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Iglesias hermanas en el corazón del Vaupés
Tags: padre renzo martinez diócesis de sonsón rionegro Vicariato Apostólico de Mitú iglesia en colombia Misión Diocesana Sinodal de la Diócesis de Sonsón Rionegro misioneros colombianos
Por P. Renzo Martínez Ramírez - La Iglesia en Colombia vive desde hace varios años una experiencia significativa de comunión misionera a través del programa de Hermanamiento Misionero entre las distintas jurisdicciones eclesiásticas del país. Esta iniciativa busca fortalecer los vínculos entre las Iglesias particulares, compartir recursos humanos y pastorales, y expresar de manera concreta la corresponsabilidad en la misión evangelizadora.
El origen de este proceso se encuentra en las reflexiones y conclusiones del XII Congreso Nacional Misionero celebrado en Bucaramanga. En las memorias publicadas por las Obras Misionales Pontificias en octubre de 2016 se propuso la creación de una estructura permanente de cooperación misionera entre las jurisdicciones eclesiásticas colombianas mediante el intercambio de agentes pastorales y la solidaridad económica, promoviendo el hermanamiento entre los vicariatos apostólicos, las diócesis de misión y las provincias eclesiásticas del país.
Sin embargo, la cooperación misionera entre Iglesias no es una realidad nueva. Ya en la década de los años ochenta la Iglesia colombiana impulsaba experiencias de hermanamiento con proyección internacional. Documentos de trabajo presentados a la Asamblea Plenaria del Episcopado Colombiano y diversos intercambios con Iglesias de Bangladesh y Etiopía muestran que la misión siempre ha sido entendida como una responsabilidad compartida entre todas las comunidades eclesiales.
En este contexto se sitúa la relación entre la Diócesis de Sonsón Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú, una experiencia que se ha convertido en un verdadero laboratorio de sinodalidad y misión.
El Vicariato Apostólico de Mitú está ubicado en el departamento del Vaupés, en el corazón de la Amazonía colombiana. Se trata de un territorio marcado por enormes desafíos geográficos, grandes distancias, escasas vías de comunicación y una notable riqueza cultural representada en numerosos pueblos indígenas que conservan tradiciones, lenguas y formas de organización propias.
Una tierra marcada por la misión
La historia evangelizadora del actual Vicariato Apostólico de Mitú hunde sus raíces en las primeras expediciones misioneras realizadas por los Misioneros Montfortianos a comienzos del siglo XX. El 15 de agosto de 1914 llegaron los primeros misioneros, atravesando el océano Atlántico y remontando el río Amazonas, el río Negro y el río Papurí, iniciando una extraordinaria labor evangelizadora que se abrió camino entre selvas, caños y ríos hasta alcanzar los lugares más apartados de esta vasta región amazónica.
Su misión estuvo orientada al anuncio del Evangelio entre los pueblos indígenas del Vaupés, sembrando las primeras semillas de una Iglesia que, con el paso de los años, se identificaría profundamente con la realidad cultural y espiritual de la Amazonía colombiana.
Posteriormente, la Santa Sede confió este territorio a los Misioneros Javerianos de Yarumal, quienes asumieron oficialmente la responsabilidad pastoral en 1949 con la creación de la Prefectura Apostólica de Mitú. Junto con ellos llegó Monseñor Gerardo Valencia Cano, figura emblemática de la Iglesia misionera en Colombia, quien impulsó con entusiasmo el espíritu evangelizador y el compromiso con las comunidades indígenas hasta finales de 1953.
Ese mismo año asumió la conducción pastoral Monseñor Heriberto Correa, quien fortaleció la organización eclesial y la acción evangelizadora hasta 1964. Más adelante, en 1967, fue nombrado Monseñor Belarmino Correa Yepes, recordado por su decisivo aporte al desarrollo humano y pastoral del Vaupés. Durante su ministerio se fortalecieron las escuelas, la formación de catequistas, la educación contratada y los medios de transporte aéreo y fluvial, herramientas fundamentales para acercar la presencia de la Iglesia a las comunidades más alejadas.
En 1989 se produjo una importante reorganización eclesiástica con la creación del Vicariato Apostólico de San José del Guaviare y del Vicariato Apostólico de Mitú–Puerto Inírida, lo que permitió una atención pastoral más cercana a los diversos territorios amazónicos. Posteriormente, la Iglesia local continuó su camino bajo el liderazgo de Monseñor José Gustavo Ángel Ramírez, consolidando los procesos evangelizadores y pastorales desarrollados durante décadas.
A lo largo de más de un siglo, generaciones de misioneros han recorrido ríos, selvas y comunidades apartadas, entregando su vida al servicio del Evangelio. Su labor ha contribuido no solo al crecimiento de la fe cristiana, sino también a la promoción humana, la educación, la defensa de las culturas indígenas y el acompañamiento integral de los pueblos amazónicos.
Actualmente, el Vicariato Apostólico de Mitú es pastoreado por Mons. Medardo de Jesús Henao del Río, misionero javeriano nacido en Antioquia y profundo conocedor de la realidad amazónica. Su ministerio episcopal está orientado a fortalecer una Iglesia cercana a los pueblos indígenas, comprometida con la evangelización, la promoción humana, el diálogo intercultural y el cuidado de la casa común, siguiendo el legado de quienes, a lo largo de la historia, han hecho de la misión el corazón de esta Iglesia particular.
Una Iglesia con rostro indígena y corazón amazónico
El Vaupés es uno de los territorios con mayor riqueza cultural de Colombia. En él habitan 27 pueblos indígenas que conservan sus lenguas, tradiciones, estructuras familiares y formas ancestrales de organización comunitaria. Allí, la palabra tiene un profundo significado y el silencio también comunica respeto, escucha y sabiduría.
La presencia de la Iglesia en esta región es fruto de más de un siglo de labor misionera. Generaciones de evangelizadores han navegado ríos y atravesado selvas llevando el anuncio del Evangelio, promoviendo la educación y acompañando los procesos de desarrollo humano de las comunidades.
Sin embargo, la realidad actual plantea importantes desafíos pastorales. La desaparición de la educación contratada, que durante décadas permitió una presencia permanente de agentes evangelizadores en los territorios, ha reducido significativamente la frecuencia de las visitas pastorales. Algunas comunidades reciben la visita de un sacerdote apenas una o dos veces al año, mientras que otras deben esperar períodos aún más prolongados debido a las limitaciones de personal y recursos.
En medio de este contexto, los misioneros encontraron comunidades acogedoras, familias deseosas de acompañamiento espiritual, niños y jóvenes abiertos al diálogo y mayores que conservan la memoria viva de sus pueblos. También pudieron conocer de cerca situaciones de vulnerabilidad relacionadas con el abandono estatal, las dificultades económicas, las limitaciones en salud, la escasez de agentes pastorales y problemáticas que afectan especialmente a la juventud.
La fuerza evangelizadora de la cercanía
Uno de los mensajes más insistentes compartidos durante la experiencia misionera fue la importancia de la cercanía como primer anuncio del Evangelio. En las comunidades amazónicas, las personas valoran profundamente la presencia sincera de quienes llegan a compartir la vida cotidiana.
Más allá de las actividades pastorales programadas, los misioneros fueron invitados a escuchar con atención, visitar las familias, compartir los alimentos, aprender los nombres de las personas y dejarse interpelar por las realidades que encontraron. En este contexto, la evangelización se expresa especialmente a través de los gestos sencillos, la escucha respetuosa y la capacidad de caminar al ritmo de las comunidades.
Aprender de los pueblos amazónicos
La misión también fue una oportunidad para reconocer la riqueza espiritual presente en los pueblos indígenas. Desde su relación armónica con la naturaleza, su sentido comunitario y el respeto por la memoria de los mayores, las comunidades amazónicas ofrecen valiosas enseñanzas para toda la Iglesia.
Los responsables pastorales insistieron en la necesidad de vivir una auténtica actitud de inculturación, evitando juicios apresurados y favoreciendo el diálogo respetuoso entre el Evangelio y las culturas locales. La experiencia misionera invitó a los participantes a cultivar la humildad, valorar el silencio, fortalecer la fraternidad entre los equipos y convertirse en signos de esperanza para quienes atraviesan situaciones difíciles.
Una escuela de vida misionera
Las condiciones propias del territorio amazónico también hicieron parte del aprendizaje. Los desplazamientos por río, las lluvias frecuentes, las limitaciones en conectividad y la sencillez de las condiciones de vida permitieron a los participantes experimentar una forma diferente de acercarse a la misión.
En muchos lugares la atención ofrecida por las comunidades consistió únicamente en un desayuno o un almuerzo sencillo, expresión generosa de hospitalidad en medio de recursos limitados. Esta realidad motivó a los misioneros a compartir con gratitud y a valorar profundamente cada gesto de acogida.
Al finalizar la experiencia, muchos coincidieron en que la Amazonía no solo recibe misioneros, sino que también los forma. La selva enseña humildad, el río enseña paciencia y las comunidades enseñan fraternidad. En el corazón del Vaupés, la misión continúa siendo una escuela privilegiada de encuentro con Dios, con los pueblos indígenas y con las periferias que siguen esperando una Iglesia cercana, samaritana y profundamente misionera.
La Diócesis de Sonsón-Rionegro: una Iglesia con casi siete décadas de historia misionera
La Diócesis de Sonsón-Rionegro es una Iglesia particular de la Iglesia Católica ubicada en el Oriente Antioqueño, una de las regiones más dinámicas y profundamente creyentes de Colombia. Fue creada por el Papa Pío XII el 18 de marzo de 1957 mediante la bula In Apostolici Muneris, por lo que en el año 2026 cuenta con 69 años de vida diocesana. Desde entonces ha acompañado el crecimiento espiritual, social y humano de las comunidades del Oriente antioqueño, convirtiéndose en un referente de evangelización y compromiso pastoral en el país.
A lo largo de su historia, la diócesis ha desarrollado una intensa acción evangelizadora mediante sus parroquias, instituciones educativas, obras sociales, movimientos apostólicos y procesos misioneros. Su identidad se caracteriza por una profunda espiritualidad eclesial, una fuerte participación de los laicos y una permanente apertura a la misión, tanto dentro de su territorio como en otras regiones de Colombia.
Un camino pastoral orientado a la renovación misionera
Durante los últimos años, la diócesis ha venido desarrollando un amplio proceso de planificación pastoral impulsado por Mons. Fidel León Cadavid Marín. Este itinerario pastoral, construido con la participación de sacerdotes, religiosos y laicos, surgió de un profundo análisis de la realidad social y eclesial del territorio y se concretó en este último proyecto pastoral denominado "Por una Diócesis Sinondal: Comunión, Participación, Misión", que orienta la acción evangelizadora diocesana entre 2026 y 2030.
El objetivo fundamental de este proceso ha sido renovar la vida cristiana de las comunidades: La Parroquia, fortalecer la identidad de los discípulos misioneros y promover una Iglesia cada vez más evangelizada y evangelizadora. Inspirado por el llamado del Papa Francisco a una conversión pastoral permanente, el plan ha buscado consolidar comunidades participativas, abiertas, misericordiosas y comprometidas con la transformación de la sociedad desde el Evangelio.
Actualmente, la diócesis continúa proyectando su acción pastoral hacia una Iglesia en salida, fortaleciendo los procesos de evangelización, la formación de agentes pastorales, la pastoral social, las vocaciones y la misión ad gentes, expresión concreta de su compromiso con la Iglesia universal.
Su pastor: Mons. Fidel León Cadavid Marín
Desde el año 2011 la diócesis es guiada por Mons. Fidel León Cadavid Marín, quien fue nombrado por el Papa Benedicto XVI el 2 de febrero de ese año y tomó posesión de la diócesis en marzo de 2011. Nacido en Bello, Antioquia, el 3 de julio de 1951, es sacerdote, teólogo y pastor de amplia experiencia en la Iglesia colombiana. Antes de llegar a Sonsón-Rionegro se desempeñó como obispo de Quibdó, donde desarrolló una destacada labor pastoral en favor de las comunidades más vulnerables del Chocó.
Su ministerio episcopal se ha caracterizado por el impulso de la evangelización, la formación permanente del clero, el fortalecimiento de la pastoral diocesana y la promoción de una Iglesia cercana a las comunidades. Bajo su liderazgo, la diócesis ha consolidado importantes procesos de renovación pastoral y ha fortalecido su compromiso misionero dentro y fuera del territorio diocesano.
Misión diocesana Sinodal: Iglesias hermanas que se visitan
La misión realizada en el Vicariato Apostólico de Mitú constituye una expresión concreta de este espíritu evangelizador que anima a la Diócesis de Sonsón-Rionegro: una Iglesia que, fiel al mandato de Cristo, continúa saliendo al encuentro de las periferias geográficas y humanas para anunciar el Evangelio y servir a los más necesitados.
La relación entre Mitú y las Iglesias de Antioquia tiene además una dimensión histórica y afectiva. Muchos de los misioneros que han servido en la Amazonía colombiana provienen de esta región del país. Por ello, el hermanamiento entre la Provincia Eclesiástica de Medellín y el Vicariato Apostólico de Mitú representa la continuidad de una larga tradición misionera que ha buscado construir puentes entre distintas realidades eclesiales.
Como fruto de este proceso nació la Misión Diocesana Sinodal de la Diócesis de Sonsón Rionegro. Esta iniciativa surge en el marco del actual Plan Diocesano de Pastoral, cuyo horizonte está expresado en cinco grandes ejes: Cultivar y practicar la espiritualidad sinodal, formar discípulos misioneros, contribuir al desarrollo humano integral, salir al encuentro de la infancia, adolescencia, juventud y familia, y por último la gratitud. Dando respuesta a lo que la Iglesia Universal esta caminado: comunión, participación y misión.
La Misión Diocesana Sinodal no es una actividad aislada. Constituye una opción pastoral permanente que busca formar una Iglesia en salida, donde sacerdotes, religiosos y laicos asuman conjuntamente la responsabilidad evangelizadora. Su objetivo es fortalecer la identidad misionera de toda la diócesis, promover la participación de los bautizados, favorecer la escucha mutua y llegar a las periferias geográficas y existenciales donde el Evangelio necesita ser anunciado y testimoniado.
Esta visión encuentra una profunda sintonía con el proceso sinodal promovido por la Iglesia universal. La escucha, el discernimiento comunitario, la corresponsabilidad, la valoración de los diversos carismas y la participación activa del Pueblo de Dios constituyen elementos centrales tanto de la sinodalidad como de la experiencia misionera vivida por la diócesis.
La vocación misionera de la Diócesis de Sonsón-Rionegro encuentra una de sus expresiones más significativas en la misión ad gentes, fruto del compromiso evangelizador de sacerdotes, religiosos y laicos. Esta riqueza eclesial se manifiesta a través de numerosos grupos, movimientos y comunidades que animan la acción pastoral de la diócesis, entre ellos el grupo misionero Pálpitos, conformado principalmente por jóvenes comprometidos con el anuncio del Evangelio; los Laicos de San Pablo, que aportan su experiencia evangelizadora y formativa; y diversas comunidades religiosas como las Hermanas Franciscanas de María Auxiliadora, las Dominicas de la Doctrina Cristiana y las Misioneras Siervas del Espíritu Santo. Junto a muchas otras expresiones eclesiales, todos ellos fortalecen el dinamismo misionero de una Iglesia en salida, cercana a las comunidades y comprometida con la construcción del Reino de Dios.
La expresión más visible de este espíritu misionero se vivió entre el 6 y el 13 de junio de 2026, cuando 54 misioneros de la Diócesis de Sonsón-Rionegro se desplazaron hasta el Vicariato Apostólico de Mitú para compartir una semana de encuentro, evangelización y servicio fraterno con las comunidades indígenas y amazónicas del Vaupés.
Participaron sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de diversas parroquias, movimientos apostólicos y comunidades eclesiales. Los equipos fueron distribuidos en distintos centros misionales (doce comunidades) de las parroquias a misionar ( Parroquia Catedral María Inmaculada; Parroquia Nuestra Señora de Fátima, Parroquia de San Pablo Apóstol, Cuasi Parroquia Santa Laura Montoya) y desarrollaron múltiples actividades pastorales: visitas casa a casa, encuentros con familias, acompañamiento a enfermos y adultos mayores, celebraciones litúrgicas, catequesis, espacios de escucha, encuentros con niños y jóvenes, formación de agentes pastorales y actividades de animación misionera.
Sin embargo, la riqueza de esta experiencia no puede medirse únicamente por el número de actividades realizadas. Lo más significativo fue el encuentro entre dos Iglesias que decidieron compartir sus dones y caminar juntas.
Los misioneros llegaron para anunciar el Evangelio, pero también para escuchar. Llegaron para servir, pero también para aprender. Las comunidades amazónicas compartieron con ellos su experiencia de fe, su capacidad de resiliencia, su profundo sentido comunitario y su estrecha relación con la creación. De esta manera se produjo un auténtico intercambio de dones que enriqueció a todos los participantes.
La espiritualidad que animó la misión
Toda experiencia misionera necesita una profunda raíz espiritual. En la Misión Diocesana Sinodal 2026, vivida en el Vicariato Apostólico de Mitú, esa espiritualidad estuvo acompañada de manera especial por el himno "Eucaristizar" y por la Oración por la Misión, signos visibles de la comunión entre las Iglesias hermanas que caminaron juntas en el corazón del Vaupés.
El himno Eucaristizar acompañó los momentos de oración, envío y encuentro comunitario, recordando a cada misionero que su vocación consiste en hacer de la propia vida una ofrenda de amor, servicio y entrega, al estilo de Jesucristo, Pan partido para la vida del mundo. Su mensaje se convirtió en una verdadera síntesis de lo vivido durante la misión: compartir, escuchar, servir y caminar juntos hacia la vida plena.
De igual manera, la Oración por la Misión fue un instrumento permanente de comunión espiritual. Rezada antes, durante y después de cada jornada, ayudó a los participantes a mantener viva la conciencia de que la misión es ante todo obra de Dios y respuesta al mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. A través de ella, las comunidades de la Diócesis de Sonsón-Rionegro, el Vicariato Apostólico de Mitú y muchas personas que acompañaron desde la distancia se unieron espiritualmente a esta experiencia evangelizadora.
El himno y la oración se convirtieron así en dos expresiones complementarias de una misma convicción: que la misión nace de la Eucaristía, se fortalece en la oración y se realiza en el encuentro fraterno con los hermanos. Desde esta certeza, los misioneros pudieron experimentar que, más allá de las distancias geográficas, las Iglesias hermanas están llamadas a remar juntas con Jesús hacia la vida plena.
Esta experiencia ofrece enseñanzas importantes para la Iglesia en Colombia y para muchas Iglesias particulares del mundo.
En primer lugar, demuestra que la misión sigue siendo el camino privilegiado para construir comunión. La unidad eclesial no nace únicamente de las estructuras o de los documentos, sino del encuentro concreto entre personas que comparten la misma fe y la misma misión.
En segundo lugar, pone de manifiesto el protagonismo de los laicos. Una gran parte de los participantes fueron fieles laicos que respondieron generosamente al llamado misionero (una gran gama de edades: entre los más jóvenes hasta los más adultos). Esto confirma que la misión pertenece a todo el Pueblo de Dios y no exclusivamente a un grupo particular dentro de la Iglesia.
En tercer lugar, muestra que las periferias tienen mucho que enseñar. La Amazonía no es únicamente destinataria de la evangelización. También es sujeto evangelizador. Las comunidades indígenas y amazónicas ofrecen a la Iglesia universal valiosas lecciones sobre fraternidad, cuidado de la creación, solidaridad y sentido de pertenencia comunitaria.
Finalmente, esta experiencia confirma que la sinodalidad alcanza su máxima expresión cuando se convierte en misión compartida. Caminar juntos encuentra su sentido más profundo cuando se hace para anunciar juntos el Evangelio.
Las recientes palabras del Papa León XIV iluminan especialmente esta experiencia. El Santo Padre ha manifestado su deseo de una Iglesia auténticamente misionera, capaz de salir al encuentro de las heridas de la humanidad para llevar consuelo, esperanza y reconciliación. Ha insistido en la necesidad de una Iglesia cercana, que acompañe, escuche y contribuya a sanar las fracturas que afectan a las personas, las comunidades y los pueblos.
La experiencia vivida entre la Diócesis de Sonsón Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú constituye una respuesta concreta a este llamado. Durante esos días, la misión buscó sanar la distancia mediante la cercanía, el aislamiento mediante la fraternidad y la indiferencia mediante el encuentro. Fue una Iglesia que salió de sí misma para caminar con otros, compartir sus dones y dejarse transformar por ellos.
Lo sucedido en Mitú muestra que la sinodalidad no es una teoría ni un concepto abstracto. Es una forma concreta de vivir el Evangelio. Cuando dos Iglesias particulares deciden encontrarse, escucharse, ayudarse mutuamente y anunciar juntas a Jesucristo, la misión se convierte en escuela de comunión, participación y esperanza.
En un tiempo en que la Iglesia busca renovar su impulso evangelizador, la experiencia de hermanamiento entre la Diócesis de Sonsón Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú aparece como un signo profético. Es una muestra de que la misión sigue siendo el corazón de la Iglesia y de que el futuro de la evangelización pasa por una comunión cada vez más profunda entre las Iglesias hermanas que comparten la alegría de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.
La experiencia vivida en el Vicariato Apostólico de Mitú constituye también una invitación para toda la Provincia Eclesiástica de Medellín y en general de toda la Iglesia Colombiana a fortalecer los vínculos de comunión y cooperación misionera con las Iglesias que peregrinan en los territorios de misión. Ojalá este camino recorrido motive a los señores obispos, sacerdotes, religiosos y laicos a volver la mirada hacia los vicariatos apostólicos de Colombia, reconociendo en ellos no únicamente destinatarios de ayuda solidaria, que es necesaria siempre, pero de también la pastoral: verdaderas Iglesias hermanas que enriquecen a todo el Pueblo de Dios con su testimonio de fe, entrega y esperanza.
La Amazonía, el Pacífico y las demás periferias misioneras siguen recordando a la Iglesia colombiana que la misión es una responsabilidad compartida y que la comunión eclesial se fortalece cuando caminamos juntos, compartimos nuestros dones y nos comprometemos con quienes afrontan mayores desafíos evangelizadores.
P. Renzo B. Martínez Ramírez
Delegado Episcopal de Pastoral Misionera y OMP de la Diócesis de Sonsón Rionegro
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Vie 25 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Jue 24 Sep 2026
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La amistad, tesoro evangélico y sostén del Ministerio Sacerdotal
La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable"(Eclo 6,14-15).¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTESi esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZDiócesis de Santa Marta
Jue 10 Sep 2026
De la escucha a las estructuras: nuevas propuestas para una Iglesia sinodal
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?Una sinodalidad que llega a la vida cotidianaDurante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.Corresponsables, pero no todos de la misma maneraUna expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.También las estructuras pueden aprender a escucharEl segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.¿Qué significa esto para los laicos?Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.Una pregunta para nuestras comunidadesLa fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.Fuentes:Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.htmlVatican News en español:https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.htmlBernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad
Mar 1 Sep 2026
Nos llama, nos mueve y nos une: caminar con las familias para sembrar la paz
P. Nelson Ortiz Rozo - En un entorno social marcado por las heridas de la violencia, la polarización y los desastres naturales, muchas familias experimentan cansancio, incertidumbre y frustración. Frente a esta realidad, la acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia emerge como una fuerza indispensable, capaz de abrazar la fragilidad de los hogares y animarlos a ser sembradores de paz. Por lo tanto, reconocer a la familia como un lugar privilegiado donde se cultivan valores, hábitos y patrones de convivencia permite entender su profunda y decisiva influencia en el desarrollo de la sociedad. La familia no es solo el primer espacio de socialización, sino también la primera escuela donde se aprende a amar, a dialogar, a respetar la diferencia y a resolver los conflictos. Esta labor eclesial nace del corazón de una Iglesia que desea caminar al ritmo de la historia humana mostrando que el tejido social sana en la medida que fortalecemos los vínculos familiares.Esta llamada se hace aún más viva y urgente al sintonizarnos con la iniciativa de la Semana por la Paz que este año nos convoca bajo el lema: ¡la paz nos llama, nos mueve y nos une! Es especialmente en el seno del hogar donde este lema se convierte en vida, pues la familia es el primer escenario donde esa fuerza que nos mueve y nos une debe ser cultivada y custodiada.En primer lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia cuida y sirve a la paz respondiendo a la voz de “la paz nos llama”, ofreciendo espacios de acogida, escucha y sanación para el fortalecimiento del vinculo conyugal, filial y fraternal. Sabemos bien que el clima de agresión exterior con frecuencia se filtra al interior de las casas, lastimando las relaciones entre los esposos, el trato de los padres hacia los hijos e instalando la rivalidad en indiferencia entre los hermanos. Por eso la Iglesia sale al encuentro con la pedagogía del cuidado para caminar al lado de cada hogar en su realidad concreta, compartiendo sus alegrías y aliviando sus dolores. Como nos enseñaba san Juan Pablo II: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (F. C., 22). Así cuando los miembros de una familia aprenden a acoger y promover la dignidad del otro en su vida diaria, sanando los conflictos internos mediante la caridad cristiana, ese hogar se convierte de manera natural en una sembradora de paz.En segundo lugar, este caminar compartido “nos mueve” a actuar, en el que la Iglesia acompaña con la pedagogía del perdón y la reconciliación cotidiana en la convivencia familiar. Frente a una sociedad que propone el descarte de los que piensan diferente, el Evangelio vivido en el hogar nos mueve a descubrir que el diálogo sincero y el discernimiento comunitario son los verdaderos caminos del Espíritu. El papa Francisco no alienta en este aprendizaje: “Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil” (A.L., 106). La acción evangelizadora acompaña con paciencia estos procesos del corazón, mostrando a los padres y a los hermanos que las diferencias no se destruyen con la violencia, sino que se abrazan en la comunión. Con este propósito, la pastoral familiar de la Iglesia en Colombia impulsa múltiples iniciativas, tales como talleres de perdón y reconciliación, retiros espirituales y asesoría personalizada en los centros de escucha y orientación familiar. A esto se suman los encuentros de la Semana de la Familia que esté año, los cuales ofrecen herramientas de resolución pacífica de conflictos orientadas a “desarmar el corazón” y consolidar entornos de convivencia fraterna.Finalmente, el dinamismo de este caminar juntos es el lazo que “nos une” en corresponsabilidad, impulsando a la familia a salir de sí misma para ofrecerse generosamente a la comunidad. De este modo, “ensancha la tienda” del corazón y derriba los muros del egoísmo para vivir una fraternidad más allá del hogar. Al respecto, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanistas, recuerda que la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es un bien social primario y la célula fundamental e insustituible de la sociedad (nn. 165-167). Así al tejer redes de comunión donde caminan juntas y viven el servicio pastoral, las familias dejan atrás la soledad y el desamparo para descubrirse unidas en una misión común: ser testimonio de fraternidad, hospitalidad, solidaridad y servicio comunitario.La acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia nos demuestra que la paz social es inseparable de la paz familiar; la primera no es posible sin la segunda, pues brota y se nutre directamente de ella. Al sanar los vínculos internos, educar en el perdón y motivar a los hogares hacia el servicio comunitario, la Iglesia recuerda al mundo que la reconciliación de la sociedad se realiza desde la vivencia cotidiana del amor en el hogar. Por eso, ¡la paz familiar nos llama, nos mueve y nos une!P. Nelson Ortiz RozoDepartamento de Matrimonio y FamiliaConferencia Episcopal de Colombia
Mar 1 Sep 2026
Cuando la sinodalidad transforma también las estructuras de la Iglesia
Por DP. Bernardo Vanegas Luque - El papa León XIV publicó el 29 de agosto la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Mutua Concordia, mediante la cual modifica dos cánones del Código de Cánones de las Iglesias Orientales. Más allá de su alcance jurídico específico, la decisión ofrece una expresión concreta de una Iglesia que busca vivir la comunión, la corresponsabilidad y la sinodalidad también en sus estructuras y en el ejercicio de la autoridad.La nueva normativa se refiere a las Iglesias católicas orientales patriarcales y, por su naturaleza, también a las Iglesias arzobispales mayores. Su propósito es fortalecer la comunión entre el Patriarca —Padre y Cabeza de la Iglesia sui iuris— y los obispos que, junto con él, conforman el Sínodo de los Obispos.Una autoridad que se ejerce en comuniónMutua Concordia parte de una afirmación especialmente significativa: la concordia entre quien preside una Iglesia oriental y los demás obispos que integran su Sínodo constituye el alma de la comunión de su jerarquía.Desde esta perspectiva, el ministerio de quien preside no aparece aislado del cuerpo episcopal. Por el contrario, el documento recuerda la vocación a la colegialidad propia de este ministerio y señala que la sinodalidad debe ser buscada y cultivada constantemente en un contexto de responsabilidad común.Esta orientación adquiere una expresión jurídica concreta. Entre otros aspectos, la reforma establece procedimientos mediante los cuales el Sínodo puede actuar cuando se presentan dificultades graves en el ejercicio del ministerio del Patriarca, garantizando también su derecho a la defensa y conservando el papel propio del Romano Pontífice.No se trata simplemente de modificar un procedimiento. Detrás de las nuevas disposiciones aparece una comprensión eclesial: la comunión también necesita formas, responsabilidades y estructuras que permitan vivirla.De la experiencia sinodal a las formas concretas de vida eclesialUno de los grandes desafíos de la fase de implementación del Sínodo es precisamente este: evitar que la sinodalidad sea entendida solamente como la realización de encuentros, consultas o métodos de escucha.La escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y la conversación en el Espíritu son fundamentales, pero están llamados a transformar progresivamente nuestra manera de relacionarnos, participar, discernir, tomar decisiones y ejercer los distintos ministerios y responsabilidades en la Iglesia.Mutua Concordia permite observar este dinamismo en un ámbito muy concreto. En este caso, la sinodalidad encuentra una expresión jurídica en la tradición y organización propias de las Iglesias católicas orientales.Esto no significa trasladar estas disposiciones particulares a las diócesis de tradición latina. Su valor para el conjunto de la Iglesia está, más bien, en el principio que dejan entrever: la sinodalidad está llamada a encarnarse en prácticas y estructuras que favorezcan una verdadera comunión y corresponsabilidad.Una pista para nuestro camino en ColombiaLas Iglesias locales en Colombia se encuentran recorriendo la fase de implementación del Sínodo 2025-2028. En este camino, una pregunta resulta cada vez más importante: ¿cómo hacer que la experiencia sinodal pase de los encuentros y espacios de escucha a la vida ordinaria de nuestras comunidades?La respuesta no consiste solamente en crear nuevas estructuras. También supone revisar cómo funcionan las que ya existen: consejos pastorales y económicos, equipos de animación, organismos de participación, comunidades parroquiales y otras instancias de discernimiento y corresponsabilidad.La sinodalidad comienza a hacerse visible cuando escuchar, discernir y participar juntos deja de ser una experiencia ocasional y se convierte progresivamente en una manera habitual de ser Iglesia.La publicación de Mutua Concordia puede leerse, por ello, como una señal concreta de este horizonte: una Iglesia en la que comunión, autoridad, participación y corresponsabilidad no recorren caminos separados, sino que se necesitan mutuamente para el cumplimiento de una misma misión.Para profundizarEl Motu Proprio Mutua Concordia fue publicado el 29 de agosto de 2026 y modifica los cánones 106 y 126 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.Fuente: Santa Sede y Vatican News.Bernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad