasta los pueblos ribereños; desde las carreteras hasta los ríos que conectan comunidades enteras, la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen reúne a miles de fieles que encuentran en María un signo de protección, esperanza y cercanía en los caminos de la vida.
Este año no fue la excepción. En las distintas jurisdicciones eclesiásticas del país, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos prepararon y celebraron esta fiesta con eucaristías, procesiones, bendiciones de escapularios y vehículos, jornadas de oración y numerosas expresiones de religiosidad popular que siguen transmitiéndose de generación en generación.
Aunque las celebraciones se extendieron por todo el territorio nacional, este recorrido presenta algunas de las manifestaciones de fe que hicieron visible la riqueza pastoral, cultural y espiritual con la que algunas de las Iglesias particulares conmemoraron una de las solemnidades marianas más significativas del calendario litúrgico.
Cartagena: donde la fe navega al encuentro de Stella Maris
En pocas ciudades de Colombia la celebración de la Virgen del Carmen tiene una imagen tan representativa como en Cartagena. Allí, la devoción mira hacia el mar.
Cada año, cientos de embarcaciones recorren la bahía hasta llegar a Stella Maris (Estrella del Mar), la monumental escultura de mármol de la Virgen del Carmen que desde hace décadas custodia las aguas cartageneras y se ha convertido en uno de los símbolos religiosos más emblemáticos de la ciudad.
La imagen también guarda una historia que fortaleció aún más el vínculo de los cartageneros con su patrona. En agosto de 2015 un rayo la derribó, fragmentándola en múltiples piezas que fueron recuperadas del fondo de la bahía gracias a una compleja operación liderada por la Armada Nacional. Tras un cuidadoso proceso de restauración, la escultura volvió a ocupar su lugar y, el 10 de septiembre de 2017, recibió la bendición del papa Francisco durante su visita apostólica a Colombia.
Precisamente hasta ese monumento llegó este año la tradicional procesión náutica organizada por la Arquidiócesis de Cartagena, una celebración que volvió a unir la espiritualidad mariana con la identidad marítima de la Heroica.
La jornada comenzó en el muelle de La Bodeguita, desde donde partieron las embarcaciones acompañando el rezo del Santo Rosario hasta llegar a Stella Maris. Allí se celebró la Eucaristía central, presidida por el cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal, quien acompañó a los fieles en esta expresión de fe que cada año congrega a cartageneros, pescadores, navegantes, turistas y autoridades civiles y militares.
Paralelamente, las doce zonas pastorales de la arquidiócesis desarrollaron celebraciones litúrgicas, encuentros comunitarios y jornadas de oración en parroquias y barrios, haciendo visible una Iglesia que camina unida bajo el amparo de María.
Para quienes crecieron junto al mar, Stella Maris representa mucho más que un monumento.
"Es la Virgen que nos acompaña hace muchos años en la bahía y recibe a quienes llegan a mi ciudad", expresó la cartagenera Fiorella Romero, al destacar el profundo significado espiritual que conserva esta imagen para la identidad religiosa de su ciudad.
Ese sentimiento también quedó reflejado en la experiencia de quienes participaron en la procesión.
"Hacer un Rosario en el mar fue espectacular. Se sintió muy cercano y seguimos amando muchísimo a nuestra amadísima Virgen María", afirmó Fabián Criollo, uno de los fieles que acompañó el recorrido.
Para la comunidad parroquial que impulsó esta iniciativa, la celebración también fue el fruto de un trabajo conjunto.
"Estamos muy contentos como comunidad de haber hecho posible este gran sueño, donde todos pusimos ese granito de arena para vivir este maravilloso desfile náutico llevando a nuestra patrona, la Virgen del Carmen", señaló Luis Marina Osorio.
Así, una vez más, Cartagena volvió a mostrar cómo una tradición centenaria continúa dialogando con la historia, el patrimonio y la vida cotidiana de una ciudad cuya relación con el mar también ha sido una forma de expresar su fe.
Inírida: una patrona que acompaña los caminos de la Amazonía
A más de mil kilómetros del Caribe colombiano, la solemnidad adquiere un rostro diferente, pero conserva el mismo sentido de confianza en la protección de María.
En el Vicariato Apostólico de Inírida, la Virgen del Carmen no solo es patrona de la jurisdicción eclesiástica y de la Catedral. También acompaña la vida cotidiana de comunidades indígenas, lancheros, comerciantes, misioneros, transportadores y familias que encuentran en los ríos amazónicos su principal medio de comunicación y sustento.
La jornada comenzó antes del amanecer con el tradicional Rosario de la Aurora y continuó con la solemne Eucaristía presidida en la Catedral Nuestra Señora del Carmen. Posteriormente, cientos de fieles acompañaron la procesión por las calles de Inírida hasta el asentamiento indígena El Coco, perteneciente al pueblo curripaco, donde fueron bendecidos vehículos, motocicletas, camiones y motocarros.
Desde allí inició una de las imágenes más representativas de la celebración: la tradicional procesión fluvial por el río Inírida, expresión de una Iglesia que evangeliza recorriendo las mismas aguas que diariamente conectan pueblos, culturas y comunidades de la Amazonía colombiana.
Para muchos habitantes del territorio, esta es la principal celebración religiosa del año.
La misionera francesa Leonor Coquelin de Lisle, quien desarrolla su labor pastoral en proyectos de prevención y rehabilitación con adolescentes, destacó el profundo sentido comunitario de esta experiencia.
"Me encantó ver toda la dedicación que ha habido para esta fiesta, todo el cariño que la gente ha puesto para este día tan especial. Y el paso por el río también me encantó; fue muy simbólico."
Por su parte, la catequista María Alejandra Robledo resaltó el creciente compromiso de distintos sectores de la sociedad con esta celebración.
"Hemos visto mayor participación de los diferentes gremios: transportistas, comerciantes y otros sectores. Eso demuestra que la Virgen del Carmen está haciendo una gran intercesión por este pueblo."
Para el vicario apostólico de Inírida, monseñor Joselito Carreño Quiñónez, la fiesta también ofrece una oportunidad para recordar el verdadero significado espiritual del escapulario, muchas veces reducido a una simple tradición popular.
"El escapulario no es un amuleto; es la alianza que establecemos con nuestra Madre María para vivir siempre colmados de esperanza y ser auténticos discípulos misioneros de Jesucristo", explicó el prelado, al invitar a encomendar especialmente a los viajeros y transportadores bajo la protección de la Virgen del Carmen.
En la Amazonía colombiana, donde los ríos son caminos de encuentro y de misión, la procesión fluvial volvió a recordar que la fe también navega, acompaña y fortalece la vida cotidiana de quienes habitan uno de los territorios más diversos del país.
La Ciudad Blanca: una tradición que sigue uniendo generaciones
En el suroccidente colombiano, la solemnidad también ocupó un lugar destacado en la vida pastoral de la Arquidiócesis de Popayán, una de las jurisdicciones eclesiásticas con mayor tradición histórica del país.
En la Catedral Basílica Nuestra Señora de la Asunción, cientos de fieles participaron en la Eucaristía, durante la cual fueron bendecidos los escapularios, signo de la confianza en la protección maternal de María y del compromiso de seguir a Cristo bajo su amparo. Posteriormente, se realizó la tradicional bendición de vehículos, confiando a Dios la vida de conductores, viajeros y sus familias.
Sin embargo, la celebración trascendió el centro histórico de la llamada Ciudad Blanca de Colombia. La fiesta también se vivió en las comunidades parroquiales dedicadas a la Virgen del Carmen en Popayán, Suárez, Timba, Paispamba, Mondomo, Piedra Sentada, El Carmelo (Cajibío) y Argelia, donde la Eucaristía, la oración y el encuentro comunitario renovaron una tradición transmitida durante generaciones.
Uno de los fieles resumía así el sentido de esta jornada:
"Hoy hemos venido a darle gracias a nuestra Madre Santísima por tantos favores recibidos y a pedirle que siga acompañando nuestros caminos."
Una expresión sencilla que refleja el significado profundo que esta advocación continúa teniendo para miles de familias colombianas.
Del Magdalena Medio al nororiente: una misma devoción con rostros diversos
La solemnidad también movilizó a numerosas comunidades de la Diócesis de Barrancabermeja, donde parroquias, movimientos y grupos apostólicos organizaron una programación que incluyó eucaristías, caravanas, cabalgatas, procesiones fluviales, bendición de canoas, vehículos y escapularios, además de la entrega de la tradicional oración del conductor.
La celebración central fue presidida por el obispo de la diócesis, monseñor Ovidio Giraldo Velásquez, en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, del municipio de Carmen de Chucurí, una de las seis comunidades parroquiales de la jurisdicción que tienen a esta advocación mariana como patrona.
Allí, como en buena parte del Magdalena Medio, la devoción a la Virgen del Carmen continúa estrechamente vinculada con la vida de quienes recorren diariamente carreteras y ríos para sostener a sus familias y servir a sus comunidades.
A varios cientos de kilómetros de allí, en el nororiente colombiano, la Diócesis de Ocaña también celebró esta solemnidad con especial fervor.
El obispo monseñor Orlando Olave Villanoba presidió la Eucaristía central en la parroquia San Simón Stock, comunidad puesta bajo el patrocinio del religioso carmelita a quien la tradición atribuye la entrega del escapulario por parte de la Virgen María en el siglo XIII.
La elección de este templo para la celebración central recordó precisamente el origen de uno de los signos más difundidos de esta devoción.
Durante la jornada, los fieles participaron en la Santa Misa y en la procesión, encomendando sus familias, su trabajo y su caminar cotidiano bajo la protección de la Virgen del Carmen.
En su homilía, monseñor Olave invitó a vivir esta tradición más allá de los gestos externos, renovando el compromiso cristiano inspirado en el ejemplo de María y fortaleciendo la vida de fe de las comunidades.
Una patrona para quienes sirven al país
La solemnidad también tuvo un significado particular para quienes diariamente ponen su vida al servicio de la nación.
En la Catedral Castrense de Colombia, en Bogotá, militares, policías y sus familias participaron en una jornada que comenzó con una procesión por las instalaciones del Cantón Norte, seguida por la tradicional bendición de vehículos.
La ceremonia fue acompañada por el rector de la Catedral Castrense, padre Ángel Ricardo González Forero, quien elevó una oración por todos los hombres y mujeres de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional que cumplen su misión en los distintos territorios del país.
Posteriormente, la comunidad se reunió para la celebración de la Eucaristía, presidida por monseñor José Roberto Ospina Leongómez, administrador apostólico del Obispado Castrense de Colombia.
Durante la celebración, el prelado encomendó a Dios, por intercesión de la Virgen del Carmen, la vocación, el servicio y las familias de quienes trabajan diariamente por la seguridad y el bienestar de los colombianos, renovando la confianza en la protección maternal de María para acompañar cada misión con esperanza, fortaleza y espíritu de servicio.
Una tradición que sigue dando identidad a la fe del pueblo colombiano
Cada territorio aporta sus propios símbolos, tradiciones y acentos culturales. Sin embargo, todos confluyen en una misma convicción: reconocer en María una Madre que acompaña el caminar de su pueblo y orienta siempre hacia Cristo.
No es casual que esta advocación conserve un lugar tan profundo en la vida religiosa del país. Su origen se remonta al Monte Carmelo, en Tierra Santa, donde los primeros ermitaños dedicaron su vida a la oración inspirados en la Virgen María. Con el paso de los siglos, esta espiritualidad dio origen a la Orden Carmelita y se difundió por el mundo junto con la tradición del escapulario, signo de consagración, confianza y compromiso con la vida cristiana.
En Colombia, esa herencia espiritual encontró un terreno particularmente fecundo. Las celebraciones aquí reseñadas representan solo una muestra de las múltiples expresiones de fe con las que las jurisdicciones eclesiásticas conmemoraron esta solemnidad en todo el territorio nacional.
Como memoria de esa riqueza pastoral y de la diversidad con la que la Iglesia en Colombia vive esta tradición, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta el especial audiovisual:
"Agua pasó por aquí, cate que no te vi"
Mié 14 Oct 2026
Con María en el mes de las misiones
Lun 5 Oct 2026
Vie 16 Oct 2026
Jonathan Acuña, IMC: un sacerdote colombiano al servicio de las comunidades del desierto de Kenia
El sacerdote Jonathan Acuña salió del Tolima para anunciar el Evangelio en el norte de Kenia. En la misión de Loiyangalani, donde comunidades indígenas afrontan dificultades de acceso al agua, alimentos y educación, su vocación se expresa en el acompañamiento pastoral, la formación de niños y jóvenes y el trabajo por el desarrollo humano integral. Su historia hace parte de la misión de la Iglesia que en 2026 conmemora cien años de la Jornada Mundial de las Misiones.Cuando el padre Jonathan Acuña salió de Chaparral, Tolima, para servir como misionero en África, llevaba consigo un sueño que había nacido en su infancia: ser sacerdote y anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Hoy, después de más de tres años en Kenia, esa aspiración tiene un rostro concreto: las comunidades indígenas que acompaña en Loiyangalani, una localidad del norte del país africano donde la misión se desarrolla entre el desierto, las montañas y las orillas del lago Turkana.Después de estudiar en el Seminario Menor San Joaquín, de la Arquidiócesis de Ibagué, inició su formación sacerdotal, pero decidió hacer una pausa y estudiar psicología en la Universidad de Ibagué. Trabajó como docente y psicólogo, experiencias que le permitieron acercarse a otras realidades humanas. Sin embargo, con el tiempo sintió que debía retomar su vocación para experimentar la plenitud.Volvió entonces a su formación religiosa: estudió Filosofía en Bogotá, realizó su noviciado en Argentina, cursó Teología en la Pontificia Universidad Javeriana y se formó en espiritualidad y en el carisma de los Misioneros de la Consolata en Roma. Fue ordenado sacerdote en su municipio natal y recibió su destinación misionera a Kenia.Antes de llegar a Loiyangalani, vivió aproximadamente un año y medio en Nairobi, donde aprendió inglés y desarrolló labores pastorales. Allí también acompañó a la Fundación Maisha, que trabaja con niñas y adolescentes sobrevivientes de violencia sexual que decidieron continuar con sus embarazos. Después vino el traslado al norte del país, una región que le exigió adaptarse a otras lenguas, tradiciones y condiciones de vida.Una misión en medio del desiertoLoiyangalani, cuyo nombre significa «lugar de muchos árboles» en lengua samburu, es un oasis en el desierto de Chalbi, junto al lago Turkana. Allí conviven pueblos como los Samburu, Turkana y El Molo, entre otros, con formas de vida vinculadas al pastoreo, la pesca y la elaboración de artesanías.La misión católica llegó a este territorio en 1965, con el sacerdote italiano Michele Stallone, de los Misioneros de la Consolata, quien fue enviado a evangelizar al pueblo El Molo a petición del obispo de la Diócesis de Marsabit. Más de seis décadas después, la labor pastoral abarca más de doce poblados dispersos entre el desierto, las montañas y las islas del lago.Largas distancias hacen parte de los desafíos cotidianos de esta misión. Desde Nairobi, llegar a Loiyangalani puede tomar alrededor de dos días en transporte público. Para visitar algunas comunidades, los misioneros recorren durante horas caminos sin pavimentar y, en ocasiones, deben cruzar el lago. Cada desplazamiento permite encontrarse con las familias, celebrar los sacramentos, visitar a personas enfermas y adultos mayores y acompañar la vida de las comunidades cristianas.En algunos poblados, el acceso a agua potable, electricidad y alimentos es limitado. Las familias dependen de actividades como la pesca y el pastoreo de cabras, camellos y vacas; las mujeres también elaboran artesanías con hojas de palma. En ciertos lugares, la falta de agua segura representa un desafío adicional, pues el lago Turkana no constituye una fuente de agua potable sin tratamiento.Para el padre Jonathan, la experiencia más difícil ha sido encontrarse con personas que no siempre tienen garantizada la alimentación. Según relata, una frase que escucha con frecuencia de niños y adultos mayores es: «Tengo hambre, padre, tengo hambre». Presenciar las consecuencias de la desnutrición, explica, transforma la manera de comprender la misión y las necesidades de quienes acompaña.Sin embargo, esta realidad no agota la historia de las comunidades. En ellas también encuentra solidaridad, capacidad de organización, riqueza cultural y deseos de aprender. La misión, afirma, implica no solo anunciar el Evangelio, sino escuchar, compartir y caminar junto a las personas.Evangelización que abre oportunidadesJunto a las celebraciones litúrgicas y el acompañamiento pastoral, los Misioneros de la Consolata junto a otras comunidades religiosas, desarrollan iniciativas de educación, salud y formación. Su propósito es responder a necesidades concretas sin separar la promoción humana de la evangelización.La misión cuenta con un centro médico y dos jardines infantiles: uno en el desierto y otro en la montaña. También impulsa un proyecto educativo para niños pastores en el desierto y una escuela para mujeres pastoras en la montaña, donde adultas, madres y pastores pueden acceder a aprendizajes básicos, entre ellos el suajili y las matemáticas.Una de las iniciativas más visibles es el Oratorio Papa Francisco, creado en agosto de 2025. Cada domingo reúne alrededor de 400 niños y jóvenes, y durante las vacaciones escolares puede superar los mil participantes. Mediante la catequesis, el deporte, el arte, la música, la danza y el teatro, el oratorio ofrece un espacio de encuentro, formación y desarrollo de talentos.La misión busca, además, que las nuevas generaciones participen activamente en la vida de sus comunidades. La Escuela de Liderazgo Misionero forma a niños, adolescentes, jóvenes y adultos para involucrarse en los procesos pastorales, mientras que el Fondo Educativo Consolata apoya actualmente a seis jóvenes en sus estudios universitarios.Para quienes viven en poblados apartados, continuar una carrera supone afrontar gastos de transporte, alojamiento y manutención que sus familias difícilmente pueden cubrir. Por eso, el acompañamiento educativo busca abrir caminos para que los jóvenes amplíen sus oportunidades y, en el futuro, puedan contribuir al bienestar de sus comunidades.El encuentro entre culturas también es misiónEn Loiyangalani, la evangelización se desarrolla en un contexto de diversidad cultural y religiosa. Las comunidades católicas comparten el territorio con musulmanes y con cristianos de otras confesiones. Esta realidad hace del diálogo intercultural, ecuménico e interreligioso una parte cotidiana de la labor pastoral.El padre Jonathan destaca que las diferencias no impiden encontrar propósitos comunes. En su experiencia, la solidaridad puede expresarse también entre personas de distintas tradiciones religiosas, por ejemplo, en el apoyo a actividades dirigidas a niños y jóvenes.Además, la misión no busca que las comunidades sean receptoras pasivas de iniciativas externas. La formación de líderes locales y el fortalecimiento de los procesos comunitarios apuntan a que sus propios integrantes asuman responsabilidades en la evangelización y en la construcción de respuestas a sus necesidades.Esa manera de comprender la misión se conecta con el lema propuesto por el papa León XIV para la Hermanas Teresitas, congregación de origen tanzano: «Uno en Cristo, unidos en la misión», en el año en que la Iglesia conmemora el centenario de esta celebración.Un sueño que ahora mira hacia las comunidadesLa experiencia del padre Jonathan forma parte de una presencia colombiana más amplia en África. En Kenia sirven 16 misioneros colombianos —entre seminaristas, laicos, religiosas y sacerdotes de distintas congregaciones—, además de monseñor Rodrigo Mejía Saldarriaga, obispo jesuita. Sus vocaciones y carismas se despliegan en diferentes lugares y responden a realidades diversas.En el desierto de Chalbi, la misión se construye tanto en la celebración de los sacramentos como en las visitas a poblados apartados, las aulas, las actividades deportivas y el acompañamiento a las familias. La historia del padre Jonathan Acuña muestra cómo una vocación nacida en Colombia encuentra su camino en otra cultura y cómo, en el encuentro con las comunidades, anunciar el Evangelio también significa escuchar, aprender y trabajar por una vida más digna.Vea a continuación el especial audiovisual:
Mar 13 Oct 2026
La Iglesia colombiana se une en oración por el papa León XIV tras confirmarse su diagnóstico de cáncer pulmonar
El examen del tejido extirpado durante una cirugía torácica confirmó el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar. Según informó la Santa Sede, la intervención concluyó sin complicaciones y el Santo Padre despertó con normalidad. La Iglesia Católica en Colombia se une en oración por su salud e invita a todos los fieles del país a acompañarlo espiritualmente.La Oficina de Prensa de la Santa Sede informó este martes 13 de octubre sobre la evolución del papa León XIV, luego de la intervención de cirugía torácica a la que fue sometido, según lo previsto. El procedimiento consistió en la extirpación del lóbulo inferior del pulmón derecho mediante una técnica asistida por video.En el comunicado, se confirma que el examen histológico realizado durante la intervención permitió establecer el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar, "como se sospechaba a partir de las pruebas preoperatorias".Sobre el desarrollo de la cirugía, la Santa Sede precisó que el Santo Padre permaneció aproximadamente tres horas en el quirófano y que la intervención tuvo una duración cercana a los 90 minutos. El comunicado señala que "la intervención fue exitosa y no hubo complicaciones".Tras el procedimiento, el Papa "se despertó con normalidad" y, después de un breve periodo de observación, regresó a su habitación en el Policlínico Universitario Agostino Gemelli, conocido como Hospital Gemelli, según el informe médico.La Iglesia en Colombia se une en oración por el Santo PadreAnte esta noticia, la Iglesia Católica en Colombia expresa su cercanía espiritual al papa León XIV y se une en oración por su salud y recuperación. La Conferencia Episcopal de Colombia invita a sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y a todos los fieles del país a elevar sus oraciones a Dios por el Santo Padre, pidiendo que lo fortalezca en este momento y acompañe su proceso de recuperación.Asimismo, anima a las comunidades parroquiales, movimientos apostólicos y familias a hacer de la oración una expresión de comunión eclesial, esperanza y cercanía con el pontífice, encomendándolo a la protección maternal de la Virgen María.Vea a continuación el mensaje del Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia:
Vie 9 Oct 2026
Pastoral Fronteriza de Colombia y Ecuador llama a proteger a las comunidades y sus territorios
Al concluir el Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza, en Tumaco, las Iglesias advirtieron sobre las violencias que afectan a las comunidades, el control territorial y las amenazas ambientales. También pidieron a ambos Estados y a los actores sociales e internacionales articular respuestas que garanticen los derechos humanos, la protección humanitaria y la construcción de paz.Las Iglesias de Colombia y Ecuador hicieron un llamado a fortalecer la cooperación binacional para proteger la vida y los derechos humanos en los territorios fronterizos, afectados por dinámicas de violencia, economías ilegales, desplazamiento y deterioro ambiental. La exhortación hace parte del comunicado final del Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza, celebrado en Tumaco, con la participación de representantes de las ocho jurisdicciones eclesiásticas que acompañan esta región, Cáritas Ecuador y el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana.En el documento, las Iglesias advierten que la frontera no puede entenderse únicamente como una línea que separa dos países, sino como un territorio compartido por pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y campesinas, familias y personas migrantes que buscan protección y oportunidades. Desde esta perspectiva, señalan que el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando, el tráfico de armas, la extorsión y la trata de personas se entrecruzan con disputas por corredores estratégicos y formas de control territorial y social.Uno de los puntos de alerta del comunicado es que la disminución de los hechos violentos registrados no necesariamente significa que haya disminuido el sufrimiento de las comunidades. El miedo, el confinamiento y el control social pueden mantener ocultas situaciones que afectan la vida cotidiana de la población. Ante este panorama, las Iglesias reiteran que no pueden normalizarse estas violencias y expresan su especial preocupación por las comunidades indígenas y afrodescendientes, las familias campesinas, las personas migrantes y refugiadas, las mujeres y los niños, niñas y adolescentes.El mensaje también relaciona la protección de la vida humana con el cuidado de la casa común. La minería ilegal, los cultivos ilícitos, la deforestación, la contaminación de los ríos y las fuentes de agua, así como los efectos de la variabilidad climática, ponen en riesgo la salud, la alimentación y la permanencia de las comunidades en sus territorios.Frente a estos desafíos, el comunicado plantea que la seguridad fronteriza no puede limitarse al control de los pasos ni a respuestas exclusivamente militares. Si bien reconoce la responsabilidad de los Estados de proteger a la población, garantizar derechos, fortalecer la justicia y enfrentar las redes criminales, subraya que la construcción de paz también requiere oportunidades dignas, instituciones cercanas, protección humanitaria, cuidado ambiental y fortalecimiento del tejido comunitario.Como parte de los compromisos del encuentro, las Iglesias acordaron fortalecer tres líneas de trabajo: la lectura permanente de la realidad fronteriza y la conservación de la memoria de sus pueblos; la acción pastoral y comunitaria para proteger la vida, construir paz y reconciliación, responder a las necesidades humanitarias y cuidar la casa común; y la articulación e incidencia binacional mediante el trabajo con las comunidades y el diálogo con instituciones públicas, organizaciones sociales, cooperación internacional y otros actores.El documento recoge, además, un llamado fraterno a las autoridades de Colombia y Ecuador para que, junto con las organizaciones sociales y la cooperación internacional, impulsen respuestas coordinadas. Las Iglesias advierten que las dinámicas que atraviesan la frontera superan la capacidad de respuesta de un solo país y que la protección de la vida exige corresponsabilidad y decisiones centradas en las personas y las comunidades.Este proceso se apoya en 34 años de trabajo conjunto de las Iglesias particulares de Colombia y Ecuador frente a las violencias, las crisis humanitarias y las distintas formas de exclusión en estos territorios. La consolidación de una instancia binacional permanente busca fortalecer ese camino de cooperación, acompañamiento y solidaridad.Al concluir el encuentro, las Iglesias renovaron su compromiso de permanecer junto a las comunidades, acompañar a quienes sufren y fortalecer sus capacidades para resistir a la violencia y construir esperanza. Su mensaje final reafirma una convicción que orienta esta misión compartida: «Allí donde los límites políticos separan, el Evangelio nos llama a reconocernos hermanos».Vea a continuación la lectura del mensaje final por monseñor Franklin Misael Betancourt, obispo de Tumaco:Le puede interesar: Iglesias de Colombia y Ecuador avanzan hacia una agenda común para consolidar la pastoral fronteriza
Jue 8 Oct 2026
Obispos eméritos de Colombia analizaron los desafíos de la inteligencia artificial a la luz de Magnifica Humanitas
Durante el encuentro anual, 18 obispos eméritos profundizaron en la encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV, y compartieron reflexiones sobre la dignidad humana, la misión evangelizadora y las realidades que interpelan a la Iglesia en Colombia.Del 5 al 6 de octubre, 18 obispos eméritos de Colombia se reunieron en la sede de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), en Bogotá, para reflexionar sobre los desafíos actuales de la Iglesia y compartir aportes desde su experiencia pastoral.Uno de los ejes centrales del encuentro fue el estudio de la encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV, con especial atención a los interrogantes éticos y humanos que plantea el desarrollo de la inteligencia artificial y sus implicaciones para la misión evangelizadora de la Iglesia.El cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal, arzobispo emérito de Cartagena, destacó la importancia de comprender estas transformaciones y discernir cómo aprovechar las posibilidades de la tecnología para anunciar el Evangelio, sin perder de vista el valor de la inteligencia humana y las capacidades que hacen posible la comunicación, el perdón y el amor.«El trabajo nuestro es anunciar la Buena Noticia de Jesucristo», señaló el cardenal, al explicar que los medios tecnológicos pueden contribuir a esta misión, pero también suscitan preguntas sobre el lugar de la persona humana en una sociedad cada vez más mediada por algoritmos y máquinas.Por su parte, monseñor Iván Marín López, arzobispo emérito de Popayán, invitó a leer y estudiar la encíclica, subrayando que la dignidad humana debe orientar el uso de los avances tecnológicos. También recordó la importancia de la doctrina social de la Iglesia y sus principios en ámbitos como el trabajo, la familia y la educación.En este contexto, monseñor Marín expresó la necesidad de promover criterios claros para el uso de la inteligencia artificial en los entornos educativos, de manera que los estudiantes puedan aprovechar estas herramientas sin perder su capacidad de pensar críticamente ni quedar expuestos a la manipulación.Una reflexión que parte de la experiencia pastoralEl encuentro también permitió compartir experiencias y reflexiones sobre distintas situaciones eclesiales y sociales que interpelan a la Iglesia, así como dialogar sobre los desafíos de la evangelización y el servicio pastoral en el país.La jornada fue coordinada por el cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal y monseñor Iván Marín López, con el acompañamiento de la Presidencia de la CEC y del Departamento de Animación de la Comunión y la Sinodalidad.Al explicar el sentido de esta reunión, monseñor Marín destacó los vínculos espirituales, afectivos y pastorales que unen a los obispos eméritos, así como su interés por mantenerse al tanto de la vida de la Iglesia, estudiar los documentos del Papa y de la Conferencia Episcopal y continuar aportando desde sus posibilidades.El cardenal Jiménez, por su parte, describió esta etapa como una oportunidad para recordar el camino recorrido y renovar el sentido del servicio a las comunidades, especialmente a las personas necesitadas de orientación y esperanza.Un servicio pastoral que continúaAunque han concluido su responsabilidad directa en el gobierno de una diócesis, muchos obispos eméritos mantienen una participación activa en la vida de la Iglesia: acompañan procesos pastorales, orientan retiros espirituales, ofrecen conferencias y apoyan a comunidades en sus lugares de residencia.Actualmente, la Iglesia en Colombia cuenta con 49 obispos eméritos. El encuentro, que se realiza anualmente en la sede de la CEC, busca ofrecerles un espacio de reflexión conjunta y recoger sus aportes para la misión pastoral de la Iglesia en el país.La reunión concluyó con el propósito de seguir poniendo la experiencia, el conocimiento y la vida de oración de los obispos eméritos al servicio de la Iglesia, en comunión con sus pastores y con los desafíos de la evangelización en el contexto actual.