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Comunidad Humana y mundo rural: Una relación necesariamente sustentada por valores éticos
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El fundamento ético es inherente a la relación que la comunidad humana ha ido trabando con el territorio a lo largo del tiempo. Cuando aquel se desvanece la buena relación se trunca, originándose graves desequilibrios que no solo provocan efectos en el territorio, sino también en la propia comunidad humana. Como indica el Papa Francisco en su última encíclica, «es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia» (Fratelli tutti, 145).
Esta afirmación general se encarna de muy diversas formas en el mundo y, a lo largo de la historia, ha tomado cuerpo de maneras distintas. No obstante, hay algo común en todas ellas: la permanencia de valores éticos, más o menos activados, en el quehacer humano a la hora de manejar los recursos naturales, sin los cuales, como se ha dicho, las consecuencias son claramente negativas. Convencidos de la dignidad de la persona y asumiendo la llamada a la fraternidad universal, podemos «soñar y pensar en otra humanidad. Es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos» (FT, 127). Más para alcanzar esta meta es necesario que todos tengan la voluntad de aportar, la capacidad para hacerlo y el sacrificio que comporta tal fin.
Vertebro mis reflexiones en tres apartados. En el primero, se hace una rápida presentación de algunas claves que perfilan la significación de los territorios rurales en nuestro mundo actual a la luz de algunos datos ofrecidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En el segundo, se abordan los dos conceptos básicos que arman los procesos activos de uso de los recursos naturales en el mundo rural y terminan por crear organismos productores de bienes: la operatividad y la funcionalidad. En el tercero, se reflexiona sobre la necesaria condición derivada de aquella operatividad y funcionalidad: la sostenibilidad que, en otras palabras, es la expresión más evidente de un obrar ético.
1. ¿Son los territorios rurales protagonistas esenciales en nuestro mundo?
La realidad de un mundo industrializado y el enorme peso de la población urbana han enmascarado esa otra realidad que, sin embargo, está ahí y, paradójicamente, resulta esencial para la primera. El mundo rural sigue siendo la pieza clave que ha hecho posible, y lo sigue haciendo, el sostenimiento de los ámbitos urbanos donde sociedades terciarizadas se afianzan y, al contrario de lo que pasa en los territorios rurales, muestran signos de evidente vitalidad.
Una breve pincelada resulta suficiente para mostrar la importancia de los territorios rurales en el mundo. Lo son por el peso de las extensiones que ocupan, la población que habita en ellos, las personas que trabajan en la agricultura, ganadería y explotación forestal, y las importantes funciones que desempeñan.
En efecto, según el Anuario Estadístico de la FAO de 2020, con datos referidos a los años 2017-2018, los terrazgos labrados y los prados y pastos permanentes ocupan en el mundo el 36,9% de la superficie emergida. Asia es el continente más agrario con el 53,7% de su extensión ocupada por tierras de tal condición, mientras Europa tan solo mantiene un 20,9%. Las tierras de cultivo alcanzan en el mundo los 15,6 millones de kilómetros cuadrados (km2), mientras que los prados y pastos permanentes casi duplican esa cantidad y las tierras forestales alcanzan los 40,6 millones de km2. Dicho de otra manera, algo más de dos terceras partes de la superficie emergida de la tierra tienen un recubrimiento agroforestal; es decir, tiene una potencialidad de uso agrario activada o latente. La tendencia desde el año 2000 es creciente para las tierras agrícolas, que han avanzado en unos 75 millones de hectáreas, mientras que las forestales retroceden en unos 89 millones de hectáreas.
Algo más de 3.400 millones de habitantes son catalogados como población rural; es decir, están asentados en espacios rurales. Eso significa el 44,8% del censo demográfico del mundo, alcanzando el 58% en África y el 50% en Asia; mientras, en América, es del 19% y en Europa del 25,4%.
La población ocupada en labores agrícolas roza los 900 millones, lo que significa el 27% de la población activa total (en el año 2000 era del 40%). África es el continente en el que el peso es mayor, con el 49,3%, mientras que en Europa es del 5,5%. Sin embargo, a pesar de ofrecer un acusado crecimiento en la aportación del sector agrario al PIB mundial entre el año 2000 y 2018, su significación es escasa (sobre el 4%). Por continentes, los contrastes son claros: en África participa del 18,8%, mientras en Europa lo hace con el 1,6%.
Los sistemas rurales hacen uso del complejo tecnológico de modo muy dispar. Asia utiliza 178,4 kg de fertilizantes químicos por cada hectárea de cultivo y 3,67 kg de pesticidas/hectárea de cultivo, mientras África tan solo alcanza 25,1 kg y 0,30 kg.
Por último, las emisiones provocadas por los manejos agrícolas y ganaderos se cifran en 5.410,5 millones de toneladas CO2 equivalentes y alcanzan los 10.439 millones de toneladas CO2 equivalentes, si se toma en consideración la conversión neta de bosques y las turberas degradadas. Asia es el continente con mayor participación en la generación de estas emisiones con casi la tercera parte de las mismas (1).
A la luz de estos datos, se pue- de contestar con fundamento a la pregunta que encabeza este apartado. En efecto, la importancia de los territorios rurales es significativa en nuestro mundo. Ocupan una buena extensión de las tierras emergidas; albergan a una parte cuantiosa de la población mundial y en ellos trabaja un porcentaje elevado de la población activa, aunque las diferencias entre continentes son muy acusadas; la aportación al PIB mundial, sin embargo, es escasa, si bien en el seno de unos continentes su peso es mucho mayor que en otros; y, por último, la aplicación del complejo tecnológico a los sistemas productivos es muy dispar, así como el impacto generado por las emisiones, cosa a tener muy en cuenta.
Ahora bien, junto al protagonismo que mantienen los territorios rurales en la hora presente, es necesario reconocer las tendencias que amenazan al mundo alejado de las grandes urbes. A menudo, la falta de servicios y oportunidades en estas zonas está produciendo una dinámica evidente de despoblación y empobrecimiento. Si no queremos ir muy lejos, se habla, con tanta razón como dolor, de la España vaciada, de la España olvidada (un fenómeno que, por cierto, no es exclusivo de nuestro país) (2).
Ante ello, el reto consiste en vigorizar el sentimiento de pertenencia, ocupada favorecer el acceso a unos servicios públicos de calidad, reformar inteligentemente el sector agrario, impulsar la actividad económica, diseñar una fiscalidad apropiada a los territorios despoblados, promover la creación de créditos y avales adecuados, dar a conocer la historia y las tradiciones locales, conservar el patrimonio, reforzar la formación y la educación para coser a los jóvenes al territorio, dotar al entorno de tecnología y mejorar las comunicaciones y demás infraestructuras. Son elementos clave para ofrecer oportunidades vitales a las nuevas generaciones. Si dentro encuentran lo que desean no tendrán que buscar fuera. Hay que brindar a quienes pertenece el porvenir un presente atractivo, fecundo y sólido. Será la mejor herramienta para que puedan construir su propio destino y sean dueños de sus propios sueños.
El futuro será real y aceptable para cuantos llaman suyo al mañana si existe un vínculo consistente entre persona, comunidad y territorio. De lo contrario, solo contaremos con espacios urbanos masificados y despersonalizados, por un lado, y con regiones rurales abandonadas, empobrecidas y vaciadas, por otro. El siguiente apartado ofrece algunas pistas en este sentido.
2. Los territorios rurales: una creación de la comunidad humana
Desde el primer momento en que la comunidad humana se asienta sobre un territorio crea necesariamente lazos con él. Entabla una relación compleja que se manifiesta en una doble cara: la del beneficio que el hombre obtiene para hacer posible su supervivencia y la del sello que imprime en el medio al intervenir sobre él; sello que se visualiza a través del paisaje y se puede medir por los múltiples impactos ambientales producidos. La intervención humana perdura en el tiempo y termina por acrisolar una madeja de relaciones, que podríamos denominar «trabazón», hasta configurar un nuevo organismo; «un todo animado», podría llamarse, evo cando una expresión de Alexander von Humboldt (3).
Esa trabazón que ha surgido implica dos acciones esenciales: la operatividad y la funcionalidad. La primera hace referencia al conjunto de técnicas utilizadas para poder transformar el recurso en producto y la segunda al beneficio mutuo que comporta, o debe comportar, para la comunidad humana y para los ecosistemas naturales.
No cabe pensar que la comunidad humana y el complejo físico pudieran ser dos naturalezas contrapuestas, antagónicas, que buscan imponerse una a otra. Más bien, forman parte del mismo entramado natural con evidentes características y potencialidades diferentes. Puede que la más sobresaliente sea la responsabilidad de la comunidad humana derivada de su propia condición de libre, inteligente y dotada de ingenio que le permite ejercer un cierto dominio sobre el escenario natural en el que vive y del que se nutre. Dominio que en términos etimológicos nos hace pensar en la construcción de la casa común a la que tantas veces se refiere el Santo Padre. No se trata, obviamente, de un «dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas» (LS, 83), sino de labrar y cuidar la tierra: «Mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza» (LS, 67).
En efecto, la relación hombre-recurso siempre ha estado sustentada por herramientas materiales y organizativas; unas veces de cariz tradicional y otras más evolucionadas. Ellas han hecho posible el progreso y, en suma, la mejora de las condiciones de vida, no solo en el plano material, sino también en aquellos aspectos más nobles propios de la naturaleza humana, notablemente la cultura. La permeabilidad entre civilizaciones ha facilitado la penetración de esos procesos operativos, impulsados por numerosos entes internacionales, entre ellos la FAO, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), con el afán de procurar un justo y equitativo desarrollo a todos los pueblos del mundo. Este loable empeño ya posee una primera manifestación del fundamento ético. No basta procurar el desarrollo mediante la enseñanza-aprendizaje de modos más eficientes de operar con los recursos, es necesario hacerlo sin anteponer los intereses propios a los de la comunidad rural que recibe aquellos y eso se llama generosidad. «La convicción del destino común de los bienes de la tierra hoy requiere que se aplique también a los países, a sus territorios y a sus posibilidades» (FT, 124).
La funcionalidad del recurso natural es el primer efecto de la acción operativa desplegada por el hombre. Poner a funcionar un recurso es activar sus potencialidades para que pueda cumplir el papel encomendado. Del recurso emanan productos necesarios para la satisfacción de las necesidades de la comunidad humana, al mismo tiempo que aquel, podríamos decir, adquiere mayor plenitud. La funcionalidad del recurso, y más en concreto la del recurso natural para la agricultura, no solo implica, por tanto, la provisión de un bien, sino, sobre todo, el ennoblecimiento del propio recurso al dotarlo de «cultura» y convertirlo en una obra creada por el hombre, no pocas veces dotada incluso de valores estéticos. ¿Alguien puede pensar que la funcionalidad del recurso puede ser encomiable, fructífera y hasta engendrar belleza sin el sustento de un comportamiento ético?.
En resumen, tanto la operatividad como la funcionalidad, dos procesos clave en la puesta en marcha de las potencialidades de los recursos naturales, rezuman valores éticos que se pueden concretar, por un lado, en la búsqueda de la equidad - un impacto justo en los beneficios del progreso - y, por otro, en el uso sostenible, duradero y hasta ennoblecedor de lo que ofrece el complejo físico hasta «culturizarlo» en el sentido más noble del término. Tal como recuerda el Sumo Pontífice, «hace falta incorporar la perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y así entender que el desarrollo de un grupo social supone un proceso histórico dentro de un contexto cultural y requiere del continuado protagonismo de los actores sociales locales desde su propia cultura» (LS, 144).
3. El fundamento ético de la sostenibilidad en los territorios rurales
Aquella «trabazón» operativa y funcional está sometida a continuos cambios, bien por la mejora del complejo tecnológico utilizado por el hombre, bien porque las demandas sociales se vuelven más exigentes o cambian de orientación. Ese cambio es precisamente el que le dota de vida; carácter ineludible que debe cumplir.
Hace ya mucho tiempo que la condición de sostenible se ha vuelto exigible por parte de las instituciones públicas a cualquiera de las acciones que la comunidad humana emprenda en su relación con los recursos naturales; ahí están los programas diseñados a tal fin por los gobiernos y los múltiples foros internacionales que abogan por ello, entre los que descuella la Agenda 2030 de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, consensuada por la comunidad internacional como plan de acción a favor del progreso de las personas y del planeta (4).
No obstante, cabe decir que el interés por una conducción sostenible no es ninguna novedad, pues ahí están los manejos tradicionales de los sistemas agrarios que durante siglos supieron extraer lo necesario para la supervivencia, a la vez que cuidaron exquisitamente el recurso.
La sostenibilidad ofrece una diversidad de aspectos que la hacen plural. No se puede hablar tan solo de sostenibilidad ambiental, como una acepción exclusiva y unidireccional. Más bien, el horizonte se amplía al dar entrada a las implicaciones sociales, económicas y culturales que también le son consustanciales. Es ahí donde el comportamiento ético da plenitud a la sostenibilidad al dotarla de fundamentos que hacen posible la satisfacción de los bienes necesarios y el progreso de la comunidad humana, al mismo tiempo que procuran la conservación y mantenimiento de los recursos con toda su vigorosa potencialidad para generaciones futuras.
La sostenibilidad ambiental debe ser siempre una condición del obrar humano. Al manejar los recursos naturales, el hombre no toma contacto con algo ajeno a él; más bien, acoge en sus manos un recurso que, de tratarlo indebidamente, produce un daño injusto al recurso y un impacto negativo en el hombre. Por tanto, preservar la integridad del recurso se convierte en el primero de los principios éticos a no soslayar nunca.
La sostenibilidad social implica tener como prioritaria «la distribución equitativa de los frutos del verdadero desarrollo», como ya señaló san Juan Pablo II (Sollicitudo Rei Socialis, 26). Sería corrupto acaparar por parte de unos pocos, aunque algunos pudieran pensar que fuera legítimo, los bienes fruto de aquella funcionalidad exitosa e incluso dotada de excelente condición por sus efectos ambientales positivos. La equidad es expresión de la solidaridad y, a la vez, debe ser complementada por esta. De este modo, se convierte en el fundamento ético de la sostenibilidad social.
La sostenibilidad económica no alude tan solo a la viabilidad de un determinado uso de los recursos naturales por la suficiente aportación pecuniaria. Esto sería restringir el significado a un balance financiero saneado. Más bien, debe entenderse por tal el uso de los recursos económicos de modo transparente y tomar en consideración la función social de la riqueza generada al margen de la satisfacción exigida por parte de la sociedad por el bien material producido. Por tanto, el enriquecimiento de unos pocos y la aparición y consolidación de sociedades desequilibradas económicamente es una perversión del principio ético de la solidaridad que debe regir la sostenibilidad económica.
La sostenibilidad cultural alude al respeto exquisito de las culturas diversas que se han generado en los territorios rurales de todo el mundo. La incorporación en cada una de ellas de procesos operativos más eficientes no tiene por qué suponer una «uniformización cultural»; más bien se deben respetar siempre los legados culturales diversos que son manifestación excelente de la creatividad humana. La respetabilidad, por tanto, debe ser un valor ético sustentador de cualquier acción desplegada en el campo del desarrollo y hace posible al mismo tiempo el progreso y la conservación de las culturas.
Estos principios éticos - mantenimiento de la integridad del recurso, equidad social, solidaridad económica y respetabilidad cultural - deben regir las cuatro facetas de una sostenibilidad integral a las que nos acabamos de referir. Cabe preguntarse si aquellos son permanentes o adaptativos a las situaciones concretas que se vivan. Dicho de otra manera, ¿hay un cimiento ético duradero inherente a la relación entre la comunidad humana y los territorios rurales? La vigencia de un fundamento ético permanente que anime al quehacer humano en este campo parece del todo plausible.
Este fundamento permanente no puede ser maleable a conveniencia; es decir, el hombre no puede hacer «ingeniería ética» o, lo que es lo mismo, crear en cada momento un panel de principios éticos cambiables y acomodables a su interés inmediato y coyuntural. No serían tales. Se cometería el mayor de los fraudes al vaciar de honesto sentido unas palabras biensonantes. Al contrario, estimo que hay un rescoldo permanente, aunque no estable, que bien pudiera calificarse de progresivo; es decir, lleno de vitalidad que se enriquece continuamente y afianza su base cada día por el crecimiento y la fortaleza que entraña el obrar ético de la comunidad humana explicitado por los valores a los que nos hemos referido anteriormente.
Como mencionaba el Obispo de Roma, «la solidez está en la raíz etimológica de la palabra solidaridad. La solidaridad, en el significado ético-político que esta ha asumido en los últimos dos siglos, da lugar a una construcción social segura y firme» (FT, 115, nota 88).
Conclusión
Más que una conclusión es importante provocar una incitación. Una incitación a pensar conjuntamente si el sustrato ético que debe animar toda acción humana puede obviarse o, al contrario, debe fortalecerse y convertirse en un auténtico tamizador que nos oriente sobre la bondad o maldad de nuestra relación con el medio en el que vivimos.
Hemos señalado la generosidad como valor ético que debe presidir la acción del desarrollo. También la sostenibilidad como condición necesaria de una saludable funcionalidad de los territorios rurales. En el seno de esta sostenibilidad se ponen en juego valores éticos como la integridad ambiental, la equidad social, la solidaridad económica y la respetabilidad cultural.
¿Acaso alguien puede afirmar que estos no son valores éticos ejercidos por la comunidad humana en su trato con los territorios rurales y las gentes que los habitan? Más bien, me atrevo a decir que, si perdieran vigor o fueran sustituidos por sucedáneos oportunistas, las consecuencias serían muy negativas, tanto para el medio rural como para la humanidad entera.
NOTAS
(1) Cfr. FAO. 2020, World Food and Agriculture - Statistical Yearbook 2020, Rome 2020. Puede consultarse en: https://doi.org/10.4060/cb1329en.
(2) Sobre el panorama español, sigue siendo de gran interés el estudio de D. PEREI- RA JEREZ, F. FERNÁNDEZ-SUCH, B. OCÓN MARTÍN, O. MÁRQUEZ LLANES, Las zonas rurales en España. Un diagnóstico desde la perspectiva de las desigualdades territoriales y los cambios sociales y económicos, Fundación FOESSA, Madrid 2004.
Puede consultarse en: https://www.caritas. es/producto/zonas-rurales-espana diagnostico-perspectiva-desigualdades-territoriales-cambios-sociales económicos/
(3) Cfr. A.VON HUMBOLDT, Cosmos. Ensayo de una descripción física del mundo, Imprenta de Gaspar y Roig, Madrid 1874, Tomo I, 1-69.
(4) Un amplio comentario sobre esta iniciativa de la ONU puede encontrarse en: J. M. LARRÚ (coord.), Desarrollo humano integral y Agenda 2030. Aportaciones del pensamiento social cristiano a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2020.
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Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 8 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mié 2 Sep 2026
Después del terremoto
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Son muchos los sentimientos encontrados cuando en una buena parte de Colombia padecimos las consecuencias del terremoto el pasado 10 de agosto.El departamento del Valle del Cauca en los distintos municipios, se vio gravemente afectado, y en nuestro caso, el Distrito de Cali se ha visto envuelto en una encrucijada de dolor, pero a la vez de esperanza.En Cali lamentamos la muerte de 158 personas y un número grande de heridos. Los damnificados se suman por miles, cuando en cifras todavía preliminares podemos contar las más de 12.000 residencias destruidas, y eso sin sumar plenamente, las casas de cientos de campesinos que en las zonas rurales se vieron afectadas.Numerosas son las familias que debieron desalojar sus hogares, otras que perdieron sus emprendimientos y otras que quedaron prácticamente con solo lo que tenían puesto el día del terremoto. La dimensión humana nos duele profundamente. Los efectos colaterales en los estados emocionales de muchos son graves y requieren especial atención.La Iglesia de Cali, así como de las diócesis de Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira, hemos dado muestras de entrega y acompañamiento espiritual y social sin límites. Cada una de estas jurisdicciones hicimos, hacemos y haremos todo lo que esté al alcance de nuestras manos.Hemos acompañado las comunidades afectadas tanto desde lo espiritual, como también con el complemento psicológico. Desde nuestras instituciones, comenzando por las pastorales sociales diocesanas y los Bancos de alimentos, hemos tratado de llevar un poco de consuelo a las personas más vulnerables.Desde el Banco arquidiocesano de alimentos de Cali, hemos llevado víveres a sectores marginados de la ciudad, pero también a Buenaventura, Palmira, Cartago, Istmina, Pereira, para que los obispos locales los distribuyan en las parroquias más afectadas.La vida sacramental no podía estar ausente, y con la presencia de sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y algunos laicos, se asumió la hermosa tarea de acompañar los lugares de la tragedia a los damnificados. En los casos de los difuntos, y cuando se solicitaba, se pudieron realizar dignas celebraciones exequiales, y ofrecer a los familiares de los fallecidos, el consuelo de la fe.Resalto la iniciativa del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, la iniciativa de venir a nuestro departamento del Valle, y a Pereira, con 80 presbíteros acompañados por el cardenal y los obispos auxiliares. Fue una presencia misionera cargada de fe y sentido eclesial. Agradezco, en nombre de todos los obispos y fieles de toda la arquidiócesis de Cali y de Pereira, tan loable presencia que nos hermana mucho más.Después del terremoto que produjo la tierra con su movimiento tectónico surgió otro terremoto, el de la solidaridad. Cómo no reconocer los esfuerzos de los rescatistas y voluntarios, hombres y mujeres de todas las edades que pusieron lo mejor de cada uno para salvar vidas o rescatar victimas. Cómo no valorar al Estado Colombiano, a los bomberos, a la defensa civil, a los rescatistas de otros países y ciudades de Colombia, al personal de la salud, y a las autoridades de policía y ejército que, sin desfallecer, aun con el corazón roto, de día y de noche trabajaron en las acciones humanitarias. No hubo distinción ni de condición política, ni de credo ni de condición social, Hubo fraternidad y trabajo común con el firme propósito de salvar vidas lo más pronto posible. A las autoridades civiles de la Gobernación y las alcaldías municipales, va también nuestro reconocimiento, pues ellos no solo intervinieron en los momentos propios inmediatos al terremoto, sino que les corresponde la no fácil tarea de la reconstrucción integral de Cali y demás municipios del Valle del cauca.Por último, después del terremoto, en cuanto a la Iglesia se refiere, nos viene la tristeza que se acrisola con la fe en el Señor. Cerca de 100 templos y capillas de todo el Departamento se han visto seriamente afectados, muchos de ellos colapsaron o es necesario demoler. Muchas parroquias han debido ser cerradas como medida cautelar, lo que impide que los fieles tengan un lugar digno para sus celebraciones.En Cali fueron estos los templos y capillas con mayor afectación:1.La catedral San Pedro Apóstol, de la Plaza Caizedo, iglesia madre de Cali, referente histórico de muchos años. Bien patrimonial de interés nacional.2.La capilla de la Merced. Lugar donde hace 490 años nació Cali. Bien patrimonial de interés nacional.3.La parroquia central San José, de La Cumbre, con colapso total.4.La parroquia Principal y la capilla de Dagua5.La parroquia San Isidro Labrador, Km. 306.La parroquia El Sagrado Corazón, en Bitaco.7.La parroquia de Nuestro Señor del Buen Consuelo, Yumbo.8.La parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Colseguros.9.La parroquia San Ignacio de Loyola, Terrón Colorado.10.La casa de velación In memoriam, junto a la parroquia de San Fernando Rey.11.La Capilla de Jesús Nazareno, en el barrio Alameda.12.La parroquia Santa Teresa de Jesús, en Pampalinda, afectación total de techo.13.La parroquia el Santísimo Sacramento, el Templete.14.La capilla de La Milagrosa, en la avenida Roosevelt.Y otras 41 parroquias y capillas que sufrieron afectaciones de diverso nivel.Después del terremoto viene la esperanza, viene la recuperación integral de las comunidades, viene la reconstrucción o restauración de nuestros templos y capillas. Confío en que, con la ayuda de todos, vamos a lograr esta meta.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali
Mar 25 Ago 2026
Hacemos historia de salvación desde la parroquia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta