SISTEMA INFORMATIVO
Frente a la trata de personas, el trato fraterno y solidario
Por: Ilva Myriam Hoyos Castañeda, Consejo Latinoamericano CEPROME.
Intervención en el Webinar sobre “La Iglesia Iberoamericana contra la Trata: un crimen contra la humanidad”, realizado el 21 de agosto de 2020 por el Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la protección del Menor (CEPROME), adscrito a la Universidad Pontificia de México, en alianza con el Centre for Child Protection de la Pontificia Universidad Gregoriana, el Consejo Episcopal Latinoamaricano ( CELAM) y la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR).
La enseñanza de la actual pandemia
No resulta fácil entretejer las paradojas de este tiempo de derechos, a la vez, tiempo de pandemias.
Derechos proclamados solemnemente en constituciones y convenciones, pero todavía en camino para ser garantizados de manera efectiva. Pandemias reducidas no sólo a la del Coronavirus, sino a todas las situaciones endémicas que hacen de la sociedad actual una sociedad enferma.
El virus del 2020 nos ha colocado frente a situaciones dolorosas, generadoras de miedo, zozobra e incertidumbre. Pero también, nos ha invitado a repensar el lugar que ocupamos en el mundo, a indagarnos sobre la presencia del otro en nuestras vidas y de manera más radical a cuestionarnos respecto del modo de vivir nuestra fe. La actual pandemia ha causado muchos males, pero, en cierto sentido, ha sido una epifanía, una manifestación visible de bienes considerados invisibles. Además, ha dejado mirar y escuchar su voz profética.
No hemos sabido reconocer, sin embargo, esas otras pandemias o no hemos querido reaccionar de la misma manera como lo hemos hecho frente al virus que nos ha golpeado a todos indistintamente.
Hay pandemias de pandemias y cada una de ellas tiene su propio sello.
La pandemia de la esclavitud de los seres humanos
Hablemos de una sola de esas pandemias sociales, conocida como “trata de personas”. Intentemos aproximarnos a esa realidad, al parecer, distante, lejana, desconocida y ajena a nuestra propia experiencia personal.
Admitamos que la palabra “trata” genera equívocos y resulta necesario desvelar su sentido originario. Viene del verbo “tractare” y significa “tirar” o “arrastrar”. Tiene de suyo un carácter peyorativo enriquecido por el sentido histórico otorgado: se tiran o se arrastan las cosas, aquellas susceptibles de ser descartadas. Literalmente trata es “arrastrar” a los seres humanos para comerciar con ellos y usarlos como objeto de compra o de venta, considerarlos mercancía, explotarlos ejerciendo los atributos del derecho de propiedad, es decir, actos de dominio como señor y dueño.
Dominar a otro no tiene otro calificativo que esclavitud. Éste es el drama de la trata de personas: esclavizar seres humanos y fomentar la cultura del descarte.
La expresión usada, hasta hace menos de un siglo, para significar el tráfico de mujeres europeas hacia Asia o África sometidas a explotación sexual fue “trata de blancas”. A pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional por eliminarla, dado su carácter discriminatorio, todavía sigue utilizándose. La trata no tiene color: no es blanca, ni negra. Tampoco se identifica con un sexo ni tiene exclusividad en uno o dos continentes; es personal y, por tanto, afecta a toda la familia humana.
El fenómeno de la trata se nutre de esa condición tan propia de los seres humanos, expresión de nuestra libertad, de movilizarnos o trasladarnos de un lugar a otro. Nos movilizamos porque somos libres. Los traficantes de seres humanos buscan obtener el consentimiento de las víctimas mediante engaños y artimañas, el cual, de llegar a darse, está viciado porque sin libertad no hay consentimiento alguno. Ahí está el quid de la trata: ilusionar engañando. Comprar sueños y deseos, cautivar para silenciar voluntades. Impedir al ser humano tener morada propia y transformar a una persona en un bien de consumo.
Para producir el fenómeno de la esclavitud, los tratantes o traficantes de ilusiones de vida construyen redes generando un entramado de vasos comunicantes a través de los cuales cazan, pescan, capturan, sujetan y marcan a sus “siervos útiles”. Frente a los vejámenes o maltratos ocasionados no hay escrúpulo ni arrepentimiento alguno, tampoco derecho oponible. La lógica de la trata se acrecienta encadenando almas y multiplicando el mal. Su lógica del dominio sigue al pie de la letra las reglas de la lógica del mal.
En cada una de sus fases, manipula, intimida, violenta o elimina, si el “esclavo” deja de ser útil. En (i) la captación, atrae a la persona con la finalidad de adueñarse de su identidad y dominar su voluntad para fines de explotación; en (ii) el traslado mueve a una persona de un sitio a otro y le desarraiga de su entorno de origen, crianza o habitación. Corta todos los vínculos afectivos para evitar el contacto de la víctima con la familia o amistades o redes sociales de apoyo; y en (iii) la explotación obtiene beneficios económicos o placenteros a través de la participación forzada de la víctima, por ejemplo, en actos de prostitución, servidumbre sexual o laboral, incluidos los de pornografía y producción de materiales pornográficos.
Conocidas son sus técnicas: engañar, acallar, silenciar, seducir, aislar no sólo a las víctimas, porque los tratantes de manera sutil han ido logrando el silencio social, la indiferencia, la permisividad, la tolerancia, la apatía y todas aquellas formas perversas que han terminado por negar la esclavitud del siglo XXI, a pesar de que exista mendicidad forzada, matrimonio servil, tráfico de órganos, adopciones ilegales, turismo y explotación sexuales, pornografía y ciberacoso. Si, un conjunto de servidumbre, estructurado en las reglas de un mercado sediento de placer y deseoso de acumular riquezas y de extender el dominio de unos seres humanos sobre otros. Este fenómeno ha fortalecido la delincuencia transnacional organizada que compite a nivel nivel mundial con las drogas y las armas.
El sometimiento de las personas, el dominio sobre ellas implica un proceso complejo, propiciado en situaciones, tales como, la desesperación por falta de oportunidades, los deseos de encontrar un mundo mejor, las desventuras por las experiencias familiares y la vergüenza ocasionada por las debilidades humanas. La trata se alimenta de legítimas ilusiones de hombres y mujeres: querer una vida mejor, esperar un futuro distinto, soñar en un mundo de posibilidades. También se nutre de ese desenfrenado consumo, promovido por los mass media, que nos vende la idea de un estilo de vida que no corresponde a la realidad y nos convoca, sin importar la legitimidad de los medios, a buscarlo y alcanzarlo. Los sistemas judiciales tienen, en igual forma, responsabilidad en el
acrecentamiento del fenómeno de la trata, porque ante las deficiencias en la tipificación del conjunto de acciones que configuran este delito, han construido un sistema impune y han impedido castigar a los tratatantes y a las mafias que los soportan y han terminado, de manera kakfiana, castigando a las víctimas.
Cualesquiera que sean las razones que pretendan aducirse es reprochable el actuar de los nuevos traficantes: despojar a hombres y mujeres de su humanidad, borrar su subjetividad, obnubilar su memoria, despojar su corporeidad, anular su voluntad, cortar sueños y arrebatar sus derechos naturales, inalienables y sagrados.
La pandemia del “egoísmo indiferente”
El Papa Francisco ha denunciado ese “atroz flagelo”, calificado por él mismo como “trágico fenómeno”, “plaga aberrante”, “herida en el cuerpo de la sociedad contemporánea”, “llaga en la carne de Cristo”, “crimen contra la humanidad” y “una de las heridas más dolorosas de nuestro tiempo”. Ha reconocido, y lo ha hecho ante la comunidad internacional, que enfrentar a las redes de tratantes sobrepasa las competencias de una nación y hace necesaria una movilización de dimensión comparable a ese fenómeno.
Además, Francisco no ha perdido oportunidad para hablar sin tapujos, evitando distracciones y eufemismos. Ha denunciado que la causa principal de la trata no está en los traficantes de la carne humana, sino en el egoísmo sin escrúpulos y en la indiferencia hipócrita de habitantes del mundo que disfrutan de los beneficios y servicios de esa cadena completa de explotación e indignidad.
Frente a esa dura y dolorosa realidad es iluso pensar que acciones individuales o grupales son suficientes para intervenir en todas las fases de la nueva servidumbre de los seres humanos y que incluso las Orientaciones Pastorales sobre la Trata de Personas, elaboradas por la Sección Migrantes y Refugiados de la Santa Sede, aprobadas por Francisco y dadas a conocer en 2019, resuelven el reto de los católicos frente a un virus peor que el mismo Covid 19: “el egoísmo indiferente”. Ésta es la pandemia de las pandemias, propiciadora de una complicidad cómoda y muda, que enmascara no sólo nuestros rostros, sino nuestras conciencias.
Son necesarias declaraciones, convenciones y leyes que tipifiquen el crimen de la trata de personas como delito de lesa humanidad a través de las cuales se tipifiquen de mejor forma sus diversos elementos constitutivos, así como las acciones preventivas para erradicarla haciendo uso, entre otros medios, de campañas o programas de capacitación, formación o sensibilización, fundamentadas en derechos humanos y en el destímulo de la demanda. Sin embargo, no podemos quedarnos con documentos bien intencionados, pero deficientes frente al reto de generar un cambio de paradigma, una transformación social y una conversión personal.
El antídoto ante la pandemia de la trata: las relaciones fraternas y solidarias
Pero, entonces, ¿Qué debemos hacer los católicos? ¿Cuáles son los desafíos de nuestro actuar?
Una aclaración previa. La Iglesia no es experta en la prevención, atención e intervención de la trata de personas. Tampoco lo es en la adopción y en el seguimiento de políticas específicas para hacer frente a esta pandemia. Esas no son sus tareas. Si es su misión brindar una mirada esperanzadora desde la fe, proclamar el Reino de Dios, que es de sanación y salvación, de justicia y paz.
A partir de esa mirada es legítimo alzar la voz para gritar: ¡Basta ya del dedo inquisidor que acusa a otro de ser traficante de seres humanos! ¡Basta ya de esconder nuestro rostro haciendo uso de la nueva máscara y dejar de mirar los rostros heridos de las víctimas de los traficantes de esclavos!
El grito “basta ya de la trata de personas” encuentra eco en los versos del profeta Isaías: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz, que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is 5, 20).
Repetir una y otra vez “basta” puede resultar siendo una acción sinsentido si cada uno de nosotros deja pasar la oportunidad de responder a esa pregunta bíblica que resuena de manera novedosa:
“¿Dónde está tu hermano?”. Recordemos la indolente y provocadora respuesta de Caín ante la pregunta del mismo Dios por la muerte de Abel: “No sé. ¿Acaso, soy yo guardián de mi hermano?”
Esa pregunta y esa respuesta fratricidas nos ponen en una encrucijada: queremos o pretendemos ser apóstoles de la prevención pero no vivimos en nuestra cotidianidad la vocación originaria de ser hijos de un mismo Padre y, en consecuencia, no podemos reconocernos en nuestra condición de hermanos. Seamos sinceros, si no aceptamos vivir de acuerdo a esa doble condición, la de hijos y la de hermanos, no podemos recuperar la humanidad del otro. Ni comprenderlo ni sanarlo ni amarlo. Tampoco nacer de nuevo.
Insistiré, a título de ejemplo, en cuatro desafíos, no exclusivos ni excluyentes, para ser apóstoles de la prevención. Sí, pero, serlo de manera coherente.
1. Es imperativo rescatar el principio cristiano de la fraternidad, recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Estos son sus términos: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (artículo 1º). Ese comportamiento o nuevo trato es posible –siguen siendo palabras de la Declaración– porque “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (primer considerando). Es hora, por tanto, de promover en red un nuevo trato digno entre los hombres, es decir, fraterno y solidario.
2. En medio de esta pandemia, otro de los desafíos que debemos enfrentar es recuperar el sentido trascendente de la dignidad creatural y filial, excluyente de la dialéctica del amo y del esclavo. La voz de todos los miembros de la Iglesia debe hacerse sentir con la finalidad de renovar la conciencia de que cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Imagen al haber salido de las manos de su Creador y estar llamado a la comunidad con Él. Semejanza por la cercanía originaria a su Dios, pero que crece o decrece con el tiempo, según estemos en mayor armonía con Él. La dignidad como don y tarea espera la respuesta humana. También la respuesta de los miembros de la Iglesia.
3. La trata de personas no tiene la última palabra. Otro desafío es asumir con valor nuestra condición profética para denunciar y erradicar la trata. Es momento de ser conscientes de que debemos ser guardianes de nuestro hermano o hermana y de mirar en el rostro dolido de cada otro a ese prójimo, mi próximo, que más que recibir quiere dar: donar su dolor y “darse a sí mismo”.
Si el antídoto de los antídotos, la inmunidad última, la vacuna deseada y esperada para defendernos del virus de la esclavitud de este siglo XXI, es el amor fraterno; acojamos y hagamos vida las palabras de San Juan de la Cruz: “Adonde no hay amor, pon amor, y sacarás amor”.
Defendiendo la vida desde la familia
Jue 30 Jul 2026
La Eucaristía: centro de la vida eclesial
Mar 14 Jul 2026
La familia es un bien social primario
Mar 14 Jul 2026
Vie 31 Jul 2026
Iglesia en Colombia fortalece respuesta de sus tribunales eclesiásticos a desafíos jurídicos y pastorales
La VIII Jornada de Actualización en Derecho Canónico Matrimonial y Penal reunió a cerca de 170 operadores de justicia de 50 jurisdicciones eclesiásticas de Colombia, junto con delegaciones de Perú, Ecuador y Venezuela. El encuentro fortaleció la formación permanente de quienes sirven en los tribunales eclesiásticos y reafirmó que la administración de justicia en la Iglesia constituye una auténtica acción pastoral al servicio de las personas, las familias y la misión evangelizadora.La justicia en la Iglesia no se limita a la aplicación de normas o a la resolución de procesos jurídicos. Su razón de ser es servir al Pueblo de Dios, proteger los derechos de los fieles y acompañar, con verdad, justicia y caridad, las diversas realidades humanas que se presentan en la vida eclesial. Con esa convicción se desarrolló la VIII Jornada de Actualización en Derecho Canónico Matrimonial y Penal, un espacio de formación que reunió en Bogotá a cerca de 170 operadores de justicia de Colombia y otros países de la región.Organizada por el Tribunal Eclesiástico de Apelación para Colombia, en alianza con la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) y la Pontificia Universidad Javeriana, la jornada convocó a vicarios judiciales, jueces, defensores del vínculo, promotores de justicia, notarios, abogados y demás colaboradores de los tribunales eclesiásticos de 50 jurisdicciones de Colombia, así como a representantes de Perú, Ecuador y Venezuela.El encuentro fue promovido por el Tribunal Eclesiástico de Apelación para Colombia, organismo constituido por la Santa Sede en 1967 y en funcionamiento desde 1970, que conoce las apelaciones provenientes de la mayoría de los tribunales eclesiásticos del país y tiene, entre sus responsabilidades, favorecer la unidad de la jurisprudencia canónica y fortalecer la formación permanente de quienes administran la justicia en la Iglesia.El Derecho Canónico, un servicio para la vida de la IglesiaUno de los mensajes centrales de la jornada fue redescubrir el verdadero sentido del Derecho Canónico. Lejos de constituir únicamente un conjunto de normas, representa un instrumento indispensable para ordenar la vida eclesial, proteger los derechos de los fieles y favorecer el cumplimiento de la misión que Cristo confió a la Iglesia.Así lo explicó monseñor Marco Antonio Merchán Ladino, obispo de Neiva y presidente del Tribunal Eclesiástico de Apelación para Colombia, al establecer un paralelo entre el derecho civil y el derecho canónico.Mientras el primero busca garantizar el bien común dentro de la sociedad, el segundo cumple esa misma función en la vida de la Iglesia, aunque con un horizonte propio: contribuir a su misión evangelizadora y al bien espiritual de los fieles."El derecho civil busca el bien común de la sociedad. El Derecho Canónico también busca el bien común, pero orientado a la misión propia de la Iglesia."El prelado recordó, además, que el propio Código de Derecho Canónico establece el fin último de toda la actividad jurídica eclesial."El último de los cánones dice cuál es la finalidad de todo el derecho: la salvación de las almas. El derecho nos ayuda a entender lo que mínimamente debemos hacer; después viene la caridad, que nos lleva mucho más allá."Desde esta perspectiva, explicó que la administración de la justicia eclesiástica constituye un verdadero servicio pastoral, pues busca que las decisiones jurídicas contribuyan siempre al bien de las personas, de las familias y de toda la comunidad eclesial.Una justicia que también es pastoralEse mismo horizonte fue desarrollado por monseñor Felipe Heredia Esteban, prelado auditor del Tribunal Apostólico de la Rota Romana y principal conferencista de la jornada, quien compartió con los participantes la experiencia del máximo tribunal ordinario de apelación de la Santa Sede.Durante sus intervenciones insistió en que la actividad judicial de la Iglesia no puede entenderse separada de su acción evangelizadora."Todo lo que es judicial es pastoral y todo lo que aquí se ha hecho tiene una repercusión pastoral inmediata en la vida de los fieles, en la vida de las familias y de los clérigos."Su reflexión permitió comprender que cada proceso canónico involucra historias concretas de personas que esperan ser escuchadas, acompañadas y atendidas con justicia, pero también con sensibilidad pastoral. En este sentido, la aplicación del Derecho Canónico no se reduce al cumplimiento de procedimientos, sino que busca ofrecer respuestas que protejan la dignidad de las personas y contribuyan a la comunión eclesial.La presencia de un auditor de la Rota Romana permitió además acercar a los participantes a la jurisprudencia más reciente de la Santa Sede y dialogar sobre su aplicación en las Iglesias particulares, favoreciendo una mayor armonía en la administración de la justicia eclesiástica.Formarse para responder a los desafíos del presenteLas conferencias y espacios de diálogo abordaron algunos de los principales desafíos que hoy enfrenta la justicia canónica: las causas de nulidad matrimonial, el Derecho Penal Canónico, la protección de menores y personas vulnerables, la atención a las víctimas, la evolución de la jurisprudencia y otros aspectos que interpelan diariamente el trabajo de los tribunales eclesiásticos.Para el padre Omar Enrique Cristancho Gómez, vicario judicial del Tribunal Eclesiástico de Apelación para Colombia, esta actualización permanente resulta indispensable para que el Derecho Canónico responda a las nuevas realidades sociales y eclesiales."Queremos que el Derecho Canónico sea visto como una realidad cercana a la vida del hombre de hoy y de la familia. Desde el derecho podemos iluminar aquellos contextos donde la vida matrimonial enfrenta grandes desafíos."Asimismo, destacó que estos espacios favorecen el intercambio de experiencias entre los distintos tribunales y fortalecen el servicio que la Iglesia presta en todo el país.Una experiencia de comunión al servicio del Pueblo de DiosOtro de los aspectos destacados durante la jornada fue el intercambio de experiencias entre operadores de justicia provenientes de distintas regiones y países.Monseñor Felipe Heredia subrayó que este diálogo constituye una expresión concreta de la sinodalidad promovida por la Iglesia."Este encuentro ha sido muy beneficioso porque, en realidad, esto es la sinodalidad: el intercambio de experiencias y de conocimientos al servicio del Pueblo de Dios."Esa valoración fue compartida por los participantes. María Fernanda Lugo Caicedo, abogada de la Diócesis de Chiquinquirá, destacó que los contenidos abordados responden directamente a las necesidades actuales de las Iglesias particulares."Son temas importantes y demasiado actuales para nuestras realidades. Me llevo herramientas para fortalecer la cultura del cuidado y seguir acompañando mejor a mi diócesis."Por su parte, Rosario Carvajal Arizmendi, presidenta del Colegio de Canonistas de Colombia, y el abogado Daniel Chamorro coincidieron en que la jornada fortaleció tanto la actualización jurídica como la comunión entre quienes sirven en los tribunales eclesiásticos.Una formación que fortalece la misión evangelizadoraMás allá de los conocimientos técnicos adquiridos, la VIII Jornada de Actualización en Derecho Canónico Matrimonial y Penal dejó una convicción compartida: la administración de la justicia eclesiástica constituye una dimensión esencial de la misión pastoral de la Iglesia. Por ello, la formación permanente de quienes ejercen este servicio no solo fortalece el trabajo de los tribunales eclesiásticos, sino que redunda en una mejor atención a las personas que acuden a la Iglesia buscando verdad, discernimiento y justicia.Vea a continuación el informe audiovisual con los momentos y testimonios más destacados:
Mié 29 Jul 2026
En el aniversario 501 de Santa Marta nació LUX, una iniciativa de la Diócesis para consagrar la ciudad al Señor
En el marco de los 501 años de la fundación de Santa Marta, la Iglesia particular celebró la primera edición de LUX 2026, una iniciativa que integra peregrinación, oración y música sacra para renovar el compromiso espiritual de la ciudad y promover una cultura del encuentro, la reconciliación y la esperanza.La Diócesis de Santa Marta dio inicio a una nueva tradición que buscará acompañar, cada año, la conmemoración del aniversario de la ciudad más antigua de Colombia con un gesto de fe, oración y comunión. Se trata de LUX – Noche de Consagración de Santa Marta, una iniciativa pastoral que, en su primera edición, reunió a centenares de fieles en una Peregrinación de la Luz, una solemne oración de consagración de la ciudad y diversas expresiones de música sacra.La propuesta, desarrollada en el marco de los 501 años de la fundación de Santa Marta, nació con el propósito de fortalecer la fe de los samarios, preservar el legado religioso y cultural construido a lo largo de casi cinco siglos de evangelización —en el territorio donde surgió la primera jurisdicción eclesiástica del actual territorio colombiano— y renovar el compromiso de todos con la construcción de una sociedad más fraterna, solidaria y esperanzadora.Una ciudad puesta bajo la luz de CristoPortando cirios encendidos y las banderas de Santa Marta, el pasado 25 de julio, los participantes recorrieron las calles del Centro Histórico hasta llegar a la Catedral Basílica Menor, donde el obispo de Santa Marta, monseñor José Mario Bacci Trespalacios, presidió una oración de acción de gracias por la historia de la ciudad y consagró su presente y su futuro al Señor, encomendándolos bajo la protección de Santa Marta de Betania, patrona de esta Iglesia particular.Durante la celebración, el prelado elevó una plegaria por quienes tienen la responsabilidad de gobernar y servir al bien común, para que sus decisiones estén inspiradas por la justicia, la verdad, la transparencia y el espíritu de servicio. También oró por las familias, los niños, los jóvenes, los adultos mayores, los enfermos, quienes padecen la pobreza o la violencia y por todos los hombres y mujeres que, desde distintos ámbitos, contribuyen diariamente al desarrollo de la ciudad.Asimismo, pidió que Santa Marta continúe avanzando como un territorio donde florezcan la reconciliación, la solidaridad, la justicia y la paz, e invitó a la Iglesia, las autoridades civiles, las instituciones, el sector privado y la ciudadanía a trabajar unidos por el bien común.Al concluir la oración, monseñor Bacci expresó el deseo de que "nunca falte entre nosotros la fe, que fortalece el corazón; la evangelización, que transforma la vida; y la cultura, que nos ayuda a reconocer la riqueza de nuestra historia y de nuestra identidad", una síntesis del espíritu que anima esta nueva iniciativa diocesana.Bajo el lema "Caminen como hijos de la luz" (Efesios 5, 8), LUX dejó un mensaje claro: el futuro de Santa Marta requiere del compromiso de todos, iluminados por Cristo y dispuestos a construir una ciudad más justa, reconciliada y esperanzadora.La belleza como camino de evangelizaciónLa primera edición de LUX también estuvo marcada por la música sacra como expresión privilegiada de la fe y de la tradición litúrgica de la Iglesia.La jornada concluyó con una presentación de la Coral Diocesana Laudate Dominum, dirigida por el presbítero Jorge Garzón, delegado diocesano de la Pastoral del Canto Litúrgico. Cada una de las obras interpretadas estuvo acompañada por una explicación catequética sobre su significado y el momento de la celebración eucarística al que pertenece, permitiendo que los asistentes profundizaran en la riqueza espiritual y litúrgica de este patrimonio musical.Como parte de esta misma apuesta pastoral, la Catedral Basílica Menor acogió también este 27 de julio un concierto de música sacra interpretado por la Orquesta Filarmónica de Cajamag, iniciativa que reunió a la comunidad alrededor de la espiritualidad, el arte y el patrimonio cultural de Santa Marta.Una invitación a construir ciudad desde la armoníaAl finalizar el concierto, monseñor José Mario Bacci reflexionó sobre el significado de las palabras sinfonía y armonía, para invitar a los asistentes a reconocer que la diversidad, cuando se pone al servicio del bien común, puede convertirse en fuente de unidad y esperanza."No fue un sólo instrumento, sino muchas sonoridades al tiempo las que crearon una melodía agradable a los oídos. Eso significa sinfonía: sonar con el otro, no sobre el otro", expresó.A partir de esta reflexión, animó a superar las divisiones y a trabajar conjuntamente para afrontar desafíos como la pobreza, el estancamiento y la corrupción, convencido de que la construcción de una mejor ciudad requiere el compromiso de todos.El obispo recordó además una conocida enseñanza de san Juan Pablo II: "La fe que no se hace cultura es una fe insuficientemente vivida, poco pensada y no plenamente asumida", destacando que el anuncio del Evangelio también transforma las expresiones culturales cuando ilumina la vida de las personas y de los pueblos.En este sentido, explicó que la Diócesis de Santa Marta continuará promoviendo iniciativas que favorezcan el encuentro entre la fe y la cultura, impulsando una auténtica cultura del encuentro, del servicio, la fraternidad y la paz.Una iniciativa con vocación de permanenciaCon el nacimiento de LUX, la Diócesis de Santa Marta busca consolidar una celebración anual que fortalezca la identidad espiritual de la ciudad y contribuya a preservar el patrimonio religioso y cultural construido a lo largo de casi cinco siglos de presencia de la Iglesia en este territorio.Más que una programación conmemorativa, esta iniciativa se proyecta como un espacio permanente de oración por Santa Marta, de encuentro entre las familias, de fortalecimiento de la fe y de renovación del compromiso ciudadano con el bien común.Así, en el contexto de los 501 años de la ciudad y del camino hacia el quinto centenario de la diócesis más antigua de Colombia, LUX se perfila como una expresión pastoral que une evangelización, memoria histórica, cultura y esperanza, invitando a las nuevas generaciones a mantener vivo el legado espiritual que ha acompañado el desarrollo de Santa Marta desde sus orígenes.
Mié 29 Jul 2026
Disponible la quinta edición de Actualidad Teológica, dedicada a la formación de los futuros presbíteros en Colombia
La Comisión Episcopal de Doctrina y el Departamento de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) presentaron la quinta edición del boletín Actualidad Teológica, una publicación que, en esta oportunidad, ofrece a la Iglesia en el país el documento "Formar presbíteros para una Iglesia sinodal misionera. La formación presbiteral en Colombia en clave sinodal misionera: fundamentos, diagnóstico y propuestas para el discernimiento episcopal".Esta edición reviste un significado especial porque recoge la reflexión teológico-pastoral preparada por el Comité Teológico Consultivo y la Comisión Episcopal de Doctrina como insumo para la CXXI Asamblea Plenaria del Episcopado Colombiano, celebrada a inicios del mes de julio de 2026 y dedicada al tema de la formación inicial al presbiterado en perspectiva sinodal misionera.Más que ofrecer respuestas definitivas, el documento busca enriquecer el discernimiento frente a uno de los desafíos más importantes para la vida de la Iglesia: formar presbíteros capaces de ejercer su ministerio desde la comunión, la participación y la misión, en consonancia con el camino sinodal impulsado por la Iglesia universal. Para ello, integra fundamentos doctrinales y magisteriales, un análisis de la realidad colombiana y diversas propuestas orientadas a fortalecer los procesos de formación sacerdotal.Una reflexión desde los desafíos de la Iglesia en ColombiaEl documento parte del reconocimiento de que la formación presbiteral debe responder a las realidades sociales, culturales y eclesiales del país. En ese sentido, plantea que los futuros sacerdotes requieren una preparación que los capacite para acompañar los procesos de reconciliación, afrontar las desigualdades sociales, dialogar con una sociedad cada vez más plural y ejercer un ministerio cercano al Pueblo de Dios.Entre los principales desafíos identificados se encuentran la necesidad de fortalecer la vinculación de los seminarios con la realidad social y pastoral de las comunidades; favorecer una formación que integre de manera equilibrada las dimensiones humana, espiritual, intelectual y pastoral; preparar mejor a los formadores; promover una mayor corresponsabilidad de la comunidad eclesial en los procesos formativos; fortalecer el discernimiento comunitario y ampliar la participación cualificada de laicos y mujeres en diversos ámbitos de la formación, de acuerdo con las competencias y responsabilidades propias de cada uno dentro de la vida de la Iglesia.Asimismo, la publicación subraya la importancia de formar sacerdotes con capacidad para el diálogo ecuménico e interreligioso, comprometidos con la construcción de la paz, la justicia social y el cuidado de la casa común, preparados para leer los signos de los tiempos y anunciar el Evangelio en los diversos contextos de la Colombia actual.Un aporte para el discernimiento eclesialEn su presentación, el boletín señala que esta quinta edición pone a disposición de obispos, formadores, teólogos, seminaristas, agentes de pastoral y demás lectores interesados una reflexión orientada a enriquecer el diálogo eclesial y contribuir a la formación de pastores "comprometidos con la comunión, la participación y la misión". Además, expresa el deseo de que su lectura favorezca el discernimiento, suscite nuevas preguntas y fortalezca el compromiso con la renovación de la formación presbiteral al servicio de una Iglesia sinodal misionera.La Conferencia Episcopal de Colombia pone esta nueva edición de Actualidad Teológica a disposición de quienes deseen profundizar en este tema. El boletín puede consultarse y descargarse aquí.
Mar 28 Jul 2026
"Quiero ser un obispo que cuide la esperanza del pueblo": Mons. Arnulfo Moreno Quiñonez tras ser ordenado Obispo Auxiliar de Cali
La Catedral Metropolitana de San Pedro Apóstol de Cali fue escenario, este sábado 25 de julio, de la solemne celebración eucarística en la que monseñor Arnulfo Moreno Quiñonez fue ordenado como Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Cali.La Eucaristía fue presidida por monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez, arzobispo de Cali, y contó con la participación de monseñor Francisco Javier Múnera Correa, presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia; monseñor Alfonso García López, obispo del Vicariato Apostólico de Guapi; el secretario encargado de la Nunciatura Apostólica en Colombia; los obispos de la Provincia Eclesiástica de Cali y de otras jurisdicciones del país; sacerdotes, diáconos, religiosos, seminaristas, familiares y numerosos fieles. También asistieron autoridades civiles, entre ellas, el alcalde de Santiago de Cali, Alejandro Eder.La celebración coincidió con la solemnidad de Santiago Apóstol, patrono de la capital vallecaucana, una fecha que el arzobispo de Cali calificó como especialmente significativa para acoger el ministerio del nuevo obispo.Un don para la Iglesia de Cali y para la Iglesia UniversalAl iniciar su homilía, monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez expresó la alegría de la Arquidiócesis por el nombramiento de dos nuevos obispos auxiliares realizado por el Papa León XIV: monseñor Arnulfo Moreno Quiñonez y el padre Luis Fernando de Jesús Pérez Agudelo, sacerdote de la Arquidiócesis de Medellín, cuya ordenación episcopal tendrá lugar el próximo 1 de agosto.El Arzobispo agradeció al Santo Padre por estos nombramientos y destacó la generosa respuesta de ambos sacerdotes al llamado recibido para servir a la Iglesia."Los obispos no hacen carrera; son llamados por Dios"Durante su reflexión, monseñor Luis Fernando recordó que el ministerio episcopal nace de la elección del Espíritu Santo y no de una aspiración personal.Apoyado en el decreto Christus Dominus del Concilio Vaticano II, explicó que los obispos, como sucesores de los apóstoles, están llamados a perpetuar la misión de Cristo, Buen Pastor, mediante el anuncio fiel del Evangelio y el servicio al Pueblo de Dios.Al referirse a la historia vocacional de monseñor Arnulfo, evocó sus raíces en el Vicariato Apostólico de Guapi y destacó que Dios llama desde las periferias de la Iglesia para confiar grandes responsabilidades pastorales."El Señor llama a quien quiere", afirmó monseñor Rodríguez, al recordar que el nuevo obispo proviene de una tierra marcada por profundas riquezas humanas y culturales, pero también por desafíos como la pobreza, el abandono y la violencia.Un pastor llamado a fortalecer la esperanzaEn su homilía, el arzobispo de Cali invitó al nuevo obispo a ejercer un ministerio caracterizado por la cercanía, la fidelidad al Evangelio y el servicio.También advirtió sobre los desafíos que enfrenta la humanidad en la actualidad y recordó la necesidad de custodiar siempre la dignidad de la persona humana, promover la paz, la solidaridad, el cuidado de la creación y la fraternidad, principios esenciales de la doctrina social de la Iglesia.Al explicar el lema episcopal elegido por monseñor Arnulfo —"¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68)— señaló que estas palabras resumen la misión del obispo: conducir al pueblo hacia Cristo y salir al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza.El Episcopado colombiano le dio la bienvenida al nuevo obispoDurante la celebración fue leída la carta enviada por la Presidencia de la Conferencia Episcopal de Colombia, integrada por monseñor Francisco Javier Múnera Correa, presidente; monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos, vicepresidente, y monseñor Germán Medina Acosta, secretario general.En el mensaje, los obispos expresaron su alegría por la ordenación episcopal y dieron la bienvenida a monseñor Arnulfo Moreno al Colegio Apostólico que peregrina en Colombia.Asimismo, destacaron que su lema episcopal será inspiración permanente para anunciar el Evangelio con valentía, acompañar al Pueblo de Dios con cercanía y esperanza, y testimoniar la misericordia de Cristo en medio de los desafíos actuales.La Presidencia de la Conferencia Episcopal encomendó además su ministerio a la protección de la Santísima Virgen María y de San José, pidiendo al Señor que le conceda sabiduría para discernir, fortaleza para servir y un corazón de pastor capaz de reflejar la ternura de Cristo."Quiero ser el obispo que cuide la esperanza del pueblo"En sus primeras palabras como obispo, monseñor Arnulfo Moreno expresó su gratitud a Dios, al Papa León XIV, a los obispos presentes, a sus formadores, a los sacerdotes, religiosos, seminaristas, familiares y a las comunidades del Vicariato Apostólico de Guapi y de la Arquidiócesis de Cali que han acompañado su camino vocacional.Al profundizar en el significado de su lema episcopal, afirmó que las palabras de san Pedro expresan la certeza de que únicamente Jesucristo ofrece la respuesta definitiva a las búsquedas del ser humano, especialmente en un contexto marcado por la violencia, el miedo, la polarización y la incertidumbre.Inspirado en una conocida expresión del Papa Francisco, manifestó el estilo pastoral con el que desea ejercer su ministerio:"Quiero ser el obispo que camine delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo; en medio, con cercanía sencilla y misericordiosa; y detrás, para acompañar a quienes más lo necesitan."Finalmente, encomendó su ministerio a la Santísima Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios, patrona tanto de la Arquidiócesis de Cali como del Vicariato Apostólico de Guapi, así como al apóstol Santiago, patrono de la capital vallecaucana.Cali se prepara para recibir a su segundo obispo auxiliarDurante la celebración también se elevó una acción de gracias por la próxima ordenación episcopal del padre Luis Fernando de Jesús Pérez Agudelo, sacerdote de la Arquidiócesis de Medellín, nombrado igualmente por el Papa León XIV como Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Cali. Tendrá lugar el próximo sábado 1 de agosto en Medellín, con lo que se completará el servicio de los dos nuevos obispos auxiliares llamados a fortalecer la misión evangelizadora de la Iglesia que peregrina en Cali.