SISTEMA INFORMATIVO
Pandemia y espiritualidad
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Por: Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo - Al terminar el año anterior y al comenzar el presente, escuchábamos una noticia internacional, reportada desde Wuhan, China, nos decían los noticieros: Se han reportado unos casos de neumonía, “se trata de un virus aún desconocido”. Con las primeras noticias, no hubo ninguna alarma. Primero, porque no comprendíamos la gravedad de la situación y segundo, porque veíamos la enfermedad demasiado lejana a nosotros, pues geográficamente China, nos parecía demasiado apartada de nuestra región.
A principios del presente año la OMS, al ver la extensión del virus se atrevió a llamar esta enfermedad con el nombre de pandemia. Así se define etimológicamente el término: “Pandemia viene del griego πανδημία, de παν, pan, 'todo', y δήμος, demos, 'pueblo', expresión que significa 'reunión de todo un pueblo'. Es la afectación de una enfermedad infecciosa de los humanos a lo largo de un área geográficamente extensa”.
En un principio, al ver que la enfermedad comenzó a extenderse a Europa, comenzamos a alarmarnos y, sin embargo, nos creíamos aún lejanos de semejante realidad tan grave. Fue pasando el tiempo hasta que en marzo comenzaron a aparecer los primeros enfermos de COVID 19 en el país, especialmente en Bogotá. En el Caquetá decíamos: Estamos aún lejos de la capital, lo importante es que nadie entre al departamento…; tenemos que encerrarnos para preservar nuestra salud. Incluso nos parecía difícil que el virus llegara a nuestra región, decíamos, por ejemplo: la selva nos preserva de la enfermedad, etc. En fin, cada persona podrá recordar las múltiples interpretaciones que le dábamos a las circunstancias. Nos encerramos con mucho miedo, frente a un enemigo mortal que nos era invisible y que no sabíamos por donde podría llegar a nuestra región. En un principio fuimos disciplinados, porque nos impulsaba el miedo al virus desconocido y mortal. En la medida que fue avanzando el tiempo, se fue viendo la necesidad de salir, por múltiples circunstancias, entre muchas por la situación de pobreza. La verdad es que para muchas familias la antinomia ética es: Nos encerramos y morimos de hambre o salimos y corremos el riesgo de contagiarnos. Es necesario reconocerlo, muchas personas también han sido, (hemos sido), desobedientes e “indisciplinadas socialmente”.
Ahora el virus en nuestra región es una realidad, ya ha cobrado la vida de muchas personas, que hacían parte de nuestra comunidad. Esto nos debe doler y frente al hecho no podemos ser indiferentes. La primera consciencia que hemos de tener es que, nos cuidamos, para cuidar a los demás o corremos el riesgo de contaminarnos todos y habrá por lo tanto una mortandad incontrolable en nuestro departamento.
Como no soy médico, ni soy gobernante, quiero dirigirme a ustedes queridos hijos e hijas como pastor de almas, como sacerdote y, sobre todo, como una persona de fe, que a lo largo de mi vida sacerdotal y episcopal he tratado de iluminar mi vida desde la espiritualidad del Evangelio o Buena Nueva de salvación, inaugurada por Jesús nuestro Señor, nuestro Maestro, nuestro Profeta y nuestro Médico (Cf Mt 4,23; Mt 9,35). Mi modelo de vida en el Espíritu es Cristo, quisiera que lo fuera también para ustedes.
El diccionario de la lengua castellana nos ofrece los siguientes elementos para comprender la palabra espiritualidad, dice: “La espiritualidad es el conocimiento, aceptación o cultivo de la esencia inmaterial de uno mismo”. Espíritu a su vez, lo define el diccionario así: “Es la gracia que Dios o un ser superior da al hombre para diferenciarse del resto de los animales. El espíritu es definido como el alma racional donde reside el pensamiento, la espiritualidad y la comunión. Espíritu proviene del latín spiritus, que significa ‘respiro’ y todo lo relacionado con el elemento aire. Se traduce al griego como pneûma, que se relaciona con ‘aliento’, ‘respiración’ y ‘espíritu’”.
Desde la antigüedad, la filosofía griega nos dice que el ser humano es un “animal racional”. Aquí está la gran diferencia con los demás animales del planeta, el hombre, además, de tener vida, sabe que la tiene; además de poseer emociones y pasiones, posee capacidad racional. Es la razón pues la que nos diferencia de los demás seres de la creación. Nuestra inteligencia es don de Dios, dice la Palabra que Dios nos ha hecho a su “imagen y semejanza”. Dice la Palabra: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Gen 1, 27). Porque somos imagen y semejanza de Dios podemos dialogar con Él, podemos entrar en comunión con Él y por lo mismo podemos vivir fraternalmente entre nosotros.
Nuestra inteligencia a imagen y semejanza de Dios es la que nos permite estar abiertos a la espiritualidad, es decir a las realidades más íntimas y profundas del ser humano. El ser humano es todo aquello que lo hace ser desde dentro, pero a su vez, todo aquello que le permite que su existencia se pueda manifestar hacía lo externo. El ser humano es relación íntima entre mundo interno y mundo externo. Los sentidos externos e internos están estrechamente relacionados, se complementan y hacen parte de un mismo ser. Lo interno se muestra al exterior por medio del cuerpo y el cuerpo a su vez es manifestación de lo que se vive en lo más profundo de su ser o sea su espíritu.
Como seres racionales, inteligentes, espirituales, no podemos ser indiferentes frente a la realidad que se vive en cada “instante vital” de la existencia. Hoy vivimos una pandemia. La podríamos entender o iluminar de mil maneras. También se puede interpretar desde otras orillas antropológicas y espirituales. De nuestra parte, les propongo asumirla desde la antropología cristiana o espiritualidad del Evangelio.
Lo primero a lo cual nos invita la espiritualidad cristiana es a fijar nuestra mirada en la Palabra de Dios. Nuestra fe nos enseña que la Palabra de Dios es la fuente y el origen de todas nuestras convicciones de vida y a su vez es la herramienta esencial para juzgarlo todo, tanto los momentos de crisis y soledad, como los momentos cumbres de alegría y comunión entre los hermanos. La Palabra de Dios debe ser la puerta de entrada y la puerta de salida de cualquiera de los momentos y circunstancias que estemos viviendo a lo largo de nuestra existencia. Por eso, la primera invitación es a que, a la luz de la Palabra de Dios nos preguntemos: ¿Qué aspectos positivos, propositivos y esperanzadores podemos aprender del momento presente que estamos viviendo hoy? ¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿Cómo personas inteligentes y/o espirituales, qué podemos hacer para que entre todos superemos la situación en la cual estamos sumidos?
Un reto grande en la actualidad es entender que la ciencia y la técnica no son respuesta absoluta a todos los interrogantes del hombre. Es necesaria también la espiritualidad como herramienta fundamental que ayuda a darle sentido a la vida. Sin espiritualidad el ser humano termina siendo un simple objeto de valor, al que se le aprecia solo por lo que hace y no por lo que es. En el mundo ya se dio la revolución industrial, la revolución de la ciencia y de la técnica, la revolución electrónica. Estamos viviendo la revolución de lo virtual y de las redes sociales. Nos queda como reto desde la espiritualidad cristiana hacer la revolución de la fraternidad. Así como una pandemia, es algo universal, nuestro gran reto es universalizar la fraternidad. San Juan Pablo II hablaba de la globalización de la fraternidad.
Una cosa hemos de tener clara y es que el mundo, después del coronavirus, no volverá a ser el mismo. La pandemia ha puesto a prueba nuestra humanidad, nuestra racionalidad, nuestra capacidad de fraternizar. Nosotros no podemos asumir la pandemia como un castigo de Dios. La verdad es que todos, de una o de otra manera, con culpa o sin culpa, todos hemos aportado nuestro granito de arena, para que llegáramos a la situación mundial de desgaste cósmico, humano y ético al cual hemos llegado. Desde nuestra espiritualidad cristiana digamos: Dios nos corrige, aceptemos entonces, este momento como un hecho pedagógico divino, escuchemos la Palabra: “Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge” (Heb 12,6). Aceptemos este momento como un acto pedagógico divino a través del cual nos corrige porque nos ama. Así las cosas, es tiempo para asumir cada uno de nosotros nuestra propia responsabilidad.
Veníamos sumidos en un individualismo terrible, donde la filosofía parecía ser: “sálvese quién pueda”. Ahora la realidad nos dice: vamos todos en la misma barca, nos salvamos o parecemos todos. Aparece entonces, la espiritualidad de comunión que tanto eco ha tenido a lo largo de la historia de nuestra fe. Nos recordaba el Papa San Juan Pablo II: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”. Continuaba el santo: “… espiritualidad de comunión es saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” (Novo Millennio Ineunte, 43).
La verdad es que, frente a la realidad del deber de cerrar nuestros templos, como Iglesia, hemos despertado a una mayor y mejor utilización de los medios de comunicación y las redes sociales. Durante la pandemia han abundado las misas transmitidas por las redes sociales y los medios virtuales de comunicación. Los medios virtuales de comunicación se están instalando como herramientas necesarias para la educación, la evangelización y la extensión de nuestra espiritualidad cristiana, esto es un hecho y no lo podemos negar, no nos podemos esconder. Sin embargo, vale la pena reconocer que estos medios externos no nos pueden agotar la manera de transmitir el evangelio, la verdad de nuestra fe, la revelación, nuestra espiritualidad.
No podemos caer en una especie de gnosticismo. Escuchemos al santo Padre Francisco: “La familiaridad con Jesús debe ser comunitaria: con la Iglesia, con los sacramentos y con el pueblo. Una familiaridad sin comunidad, una familiaridad sin el pan, una familiaridad sin la Iglesia, sin el pueblo, sin los sacramentos, es peligrosa. Puede convertirse en una familiaridad gnóstica. Una familiaridad desvinculada del pueblo de Dios. La familiaridad de los apóstoles con el Señor siempre era comunitaria, siempre era ‘en la mesa’, signo de la comunidad, siempre era con el sacramento, con el pan” (abril 17, 2020).
El COVID 19, nos hizo caer en la cuenta de que somos seres humanos frágiles y que nos necesitamos los unos a los otros. Somos seres con espíritu y vocación de comunión. No podemos vivir encerrados, nuestra vida tiene sentido cuando nos encontramos con el Otro (ser superior), con los otros, con el cosmos. Somos hechos para estar en sociedad. Desde nuestra antropología cristiana y nuestra espiritualidad inspirada en el evangelio, es tiempo de entender que hoy es la oportunidad de comprender que nuestro compromiso por construir una sociedad más fraternal es impostergable. Es necesario recordar el siguiente principio: “No hay actos individuales que no tenga consecuencias sociales”. No somos islas. Necesitamos encontrarnos, tocarnos, besarnos… Necesitamos sentir que nuestro cuerpo está vivo y que éste es vía de comunión y vinculo de unidad como humanos. El cuerpo no es malo, es una bendición. Nuestro cuerpo habla. A través del cuerpo manifestamos lo que hay al interior de nuestro espíritu. Ciertamente el Covid 19 nos está limitando el poder expresar con toda nuestra fuerza corporal nuestros sentimientos y deseos. La invitación es a que seamos creativos, propositivos y proactivos, no nos dejemos limitar de la situación, seamos responsables, pero también reinventémonos. Toda crisis es la gran oportunidad de ir más allá de lo acostumbradamente normal.
La espiritualidad de comunión nos hace comprender que hacemos parte de una familia, la cual comparte una casa común, la que debemos cuidar y por la cual debemos preocuparnos, porque si la destruimos, todos finalmente nos quedaremos sin donde habitar. Nuestra espiritualidad nos enseña que todo esta íntimamente interconectado, el mundo es un macrocosmos, que lo componen pequeños microcosmos, todos con igual grandeza e importancia, porque todos aportamos al equilibrio necesario para preservar la vida en el planeta.
Si queremos volver a la “normalidad de antes”, ¿cuál normalidad?... O si queremos derrotar el coronavirus y, sobre todo, para derrotar la pandemia del individualismo, del egoísmo, de la corrupción, de la envidia y los celos; desde nuestra espiritualidad propongo lo siguiente: Pensemos en la muerte, no vivamos sólo para este mundo, vivamos con sentido de eternidad; por lo tanto, luchemos por derrotar el miedo a la muerte. La muerte ha sido una realidad que hemos convertido en un mito, en un tema vedado lingüísticamente. La muerte la hemos visto desde la barrera y como una intromisión con la cual no queremos contar en nuestro diario vivir, la hemos pretendido vivir a escondidas… La verdad es que sobre la muerte nos cuesta hablar, se ha convertido en un tema del cual no sabemos qué decir, ni qué pensar y esto se ha convertido en una falta enorme. La muerte es real y el coronavirus nos lo recordó.
La pandemia nos ha puesto en presente la muerte, una realidad que aún desde nuestra espiritualidad cristiana se nos había olvidado meditar, orar, predicar y recordar. El mundo ha querido ocultarnos el misterio de la muerte, ha pretendido negarla y por eso, trata de maquillar lo mejor posible nuestros cadáveres. Pero el coronavirus, ni esto nos ha permitido. Hemos enterrado a nuestros difuntos sin ningún maquillaje, estrictamente forrados y sin saber siquiera si realmente ese es nuestro familiar o será otro cadáver y sin una posibilidad de elaborar el duelo. Algunos cadáveres han sido llevados al horno crematorio o a su tumba, sin una pequeña oración. La pandemia nos ha recordado que somos seres para la muerte.
Desde la espiritualidad cristiana es el momento más oportuno, para volver a presentar la muerte como la gran realidad por la cual debemos atravesar, para poder contemplar a Dios cara a cara. Dice San Agustín: “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón vive inquieto hasta que descansa en ti”. La muerte para el cristiano no es el final, lo rezamos en la Santa Misa de funeral: “Nuestra vida no termina, se transforma”. Hoy debemos hablar del misterio de la muerte como un hecho real que nos pone de cara a la eternidad y, por lo tanto, el final de nuestra existencia es tan real como la vida misma. La muerte no nos viene de fuera, la llevamos dentro, cuando nacemos ya somos lo suficientemente viejos para morir. La muerte nos ayuda a comprender la grandeza y el sentido de la vida; sin muerte la vida no tendría sentido. Los jóvenes son los más contagiados por el virus, aunque los que más mueren son las personas mayores, esto debe decirnos algo.
De morir tenemos, el día, la hora, cómo y cuando no lo sabemos. Si no morimos de coronavirus, nos moriremos de otra cosa. Enfrentemos la muerte con esperanza y fe. Muchas veces hemos centrado solo nuestra mirada en los súper poderes de la ciencia y la técnica; con el Covid 19, nos dimos cuenta de que aún los científicos están desconcertados. La espiritualidad cristiana nos invita a fortalecer la virtud de la esperanza. Virtud que ha de estar centrada en la importancia de la razón como instrumento para avanzar en una investigación científica que sirva de opción al momento y la situación que vivimos. Pero también es el momento de la esperanza en el buen Dios de la misericordia y en oración, pedirle que manifieste compasión para con esta humanidad agobiada y doliente. Es el momento de la esperanza en la fraternidad humana. Por lo tanto, es un “instante vital”, fundamental, para acrecentar entre nosotros la ministerialidad eclesial.
Como personas de fe y asumiendo una espiritualidad madura, hemos de entender el momento presente como un “Kairos” (tiempo de Dios), tiempo de salvación. No podemos vivir en el sentimiento de la resignación, vivamos así, porque nos toco, no. Debemos asumir el presente con fortaleza y una oportunidad para soñar el futuro de la mano de Dios y como hermanos consolidar aquello que nuestras comunidades ancestrales llaman “El buen vivir”.
Más que ayer y como siempre, la espiritualidad hoy es indispensable. Necesitamos sembrarla en nuestros gobernantes y líderes sociales y comunitarios, en nuestros niños y jóvenes, en nuestros estudiantes, en nuestras familias, en nuestras instituciones, en la Iglesia, en las Iglesias, en todos los espacios y rincones donde vivimos. La espiritualidad no puede ser una simple idea, no es una doctrina, no puede ser un discurso para mostrar nuestra erudición. La espiritualidad es un estilo de vida, es vivir movidos por la imagen y semejanza que Dios ha sembrado en nosotros desde siempre. La espiritualidad es estar siempre impulsados por el Espíritu divino, fuente y cumbre de la espiritualidad cristiana.
La espiritualidad, hecha vida hoy, nos empuja a vivir la virtud de la compasión; la espiritualidad nos empuja a no ser indiferentes frente al sufrimiento de los hermanos. En tiempos de crisis la espiritualidad le da sostén a nuestra vida, no nos permite que sucumbamos en el dolor y el sufrimiento. Ante la realidad del sufrimiento, lo que es paja se quema, lo que es oro se acrisola. La espiritualidad nos ayuda a fortalecer nuestra esperanza, nuestra confianza en Dios y nuestra esperanza en los resultados honestos y rectos de la ciencia.
+ Omar de Jesús Mejía Giraldo
Arzobispo de Florencia
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Por el cuidado del agua
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Jue 10 Sep 2026
Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 8 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mié 2 Sep 2026
Después del terremoto
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Son muchos los sentimientos encontrados cuando en una buena parte de Colombia padecimos las consecuencias del terremoto el pasado 10 de agosto.El departamento del Valle del Cauca en los distintos municipios, se vio gravemente afectado, y en nuestro caso, el Distrito de Cali se ha visto envuelto en una encrucijada de dolor, pero a la vez de esperanza.En Cali lamentamos la muerte de 158 personas y un número grande de heridos. Los damnificados se suman por miles, cuando en cifras todavía preliminares podemos contar las más de 12.000 residencias destruidas, y eso sin sumar plenamente, las casas de cientos de campesinos que en las zonas rurales se vieron afectadas.Numerosas son las familias que debieron desalojar sus hogares, otras que perdieron sus emprendimientos y otras que quedaron prácticamente con solo lo que tenían puesto el día del terremoto. La dimensión humana nos duele profundamente. Los efectos colaterales en los estados emocionales de muchos son graves y requieren especial atención.La Iglesia de Cali, así como de las diócesis de Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira, hemos dado muestras de entrega y acompañamiento espiritual y social sin límites. Cada una de estas jurisdicciones hicimos, hacemos y haremos todo lo que esté al alcance de nuestras manos.Hemos acompañado las comunidades afectadas tanto desde lo espiritual, como también con el complemento psicológico. Desde nuestras instituciones, comenzando por las pastorales sociales diocesanas y los Bancos de alimentos, hemos tratado de llevar un poco de consuelo a las personas más vulnerables.Desde el Banco arquidiocesano de alimentos de Cali, hemos llevado víveres a sectores marginados de la ciudad, pero también a Buenaventura, Palmira, Cartago, Istmina, Pereira, para que los obispos locales los distribuyan en las parroquias más afectadas.La vida sacramental no podía estar ausente, y con la presencia de sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y algunos laicos, se asumió la hermosa tarea de acompañar los lugares de la tragedia a los damnificados. En los casos de los difuntos, y cuando se solicitaba, se pudieron realizar dignas celebraciones exequiales, y ofrecer a los familiares de los fallecidos, el consuelo de la fe.Resalto la iniciativa del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, la iniciativa de venir a nuestro departamento del Valle, y a Pereira, con 80 presbíteros acompañados por el cardenal y los obispos auxiliares. Fue una presencia misionera cargada de fe y sentido eclesial. Agradezco, en nombre de todos los obispos y fieles de toda la arquidiócesis de Cali y de Pereira, tan loable presencia que nos hermana mucho más.Después del terremoto que produjo la tierra con su movimiento tectónico surgió otro terremoto, el de la solidaridad. Cómo no reconocer los esfuerzos de los rescatistas y voluntarios, hombres y mujeres de todas las edades que pusieron lo mejor de cada uno para salvar vidas o rescatar victimas. Cómo no valorar al Estado Colombiano, a los bomberos, a la defensa civil, a los rescatistas de otros países y ciudades de Colombia, al personal de la salud, y a las autoridades de policía y ejército que, sin desfallecer, aun con el corazón roto, de día y de noche trabajaron en las acciones humanitarias. No hubo distinción ni de condición política, ni de credo ni de condición social, Hubo fraternidad y trabajo común con el firme propósito de salvar vidas lo más pronto posible. A las autoridades civiles de la Gobernación y las alcaldías municipales, va también nuestro reconocimiento, pues ellos no solo intervinieron en los momentos propios inmediatos al terremoto, sino que les corresponde la no fácil tarea de la reconstrucción integral de Cali y demás municipios del Valle del cauca.Por último, después del terremoto, en cuanto a la Iglesia se refiere, nos viene la tristeza que se acrisola con la fe en el Señor. Cerca de 100 templos y capillas de todo el Departamento se han visto seriamente afectados, muchos de ellos colapsaron o es necesario demoler. Muchas parroquias han debido ser cerradas como medida cautelar, lo que impide que los fieles tengan un lugar digno para sus celebraciones.En Cali fueron estos los templos y capillas con mayor afectación:1.La catedral San Pedro Apóstol, de la Plaza Caizedo, iglesia madre de Cali, referente histórico de muchos años. Bien patrimonial de interés nacional.2.La capilla de la Merced. Lugar donde hace 490 años nació Cali. Bien patrimonial de interés nacional.3.La parroquia central San José, de La Cumbre, con colapso total.4.La parroquia Principal y la capilla de Dagua5.La parroquia San Isidro Labrador, Km. 306.La parroquia El Sagrado Corazón, en Bitaco.7.La parroquia de Nuestro Señor del Buen Consuelo, Yumbo.8.La parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Colseguros.9.La parroquia San Ignacio de Loyola, Terrón Colorado.10.La casa de velación In memoriam, junto a la parroquia de San Fernando Rey.11.La Capilla de Jesús Nazareno, en el barrio Alameda.12.La parroquia Santa Teresa de Jesús, en Pampalinda, afectación total de techo.13.La parroquia el Santísimo Sacramento, el Templete.14.La capilla de La Milagrosa, en la avenida Roosevelt.Y otras 41 parroquias y capillas que sufrieron afectaciones de diverso nivel.Después del terremoto viene la esperanza, viene la recuperación integral de las comunidades, viene la reconstrucción o restauración de nuestros templos y capillas. Confío en que, con la ayuda de todos, vamos a lograr esta meta.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali
Mar 25 Ago 2026
Hacemos historia de salvación desde la parroquia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta