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Pandemia y espiritualidad II
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Por: Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo - ¿Han entendido ustedes todas estas cosas? (Mt 13, 51-52). Jesús el Señor, después de enseñar la realidad sobre el Reino de los cielos, a través de siete parábolas (Mt 3,1-50), les pregunta a sus discípulos y a todas aquellas personas que le escuchaban: ¿Han entendido ustedes todas estas cosas? A renglón seguido dice la Palabra que ellos respondieron: “Sí”. Jesús, entonces hace un elogio al respecto con las siguientes palabras: “Está bien: cuando un maestro ha sido instruido sobre el Reino de los Cielos, se parece a un padre de familia que siempre saca de sus armarios cosas nuevas y viejas” (Mt 13, 52).
Dice San Agustín: “Todos poseemos una docta ignorancia”. Es decir, somos doctos en algunas ciencias e ignorantes en otras. En el lenguaje popular decimos: “Zapatero a tus zapatos”. En el castellano la palabra entender se define así: “Percibir y tener una idea clara de lo que se dice, se hace o sucede o descubrir el sentido profundo de algo”. Las tres potencias o facultades del ser humano son: Memoria, entendimiento y voluntad. Nos dice la Palabra que, a la pregunta de Jesús: ¿Han entendido ustedes todas estas cosas? Alguna parte del grupo que lo escuchaba, entre ellos algunos maestros de la ley dijeron: Sí. La misión del maestro, del buen maestro, del excelente pedagogo es precisamente, lograr que sus discípulos entiendan lo que él quiere transmitir, hacer que sus alumnos entiendan la importancia del asunto que se les quiere enseñar.
¿Han entendido ustedes todas estas cosas? Sí. Desde luego, que, en el aprendizaje, el cien por ciento no lo hace el maestro, también es sumamente importante la competencia del discípulo y sobre todo el interés por lo que se le quiere transmitir. Un alumno sin motivación, sin deseos y sin la necesidad de aprender, no asume el conocimiento, por más buen pedagogo que sea su maestro. Cuando el discípulo le responde a su maestro que sí entendió, el maestro, puede darse por bien servido. ¡Cómo es de agradable el encuentro de un maestro con su alumno agradecido y valorando lo que aprendió a través de él! Cuando se da ese complemento: enseñanza – aprendizaje, ambos: maestro y alumno, deben sentir una bella satisfacción. El maestro puede exclamar: “Somos simples servidores, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Cf Lc 17,10), y el alumno puede decir: Gracias buen maestro, gracias.
Desde la espiritualidad cristiana mis queridos sacerdotes, religiosos (as), fieles laicos, padres de familia, hermanos todos, hombres y mujeres de buena voluntad…, nuestra gran tarea es entender la importancia del Reino de los cielos. Reino de justicia y paz, de amor y libertad, de unidad y fraternidad. Jesús nos dice en la Palabra: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Renuncien a su mal camino y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,15). El Reino de Dios está cerca. El Reino es Jesús, nuestro Señor, el Dios encarnado. El Reino es el hermano que está a mi lado y que es imagen y semejanza de Dios. El Reino de Dios está cerca, lo podemos tocar y sentir. El Reino de Dios está dentro de nosotros, renunciemos al mal camino de la indiferencia, del pecado, de la corrupción, de la injusticia y convirtámonos.
Hermanos, en este tiempo de pandemia y siempre, por favor, que no se nos olvide, todos los días, hacer nuestro “examen de conciencia”. Este bonito ejercicio lo enseñó con vehemencia San Ignacio de Loyola y seguramente, la mayoría de nosotros, lo aprendimos de nuestras madres, quienes, a su vez, fueron nuestras primeras maestras. Aprovechemos este aprendizaje que hace parte de nuestra espiritualidad cristiana, para que no seamos indiferentes frente a la situación que estamos viviendo: Crisis mundial, nacional y regional por el COVID 19. Permítanme que juntos, a manera de examen de conciencia, nos posibilitemos algunas preguntas: Desde que comenzó la noticia del COVID 19: ¿Cómo ha sido mi actitud, mi respuesta, mi responsabilidad? ¿Qué pienso de este “instante vital” que estamos viviendo? ¿Entiendo lo que está pasando? ¿Me doy cuenta de las transformaciones mundiales que se están generando a partir de la crisis que estamos viviendo? ¿He entendido lo que está pasando? ¿Estoy aprendiendo algo nuevo? ¿Estoy dispuesto a sacar del armario de mi memoria y mi entendimiento cosas nuevas y antiguas? ¿Con toda la conciencia de mi entendimiento, estoy siendo responsable, es decir, cuido mi vida y la vida de mis hermanos? ¿Soy respetuoso de los protocolos necesarios para preservar mi salud y la salud de mis amigos, compañeros y familiares?
En estos días le he escuchado decir a muchas personas: “Es el momento para amar la vida”. Toda crisis bien asumida, con fe y esperanza es beneficiosa, es pedagógica, es retadora, es desafiante. Toda crisis nos hace salir de nuestras comodidades nos hace comprender que la realidad del mundo es mucho más de lo que nos acostumbramos a vivir. Toda crisis nos hace entender que el ser humano no solo es carne, materialidad, el ser humano es también espíritu, fraternidad, solidaridad. El ser humano no es solamente sentidos externos, es también sentidos internos. Toda crisis pone de manifiesto nuestra fragilidad, pero, a su vez nos hace pensar con sentido de eternidad y trascendencia. Toda crisis nos pone de cara a un ser superior, de cara a Dios. Escuchemos la Palabra: “Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: ¡Animo, soy yo, no tengan miedo!” (Cf Mt 14,22-33).
“Es el momento para amar la vida”. Es el momento para valorar la vida, es el momento para ver la vida incluso de cara a la enfermedad, el sufrimiento y la misma muerte. Nadie quiere sufrir, todos por intuición natural le huimos a la enfermedad, a la cruz y a la muerte. Pero todos como los discípulos de Jesús, estamos invitados a ir en la barca de la fe y la esperanza. Este es un tiempo oportuno para contemplar a Jesús, aunque en un principio, lo veamos como un fantasma. Es el momento también de la confianza y con Pedro decir: “Señor, si eres Tú, mándanos ir a Ti”. Estemos seguros de que el Señor nos acoge y nos dice: En este tiempo de incertidumbre, si tienen fe, serán capaces de caminar sobre mil peligros y no les pasará nada, porque yo los llevo en mis brazos.
Frente a la crisis actual, no podemos ser indiferentes. ¿Hemos entendido esto? ¿Queridas familias han vuelto a entender la importancia y la grandeza de la familia? Démonos cuenta, cuando uno sufre sólo quedan dos alternativas: “Dios y familia”. Dice la Palabra: “A quién vamos a ir sólo tu tienes palabras de vida eterna”; y, ¿Con quién hemos contado, después de Dios, realmente en estos días de pandemia? Sin duda que con la familia. Esa familia, que por tantos medios sigue amenazada. Aprendamos al menos, que es tiempo de volver a valorar la familia, como célula fundamental de la sociedad. Queridos padres de familia, formen a sus hijos, no sólo para responder a las necesidades del mundo. No sólo necesitamos profesionales, necesitamos profesionales éticos y con grandes valores humanos y de fe, valores que se aprenden fundamentalmente en la familia. Estimadas familias, fórmense no sólo en valores humanos, sino también, en valores trascendentes y trascendentales, valores que los prepare para saber dar respuestas sabias a interrogantes con sentido de eternidad; para responder no sólo a interrogantes en tiempos de felicidad y placer, sino también, en tiempos de crisis.
Queridos maestros, instituciones educativas, la misión de ustedes es formar “buenos cristianos y honestos ciudadanos” (San Juan Bosco). Educadores, junto con la familia, son ustedes la gran alternativa de cambio. Sin educación no hay futuro. Sin un camino certero, perdemos el sendero. “Quien no sabe para donde va, llega a cualquier lugar”. No se nos olvide que nuestra meta es el cielo. Nuestra patria es el cielo y allí vamos de la mano del gran Maestro de Nazareth. Confiemos en el poder de la gracia, es esta la que nos debe conducir y la que nos da los criterios de fe para juzgar con esperanza el momento presente.
Queridos dirigentes…, apuéstenle – apostémosle – a educar para formar el entendimiento. Superemos ya el camino del sólo sentimiento, de las emociones y las pasiones. Recordemos lo que con frecuencia nos dice el Papa Francisco: “Todo está interconectado”, también nuestro ser. Somos una integridad, somos unidad. Recordemos que somos seres racionales; crezcamos en potenciar nuestro entendimiento. El entendimiento y/o la razón es la bella facultad que Dios nos ha dado para que fuéramos los “señores” del mundo. Es decir, para que administráramos el mundo para el bien y no para la destrucción.
Entender, hermanos, entender. Entendamos que el momento que vivimos es desafiante y retador. A problemas humanos y éticos, no estemos esperando sólo soluciones técnicas. Ejemplo: frente al COVID, no bastan sólo los ventiladores (gracias a quienes han gestionado estos aparatos para el Caquetá). Pero ¡y qué sentido tienen muchos ventiladores, si no entendemos la necesidad de cuidarnos, para cuidar a nuestros hermanos! Bienvenida toda la ayuda científica y tecnológica. Gracias, muchas gracias, personal de la salud y administradores, gracias por buscar el bien común, gracias por cuidar la salud de sus semejantes. Pero por favor, hermanos, amemos la vida, cuidemos la vida, responsabilidad frente a la vida. Unidos y de la mano de Dios venceremos. ¡Adelante, paso de vencedores! Cuidemos nuestra salud, es un gran tesoro al que lamentablemente, por lo general, valoramos, sólo cuando la perdemos.
Por favor, hermanos, no hagamos de este momento tan crucial de la historia algo intrascendente… De cara a la realidad que vivimos es tiempo para agradecer a Dios el don de la vida, para valorar la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte. Es tiempo para estar en familia y amar nuestra relación familiar. Es tiempo para manifestar nuestro afecto y cercanía con los amigos. Es tiempo para escuchar la voz de Dios que nos invita a la conversión. Hagamos de este momento histórico un acto salvífico, un pasar de Dios por nuestra historia, un momento oportuno para la fraternidad y la caridad. Así como se ha globalizado el virus, globalicemos también el Reino de los cielos. Entendamos que sólo en Jesús nuestro Señor encontraremos consuelo. Escuchemos siempre a Jesús el Señor que nos dice: ¡Animo, soy yo, no tengan miedo!”. Ánimo, yo voy con ustedes, no tengan miedo. ¡Qué la Virgen Santísima, nos acompañe durante este tiempo de pandemia embravecida que nos quiere destruir!
+ Omar de Jesús Mejía Giraldo
Arzobispo de Florencia
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Amor sin alianza: el silencio que apaga la Iglesia doméstica
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Defendiendo la vida desde la familia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo del Proceso Evangelizador en la Diócesis de Cúcuta con el lema: vayan y hagan discípulos defendiendo la vida, celebrando 70 años de vida diocesana, transmitiendo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que es Evangelio de la vida. El primer espacio y ambiente para proteger, defender y custodiar la vida es la familia; con la certeza que Jesucristo nuestra esperanza, ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hogares la custodia. Sabiendo que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31).Frente a todas las dificultades por las que pasa la familia en el momento actual, la llamada que nos hace Dios en su Palabra es a edificar la vida del hogar sobre Jesucristo, roca firme que sostiene el hogar; para recibir de Él la fuerza de afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios de custodiar y defender la vida humana. Al respecto Aparecida nos dice: “el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos” (DA 464). Esta fuerza se encuentra únicamente en Dios que regala su gracia y bendición a cada familia para cumplir con su misión.Esta enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia nos ayuda a ratificar la doctrina sobre la familia y la defensa de la vida, para responder a las ideologías que presentan el aborto, la eutanasia y demás atentados contra la vida y la dignidad de la persona humana, como norma de comportamiento. Frente a esto, tenemos que fortalecer la familia que protege la vida como regalo gratuito de Dios. En ese sentido, Aparecida afirma: “la familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de dos por una sociedad mejor” (DA 433); esto nos permite construir persona y sociedad desde los valores del Evangelio de Jesucristo.La familia que edifica su vida sobre la roca firme de Jesucristo recibirá la fuerza diaria para cumplir su misión y se convierte en luz que ilumina el camino de otras familias, que se ven desanimadas en continuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar y los desafíos que tiene que afrontar del mundo actual que quiere desestabilizar las familias.Para afrontar los retos diarios, sabemos que no estamos solos, Jesucristo va con nosotros en la barca de nuestra vida y además tenemos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, que nos enseña a estar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Jesús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL 317); con el auxilio de la gracia de Dios que se nos ofrece en los sacramen¬tos, sobre todo en la Confesión y la Eucaristía, que fortalecen y alimentan la vida familiar.Con la certeza que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, continuamos en el Proceso Evangelizador que hemos venido realizando durante todos estos años de historia diocesana, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza, porque “Dios ama nuestras familias, a pesar de tantas heridas y divisiones. La presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119); con la garantía que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los vínculos de comunión familiar.Las familias tienen la compañía de la Iglesia en cada una de las parroquias, desde donde se ora por las necesidades familiares, por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pidiendo la gracia de la caridad y del amor conyugal, dando gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, nos alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él, para que construyamos familias perdonadas, reconciliadas y en paz.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 14 Jul 2026
La Eucaristía: centro de la vida eclesial
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Caminamos juntos en la celebración de los 70 años de nuestra Diócesis de Cúcuta, sostenidos por la gracia de Dios y fortalecidos por la Eucaristía; el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha alimentado en esta historia de fe, esperanza y caridad y nos ha ayudado a construir esta Iglesia Particular, porque “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ecclesia de Eucharistia 1).La Iglesia vive de la Eucaristía, recibe del sacramento de nuestra fe la gracia para ser comunidad de creyentes que tiene su meta en la vida eterna. Por eso, también la Eucaristía nos abre el camino a la eternidad: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54); de tal manera, que la Eucaristía tiene que ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afirmó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis 5), camino evangelizador que estamos recorriendo en nuestra diócesis en salida misionera.Somos conscientes que hoy estamos recogiendo los frutos de la siembra del Evangelio en estos años de historia. Pero tenemos que reconocer que en esa siembra nunca ha faltado la Eucaristía, como el milagro más grande del mundo; por eso, no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eucaristía es escuela de caridad, de perdón y reconciliación. Es indispensable en los momentos actuales, cuando la humanidad está desgarrada por odios, violencias, resentimientos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las familias y de la sociedad, que se percibe desmoronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada persona que deja entrar toda clase de males. Nuestra ciudad y nuestra región padece muchas divisiones que producen violencia. Frente a este mal que nos agobia, la historia diocesana da razón que la Eucaristía crea la comunidad, la construye día a día y la sostiene por siempre en comunión, “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia 40).Frente a tantas incertidumbres y dificultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el establecimiento del bien y la comunión entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana. Ella, necesariamente tendrá que brotar de la Eucaristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social. Pero también, sana la desesperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida humana es pisoteada, destruida y el ser humano es manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigarse en la sociedad. Somos curados de la división y del mal, con la Eucaristía, sacramento de la fe y de la comunión, que es forma superior de oración que ilumina la historia personal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada combate humano, cristiano y espiritual.Esta realidad que vivimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la Iglesia y concretamente en la diócesis; como nos dice el Concilio “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11). Realidad que ha profundizado San Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” añadiendo además que “esta verdad encierra el núcleo de misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”(Ecclesia de Eucharistia 1).Agradecidos con Dios por los 70 años de vida diocesana, reconozcamos el don de la Eucaristía que nos permite seguir caminando juntos, cumpliendo con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos” fortaleciendo la comunidad eclesial, de la cual la Eucaristía es el centro que nos ayuda a vivir en comunión, participación y misión. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para reconocerlo en la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de nuestra fe, que nos relaciona íntimamente con la Iglesia y con cada creyente que comulga el día del Señor en gracia de Dios.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Vie 3 Jul 2026
El sacramento del matrimonio, una buena noticia
Por Mons. Héctor Cubillos Peña - Hoy, en diferentes contextos, el matrimonio está considerado como una institución llamada a desaparecer. Se piensa como una realidad que va contra la dignidad de la persona humana y su autorrealización, en él la mujer recibe toda clase de ataques que anulan su identidad y la mantiene en una dependencia esclavizante.Esta situación entra en conflicto con el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia manifestado en Jesucristo que la Iglesia, fiel a su misión, defiende y promueve como institución humana y como realidad de salvación. El matrimonio no es una propuesta engañosa ni obsoleta; no es una ilusión ni algo que va en contra de la dignidad de la persona y sus derechos. Se trata de una realidad posible que realiza el amor y la felicidad que contribuye positivamente al bien de la sociedad. Pero el matrimonio, además, ha sido elevado a la categoría de sacramento.En la vida de la Iglesia hay siete sacramentos instituidos por Dios, que son los canales por los cuales llega a los hombres el amor y la acción salvadora de Dios. No son invención de sus ministros y no pueden ser suprimidos ni alterados en su esencia. Todo lo que Dios quiere entregar a la humanidad para su bien y su realización lo comunica por los sacramentos. Los sacramentos salvan, transforman, cambian, embellecen, fortalecen y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y del poder divinos. Nuestro Dios es un Dios no que destruye, sino que salva y perfecciona.La vida de Dios, que es verdadera e invisible, llega a los hombres a través de realidades visibles de este mundo. El agua del bautismo, al derramarla sobre la cabeza del niño con las palabras del sacerdote hacen real la acción de Dios que verdaderamente purifica, da la vida divina y convierte en hijo de Dios al que la recibe.El matrimonio es uno de esos sacramentos, es decir, por el amor libre y consciente de una pareja que decide llevar una vida de unidad, de ayuda mutua de pareja para siempre y en exclusiva para buscar alcanzar el bien y la felicidad contribuyendo a la transmisión y cultivo de la vida de sus hijos, el matrimonio queda establecido como un reflejo del amor de Jesús y a la manera del amor de Jesús.Sin embargo, todos los seres humanos tenemos en nuestro interior una fuerza que quiere obstaculizar y destruir no solo el mismo amor humano, sino también que la vida de pareja no refleje el amor de Dios. El corazón humano es frágil y débil. De ahí la realidad cotidiana de matrimonios destruidos, separados, heridos como de hecho se han presentado siempre.El matrimonio es uno de esos sacramentos; es decir, el amor entre un hombre y una mujer por la acción de Dios, está llamado a ser una imagen, un reflejo del amor de Jesús por los suyos. Todo en la vida de unos esposos ha de ser una realidad que muestre ese amor de Dios. Y, de otra parte, es una gracia que hace posible esa realidad. Al ser una gracia viene a fortalecer la vida matrimonial de amor exclusivo y permanente para que no vaya a fracasar ni a destruirse. El sacramento salva el amor conyugal.Lo anterior es así, porque aparece en la Palabra de Dios, el Creador al llamar a la existencia a la primera pareja y luego Jesús afirmaron: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1, 27; Marcos 10, 6-7). Toda la vida de una pareja; sus relaciones y su convivencia han de mostrar esa semejanza con Dios y su amor. San Pablo al referirse al matrimonio dice que este está referido al amor de Jesús, el esposo con su esposa que es la Iglesia (Cfr. Efesios 5,32). Toda la enseñanza de Jesús y sus relaciones con las gentes son el camino de la felicidad y la santidad. Ese amor es el que debe habitar en el corazón, la mente, las palabras, los deseos, la sexualidad, el cariño, la unidad y la comunión. Dice la escritura: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne” (Mateo 19, 5). Dos personas, dos existencias, dos proyectos de vida que están llamados a ser uno en esta vida, por cuanto en el cielo ya no habrá matrimonio, sino que todos estarán integrados en el amor perfecto de Dios.Sin embargo, el amor de los esposos no se encuentra encerrado en ellos mismos, ha de estar abierto a la vida familiar; la familia ha sido llamada “Iglesia doméstica”, es decir, una comunidad de padres e hijos en donde se ha de vivir en la presencia y compañía de Dios y en donde sus miembros han de reproducir el amor de Jesús por los discípulos. La familia es el santuario del amor y de la vida por cuanto el amor se prolonga en la comunicación de la vida a los hijos. La gracia y ayuda de Dios que comunica el sacramento del matrimonio permanece en la familia que ha de brillar por el amor que hacen visible para los demás y que es eficaz en todos los momentos de alegría y sufrimiento. La gracia del sacramento hace posible el diálogo, el perdón, la tolerancia y la ayuda entre todos.Pero, esa gracia de Dios no llega al matrimonio ni a la familia de manera automática ni mágica; es necesaria la apertura y la acogida de cada uno. Esto será posible en la medida en que en pareja y en familia se haga oración, se escuche la Palabra de Dios, se reciba el perdón de los pecados y se acuda al alimento de la Eucaristía. Es así, como se recibe la acción poderosa y de amor de Dios. Unos esposos en y con su familia se convierten en pruebas y testimonios palpables de que sí es posible y es camino de felicidad el matrimonio sacramental, que es en verdad una Buena Noticia.+Héctor Cubillos PeñaObispo de la Diócesis de ZipaquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mié 1 Jul 2026
Llamados a ser santos y a participar en el ministerio de Cristo
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Con ocasión de la jornada para la santificación sacerdotal, el papa León XIV escribió, en el marco de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, un profundo mensaje en el cual reitera el llamado a los ministros ordenados a ser santos. Dice así, entre otras cosas:“Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jer. 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu.Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús”.En muchas jurisdicciones eclesiásticas, en los meses de junio y julio se llevan a cabo los retiros espirituales para los ministros ordenados, presbíteros y diáconos. En Cali se realizan cuatro tandas, tres para los presbíteros y una para los diáconos permanentes.Es por esto que he considerado muy pertinente proponer esta reflexión, pues el llamado que nos hace el Papa es siempre actual, y diríamos, urgente. La humanidad que reviste a los ministros ordenados a veces los lleva a perder el norte de su ser y de su misión. Ya lo anotaba el Papa que “somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas”.Este tomar conciencia de la realidad que envuelve a los sacerdotes y diáconos, es un punto de partida para seguir consolidando lo que desde el seminario se nos decía: la importancia del autocuidado. Aquí es necesario que los presbíteros y diáconos tengan las herramientas espirituales y humanas para saber hacer frente a las dificultades y desafíos que vayan encontrando. Anoto algunas: la dirección espiritual, la oración personal y comunitaria, la vida fraterna, la frecuente celebración del sacramento de la reconciliación, la vivencia plena y confiada del sacramento de la eucaristía, una afable y confiada relación con la Virgen María, sanas amistades, descanso, ejercicio físico y vida familiar sincera.El Papa Francisco nos hablaba de unas cercanías como medios para proteger a los sacerdotes y ayudarles a crecer en su vida de santidad: cercanía a Dios, al obispo, a los hermanos sacramentales y al pueblo santo de Dios.Simplemente invito a quienes van a participar en los retiros espirituales 2026, a vivirlos con entusiasmo y a ver en ellos ese kairós, ese tiempo de gracia para fortalecer lo que está bien en el ministerio, a revisar y mejorar lo está débil, y a dar el paso a una auténtica conversión si se está desviando el camino. Para ello: no tengan miedo a reconocerse limitados y necesitados de la ayuda del Señor que actúa a través del obispo.A los fieles en general dirijo también un llamado: oren por sus sacerdotes y servidores en la Iglesia. Ellos los necesitan hoy más que nunca, con su comprensión, su exigencia y mano extendida. Valoren la entrega de sus sacerdotes a sus comunidades, en la mayoría de los casos sacrificada. En el silencio ellos llevan sobre sus hombros sus penas y dolores. Necesitan, pues, el aliento de sus fieles más que las críticas destructivas a veces infundadas.En estos días en que muchos de los párrocos estarán ausentes de sus parroquias para hacer los retiros, únanse en oración ante el Sagrario y téngalos muy presentes. En los retiros ellos llevan también sus plegarias al altar.De nuevo retomo el llamado final del Papa León en su mensaje para la santificación sacerdotal:“Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo”.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali