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Monseñor Jaime Prieto, testimonio de evangelización de lo social
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Por: Mons. Héctor Fabio Henao Gaviria - Identificar conflictos y sus caminos de transformación. Dialogando con la sociedad y con otras perspectivas de análisis.
En las décadas recientes, los colombianos han reconocido el papel dinámico de la Iglesia Católica y en particular de la Conferencia Episcopal en la búsqueda de la paz y de la reconciliación. Con frecuencia se ven en los medios de comunicación documentos en los cuales se han elaborado propuestas con sentido constructivo frente a la situación de conflictos internos y simultáneamente declaraciones críticas frente a situaciones y estructuras consideradas como contrarias a la convivencia entre los colombianos.
Igualmente, los integrantes de la Iglesia han conocido particularmente entre los años 2000-2010 las consecuencias de un clima de violencia que ha tocado con la vida de todos los sectores de la nación, un número significativo de agentes pastorales han sido asesinados incluyendo un Arzobispo, Obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, catequistas, etc.
Las posiciones de la Iglesia son con frecuencia objeto de análisis y de controversia en los medios de comunicación y en los debates públicos, lo cual refleja el grado de importancia que revisten las posiciones de la comunidad católica en estos temas.
La Iglesia Colombiana ha reflexionado a varios niveles sobre su rol en la construcción de la paz en el país. Son numerosos los sectores eclesiales que han intervenido en la reflexión sobre las respuestas a estos y otros interrogantes. La Conferencia Episcopal no dejó nunca de elevar su voz sobre los grandes desafíos del país. De otro lado este ejercicio de cuestionamientos e interrogantes ha abierto la posibilidad de escuchar a otros actores de la sociedad colombiana que han hecho aportes muy significativos en la reflexión en medio de los enfrentamientos directos, de los actos de terror y de violencia generalizada. Los documentos del magisterio católico tienen una larga tradición de elaboración en el nivel universal sobre las posibilidades de los diferentes sectores de la comunidad católica y del país.
Desde la década de los 80 se ha intensificado en la Iglesia colombiana la reflexión sobre la caracterización de la situación que vive Colombia y sus diversas violencias para dar una mejor perspectiva del papel de la Iglesia frente a los múltiples desafíos. Una gran necesidad ha sido el llegar a definiciones sobre el papel de la Conferencia Episcopal frente a los retos enormes del presente y la forma como se integran los diversos sectores de la Iglesia en la búsqueda de alternativas u opciones de transformación frente a la situación de enfrentamientos que han sacudido a Colombia a lo largo de los siglos.
En la búsqueda de respuestas frente a la situación del país, la Iglesia Católica en Colombia ha tenido que hacer muchos aprendizajes de otros países en América Latina y el Caribe, pero bajo muchos aspectos se ha visto ante situaciones completamente novedosas. A diferencia de otras situaciones eclesiales, en Colombia no se trata de una Iglesia que responde a los retos de una dictadura militar, tampoco se trata de un país en el cual los bandos en conflicto están tan diferenciados en dos grupos como en otros casos. Este hecho ha exigido un ejercicio de aprendizaje y reflexión junto a otras perspectivas de análisis y de pensamiento.
El dialogo con distintos actores de la sociedad colombiana ha llevado a la Iglesia a tomar posición frente a la definición de la situación que vive el país, que ha sido caracterizada en numerosos documentos del episcopado como un “conflicto armado interno” entre sectores enfrentados desde hace décadas y por otro lado la definición de que la salida tendrá que pasar por una negociación justa.
Desde la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Caritativa los Obispos de este organismo han sido un eje de reflexión permanente y de diálogo con diferentes sectores de la sociedad colombiana. Esta Comisión, desde el mandato recibido de la Conferencia Episcopal, ha representado el rostro de “una Iglesia en salida”, en diálogo e interacción con una sociedad muy viva en sus aspiraciones de paz, justicia y reconciliación.
Esto ha posibilitado el que la Conferencia Episcopal haya entrado en interlocución con otros sectores de la sociedad civil y del Estado para definir mejor su papel en el campo de la construcción de la paz y lo específico de sus aportes a la misma, así como para abordar temas como “el orden público”, “la negociación política del conflicto armado”, “la seguridad democrática”, etc.
Al lado de esa complejidad, la Iglesia ha resaltado el hecho de que existe una dinámica comunitaria y regional esperanzadora por la riqueza de una variedad enorme de propuestas para construir la paz desde la base. La Conferencia Episcopal ha resaltado el hecho de que “en cada colombiano hay capacidad de construir algo nuevo”. Es justamente este hecho el que ha permitido que se pueda asumir la voz de todos los sectores sociales que en su nivel están comprometidos con la construcción de un proyecto nuevo de nación.
El acercarse bajo la óptica de leer “los signos de los tiempos” es la posibilidad de reconocer la historia con sus acontecimientos y en medio de ella descubrir el misterio de la presencia de Dios y su querer. Allí está en gran parte el aporte de la Iglesia en el diálogo.
Como fruto de esos diálogos y encuentros con los distintos sectores sociales se han definido mejor las posibilidades de intervención en el conflicto armado. Los roles asumidos por la Conferencia Episcopal que son más conocidos públicamente han tenido que ver con la facilitación, la tutoría moral, la intermediación, en varios casos de negociaciones entre el Estado y actores armados irregulares. Esto hace que hoy muchos consideren a la Iglesia Católica como un actor muy importante o fundamental en la construcción de acuerdos de paz con los diferentes grupos armados tanto de la guerrilla como de los paramilitares o autodefensas.
La Iglesia Católica ha prestado sus servicios a las negociaciones de paz bajo la perspectiva de que al mismo tiempo se deben dar pasos que lleven a que el país tenga una política nacional permanente de paz: “La Iglesia Católica Colombiana ha expresado en su trabajo por la paz un concepto de Política Nacional Permanente de Paz o Política de Paz de estado” como una guía para la construcción de la paz que debe tener los siguientes elementos: Consenso Nacional. La política de paz de estado debe ser fruto de un gran consenso nacional, que consulte el interés nacional y no dependa de intereses particulares o de grupos. Por ello deben participar en su elaboración y ejecución todos los sectores representativos de la nación….”.
El concepto de fondo sobre la participación de todos los sectores en la construcción y ejecución de una política de paz, ha llevado a que se creen espacios de reflexión nacionales, regionales y locales en los cuales se promueve la formación en la participación ciudadana y en la construcción de la paz desde la base. La perspectiva de lograr la paz después de décadas de confrontación y de millones de víctimas exige un proceso participativo y una pedagogía en todos los ámbitos de la sociedad. Ambas cosas: el proceso participativo y la pedagogía que le deben acompañar han sido poco a poco definidos a lo largo de miles de encuentros y experiencias comunitarias.
El trabajo desde la Iglesia por la participación ciudadana y la pedagogía de la paz reconoce que existen distintos escenarios y la construcción de la paz, pero que no son compartimentos separados sino que deben estar en relación estrecha. Por un lado está el escenario de la negociación del conflicto armado, en el cual participan sectores del Estado, de las organizaciones al margen de la ley, otras instituciones involucradas y facilitadores; otro escenario tiene que ver con la conformación y fortalecimiento de la sociedad civil organizada con capacidad de interlocución frente a los múltiples conflictos que atraviesa la sociedad al menos un tercer escenario es el de la construcción de estructuras que aseguren la justicia social y la convivencia desde la base. Allí quienes actúan desde la pastoral encuentran el reto de dialogar para transformar la forma como se expresan y simbolizan los aspectos más profundos de las relaciones en torno a la convivencia.
En 1996 el país estaba entrando en una dinámica cada vez más compleja de conflicto y de intentos de negociación política. En ese contexto la Conferencia Episcopal nombra a Monseñor Jaime Prieto, Obispo de Barrancabermeja, como Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Caritativa.
Monseñor Jaime identifica ese momento como la encrucijada histórica para fortalecer la capacidad de construir puentes y de llevar el mensaje del Evangelio a los complejos escenarios de “lo social” en los cuales el debate era intenso y desafiante por la emergencia creciente de sectores sociales y de la que se constituiría cada vez más como la sociedad civil con enfoque en la construcción de la paz. Pensar un proyecto de país abierto a esa construcción fue uno de los grandes centros de atención de Monseñor Jaime, al cual le dedicaría gran parte de sus energías de Pastor y hombre de fe.
Un proyecto de nación. La construcción de lo público
Al lado de esta labor de la Conferencia Episcopal, y estrechamente vinculada con ella, es la que ha posibilitado el avance de perspectivas sobre la construcción de un país reconciliado y con justicia social. “Hacia la Colombia que queremos” era el taller que los Obispos de Colombia realizaron en esos años para plantearse el modelo de país al que la Iglesia le está apostando.
Allí se hizo un análisis detenido en los campos de la economía y la pobreza, el aparato de justicia, la seguridad, en fin, los ejes claves de la vida nacional. La óptica de la justicia social y el compromiso con la misma ha tenido un peso tan importante que ha hecho que la Conferencia Episcopal adelante en todo el país programas en todos los órdenes para aportar a la superación de la inequidad que caracteriza las relaciones en Colombia. Inequidad y extrema pobreza son dos de los grandes retos que los Obispos han identificado en torno a la construcción de la paz.
Monseñor Jaime Prieto, en un comentario sobre el ejercicio de repensar a Colombia anotaba: “Veo importante la pregunta sobre qué tipo de Estado y para qué tipo de sociedad. Precisamente la pregunta que nos tenemos que hacer es qué tipo de Iglesia para qué tipo de sociedad”.
La reflexión en torno al proyecto de país ha conducido a una reflexión sobre la necesidad de aportar a la construcción de lo público como “aquel ámbito en el cual se exponen distintos puntos de vista, se tramitan y aceptan las diferencias”, como un espacio de pluralismo y de debate que permite la tolerancia y el reconocimiento del papel de la palabra en la construcción de un modelo nuevo de sociedad.
Para Monseñor Jaime era clave responder a la pregunta sobre el tipo de Estado, de sociedad y de Iglesia que se impone en un mundo tan cambiante y exigente en términos de participación ciudadana como el actual. Un perfil de Monseñor Jaime no puede olvidar esa faceta ciudadana y de compromiso con la democracia que le acompañó a lo largo de su vida episcopal.
El desarrollo de este rol de construcción de ciudadanía y de proyecto de país, ha colocado a la Conferencia Episcopal en interlocución estable con organizaciones de la sociedad civil y de la comunidad política.
Los encuentros ecuménicos con líderes de otras Iglesias y confesiones religiosas para dialogar sobre este proyecto de país compartido han dejado grandes lecciones. Con el tiempo se ha ampliado el rango de acciones y campañas que tienen un carácter ecuménico en Colombia.
Algo que puede ayudar a comprender el rol de la Iglesia Católica en la construcción de país ha sido la participación en la discusión y concertación sobre el plan de cooperación internacional con Colombia. El llamado proceso Londres – Cartagena, que fue seguido muy de cerca y apoyado decididamente por Monseñor Jaime, ha convocado a sectores de la sociedad civil y les ha creado condiciones de diálogo con la comunidad internacional y con el gobierno colombiano sobre las prioridades y ejes de la cooperación internacional. Es tal vez este un escenario estable de diálogo sobre la problemática del país y el rol de la comunidad internacional en la perspectiva de la paz que tiene un impacto mayor por la magnitud de los temas que se discuten, tales como el de la vigencia de los derechos humanos en Colombia. Entre los sectores sociales que han participado activamente a lo largo del proceso se encuentra la Pastoral Social Nacional bajo el liderazgo de Monseñor Jaime.
Otro escenario muy importante ha sido el de los diálogos con organizaciones sociales involucradas en la construcción de la paz en Colombia. La Conferencia Episcopal ha participado activamente de estos espacios por medio del Secretariado Nacional de Pastoral Social, con el compromiso decidido de todos los Obispos que la componen.
El caminar simultáneo en la búsqueda de un proyecto de país con relaciones justas y equitativas, al lado del ejercicio de construcción de puentes con los bandos enfrentados son dos ejes a los que habría que unir el compromiso con los desplazados y las víctimas del conflicto armado, todo bajo una perspectiva de lo que es propio de la misión de la Iglesia que es el compromiso con el Evangelio y con el anuncio de la vida que da el Resucitado.
“El clima que hace posible la realización de la gran tarea de la edificación de un mundo en paz es el de la preocupación por la justicia, concebida en un sentido profético. Además de esto, el fundamento de esa gran tarea lo constituye, desde la perspectiva evangélica a la que siempre tiene que recurrir la Iglesia, lo que hemos llamado el ideal de una civilización del amor y de una cultura de la misericordia”.
El rol humanitario
En 1996 no existía un documento que alertara sobre el problema del desplazamiento forzado interno en Colombia. En ese momento la Conferencia Episcopal tomó la decisión de adelantar una investigación nacional y regional para llamar la atención de las autoridades y del país sobre la grave situación que vivían las víctimas del conflicto colombiano. Desde entonces las problemática del desplazamiento forzado han sido seguida y analizada por organismos de Naciones Unidas, de la sociedad colombiana y ahora se cuenta con una ley que hace de marco de atención estatal a las víctimas de este flagelo.
Una resolución de la Corte Constitucional que obliga a la atención inmediata de las urgentes necesidades de esta población es uno de los resultados de la acción que la Iglesia inició en ese momento. Al conmemorar los 10 años de la primera investigación, la Conferencia Episcopal por medio del Secretariado Nacional de Pastoral Social dio un nuevo documento de seguimiento y actualizó las recomendaciones que elaborara inicialmente. Este proceso que ha estado en el corazón de la Conferencia Episcopal como expresión de su opción por las víctimas y los más necesitados fue altamente animado por Monseñor Jaime quien asumió y encarnó este compromiso como representante de la Iglesia en el campo social.
El trabajo del Secretariado Nacional de Pastoral Social ha incluido un programa especial de investigaciones en el campo del desplazamiento y de la situación de las víctimas del conflicto con el fin de dar recomendaciones al gobierno nacional, a la comunidad internacional y para orientar las acciones que la Iglesia adelanta en el campo de la prevención de las violaciones a los derechos humanos, la atención y protección de las víctimas y la labor de largo plazo de restitución de sus derechos.
Todo esto ha llevado a que la Iglesia colombiana en su trabajo en el terreno haya claramente optado por trabajar al lado de los que sufren y de las víctimas. Habría varios niveles en el trabajo al lado de los que sufren: uno es el investigativo del cual hacen parte los trabajos de las bases de datos sobre desplazamiento forzado: RUT y el de recuperación de la memoria histórica: TEVERE. Ambos programas aprobados desde su nacimiento por la Comisión Episcopal de Pastoral Social bajo el liderazgo de Monseñor Prieto Amaya.
Otro nivel hace parte de los planes de incidencia para lograr una mayor atención internacional y nacional frente a las víctimas, por ejemplo el haber dado inicio a una campaña internacional con la red Caritas que se enfoca todavía hoy sobre la crisis humanitaria en Colombia. Monseñor Jaime justamente participaba con regularidad en las reuniones internacionales del Grupo de Trabajo Colombia de Caritas sobre la situación humanitaria de paz en Colombia y su último viaje al exterior fue justamente para una de esas reuniones en Oslo donde tuvo una destacada intervención sobre la posición de la iglesia colombiana en esta materia. Mientras tanto acompañaba el trabajo junto a otras organizaciones sociales y redes de víctimas para lograr la elaboración y puesta en ejecución de la ley sobre desplazamiento forzado.
Las acciones emprendidas a favor de la población desplazada tienen una perspectiva de restauración de derechos y por lo tanto hacen parte de un esfuerzo más amplio de la Conferencia Episcopal y de la Pastoral Social de promover la defensa de los derechos humanos de todos los colombianos. De hecho existen nexos muy estrechos con organismos de derechos humanos no gubernamentales en Colombia y con organizaciones del nivel internacional para actuar conjuntamente en la promoción y defensa de la dignidad de cada hombre y mujer de Colombia.
Diálogos pastorales
La labor de la Iglesia en la facilitación de procesos de paz ha sido fuertemente avalada por su presencia junto a las víctimas y por su labor en todas las regiones del país con ellos.
El telón de fondo de todas estas intervenciones ha sido la construcción de formas de acercamiento y de crear confianza y espacios para la palabra. Entre estas posibilidades hay que recordar los “diálogos pastorales” como de ejercicios de encuentro y escucha con actores enfrentados para establecer puentes de comunicación y abrir posibilidades de encuentro. El diálogo pastoral es una figura que ha sido muy debatida en Colombia. En algunos momentos ha sido objeto de debate jurídico y legal, en otros se ha discutido sobre su pertinencia.
El dialogo pastoral tan valorado y defendido por Monseñor Jaime es un ejercicio eclesial que resulta de una reflexión y discernimiento desde el Evangelio sobre lo que exige el momento actual a la Iglesia local.
El Obispo con los integrantes de la comunidad eclesial analizan las circunstancias, las leen con perspectiva evangélica. Al final como responsabilidad de Iglesia el Obispo define el tipo de diálogo pastoral que más conviene. Es muy conocido este ejercicio fue muy promovido por Monseñor Jaime a nivel regional y nacional.
El dialogo pastoral puede estar orientado hacia asuntos prioritariamente humanitarios, como la liberación de secuestrados, la situación de personas amenazadas, la presión sobre comunidades para que se desplacen. Pero el diálogo pastoral puede ir más lejos hacia la búsqueda de caminos para la terminación de enfrentamientos tal como lo hizo Monseñor Jaime.
Por diálogo pastoral se ha entendido la posibilidad de explorar caminos en forma creativa y con gran imaginación pastoral, descubriendo posibilidades y fortalezas en los interlocutores pero sin dejar de lado la voz profética que denuncia el mal de la violencia y proclama la necesidad de construir formas diferentes de buscar los fines que se persiguen.
Lo que parecería muy importante es que la intervención de la Iglesia ha buscado legitimar el diálogo como forma de resolver las confrontaciones y conflictos que vive el país. Recuperar el valor de la palabra es una tarea difícil y muy exigente cuando se tienen décadas de confrontaciones armadas y multiplicidad de conflictos.
Otro elemento importante es que el rol asumido en cada proceso de negociación o de acercamientos para la paz ha sido previamente reflexionado en la Conferencia Episcopal para llegar a unas definiciones concertadas sobre los pasos a dar. Monseñor Jaime fue miembro desde la fundación de la “Comisión de Paz” del Episcopado que reúna a los Obispos que intervienen en cada uno de estos acercamientos. Hay una realidad muy significativa y es que un cuerpo como la Conferencia Episcopal mantiene la reflexión y la acción común frente a las distintas posibilidades. Indudablemente que las dinámicas y posibilidades que se establecen en los acercamientos cada grupo armado son muy diversas y es necesario un mecanismo que permita revisar lecciones aprendidas y avanzar en retos de largo plazo.
Una pastoral para la paz y la reconciliación
Uno de los aportes más significativos de Monseñor Jaime Prieto Amaya, el hombre del diálogo social con diversos y distantes, el hombre gran sensibilidad por las problemáticas humanitarias, el Pastor dedicado al discernimiento del querer de Dios para la Iglesia y el país, el incansable evangelizador de lo social, fue la pastoral de la paz y la reconciliación.
Si se pregunta por la estrategia que la Iglesia Colombiana ha desarrollado a la largo de estas décadas en materia de paz, la respuesta está en una serie de acuerdos y de principios que están consignados en documentos que se pueden aglutinar bajo el nombre genérico de “pastoral para la paz y la reconciliación”.
Los documentos que responden a la necesidad de una respuesta de Iglesia frente a los retos que impone el aportar a un proceso de paz. Estos documentos desarrollan el principio de que la paz y la reconciliación son centrales en la construcción de una sociedad que asegure la realización humana plena de todos sus asociados y al mismo tiempo que la paz es central en el mensaje cristiano como práctica. Por lo tanto ubica los niveles de compromiso, los valores, principios y directrices de acción y los roles de cada uno.
El tener un conjunto de tomas de posición, declaraciones o verdaderos documentos de la Iglesia colombiana al respecto, ha sido de una gran utilidad práctica para que en las parroquias del país y en los grupos eclesiales se identifique el compromiso con la paz como parte integrante de la labor eclesial. Esto ha asegurado el que las acciones de la Conferencia Episcopal en el campo de las negociaciones con grupos armados puedan tener un efecto en procesos comunitarios de largo plazo que conducen hacia la reconciliación.
La reflexión sobre los roles y posibilidades se ha mantenido activa a lo largo de los años y ha dejado algunas lecciones importantes sobre la forma como se puede intervenir desde una posición de “reserva moral” de un país, fuertemente respaldada en la credibilidad por el compromiso con la búsqueda de soluciones. Cada conflicto, en su especificidad, ha requerido de una reflexión ética que el de alternativas en términos de justicia y al mismo tiempo ha exigido que quien intervenga entre los actores enfrentados tenga la credibilidad moral necesaria. Esto ha tenido exigencias grandes para la Iglesia en Colombia; le ha colocado como tarea el preguntarse constantemente sobre el tipo de mensaje que transmite para hacer posible la paz.
Al lado de estas lecciones ha producido una reflexión muy profunda sobre la manera como se pueden integrar todas las posibilidades que tiene la iglesia para dar una intervención más enriquecedora y completa frente al fenómeno de la guerra y la violencia.
Crear espacios para el encuentro, la escucha, la consolación, la reconciliación
Integrar voces de distintos sectores afectados por la situación de conflicto y acercarse al dolor por las atrocidades vividas ha conllevado la tarea de “crear espacios” para la reflexión y la acción promovidos por la Iglesia con sus Diócesis y organismos locales.
El crear espacios es ante todo una tarea que la Iglesia ha identificado frente al conflicto armado y particularmente frente a las víctimas de las agresiones y violaciones a los derechos humanos. Se trata de una respuesta cercana y muy humana que abre puertas para quienes no tienen manera de vivir sus sufrimientos y elaborar sus duelos, e incluso para quienes no logran hacer escuchar sus propuestas de paz y reconciliación.
Cuando hablamos de “espacios” pensamos no sólo en lugares físicos, pensamos en ambientes en los cuales se puedan hacer y rehacer relaciones que permitan vivir la dignidad humana. La percepción es que el espacio vital está muy restringido o limitado en regiones en las cuales la confrontación tiende a involucrar a todos sus habitantes.
La propuesta de crear espacios en términos pastorales apuesta a dar la posibilidad de vivir en la práctica los grandes principios que están en la base de la convivencia humana, es decir a crear las condiciones para que las personas puedan vivir su dignidad en plenitud en medio de circunstancias sociales que les son muy adversas. Se trata del poder expresar la palabra y escuchar otras voces, el poder dar a conocer sus sentimientos y sufrimientos al mismo tiempo que sus anhelos y sueños. Es encontrar la posibilidad de soñar con otros en un futuro en paz. Finalmente es crear posibilidades para una esperanza comprometida, activa, transformadora.
Son justamente estos espacios de vida y de esperanza los que han caracterizado la presencia de la Iglesia en sectores en los cuales no se conoce una presencia social del Estado y donde el espacio pastoral está acompañado de múltiples servicios comunitarios que brindan educación, salud, recreación, etc.
En torno a los “espacios” gira sobre todo la pregunta sobre las relaciones que se necesitan para que cada quien pueda sentir que las relaciones que establece son seguras y fraternas. Podríamos encontrar miles de ejemplos. Uno de ellos tiene que ver con el programa Testimonio, Verdad y Reconciliación, TEVERE, que es una metodología de recuperación de la memoria histórica, acogida de las víctimas, sanación de las agresiones sufridas y puesta en marcha de nuevas posibilidades. El proceso de curación debe ser iniciado desde ahora en términos sociales y comunitarios aunque el conflicto con actores a los que Monseñor Jaime dedicó muchas energías para convencerles del camino de la paz sigue produciendo dolor y muerte.
Al cumplirse 10 años del paso de Monseñor Jaime Prieto Amaya a la Casa del Padre Celestial siguen grabados profundamente sus esfuerzos, firmes convicciones y permanente compromiso con una Iglesia volcada hacia las periferias existenciales del sufrimiento por las crisis humanitarias y de las esperanzas que vienen de la presencia del Resucitado.
Mons. Héctor Fabio Henao Gaviria
Director del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Caritas Colombia
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Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 8 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mié 2 Sep 2026
Después del terremoto
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Son muchos los sentimientos encontrados cuando en una buena parte de Colombia padecimos las consecuencias del terremoto el pasado 10 de agosto.El departamento del Valle del Cauca en los distintos municipios, se vio gravemente afectado, y en nuestro caso, el Distrito de Cali se ha visto envuelto en una encrucijada de dolor, pero a la vez de esperanza.En Cali lamentamos la muerte de 158 personas y un número grande de heridos. Los damnificados se suman por miles, cuando en cifras todavía preliminares podemos contar las más de 12.000 residencias destruidas, y eso sin sumar plenamente, las casas de cientos de campesinos que en las zonas rurales se vieron afectadas.Numerosas son las familias que debieron desalojar sus hogares, otras que perdieron sus emprendimientos y otras que quedaron prácticamente con solo lo que tenían puesto el día del terremoto. La dimensión humana nos duele profundamente. Los efectos colaterales en los estados emocionales de muchos son graves y requieren especial atención.La Iglesia de Cali, así como de las diócesis de Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira, hemos dado muestras de entrega y acompañamiento espiritual y social sin límites. Cada una de estas jurisdicciones hicimos, hacemos y haremos todo lo que esté al alcance de nuestras manos.Hemos acompañado las comunidades afectadas tanto desde lo espiritual, como también con el complemento psicológico. Desde nuestras instituciones, comenzando por las pastorales sociales diocesanas y los Bancos de alimentos, hemos tratado de llevar un poco de consuelo a las personas más vulnerables.Desde el Banco arquidiocesano de alimentos de Cali, hemos llevado víveres a sectores marginados de la ciudad, pero también a Buenaventura, Palmira, Cartago, Istmina, Pereira, para que los obispos locales los distribuyan en las parroquias más afectadas.La vida sacramental no podía estar ausente, y con la presencia de sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y algunos laicos, se asumió la hermosa tarea de acompañar los lugares de la tragedia a los damnificados. En los casos de los difuntos, y cuando se solicitaba, se pudieron realizar dignas celebraciones exequiales, y ofrecer a los familiares de los fallecidos, el consuelo de la fe.Resalto la iniciativa del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, la iniciativa de venir a nuestro departamento del Valle, y a Pereira, con 80 presbíteros acompañados por el cardenal y los obispos auxiliares. Fue una presencia misionera cargada de fe y sentido eclesial. Agradezco, en nombre de todos los obispos y fieles de toda la arquidiócesis de Cali y de Pereira, tan loable presencia que nos hermana mucho más.Después del terremoto que produjo la tierra con su movimiento tectónico surgió otro terremoto, el de la solidaridad. Cómo no reconocer los esfuerzos de los rescatistas y voluntarios, hombres y mujeres de todas las edades que pusieron lo mejor de cada uno para salvar vidas o rescatar victimas. Cómo no valorar al Estado Colombiano, a los bomberos, a la defensa civil, a los rescatistas de otros países y ciudades de Colombia, al personal de la salud, y a las autoridades de policía y ejército que, sin desfallecer, aun con el corazón roto, de día y de noche trabajaron en las acciones humanitarias. No hubo distinción ni de condición política, ni de credo ni de condición social, Hubo fraternidad y trabajo común con el firme propósito de salvar vidas lo más pronto posible. A las autoridades civiles de la Gobernación y las alcaldías municipales, va también nuestro reconocimiento, pues ellos no solo intervinieron en los momentos propios inmediatos al terremoto, sino que les corresponde la no fácil tarea de la reconstrucción integral de Cali y demás municipios del Valle del cauca.Por último, después del terremoto, en cuanto a la Iglesia se refiere, nos viene la tristeza que se acrisola con la fe en el Señor. Cerca de 100 templos y capillas de todo el Departamento se han visto seriamente afectados, muchos de ellos colapsaron o es necesario demoler. Muchas parroquias han debido ser cerradas como medida cautelar, lo que impide que los fieles tengan un lugar digno para sus celebraciones.En Cali fueron estos los templos y capillas con mayor afectación:1.La catedral San Pedro Apóstol, de la Plaza Caizedo, iglesia madre de Cali, referente histórico de muchos años. Bien patrimonial de interés nacional.2.La capilla de la Merced. Lugar donde hace 490 años nació Cali. Bien patrimonial de interés nacional.3.La parroquia central San José, de La Cumbre, con colapso total.4.La parroquia Principal y la capilla de Dagua5.La parroquia San Isidro Labrador, Km. 306.La parroquia El Sagrado Corazón, en Bitaco.7.La parroquia de Nuestro Señor del Buen Consuelo, Yumbo.8.La parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Colseguros.9.La parroquia San Ignacio de Loyola, Terrón Colorado.10.La casa de velación In memoriam, junto a la parroquia de San Fernando Rey.11.La Capilla de Jesús Nazareno, en el barrio Alameda.12.La parroquia Santa Teresa de Jesús, en Pampalinda, afectación total de techo.13.La parroquia el Santísimo Sacramento, el Templete.14.La capilla de La Milagrosa, en la avenida Roosevelt.Y otras 41 parroquias y capillas que sufrieron afectaciones de diverso nivel.Después del terremoto viene la esperanza, viene la recuperación integral de las comunidades, viene la reconstrucción o restauración de nuestros templos y capillas. Confío en que, con la ayuda de todos, vamos a lograr esta meta.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali
Mar 25 Ago 2026
Hacemos historia de salvación desde la parroquia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta