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Hacia una reforma tributaria más humana que técnica
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Por: Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - “La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona” (Benedicto XVI. Caritas in veritate, 45).
En la discusión que se ha abierto en Colombia respecto de la propuesta de la reforma tributaria que ha sido entregada para su estudio y aprobación al Congreso, son muchos los decires en particular sobre el borrador del articulado. Es muy común escuchar que en lo que tiene que ver con la elaboración de las leyes, muchas veces llevan al horno una torta de manzana, y sale un pan. Esto para decir, que en la mayoría de las veces, los borradores borradores son y casi siempre se modifican sustancialmente.
Esto quiere decir que, en el caso que nos ocupa de la reforma tributaria, no sobra conocer las propuestas y articulados, pues en sana discusión puede ayudar a los legisladores a mejorarlos, adicionarles otros o eliminarlos y por qué no, a descubrir la oportunidad o no de una decisión.
Con esta reflexión no pretendo aproximarme a los artículos y propuestas de reforma, sino al espíritu que ha de animar la realización de la misma, pues si el espíritu está en el vía correcta, sin duda que el resultado será, de pronto no perfecto, pero sí más justo.
Un aspecto, que es el que quisiera respetuosamente abordar, es el que tiene que ver con los agentes de la ley, los legisladores y los ciudadanos en general que a través de ellos tienen su representatividad.
¡Cuánto me gustaría que estas reflexiones lleguen a quienes tienen en sus manos el deber de legislar no solo los asuntos pertinentes a la reforma tributaria, sino también en los múltiples aspectos de la vida en Colombia!
Como Obispo católico, ¡cuánto quisiera que la luz el Espíritu Santo los ilumine y les ayude a entender la grandeza de su misión! Si lo hacen todos, no importa el grupo político o ideológico al que pertenezcan, podrán poner por obra la principal motivación de la política: el bien común, el bien de la persona y el desarrollo integral de nuestros pueblos.
La Doctrina Social de la Iglesia, que aplica de especial manera el mandamiento del amor al prójimo desde lo social, trae un innumerable acopio de reflexiones, mensajes y exhortaciones para que los hombres y mujeres de buena voluntad tomemos conciencia del papel de ser constructores de la gran familia humana. Algunas de sus afirmaciones pueden parecer fuertes y lo son, pues pretenden hacer despertar la conciencia de muchos que nos hemos venido acostumbrando a un estilo de vida sin Dios y sin ley.
La Iglesia ha sido abanderada de la defensa de los más débiles, de los pobres. Realiza con valentía la denuncia de la violación de los derechos y la dignidad de los que no tienen voz. Por eso en este acervo de labor profética, la dimensión económica no ha estado ausente en la evangelización.
El papa Benedicto XVI regaló a la humanidad la magnífica encíclica Caritas in veritate, en el 2009, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y la verdad. Quiso invitarnos a reflexionar entorno de la magistral encíclica Populorum progressio de Pablo VI, que cumplía 40 años de su publicación, la que presenta como la Rerum Novarum de la época contemporánea, ésta última, de León XIII sobre la cuestión social en la época de la industrialización.
Partiendo de la afirmación sobre la impostergable necesidad de asumir los parámetros éticos en la implementación de las leyes, quise proponer primeramente la dimensión ética y humana en la aproximación a la economía, pues una economía que no sea de por sí humana, solo conduce a la esclavitud y a la explotación del otro.
Ahora bien, la necesidad de hacer una reforma tributaria, que tiene suficientes argumentos para su realización y que nadie puede negar, como la crisis fiscal y económica de todos los sectores de la población por causa, por un lado de la pandemia, pero también por la corrupción tan alarmante que parece como un cáncer que derrumba los fundamentos relacionales de los ciudadanos y las instituciones, se va volviendo cada vez más apremiante.
Así las cosas, una reforma como la propuesta y las que vengan, no puede tener la motivación de solucionar solo los problemas de hoy, a manera de bomberos que aparecen para apagar el fuego, sino que tiene el deber que mirar al futuro. La mirada no puede ser de corto plazo, ha de ser también amplia, con la que se busque asegurar el presente y el futuro de la sociedad.
Un aspecto clave también para los legisladores, que sin duda es de difícil compaginación, es combinar la respuesta a los dramáticos problemas actuales como el desempleo, la poca capacidad adquisitiva de las familias, la falta de vivienda digna, el hambre, la violencia en todas sus manifestaciones y un largo etcétera, con asentar las bases duraderas que permitan un futuro tranquilo. Las presiones e intereses seguramente son innumerables y requerirá por parte de todos serenidad, estudio y compromiso.
Como esto es trabajo de todos, y todos deberemos ser responsables de todo y de todos, el papa Benedicto plantea una cuestión que en Colombia ha cogido una fuerza descomunal. Veamos: “En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a nadie, si no es a sí mismos. Piensan que son solo titulares de derechos y con frecuencia cuesta madurar en su responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y ajeno…. La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios” (CI, 43).
Es también común escuchar que “a nadie le gusta que le toquen el bolsillo”. Esto es, que pocos están dispuestos a aportar de lo que es propio para el beneficio común de los demás. Cierto es que las cargas impositivas que tenemos los colombianos son enormes, pero tampoco se puede negar que cuando se da primacía a los derechos individuales, se va opacando poco a poco la dimensión solidaria del ser humano, para dar espacio al egoísmo simple de quien se cree en el derecho solitario de defender sus propios derechos. Cuando en un expendio de cualquier cosa el vendedor pregunta al cliente ¿necesita la factura?, ¿qué hay detrás de esta pregunta? Dicen los expertos que si en realidad todos en Colombia pagáramos como debe ser los impuestos y fuéramos responsables con las obligaciones frente al fisco nacional, no sería necesaria ninguna reforma tributaria y hasta sobraría dinero…. La ética de una economía verdaderamente humana, parte del reto que es necesario recuperar cada vez más la responsabilidad de la ciudadanía, las implicaciones del ciudadano que tiene sentido de pertenencia a su comunidad, a su ciudad, a su región, a su país, al mundo.
Limitar los derechos a un asunto personal, lleva también a una esclavitud que solo conduce a la propia y solidaria autodestrucción. De nuevo es necesario decir que todos somos responsables de todos.
Así, afirmar tajantemente que esto de la economía y de la reforma tributaria le toca solo al Estado, es una verdad parcial, porque si bien al Estado -estructura- le corresponde liderar, coordinar, ejecutar y administrar la dinámica fiscal del país, los primeros que también debemos participar responsablemente en esta gestión somos los ciudadanos como aportantes y veedores de la misma.
Es una realidad innegable que sin Estado no hay sociedad, pero ¿cómo tener un Estado que no ahogue, limite o clasifique la sociedad o al menos a una parte de ella? ¿Cómo garantizar la transparencia en el uso de los recursos que los ciudadanos entregan al Estado? Una pregunta, de no poca monta es necesario plantear: ¿a qué sociedad sirve el Estado? ¿Cuál es su tamaño y cómo está distribuida social y económicamente? ¿Cómo se debería hacer una caracterización de la sociedad que vaya más allá de las estadísticas y encuestas? Y por último, ¿cómo hacer para que efectivamente todos contribuyamos de manera equitativa y proporcional al desarrollo integral de Colombia?
Como ayuda respetuosa para los legisladores que tienen en sus manos la tarea de analizar y llevar a cabo la posible reforma tributaria, traigo nuevamente al papa Benedicto XVI, quien con elocuencia y firmeza dirá:
“Toda la economía y todas las finanzas, y no solo alguno sectores, en cuanto instrumentos, deben ser utilizados de manera ética para crear las condiciones adecuadas para el desarrollo del hombre y de los pueblos. Es ciertamente útil, y en alguna circunstancia indispensable, promover iniciativas financieras en las que predomine la dimensión humanitaria. Sin embargo, esto no debe hacernos olvidar que todo el sistema financiero ha de tener como meta el sostenimiento de un verdadero desarrollo… Recta intención, transparencia y búsqueda de los buenos resultados son compatibles y nunca se deben separar” (CI, 65)
“Necesitamos la reforma para cumplir con los planes sociales”, dijo el señor Ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla cuando explica las razones del Gobierno nacional para realizar la reforma tributaria. Aquí entramos en otra dimensión de la economía; la primera que he propuesto es el espíritu humano integral que debe regir los principios de una sana economía, ahora propongo el o los objetivos de la economía en general. Dejo que el sea Magisterio de la Doctrina Social de la Iglesia el que nos ilustre con su sabiduría:
“Los ingresos fiscales y el gasto público asumen una importancia económica crucial para la comunidad civil y política: el objetivo hacia el cual se debe tender es lograr una finanza pública capaz de ser instrumento de desarrollo y solidaridad. Una Hacienda pública justa, eficiente y eficaz, produce efectos virtuosos en la economía, porque logra favorecer el crecimiento de la ocupación, sostener las actividades empresariales y las iniciativas sin fines de lucro, y contribuye a acrecentar la credibilidad del Estado como garante de los sistemas de previsión y de protección social, destinados en modo particular a proteger a los más débiles". (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 355).
Se dice que la pandemia ha hecho que muchos de nuestros países, en especial los de Latinoamérica, hubiéramos perdido más de 10 años de lo ganado en desarrollo y crecimiento. La pobreza extrema creció a ritmos agigantados. Por eso las palabras claves -a mi parecer- del objetivo de todo plan financiero macro son desarrollo y solidaridad. Recuperar una mejor calidad de vida y hacernos más humanos, es decir, más solidarios, tiene que ser el fin de un serio plan financiero y fiscal del Estado. No se trata solo de ser solo asistencialistas, sino ayudar al que lo necesita y poner las bases para que su pobreza sea superada. Dios quiera que “los planes sociales” de los que habla el señor Ministro de hacienda no se limiten solo a lo asistencial, sino que miren y conciban lo social como un todo en las que se fortalezcan las relaciones de cada individuo consigo mismo, entre sí y con la casa común que es la naturaleza.
Finalmente, en el ejercicio de la economía personal, familiar, colectiva, estatal y ciudadana hay una serie de principios, que también podemos denominar compromisos, que hoy más que nunca toman especial vigencia. La Iglesia los ha propuesto desde siempre y los resume el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 355 así:
La finanza pública se orienta al bien común cuando se atiene a algunos principios fundamentales:
1. el pago de impuestos como especificación del deber de solidaridad;
2. racionalidad y equidad en la imposición de los tributos;
3. rigor e integridad en la administración y en el destino de los recursos públicos.
En la redistribución de los recursos, la finanza pública debe seguir los principios
1. de la solidaridad,
2. de la igualdad,
3. de la valoración de los talentos, y
4. prestar gran atención al sostenimiento de las familias, destinando a tal fin una adecuada cantidad de recursos”.
Como las necesidades y expectativas de la población son tantas, la responsabilidad de los legisladores es superior. Por tanto, espero que estas reflexiones sobre el modo, el cómo y el fin de la reforma tributaria y de la economía en general que he planteado, ayuden a los legisladores y a la ciudadanía a hacer gala de la grandeza y sabiduría que en momentos de crisis han surgido siempre en nuestra querida patria. Dios nos ayude.
+ Luis Fernando Rodríguez Velásquez
Obispo Auxiliar de Cali
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Vie 25 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Jue 24 Sep 2026
Jue 10 Sep 2026
Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 8 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mié 2 Sep 2026
Después del terremoto
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Son muchos los sentimientos encontrados cuando en una buena parte de Colombia padecimos las consecuencias del terremoto el pasado 10 de agosto.El departamento del Valle del Cauca en los distintos municipios, se vio gravemente afectado, y en nuestro caso, el Distrito de Cali se ha visto envuelto en una encrucijada de dolor, pero a la vez de esperanza.En Cali lamentamos la muerte de 158 personas y un número grande de heridos. Los damnificados se suman por miles, cuando en cifras todavía preliminares podemos contar las más de 12.000 residencias destruidas, y eso sin sumar plenamente, las casas de cientos de campesinos que en las zonas rurales se vieron afectadas.Numerosas son las familias que debieron desalojar sus hogares, otras que perdieron sus emprendimientos y otras que quedaron prácticamente con solo lo que tenían puesto el día del terremoto. La dimensión humana nos duele profundamente. Los efectos colaterales en los estados emocionales de muchos son graves y requieren especial atención.La Iglesia de Cali, así como de las diócesis de Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira, hemos dado muestras de entrega y acompañamiento espiritual y social sin límites. Cada una de estas jurisdicciones hicimos, hacemos y haremos todo lo que esté al alcance de nuestras manos.Hemos acompañado las comunidades afectadas tanto desde lo espiritual, como también con el complemento psicológico. Desde nuestras instituciones, comenzando por las pastorales sociales diocesanas y los Bancos de alimentos, hemos tratado de llevar un poco de consuelo a las personas más vulnerables.Desde el Banco arquidiocesano de alimentos de Cali, hemos llevado víveres a sectores marginados de la ciudad, pero también a Buenaventura, Palmira, Cartago, Istmina, Pereira, para que los obispos locales los distribuyan en las parroquias más afectadas.La vida sacramental no podía estar ausente, y con la presencia de sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y algunos laicos, se asumió la hermosa tarea de acompañar los lugares de la tragedia a los damnificados. En los casos de los difuntos, y cuando se solicitaba, se pudieron realizar dignas celebraciones exequiales, y ofrecer a los familiares de los fallecidos, el consuelo de la fe.Resalto la iniciativa del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, la iniciativa de venir a nuestro departamento del Valle, y a Pereira, con 80 presbíteros acompañados por el cardenal y los obispos auxiliares. Fue una presencia misionera cargada de fe y sentido eclesial. Agradezco, en nombre de todos los obispos y fieles de toda la arquidiócesis de Cali y de Pereira, tan loable presencia que nos hermana mucho más.Después del terremoto que produjo la tierra con su movimiento tectónico surgió otro terremoto, el de la solidaridad. Cómo no reconocer los esfuerzos de los rescatistas y voluntarios, hombres y mujeres de todas las edades que pusieron lo mejor de cada uno para salvar vidas o rescatar victimas. Cómo no valorar al Estado Colombiano, a los bomberos, a la defensa civil, a los rescatistas de otros países y ciudades de Colombia, al personal de la salud, y a las autoridades de policía y ejército que, sin desfallecer, aun con el corazón roto, de día y de noche trabajaron en las acciones humanitarias. No hubo distinción ni de condición política, ni de credo ni de condición social, Hubo fraternidad y trabajo común con el firme propósito de salvar vidas lo más pronto posible. A las autoridades civiles de la Gobernación y las alcaldías municipales, va también nuestro reconocimiento, pues ellos no solo intervinieron en los momentos propios inmediatos al terremoto, sino que les corresponde la no fácil tarea de la reconstrucción integral de Cali y demás municipios del Valle del cauca.Por último, después del terremoto, en cuanto a la Iglesia se refiere, nos viene la tristeza que se acrisola con la fe en el Señor. Cerca de 100 templos y capillas de todo el Departamento se han visto seriamente afectados, muchos de ellos colapsaron o es necesario demoler. Muchas parroquias han debido ser cerradas como medida cautelar, lo que impide que los fieles tengan un lugar digno para sus celebraciones.En Cali fueron estos los templos y capillas con mayor afectación:1.La catedral San Pedro Apóstol, de la Plaza Caizedo, iglesia madre de Cali, referente histórico de muchos años. Bien patrimonial de interés nacional.2.La capilla de la Merced. Lugar donde hace 490 años nació Cali. Bien patrimonial de interés nacional.3.La parroquia central San José, de La Cumbre, con colapso total.4.La parroquia Principal y la capilla de Dagua5.La parroquia San Isidro Labrador, Km. 306.La parroquia El Sagrado Corazón, en Bitaco.7.La parroquia de Nuestro Señor del Buen Consuelo, Yumbo.8.La parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Colseguros.9.La parroquia San Ignacio de Loyola, Terrón Colorado.10.La casa de velación In memoriam, junto a la parroquia de San Fernando Rey.11.La Capilla de Jesús Nazareno, en el barrio Alameda.12.La parroquia Santa Teresa de Jesús, en Pampalinda, afectación total de techo.13.La parroquia el Santísimo Sacramento, el Templete.14.La capilla de La Milagrosa, en la avenida Roosevelt.Y otras 41 parroquias y capillas que sufrieron afectaciones de diverso nivel.Después del terremoto viene la esperanza, viene la recuperación integral de las comunidades, viene la reconstrucción o restauración de nuestros templos y capillas. Confío en que, con la ayuda de todos, vamos a lograr esta meta.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali
Mar 25 Ago 2026
Hacemos historia de salvación desde la parroquia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta