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Antecedentes de la Carta Apostólica Desiderio Desideravi
Tags: carta apostólica desiderio desideravi motu propio traditionies custodes ecclesia dei smmorm pontificm Iglesia
El 29 de junio del año 2022 el papa Francisco regaló a la Iglesia un texto dedicado a la liturgia. Se trata de la Carta Apostólica Desiderio Desideravi[1], sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, que desarrolla los resultados de la plenaria de febrero de 2019 del Dicasterio del Culto Divino y sigue al motu proprio Traditionis Custodes, reafirmando la importancia de la comunión eclesial en torno al rito surgido de la reforma litúrgica postconciliar.
La Carta Apostólica es el punto de llegada de un proceso que tuvo sus orígenes en la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, a raíz del desacato del arzobispo de Dakar (Senegal), Monseñor Marcel Lefebvre (+ 1991) de los acuerdos aprobados por los padres conciliares y férreo defensor de la vieja ortodoxia, idea que lo impulsó a fundar, en 1968, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Suspendido a divinis en 1976 por el Vaticano, Monseñor Lefevre, continuó ordenando sacerdotes y obispos partidarios de su ideario, por lo que fue excomulgado definitivamente en 1988, por el papa Juan Pablo II.
1. Quattuor Abhinc Annus
Juan Pablo II, deseando ayudar a este grupo y demás partidarios del rito de la misa anterior a la reforma, concedió el indulto Quattuor Abhinc Annus[2], en forma de instrucción publicada por la Congregación del Culto Divino, el 3 de octubre de 1984. La instrucción llega cuatro años después de una consulta de la Santa Sede a los obispos “sobre el modo en el cual los presbíteros y los fieles en sus diócesis, adoptaron el Misal promulgado por el papa Pablo VI; las dificultades sobrevinientes a la aplicación de la reforma litúrgica, y las resistencias que hubiere que superar”[3] . Para hacer uso de este indulto, se debía guardar las siguientes condiciones: “debe constar sin ambigüedades que tales sacerdotes y fieles no tienen parte con los que dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por el Romano Pontífice Pablo VI en 1970”; “esa celebración sólo será útil para los grupos que la pidieron; en las iglesias y oratorios que el Obispo diocesano señalare (no así en templos parroquiales, a no ser que el Obispo lo conceda para casos extraordinarios)”; “en los días y condiciones que el mismo Obispo estableciera por costumbre o por una eventualidad, deberán celebrar siguiendo el Misal del año 1962 y en latín; no deberán mezclar los ritos y los textos de ambos Misales”; “cada Obispo reportará a esta Congregación sobre las concesiones que otorgue, y al culminarse el año de la concesión del presente indulto, dará cuenta de los resultados obtenidos con su aplicación”[4].
2. Carta Apostólica Ecclesia Dei
Más adelante, el Pontífice, como signo de la solicitud del Padre común para con todos sus hijos, expidió la Carta Apostólica Ecclesia Dei[5], dada en forma de motu proprio, el 2 de julio de 1988, y constituyó la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, “con la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas”[6]. En su escrito, además, el Papa, exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad en favor de los fieles que lo solicitasen.
3. Carta Apostólica Summorum Pontificum y Carta Con grande fiducia
En la misma línea de solicitud pastoral, el papa Benedicto XVI, el 7 de julio de 2007, publicó la Carta Apostólica Summorum Pontificum[7], dada en forma de motu proprio, y amplió y actualizó la indicación general del motu proprio Ecclesia Dei, sobre la posibilidad de utilizar el Missale Romanum de 1962, con normas más precisas y detalladas. En dicha carta, el Papa, estableció la distinción entre dos formas del mismo rito romano: una forma llamada “ordinaria”, que se refiere a los textos litúrgicos del Misal Romano revisados siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, y una forma denominada “extraordinaria”, que corresponde a la liturgia que regía antes del aggiornamento litúrgico. En la carta a los obispos que acompaña al motu proprio[8], Benedicto XVI precisaba muy bien que su decisión de hacer coexistir los dos misales no tenía solamente por objeto satisfacer el deseo de ciertos grupos de fieles adherentes a las formas litúrgicas anteriores al Concilio Vaticano II, sino también permitir el mutuo enriquecimiento de las dos formas del mismo rito romano, es decir, no sólo hacer posible su coexistencia pacífica sino también posibilitar su perfeccionamiento, subrayando los mejores elementos que los caracterizan. A propósito de esto escribía que “las dos formas de uso del rito romano pueden enriquecerse recíprocamente: se podrá y se deberá incluir en el antiguo misal a los nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios [... ]. En la celebración de la Misa según el misal de Pablo VI se podrá manifestar, de un modo más enérgico que lo que se ha hecho hasta el presente, esa sacralidad que atrae a numerosas personas hacia la forma antigua del rito romano”[9]. Por tanto, las condiciones para el uso del misal de 1962 establecidas en los documentos anteriores Quattuor abhinc annis y Ecclesia Dei, fueron sustituidas por las siguientes:
En las misas celebradas sin pueblo, “todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso (idóneo y sin impedimento jurídico), puede utilizar tanto el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 como el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro…, no necesita permiso alguno” (art. 2); “las comunidades de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, tanto de derecho pontificio como diocesano; los fieles que lo pidan voluntariamente”; puede tener lugar en día ferial; los domingos y las festividades” (art. 3); “el párroco,, puede conceder la licencia para usar el ritual precedente en la administración de los sacramentos del Bautismo, del Matrimonio, de la Penitencia y de la Unción de Enfermos, si lo requiere el bien de las almas” (art. 5, 3; 9, 1 ); “a los ordinarios se concede la facultad de celebrar el sacramento de la Confirmación usando el precedente Pontifical Romano” (art. 9, 2); “el ordinario del lugar, si lo considera oportuno, puede erigir una parroquia personal según la norma del canon 518 para las celebraciones con la forma antigua del rito romano” (art. 10)[10].
4. Carta Apostólica Ecclesiae unitatem
En este camino de acercamiento de la Santa Sede a la Fraternidad San Pío X, el Pontífice, publicó la Carta Apostólica en forma de motu proprio Ecclesiae unitatem[11], el 2 de julio de 2009, en la que reformó la estructura de la Comisión Ecclesia Dei, uniéndola de manera estrecha a la Congregación para la doctrina de la fe y retiró “la pena de excomunión a los cuatro obispos ordenados sin mandato pontificio por el arzobispo Lefebvre en 1988: Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta”[12]. Con esa decisión, el Pontífice, “quiso suprimir un impedimento que podía impedir la apertura de una puerta al diálogo e invitar así a los obispos y a la Fraternidad San Pío X a volver al camino de la comunión plena con la Iglesia”[13].
La renuncia del papa Benedicto XVI, el 28 de febrero de 2013, y los vientos de reforma del nuevo pontífice, el papa Francisco, suscitaron resistencia en algunos sectores de la Iglesia. En Colombia, el rostro visible de ésta resistencia fue el catedrático José Galat Noumer (+2019), presidente de la Universidad “La Gran Colombia”, quien cuestionó la legitimidad del papa Francisco en varias ocasiones por su canal de televisión Teleamiga, por lo que la Conferencia Episcopal consideró que Teleamiga no podría ser considerado un canal católico y pidió a sacerdotes, religiosos y laicos a retirar el apoyo a ese canal, el 25 de julio del año 2017[14].
5 Carta apostólica sobre la Comisión Pontificia Ecclesia Dei
Con la misma intencionalidad pastoral y de comunión eclesial de sus predecesores, el Papa Francisco, suprimió la Comisión pontificia Ecclesia Dei, el 19 de enero de 2019, y pasó sus tareas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, considerando que en la actualidad han cambiado las condiciones que llevaron al santo Pontífice Juan Pablo II al establecimiento de dicha Comisión[15]. Luego, a los dos años siguientes, y después de una consulta amplia al episcopado, el Pontífice, promulgó la Carta Apostólica Traditionis Custodes, sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970, el 16 de julio de 2021[16], y cerró el camino a la “forma extraordinaria” de la misa. Los resultados lamentaron que una cosa hecha para ayudar pastoralmente a quienes habían vivido una experiencia anterior, se fuera transformando en ideología. Es entonces, cuando el Papa, reconoce la necesidad de normas claras para quienes no habían vivido esa experiencia y buscan los ritos tridentinos por moda, por mero gusto, sin saber latín y por tanto sin saber lo que están orando[17]. Sin embargo, el Papa, no prohibió la celebración de la Misa tridentina, sino que dispuso que cada obispo la supervise y apruebe.
6. Carta Apostólica Traditionis Custodes
En esa Carta, el Pontífice, estableció que: “los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano” (art. 1); “al obispo diocesano, le corresponde la regulación de las celebraciones litúrgicas en su propia diócesis. Por tanto, es de su exclusiva competencia autorizar el uso del Missale Romanum de 1962 en la diócesis, siguiendo las orientaciones de la Sede Apostólica” (art. 2); “los presbíteros ordenados después de la publicación del presente Motu proprio, que quieran celebrar con el Missale Romanum de 1962, deberán presentar una solicitud formal al obispo diocesano, que consultará a la Sede Apostólica antes de conceder la autorización” (art. 4)[18].
Esta situación de personas que no tienen muy claro qué están orando o el sentido de determinados ritos fue la motivación del Pontífice para urgir una formación litúrgica seria y vital, en su Carta Apostólica Desiderio Desideravi[19].
¿Cómo se manifiesta el fenómeno del tradicionalismo en su Iglesia particular?
P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez
Director del Departamento de Liturgia del SPEC
[1] Francisco. Desiderio Desideravi, sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios (29/06/2022). Madrid: BAC-documentos, 2022.
[2] Sagrada Congregación para el Culto Divino. “Indulto para usar el Misal Romano de 1962”. En: Acta Apostolicae Sedis (AAS), 76 (1984), pp. 1088-1089.
[3] Ibíd.
[4] Ibíd.
[5] Juan Pablo II. Carta Apostolica “Ecclesia Dei” en forma de motu proprio (2 de julio de 1988). En: AAS 80 [1988] 1498; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de julio de 1988, p. 24).
[6] Ibíd.
[7] Benedicto XVI. Carta Apostólica Summorum Pontificum (7 de julio de 2007). En: AAS 99 [2007], pp. 777-781.
[8] Benedicto XVI. Carta Con grande fiducia (7 de julio de 2007), en AAS, 99 (2007), pp. 795-799.
[9] Ibíd.
[10] Ibíd.
[11] Benedicto XVI. Carta Apostólica en forma de motu proprio Ecclesiae Unitatem (2 de julio de 2009).
[12] Ibíd.
[13] Ibíd.
[14] Cfr. Conferencia Episcopal de Colombia. Comunicado n. 002 (25 de julio de 2017). En: https://www.cec.org.co/sites/default/files/2017%20ComTeleamiga.pdf, consultado el 19 de octubre de 2022.
[15] Cfr. Francisco. Carta apostólica en forma de motu sobre la comisión pontificia “Ecclesia Dei”, (17 de enero de 2019).
[16] Francisco. Carta Apostólica Traditionis Custodes, sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970 (16 de julio de 2002).
[17] Cfr. Tadeo Albarracín. Antecedentes de la Carta Desiderio Desideravi, en: https://elcatolicismo.com.co/iglesia-hoy/formacion/los-antecedentes-de-la-carta-apostolica-desiderio-desideravi, consultado el 1 de octubre de 2022.
[18] Ibid.
[19] Francisco. Desiderio Desideravi, Op., cit.
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El sacramento del matrimonio, una buena noticia
Por Mons. Héctor Cubillos Peña - Hoy, en diferentes contextos, el matrimonio está considerado como una institución llamada a desaparecer. Se piensa como una realidad que va contra la dignidad de la persona humana y su autorrealización, en él la mujer recibe toda clase de ataques que anulan su identidad y la mantiene en una dependencia esclavizante.Esta situación entra en conflicto con el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia manifestado en Jesucristo que la Iglesia, fiel a su misión, defiende y promueve como institución humana y como realidad de salvación. El matrimonio no es una propuesta engañosa ni obsoleta; no es una ilusión ni algo que va en contra de la dignidad de la persona y sus derechos. Se trata de una realidad posible que realiza el amor y la felicidad que contribuye positivamente al bien de la sociedad. Pero el matrimonio, además, ha sido elevado a la categoría de sacramento.En la vida de la Iglesia hay siete sacramentos instituidos por Dios, que son los canales por los cuales llega a los hombres el amor y la acción salvadora de Dios. No son invención de sus ministros y no pueden ser suprimidos ni alterados en su esencia. Todo lo que Dios quiere entregar a la humanidad para su bien y su realización lo comunica por los sacramentos. Los sacramentos salvan, transforman, cambian, embellecen, fortalecen y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y del poder divinos. Nuestro Dios es un Dios no que destruye, sino que salva y perfecciona.La vida de Dios, que es verdadera e invisible, llega a los hombres a través de realidades visibles de este mundo. El agua del bautismo, al derramarla sobre la cabeza del niño con las palabras del sacerdote hacen real la acción de Dios que verdaderamente purifica, da la vida divina y convierte en hijo de Dios al que la recibe.El matrimonio es uno de esos sacramentos, es decir, por el amor libre y consciente de una pareja que decide llevar una vida de unidad, de ayuda mutua de pareja para siempre y en exclusiva para buscar alcanzar el bien y la felicidad contribuyendo a la transmisión y cultivo de la vida de sus hijos, el matrimonio queda establecido como un reflejo del amor de Jesús y a la manera del amor de Jesús.Sin embargo, todos los seres humanos tenemos en nuestro interior una fuerza que quiere obstaculizar y destruir no solo el mismo amor humano, sino también que la vida de pareja no refleje el amor de Dios. El corazón humano es frágil y débil. De ahí la realidad cotidiana de matrimonios destruidos, separados, heridos como de hecho se han presentado siempre.El matrimonio es uno de esos sacramentos; es decir, el amor entre un hombre y una mujer por la acción de Dios, está llamado a ser una imagen, un reflejo del amor de Jesús por los suyos. Todo en la vida de unos esposos ha de ser una realidad que muestre ese amor de Dios. Y, de otra parte, es una gracia que hace posible esa realidad. Al ser una gracia viene a fortalecer la vida matrimonial de amor exclusivo y permanente para que no vaya a fracasar ni a destruirse. El sacramento salva el amor conyugal.Lo anterior es así, porque aparece en la Palabra de Dios, el Creador al llamar a la existencia a la primera pareja y luego Jesús afirmaron: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1, 27; Marcos 10, 6-7). Toda la vida de una pareja; sus relaciones y su convivencia han de mostrar esa semejanza con Dios y su amor. San Pablo al referirse al matrimonio dice que este está referido al amor de Jesús, el esposo con su esposa que es la Iglesia (Cfr. Efesios 5,32). Toda la enseñanza de Jesús y sus relaciones con las gentes son el camino de la felicidad y la santidad. Ese amor es el que debe habitar en el corazón, la mente, las palabras, los deseos, la sexualidad, el cariño, la unidad y la comunión. Dice la escritura: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne” (Mateo 19, 5). Dos personas, dos existencias, dos proyectos de vida que están llamados a ser uno en esta vida, por cuanto en el cielo ya no habrá matrimonio, sino que todos estarán integrados en el amor perfecto de Dios.Sin embargo, el amor de los esposos no se encuentra encerrado en ellos mismos, ha de estar abierto a la vida familiar; la familia ha sido llamada “Iglesia doméstica”, es decir, una comunidad de padres e hijos en donde se ha de vivir en la presencia y compañía de Dios y en donde sus miembros han de reproducir el amor de Jesús por los discípulos. La familia es el santuario del amor y de la vida por cuanto el amor se prolonga en la comunicación de la vida a los hijos. La gracia y ayuda de Dios que comunica el sacramento del matrimonio permanece en la familia que ha de brillar por el amor que hacen visible para los demás y que es eficaz en todos los momentos de alegría y sufrimiento. La gracia del sacramento hace posible el diálogo, el perdón, la tolerancia y la ayuda entre todos.Pero, esa gracia de Dios no llega al matrimonio ni a la familia de manera automática ni mágica; es necesaria la apertura y la acogida de cada uno. Esto será posible en la medida en que en pareja y en familia se haga oración, se escuche la Palabra de Dios, se reciba el perdón de los pecados y se acuda al alimento de la Eucaristía. Es así, como se recibe la acción poderosa y de amor de Dios. Unos esposos en y con su familia se convierten en pruebas y testimonios palpables de que sí es posible y es camino de felicidad el matrimonio sacramental, que es en verdad una Buena Noticia.+Héctor Cubillos PeñaObispo de la Diócesis de ZipaquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mié 1 Jul 2026
Llamados a ser santos y a participar en el ministerio de Cristo
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Con ocasión de la jornada para la santificación sacerdotal, el papa León XIV escribió, en el marco de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, un profundo mensaje en el cual reitera el llamado a los ministros ordenados a ser santos. Dice así, entre otras cosas:“Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jer. 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu.Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús”.En muchas jurisdicciones eclesiásticas, en los meses de junio y julio se llevan a cabo los retiros espirituales para los ministros ordenados, presbíteros y diáconos. En Cali se realizan cuatro tandas, tres para los presbíteros y una para los diáconos permanentes.Es por esto que he considerado muy pertinente proponer esta reflexión, pues el llamado que nos hace el Papa es siempre actual, y diríamos, urgente. La humanidad que reviste a los ministros ordenados a veces los lleva a perder el norte de su ser y de su misión. Ya lo anotaba el Papa que “somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas”.Este tomar conciencia de la realidad que envuelve a los sacerdotes y diáconos, es un punto de partida para seguir consolidando lo que desde el seminario se nos decía: la importancia del autocuidado. Aquí es necesario que los presbíteros y diáconos tengan las herramientas espirituales y humanas para saber hacer frente a las dificultades y desafíos que vayan encontrando. Anoto algunas: la dirección espiritual, la oración personal y comunitaria, la vida fraterna, la frecuente celebración del sacramento de la reconciliación, la vivencia plena y confiada del sacramento de la eucaristía, una afable y confiada relación con la Virgen María, sanas amistades, descanso, ejercicio físico y vida familiar sincera.El Papa Francisco nos hablaba de unas cercanías como medios para proteger a los sacerdotes y ayudarles a crecer en su vida de santidad: cercanía a Dios, al obispo, a los hermanos sacramentales y al pueblo santo de Dios.Simplemente invito a quienes van a participar en los retiros espirituales 2026, a vivirlos con entusiasmo y a ver en ellos ese kairós, ese tiempo de gracia para fortalecer lo que está bien en el ministerio, a revisar y mejorar lo está débil, y a dar el paso a una auténtica conversión si se está desviando el camino. Para ello: no tengan miedo a reconocerse limitados y necesitados de la ayuda del Señor que actúa a través del obispo.A los fieles en general dirijo también un llamado: oren por sus sacerdotes y servidores en la Iglesia. Ellos los necesitan hoy más que nunca, con su comprensión, su exigencia y mano extendida. Valoren la entrega de sus sacerdotes a sus comunidades, en la mayoría de los casos sacrificada. En el silencio ellos llevan sobre sus hombros sus penas y dolores. Necesitan, pues, el aliento de sus fieles más que las críticas destructivas a veces infundadas.En estos días en que muchos de los párrocos estarán ausentes de sus parroquias para hacer los retiros, únanse en oración ante el Sagrario y téngalos muy presentes. En los retiros ellos llevan también sus plegarias al altar.De nuevo retomo el llamado final del Papa León en su mensaje para la santificación sacerdotal:“Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo”.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali
Mié 1 Jul 2026
El ministerio del Papa nos confirma en la fe y la comunión
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo de nuestro Proceso Evangelizador con el lema: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), recibiendo el mandato del Señor de ir por todas partes a transmitir el Evangelio de Cristo, en la Iglesia que Él ha fundado sobre el cimiento de los apóstoles, con Pedro y sus sucesores como piedra angular de la misma. Es Pedro, a quien el mismo Jesús le ha entregado la potestad de perdonar, “te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19). Esto es lo que le da fuerza y solidez a la fe; por eso, proclamamos con fervor que nuestra Iglesia es apostólica.El apóstol Pedro, columna de la Igle¬sia, es testigo de Jesucristo, ante quien hizo profesión de fe, como manifestación de su deseo de entregar toda su vida a la voluntad de Dios. Él fue elegido por el Señor para la misión de ser el primero entre los apóstoles, él es la piedra sobre la cuál se edificó la Iglesia, “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18). Pedro, quien junto con los demás apóstoles y luego con sus sucesores garantizan la apostolicidad de la Iglesia, que llega hoy hasta el Papa León XIV, que en este momento es Pedro, para cada uno de los creyentes en Cristo, en co¬munión con todos los obispos. Por el Papa León oramos y a él respetamos y obedecemos como pueblo de Dios que camina en esta Iglesia Particular.El ministerio del Papa es fundamental para la Iglesia católica, ya que nos confirma a todos en la fe, la esperanza y la caridad y nos fortalece en la comunión con Cristo y con la Iglesia, comunidad de creyentes en todo el mundo, que camina cumpliendo el mandato misionero dado por Jesús a los apóstoles: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20).Celebramos con toda la Iglesia la Solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, con esta celebración estamos llamados a renovar nuestra comunión con la Iglesia universal en la persona del Papa León XIV, en quien los católicos tenemos la roca firme de nuestra fe, porque Jesucristo quiso edificar su Iglesia sobre Pedro y sus sucesores. En sus enseñanzas y escritos encontramos magisterio firme, para hacer frente a los oleajes de confusión doctrinal que hoy en día aparecen en muchos ambientes que desorientan a los cristianos. Por eso, cumple su misión evangelizadora con el único propósito de extender el Reino de Dios por todas partes, haciendo presente a nuestro Señor Jesucristo que transforma la vida de cada creyente.En el Papa, en los obispos, sacerdotes y en los fieles, es decir, en todos aquellos que reconocen la autoridad del Romano Pontífice, siguen su Magisterio y transmiten sus enseñanzas, encontramos al mismo Cristo, Buen Pastor, que guía a sus ovejas a la salvación eterna. Escuchemos su voz, sigamos sus huellas, imitemos su ejemplo de amor, santidad y de entrega incondicional para el bien de toda la humanidad y la Iglesia.Los católicos en comunión con Pedro tenemos la misión de defender y proclamar la fe católica, en obediencia al Papa, dando testimonio de unidad y comunión en los distintos ambientes en los que cada uno se encuentra a nivel familiar, parroquial, de trabajo y de relaciones sociales. Así lo expresa Aparecida cuando dice: “ante la tentación muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella ‘nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podemos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” (DA 156). Con esto, recordamos que la vocación a ser discípulos misioneros, es vocación a la comunión en la Iglesia, porque no puede haber discipulado sin comunión.Esta verdad viene reforzada con el testimonio de vida de los últimos Papas que hemos tenido, quienes han mantenido la fe, la esperanza, la caridad y la comunión, aún en medio de muchos sufrimientos y momentos de cruz en el cumplimiento de su misión apostólica, recibiendo del Espíritu Santo la fortaleza para no temer seguir a Jesús cargando la cruz, en las contrariedades de cada día que trae predicar y defender el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, en comunión con toda la Iglesia, con la certeza que el poder del infierno no derrotará a la Iglesia (Cf. Mt 16, 18) porque está unida a la roca firme que es nuestro Señor Jesucristo.Al celebrar a los santos apóstoles Pedro y Pablo, nos unimos a la jornada del Óbolo de San Pedro y oramos particularmente por las intenciones del Papa León XIV. De modo que, en todo momento reciba la gracia del Espíritu Santo, que lo llene de sabiduría para continuar conduciendo a la Iglesia e iluminando todas las realidades del mundo con la luz del Evangelio, trabajando por la comunión y la unidad de toda la Iglesia. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José nos ayuden con Pedro y los demás apóstoles, a ir por todas partes y hacer discípulos del Señor (Cf. Mt 28, 19), para vivir en comunión con Jesucristo y con la Iglesia universal, unidos al Papa León, hoy Pedro, piedra firme de la Iglesia para nosotros.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mié 24 Jun 2026
La familia, camino de reconciliación y constructora de paz
Por Mons. Félix Ramírez Barajas - La familia continúa siendo el lugar más seguro e importante para el crecimiento humano, afectivo, espiritual y social de la persona. Es la primera escuela donde aprendemos a amar, confiar, compartir, respetar y descubrir el valor infinito de los demás. En ella se forman los cimientos de nuestra personalidad y se siembran las actitudes que posteriormente orientarán nuestra manera de relacionarnos con el mundo.Frente a esta realidad, la familia, que es un don de Dios y que incluso puede ser considerada un verdadero “lugar teológico”, está llamada a redescubrir su vocación como escuela de reconciliación, taller de humanidad y semillero de paz. La paz familiar no consiste en la ausencia de problemas o diferencias, sino en la capacidad de afrontarlos desde el diálogo, el respeto, la escucha mutua y el amor. Toda familia atraviesa momentos de tensión, pero cuando existe la disposición sincera para comprender, perdonar y comenzar de nuevo, las dificultades pueden transformarse en oportunidades de crecimiento y maduración.La experiencia demuestra que muchas heridas familiares permanecen abiertas durante años porque faltan espacios auténticos de encuentro. Con frecuencia se acumulan resentimientos, silencios dolorosos, palabras no dichas y situaciones que terminan debilitando la convivencia. Por ello, la reconciliación exige valentía. Requiere la decisión de entrar en una verdadera pedagogía del encuentro, donde cada persona se atreve a reconocer sus errores, a escuchar el sufrimiento del otro y a reconstruir puentes allí donde antes existían muros. Lejos de ser una muestra de debilidad, el perdón constituye una de las expresiones más elevadas de madurez humana y espiritual.La fe cristiana ofrece una luz particular para este proceso. El Evangelio nos presenta a Jesucristo acercándose constantemente a las personas heridas para devolverles la esperanza y restaurar su dignidad. Su vida nos enseña que ninguna situación humana está definitivamente perdida cuando se abre espacio al amor y a la misericordia. En este sentido, la reconciliación familiar no depende únicamente de los esfuerzos humanos; también es fruto de la gracia de Dios que transforma los corazones y renueva las relaciones.La familia posee una misión insustituible en la construcción de la paz. Antes de que la paz se convierta en una realidad social, política o cultural, debe nacer en el corazón de las personas. Y es precisamente en la familia donde se siembran las primeras semillas de esa paz. Allí se aprende a respetar las diferencias, a compartir, a resolver conflictos sin violencia, a cuidar de los más vulnerables y a reconocer la dignidad de cada persona.Por esta razón, la construcción de una cultura de paz comienza en la vida cotidiana del hogar. Cada gesto de escucha, cada palabra amable, cada acto de servicio y cada experiencia de perdón son semillas que, aunque parezcan pequeñas, tienen la capacidad de producir frutos abundantes para toda la sociedad. Lo que se cultiva en el interior de la familia termina proyectándose hacia la comunidad, las instituciones y las relaciones sociales.El Papa Francisco afirmaba que «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (Amoris Laetitia, 31). Esta afirmación pone de manifiesto la importancia de fortalecer los vínculos familiares, pues una familia reconciliada no solamente beneficia a sus miembros, sino que se convierte en una fuerza transformadora para la sociedad. Allí donde una familia vive el amor, el respeto y la solidaridad, se generan ciudadanos capaces de construir relaciones más justas, fraternas y pacíficas.De igual manera la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV insiste en la necesidad de custodiar la dignidad de toda persona y promover una auténtica cultura del encuentro. Esta invitación adquiere un significado especial dentro de la familia, donde cada miembro necesita sentirse escuchado, valorado y amado. La reconciliación comienza precisamente cuando dejamos de ver al otro como un adversario y volvemos a reconocerlo como un hermano, una hermana, un hijo o un padre que ha sido confiado por Dios a nuestro cuidado.La familia es también una escuela de esperanza. En un mundo marcado por la polarización, la violencia, la indiferencia y la incertidumbre, los hogares están llamados a ser espacios donde se cultive la confianza, la fraternidad y la capacidad de creer en el bien. La esperanza se aprende cuando los hijos observan a sus padres superar las dificultades con fe; cuando los esposos perseveran en el amor a pesar de las pruebas; cuando las familias descubren que las crisis no tienen la última palabra y que siempre es posible comenzar de nuevo.Por ello, resulta fundamental recuperar el valor del diálogo intergeneracional. Muchas tensiones familiares nacen de las diferencias de pensamiento, de las distintas experiencias de vida o de la influencia de factores externos que dificultan la comprensión mutua. Sin embargo, cuando las generaciones se escuchan con respeto, descubren que comparten los mismos anhelos fundamentales: amar, ser amados y construir una vida plena. El diálogo sincero abre caminos de reconciliación que antes parecían imposibles.La familia sigue siendo una de las mayores esperanzas para la Iglesia y para la humanidad. A pesar de las dificultades que enfrenta, conserva una extraordinaria capacidad para educar en el amor, transmitir valores y generar ambientes de paz. Cada acto de reconciliación vivido en el hogar contribuye a la construcción de aquello que san Pablo VI llamó la “civilización del amor”: una sociedad fundada en la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y la fraternidad.Por ello, la reconciliación familiar debe entenderse como una tarea permanente. Es un camino que exige paciencia, humildad y perseverancia, pero cuyos frutos son inmensamente valiosos. Allí donde una familia logra sanar sus heridas y recuperar la comunión, nace una esperanza nueva para la Iglesia y para la sociedad. En medio de un mundo marcado por divisiones, conflictos y diversas formas de violencia, la familia está llamada a seguir siendo un signo concreto de que el amor es más fuerte que el odio, que el perdón puede vencer el resentimiento y que la paz es posible. La oración, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la vida sacramental y la práctica de la caridad son caminos privilegiados para fortalecer esta vocación. De este modo, las familias podrán convertirse verdaderamente en sembradoras de esperanza, constructoras de reconciliación y artesanas de paz para una auténtica civilización del amor.Mons. Félix Ramírez BarajasObispo de Málaga-SoatáMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia