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conferencia episcopal de colombia

Mar 21 Jul 2026

Iglesia en Colombia inicia la Semana del Reconocimiento de la Fertilidad con una invitación a redescubrir el don de la vida

Del 21 al 25 de julio, la Iglesia Católica en Colombia celebra la Semana del Reconocimiento de la Fertilidad 2026, una iniciativa promovida por el Departamento de Promoción y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) que busca generar espacios de formación, reflexión y oración para redescubrir la fertilidad humana como un don de Dios y promover una comprensión integral de los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad.La propuesta está dirigida a diócesis, parroquias, movimientos, agentes de pastoral y familias de todo el país. Para favorecer su participación, la Conferencia Episcopal de Colombia ha puesto a disposición un subsidio pastoral con orientaciones para la celebración de cada jornada, que incluye objetivos, actividades, recursos formativos, signos litúrgicos y una celebración eucarística conclusiva, de manera que las comunidades puedan desarrollar esta iniciativa de acuerdo con su realidad pastoral.Una propuesta para comprender la fertilidad desde una visión integralEl subsidio presenta esta semana como un camino para reconocer la fertilidad no solo desde su dimensión biológica, sino también como una realidad profundamente humana y espiritual, inscrita en la naturaleza del hombre y de la mujer.Inspirada en la encíclica Humanae Vitae, la iniciativa propone acercarse a los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad no únicamente como herramientas para conocer el ciclo femenino, sino como una verdadera escuela de amor, diálogo, corresponsabilidad y apertura a la vida. Asimismo, plantea una mirada que integra ciencia, antropología, espiritualidad y pastoral familiar, reafirmando la dignidad de la persona, el valor del matrimonio y la belleza del proyecto de Dios sobre la familia.En este contexto, la Semana tiene como objetivo promover una comprensión integral de los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad desde las perspectivas científica, antropológica y pastoral, favoreciendo una cultura del amor, la corresponsabilidad conyugal y la apertura responsable al don de la vida.Cinco días para formar, dialogar y orarLa programación se desarrollará a través de contenidos digitales, espacios de formación y momentos de oración.La jornada de apertura, este 21 de julio, está dedicada al tema "Reconocimiento de la fertilidad y los jóvenes". A través de dos videos difundidos en redes sociales se buscará aclarar qué son y qué no son los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad, desmontando mitos y falsas creencias para presentarlos como una propuesta científica, ética y humana al servicio del amor conyugal.El 22 de julio, a las 7:00 p.m., se realizará el webinar "Humanae Vitae: antropología y tecnología", transmitido por las redes sociales de la Conferencia Episcopal de Colombia. Participarán como ponentes la hermana María Constanza Ferreira Luna (Hermana Paloma), especialista en Ciencias del Matrimonio y la Familia, y el ginecólogo mexicano Víctor Manuel Topete Camarena, consultor del Modelo Creighton y la Naprotecnología. El encuentro abordará la visión cristiana de la sexualidad humana, la actual crisis de natalidad y el aporte de los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad al respeto por la dignidad de la persona y al fortalecimiento del amor conyugal.La reflexión continuará el 23 de julio con una jornada dedicada a la corresponsabilidad del hombre en el cuidado de la fertilidad, resaltando el Método Sintotérmico como una herramienta que fortalece la comunicación, el respeto mutuo y el discernimiento de la pareja.El 24 de julio, las actividades estarán orientadas a presentar los métodos Billings y Creighton, destacando sus fundamentos científicos y pastorales como alternativas respetuosas de la dignidad humana y abiertas al don de la vida.La Semana concluirá el 25 de julio con una Eucaristía por el don de la vida y la fecundidad del matrimonio, en la que se dará gracias por el matrimonio y la fertilidad humana, se orará por los matrimonios que esperan un hijo, por quienes experimentan el dolor de la infertilidad y por todas las familias llamadas a ser fecundas en el amor, la fe y la esperanza. La celebración tendrá como lema "Familias fecundas en el amor, peregrinas de esperanza".Una invitación para toda la Iglesia en ColombiaLa Conferencia Episcopal de Colombia invita a las jurisdicciones eclesiásticas, parroquias, movimientos y comunidades a unirse a esta Semana del Reconocimiento de la Fertilidad, aprovechando los recursos contenidos en el subsidio pastoral preparado para esta ocasión.Con esta iniciativa, la Iglesia busca seguir promoviendo una cultura de la vida que fortalezca a las familias, fomente relaciones basadas en el diálogo y la corresponsabilidad, y ayude a reconocer la fertilidad humana como un don que, vivido desde el amor y la fe, se convierte también en un camino de esperanza para la sociedad.

Vie 17 Jul 2026

La Voz del Pastor | 19 de Julio del 2026

Reflexión del señor Cardenal Luis José Rueda Aparicio, Arzobispo de Bogotá: Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 24-30

Mié 15 Jul 2026

"Colombia necesita sacerdotes con estilo sinodal": CXXI Asamblea deja llamado a fortalecer la formación sacerdotal

Como uno de los principales frutos de la CXXI Asamblea Plenaria del Episcopado Colombiano, los obispos y participantes invitados de los seminarios del país, dirigen una carta a todos los protagonistas de la formación inicial al presbiterado en Colombia en la que llaman a fortalecer la formación de sacerdotes cercanos al Pueblo de Dios, constructores de reconciliación y sembradores de esperanza. El mensaje recoge las principales convicciones surgidas durante este encuentro dedicado a reflexionar sobre la formación sacerdotal desde una perspectiva sinodal y misionera.La CXXI Asamblea Plenaria se llevó a cabo del 6 al 10 de julio en Bogotá bajo el lema "La formación inicial al presbiterado en perspectiva sinodal misionera". Durante esos días, más de 90 obispos compartieron espacios de oración, estudio y discernimiento con rectores y formadores de seminarios, seminaristas, religiosos y laicos, en una experiencia sinodal que enriqueció la reflexión sobre el presente y el futuro de la formación sacerdotal en el país.Un llamado a dejarse formar por CristoMás allá de presentar recomendaciones prácticas, la carta invita a comprender la formación sacerdotal como un camino de configuración con Jesucristo Buen Pastor.En ese sentido, los obispos y participantes de la CXXI Asamblea recuerdan a los seminaristas que el centro de todo proceso vocacional no está en las capacidades personales, sino en la acción de Dios:"No tengan miedo de dejarse moldear por Cristo. Permitan que Él transforme su corazón para que puedan amar con su mismo amor y servir con su misma entrega."A partir de esta convicción, los animan a cultivar una profunda vida espiritual, fortalecer la fraternidad, vivir con alegría su vocación y prepararse para ejercer un ministerio marcado por el servicio y la cercanía a las comunidades.El país necesita sacerdotes con estilo sinodalUno de los apartados más significativos de la carta describe el perfil de presbítero que hoy necesita la Iglesia en Colombia. Afirman que los desafíos actuales exigen sacerdotes capaces de caminar junto al Pueblo de Dios, escuchar antes de hablar y anunciar el Evangelio desde una auténtica cercanía con las personas.Como lo expresan en el documento:"Colombia necesita sacerdotes con estilo sinodal; profundamente enamorados de Jesucristo, hombres de comunión, cercanos al pueblo, sensibles al sufrimiento de los pobres, constructores de reconciliación y sembradores de esperanza."Más que una descripción ideal, esta afirmación recoge el horizonte pastoral que inspiró toda la Asamblea y proyecta sus reflexiones hacia la misión evangelizadora de la Iglesia en el país.Un reconocimiento a quienes forman a los futuros sacerdotesEl mensaje dedica también un apartado especial a los rectores y formadores de seminarios, cuyo servicio fue ampliamente valorado durante la Asamblea.Los obispos les agradecen la entrega con la que acompañan el discernimiento de las nuevas generaciones y les recuerdan que la formación se transmite, sobre todo, a través del testimonio cotidiano:"El primer instrumento formativo es el testimonio de la propia vida."Por ello, los animan a continuar ejerciendo esta misión con espíritu de comunión, cercanía y disponibilidad, conscientes de la influencia que tienen en la configuración humana, espiritual y pastoral de los futuros sacerdotes.Una misión compartida por toda la IglesiaLa carta concluye ampliando el horizonte de la reflexión desarrollada durante la Asamblea. La formación inicial al presbiterado, señalan los obispos, no puede entenderse como una tarea exclusiva de los seminarios, sino como una responsabilidad que compromete a toda la comunidad eclesial.En palabras de la carta:"La formación de los futuros sacerdotes es una responsabilidad compartida por toda la Iglesia."Desde esa convicción, invitan a sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos a acompañar estos procesos con su oración, su testimonio y su compromiso, convencidos de que la calidad de la formación sacerdotal repercute directamente en la vida de las comunidades y en la capacidad de la Iglesia para anunciar el Evangelio, fortalecer la comunión y servir con esperanza a Colombia.

Mar 14 Jul 2026

Cuarenta años después, el legado de San Juan Pablo II sigue iluminando el camino de la Iglesia en Colombia

A cuatro décadas de la histórica peregrinación apostólica de San Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta un especial audiovisual y un reportaje escrito sobre el legado de esta peregrinación que marcó la historia del país, "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia". Más que una conmemoración, esta producción invita a redescubrir los gestos, mensajes y enseñanzas que marcaron profundamente la vida de la Iglesia y de la nación, y cuya vigencia continúa iluminando el camino del pueblo colombiano.Una nación herida recibió a un peregrino de esperanzaEra julio de 1986. Colombia atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La violencia seguía golpeando distintas regiones del país y sembrando incertidumbre entre miles de familias. Al mismo tiempo, la nación aún intentaba sobreponerse a una tragedia que había conmovido al mundo entero. Apenas ocho meses antes, la erupción del volcán Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó a Armero, cobró la vida de más de veinte mil personas y dejó una herida imborrable en la memoria colectiva de los colombianos.Fue en ese contexto cuando, el 1 de julio de 1986, un peregrino descendió del avión papal y besó el suelo colombiano. No llegaba únicamente el Obispo de Roma ni el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Llegaba el Pastor de la Iglesia universal para encontrarse con un pueblo creyente que, en medio del dolor y la incertidumbre, seguía aferrado a la esperanza.Desde el primer momento, San Juan Pablo II quiso dejar claro el propósito de su viaje. Al iniciar su peregrinación apostólica expresó que llegaba a Colombia como "mensajero de evangelización", una misión que marcaría cada uno de sus encuentros y que daría sentido a todo su recorrido por el país.Durante siete días visitó Bogotá, Chiquinquirá, Tumaco, Popayán, Cali, Chinchiná, Pereira, Medellín, Armero, Lérida, Bucaramanga, Cartagena y Barranquilla. Fueron jornadas intensas que la historia bautizó como los "Siete Días Blancos", una expresión que sintetiza mucho más que un itinerario. Representa una peregrinación que congregó a millones de colombianos alrededor del Sucesor de Pedro y que convirtió plazas, estadios, templos y carreteras en escenarios de oración, encuentro y renovación espiritual.Sin embargo, el verdadero alcance de aquella visita no puede medirse únicamente por la magnitud de las concentraciones o el número de ciudades recorridas. Su huella permanece porque San Juan Pablo II supo leer la realidad de Colombia desde la fe y responder a ella con un mensaje profundamente evangélico.En cada encuentro, el Papa polaco habló de reconciliación a un país dividido; de esperanza a un pueblo golpeado por el sufrimiento; de dignidad humana allí donde la violencia pretendía imponerse; y de evangelización como el camino para transformar la sociedad desde el corazón del hombre.Aquella fue, ante todo, una visita pastoral. El Papa quiso encontrarse con los distintos rostros de Colombia: jóvenes, familias, campesinos, trabajadores, comunidades indígenas y afrodescendientes, enfermos, privados de la libertad, seminaristas, sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos. Nadie quedó fuera de su mirada.Una peregrinación para confirmar la fe de un puebloDesde el inicio de su ministerio petrino, San Juan Pablo II había insistido en que la Iglesia debía salir al encuentro de los hombres y mujeres de cada tiempo para anunciar a Cristo como respuesta a las inquietudes más profundas del ser humano. Ese mismo horizonte marcó su paso por Colombia. No vino únicamente a presidir celebraciones multitudinarias; tampoco a pronunciar discursos protocolarios. Vino a confirmar en la fe a un pueblo profundamente creyente y a fortalecer la misión evangelizadora de una Iglesia llamada a responder a los desafíos de su tiempo.Cada ciudad representó un acento distinto de ese gran mensaje.En Chiquinquirá reafirmó la profunda identidad mariana del pueblo colombiano y renovó su confianza en la intercesión de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de Colombia.En los encuentros con los jóvenes los invitó a no dejarse seducir por la violencia ni por el desaliento, sino a descubrir en Cristo el sentido de sus vidas y el compromiso con la construcción de una sociedad nueva.A las familias les recordó su vocación como primera escuela de fe, de reconciliación y de amor, insistiendo en que el hogar cristiano constituye un pilar insustituible para el futuro de la sociedad.A los trabajadores y campesinos les habló de la dignidad del trabajo humano, del valor de la solidaridad y de la necesidad de construir estructuras sociales más justas.A los sacerdotes, religiosos y religiosas, los llamó a vivir con fidelidad la propia vocación y a entregar la vida al servicio del Evangelio.Pero hubo dos momentos que sintetizaron de manera especial el corazón de toda la peregrinación: su visita a Armero y el encuentro con los obispos de Colombia. En ellos quedaron condensados dos grandes rasgos de su pontificado: la cercanía con quienes sufren y la convicción de que la Iglesia está llamada a ser signo de esperanza para los pueblos.Armero: cuando el Papa compartió el dolor de ColombiaLa visita a Armero fue, quizá, uno de los momentos más conmovedores de toda la peregrinación apostólica. No se trató simplemente de una escala más dentro del itinerario. San Juan Pablo II quiso hacerse presente en el lugar donde el sufrimiento de Colombia se había manifestado con mayor crudeza.El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó la ciudad y provocó una de las mayores tragedias naturales de la historia del continente. Miles de familias perdieron a sus seres queridos, sus hogares y sus proyectos de vida. Las imágenes de aquella catástrofe dieron la vuelta al mundo y convirtieron el nombre de Armero en símbolo de dolor y desolación.Ocho meses después, el Papa llegó hasta allí; no para ofrecer explicaciones frente al sufrimiento humano, sino para compartirlo. Su presencia fue, ante todo, un gesto profundamente pastoral. Oró ante la cruz, caminó entre quienes todavía lloraban a sus familiares, abrazó a los sobrevivientes y quiso llevar consuelo a una comunidad que intentaba levantarse en medio de las ruinas.En aquella tierra marcada por la tragedia, elevó una oración por las víctimas y dirigió palabras de aliento a quienes continuaban enfrentando las consecuencias de la catástrofe. Invitó a descubrir que, incluso en medio del dolor más profundo, la esperanza cristiana permanece viva porque Dios no abandona a quienes sufren. Más que un discurso, fue una presencia. Más que una ceremonia, fue un abrazo espiritual a toda una nación.Para millones de colombianos, aquel gesto resumió el sentido de la visita apostólica: una Iglesia que no permanece distante ante el sufrimiento de su pueblo, sino que camina junto a él, comparte sus lágrimas y anuncia que el amor de Dios puede abrir caminos de esperanza aun en medio de las pruebas más difíciles.No fue casual que uno de los momentos más recordados de los Siete Días Blancos ocurriera precisamente allí. Armero se convirtió en el lugar donde la cercanía del Sucesor de Pedro hizo visible la cercanía de toda la Iglesia con los que sufrían, una enseñanza que continúa iluminando la misión pastoral de la Iglesia en Colombia cuatro décadas después.Una Iglesia llamada a ser signo de esperanzaEntre los numerosos encuentros que marcaron la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, hubo uno que adquirió un significado especial para la vida de la Iglesia: la reunión con los obispos del país. Más allá de un encuentro institucional, fue un momento de comunión eclesial en el que el Sucesor de Pedro habló de pastor a pastores. Conocía los desafíos que enfrentaba la Iglesia colombiana en medio de una realidad marcada por la violencia, las profundas desigualdades sociales y el sufrimiento de miles de personas. Por eso, quiso fortalecer a quienes tenían la misión de conducir al Pueblo de Dios en medio de aquellas circunstancias.Desde el inicio de su intervención, manifestó la alegría de encontrarse con el episcopado colombiano y reconoció el testimonio de una Iglesia con una profunda tradición evangelizadora, llamada a seguir anunciando el Evangelio en una sociedad que experimentaba grandes transformaciones. Al mismo tiempo, los invitó a leer esos desafíos con esperanza, conscientes de que la misión de la Iglesia nace de la fidelidad a Jesucristo y no de las circunstancias históricas.El Papa les recordó que el ministerio episcopal solo puede comprenderse desde la comunión. La unidad entre los obispos, en torno a Cristo y en estrecha comunión con el Sucesor de Pedro, era para él una condición indispensable para que la Iglesia pudiera responder con credibilidad a los desafíos del momento. Aquella comunión no era únicamente un principio organizativo, sino la expresión visible de una Iglesia llamada a ser signo de reconciliación para el mundo.En un país profundamente fragmentado, ese mensaje adquiría una fuerza particular. Mientras la violencia amenazaba con dividir a la sociedad, San Juan Pablo II invitó a los obispos a ser artífices de unidad, promotores del diálogo y servidores de la esperanza, convencido de que la primera contribución de la Iglesia a la construcción de la paz debía nacer del testimonio de su propia comunión.Pero el Pontífice fue más allá. También los exhortó a permanecer cercanos al pueblo que les había sido confiado. Su ministerio, insistió, debía reflejar el estilo del Buen Pastor: un pastor que conoce a su rebaño, comparte sus alegrías y sufrimientos, acompaña a quienes más lo necesitan y anuncia, con valentía, la verdad del Evangelio.Aquella cercanía pastoral no podía quedarse en el ámbito de las palabras. Debía traducirse en una presencia permanente entre las comunidades, en la defensa de la dignidad de toda persona humana y en un compromiso decidido con la evangelización de la cultura, de la familia y de la vida social.San Juan Pablo II también animó al episcopado a fortalecer la acción evangelizadora de la Iglesia en Colombia, convencido de que el anuncio de Jesucristo constituye la respuesta más profunda a las heridas espirituales y sociales de cualquier pueblo. Para el Pontífice, la evangelización no podía reducirse a una actividad pastoral más; era la misión esencial de la Iglesia y el camino para renovar el corazón de las personas y transformar la sociedad desde sus fundamentos.Esa convicción recorrió toda la peregrinación apostólica. En cada ciudad, en cada homilía y en cada encuentro con los distintos sectores de la sociedad, el Papa volvió una y otra vez sobre la necesidad de anunciar a Cristo como fuente de reconciliación, de justicia y de auténtica libertad.Cuatro décadas después, aquellas palabras conservan una sorprendente actualidad. La Iglesia en Colombia continúa desarrollando su misión en un contexto que sigue planteando enormes desafíos pastorales y sociales. Persisten las heridas provocadas por la violencia, las desigualdades, la pobreza y las múltiples formas de exclusión. Al mismo tiempo, emergen nuevas realidades culturales que reclaman una presencia evangelizadora capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a la verdad del Evangelio.En ese escenario, el mensaje que San Juan Pablo II dirigió al episcopado colombiano continúa ofreciendo una hoja de ruta. Su invitación a fortalecer la comunión, vivir una auténtica cercanía con el pueblo, anunciar el Evangelio con renovado ardor y hacer de la Iglesia un signo creíble de esperanza mantiene plena vigencia para quienes hoy continúan la misión de anunciar a Jesucristo en Colombia.Un legado que sigue caminando con ColombiaSi algo caracterizó la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II fue su capacidad para leer la realidad del país desde la esperanza cristiana. Nunca ignoró las dificultades que atravesaba Colombia. Por el contrario, las miró de frente. Reconoció el dolor provocado por la violencia, la pobreza, las injusticias y las tragedias que golpeaban a miles de familias. Sin embargo, nunca permitió que esas realidades tuvieran la última palabra.Su mensaje fue siempre una invitación a mirar más allá del sufrimiento inmediato para descubrir la fuerza transformadora del Evangelio. Por eso, habló insistentemente de reconciliación cuando el país parecía atrapado en la confrontación; de dignidad humana cuando tantas vidas eran vulneradas; de solidaridad cuando miles de personas sufrían las consecuencias del abandono; y de esperanza cuando el desaliento amenazaba con imponerse.Esa es, precisamente, la razón por la que los Siete Días Blancos siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria de la Iglesia y de Colombia. No fueron únicamente siete días de multitudinarias celebraciones. Fueron siete días en los que el Evangelio resonó con fuerza en medio de una nación que necesitaba volver a creer que era posible construir un futuro distinto.Cuarenta años después, ese llamado permanece vigente. Las circunstancias históricas han cambiado, pero el desafío continúa siendo el mismo: hacer de la Iglesia una presencia cercana a quienes sufren, una comunidad que anuncia con alegría la Buena Nueva y una servidora incansable de la reconciliación, la justicia y la paz.Con el propósito de contribuir a esa memoria agradecida y de acercar a las nuevas generaciones a uno de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de la Iglesia en Colombia, la Conferencia Episcopal presenta el especial audiovisual "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia. El legado de una peregrinación que marcó la historia del país".A través de imágenes históricas, registros originales y los propios mensajes pronunciados por San Juan Pablo II durante su recorrido por el país, esta producción propone redescubrir una peregrinación que no pertenece únicamente al pasado. Su legado continúa iluminando el presente y alentando el compromiso de la Iglesia con la evangelización, la reconciliación y la esperanza.Vea el especial a continuación:

Mar 14 Jul 2026

Papa León XIV designa a monseñor Juan Fernando Franco Sánchez como administrador apostólico de la Diócesis de Jericó

El Papa León XIV designó a monseñor Juan Fernando Franco Sánchez, obispo de la Diócesis de Caldas, como administrador apostólico de la Diócesis de Jericó, mientras el obispo electo, Diego Luis Rendón Urrea, recibe la ordenación episcopal y toma posesión canónica de esta Iglesia particular.Con esta designación, el Santo Padre garantiza la continuidad del gobierno pastoral de la diócesis durante el período de transición entre el ministerio de monseñor Noel Antonio Londoño Buitrago y el inicio del servicio episcopal de su sucesor.Monseñor Juan Fernando Franco Sánchez continuará al frente de la Diócesis de Caldas y, de manera simultánea, ejercerá temporalmente la responsabilidad de administrador apostólico de la Diócesis de Jericó hasta la posesión canónica del nuevo obispo.La Diócesis de Caldas y la Diócesis de Jericó hacen parte de la Provincia Eclesiástica de Medellín y mantienen una estrecha relación pastoral por su cercanía geográfica y eclesial en el departamento de Antioquia.

Mar 14 Jul 2026

La Eucaristía: centro de la vida eclesial

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Caminamos juntos en la celebración de los 70 años de nuestra Diócesis de Cúcuta, sostenidos por la gracia de Dios y fortalecidos por la Eucaristía; el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha alimentado en esta historia de fe, esperanza y caridad y nos ha ayudado a construir esta Iglesia Particular, porque “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ecclesia de Eucharistia 1).La Iglesia vive de la Eucaristía, recibe del sacramento de nuestra fe la gracia para ser comunidad de creyentes que tiene su meta en la vida eterna. Por eso, también la Eucaristía nos abre el camino a la eternidad: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54); de tal manera, que la Eucaristía tiene que ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afirmó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis 5), camino evangelizador que estamos recorriendo en nuestra diócesis en salida misionera.Somos conscientes que hoy estamos recogiendo los frutos de la siembra del Evangelio en estos años de historia. Pero tenemos que reconocer que en esa siembra nunca ha faltado la Eucaristía, como el milagro más grande del mundo; por eso, no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eucaristía es escuela de caridad, de perdón y reconciliación. Es indispensable en los momentos actuales, cuando la humanidad está desgarrada por odios, violencias, resentimientos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las familias y de la sociedad, que se percibe desmoronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada persona que deja entrar toda clase de males. Nuestra ciudad y nuestra región padece muchas divisiones que producen violencia. Frente a este mal que nos agobia, la historia diocesana da razón que la Eucaristía crea la comunidad, la construye día a día y la sostiene por siempre en comunión, “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia 40).Frente a tantas incertidumbres y dificultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el establecimiento del bien y la comunión entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana. Ella, necesariamente tendrá que brotar de la Eucaristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social. Pero también, sana la desesperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida humana es pisoteada, destruida y el ser humano es manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigarse en la sociedad. Somos curados de la división y del mal, con la Eucaristía, sacramento de la fe y de la comunión, que es forma superior de oración que ilumina la historia personal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada combate humano, cristiano y espiritual.Esta realidad que vivimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la Iglesia y concretamente en la diócesis; como nos dice el Concilio “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11). Realidad que ha profundizado San Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” añadiendo además que “esta verdad encierra el núcleo de misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”(Ecclesia de Eucharistia 1).Agradecidos con Dios por los 70 años de vida diocesana, reconozcamos el don de la Eucaristía que nos permite seguir caminando juntos, cumpliendo con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos” fortaleciendo la comunidad eclesial, de la cual la Eucaristía es el centro que nos ayuda a vivir en comunión, participación y misión. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para reconocerlo en la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de nuestra fe, que nos relaciona íntimamente con la Iglesia y con cada creyente que comulga el día del Señor en gracia de Dios.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 14 Jul 2026

La familia es un bien social primario

Por P. Nelson Ortiz Rozo - En la carta encíclica Magnifica Humanitas, publicada por el papa León XIV, la familia es definida explícitamente como un “bien social primario” y la “célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria”. El documento aborda este concepto principalmente en sus numerales 165 al 167, dentro del apartado destinado a las condiciones sociales de la esperanza para la familia y los jóvenes.En este punto, el Papa evoca la enseñanza de Centesimus annus y señala que la familia: “Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad” (n. 165).Hablar de la familia como un bien social primario significa reconocer que ella constituye el fundamento sobre el cual se construye toda la vida social. Antes que una persona participe en la escuela, en el trabajo, en las instituciones políticas, en la vida de fe o en la cultura, vive la experiencia de pertenecer a una familia. En este entorno se vive la primera experiencia del amor, se descubre el valor de la dignidad humana y se asimilan las primeras normas de convivencia. Tal es su impacto, que la forma en que el individuo viva esta etapa marcará toda su existencia. Por esta razón, la familia no es únicamente una realidad privada que interesa a quienes la conforman, sino un bien que beneficia a toda la sociedad.El carácter de bien social primario también implica que el bienestar de la sociedad depende, en gran medida, de la salud y estabilidad de las familias. Cuando las familias cuentan con condiciones adecuadas para desarrollarse, la sociedad se fortalece; cuando son debilitadas por la pobreza, la violencia, la exclusión o la inseguridad económica, toda la comunidad experimenta sus consecuencias. Por esta razón, el Papa señala que relegar a la familia a un papel secundario en la decisiones políticas y económicas compromete el crecimiento auténtico del cuerpo social. Una sociedad que descuida a sus familias termina debilitando las bases mismas sobre las que alcanza su desarrollo.Esta encíclica sitúa la relevancia de la protección de la familia en el contexto actual de la cuarta revolución industrial y el auge de la inteligencia artificial, marcado por rápidas transformaciones tecnológicas y económicas. Debido a que la dignidad humana es el eje central de la sociedad, la precariedad laboral, el desempleo y la incertidumbre económica afectan directamente la posibilidad de construir proyectos familiares sólidos y de largo plazo. Al limitar la capacidad para asumir responsabilidades, procrear, educar a sus hijos y proyectar un futuro esperanzador, las crisis del mundo laboral terminan perjudicando la calidad de la vida familiar y, en consecuencia, en la cohesión social.Los jóvenes viven esta realidad de manera particularmente intensa. El acceso al empleo digno constituye una condición importante para formar una familia, desarrollar una vocación y participar activamente en la sociedad. Por ello, una sociedad comprometida con el futuro debe promover condiciones que permitan a las nuevas generaciones acceder a la formación, al trabajo y a la estabilidad necesarias para construir sus proyectos de vida.El Papa subraya la necesidad de reconocer a la familia como bien social primario supone, finalmente, asumir una responsabilidad colectiva:“El Estado tiene el deber de apoyar la actividad de las empresas creando condiciones favorables para el empleo, fomentando el trabajo donde escasea y defendiéndolo en tiempos de crisis, ya que este es un bien primario para las familias y para la sociedad”. (n. 168)El Estado, las empresas, la Iglesia, las instituciones educativas y la sociedad en general están llamados a crear condiciones que favorezcan su fortalecimiento. Las políticas de empleo digno, la conciliación entre vida familiar y laboral, el acceso a la educación, las oportunidades de desarrollo cultural y la protección social no son sólo cuestiones económicas o administrativas; son acciones que contribuyen a preservar el núcleo donde se forma la persona y se renueva constantemente la sociedad.Asimismo, la acción evangelizadora y social de la Iglesia adquiere una nueva dimensión al considerar la familia como un bien social. Esto implica que ya no debe ser vista sólo como receptora de un conjunto de acciones, sino reconocerla como un verdadero agente activo de transformación social, como lo impulsó en papa Francisco en Amoris Laetitia:“No basta incorporar una genérica preocupación por la familia en los grandes proyectos pastorales. Para que las familias puedan ser cada vez más sujetos activos de la pastoral familiar, se requiere «un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia», que la oriente en este sentido” (n. 200).Para ello, entre muchas acciones a considerar, es fundamental:a.Educar a las familias para que descubran que su vida interna tiene un impacto directo en la sociedad.b.Impulsar redes de apoyo y comunidades de familias para compartir experiencias, fortalecer la vivencia de la fe y brindarse apoyo mutuo en la misión conyugal y parental. De este modo, se busca contrarrestar el aislamiento que imponen los ritmos de vida modernos y el uso absorbente de las nuevas tecnologías.c.Propiciar espacios para la vivencia de la solidaridad. La familia tiene un valor social que se desarrolla en su capacidad de servicio hacia los más vulnerables. Son muchos los ambientes en los que padres e hijos pueden prestar un servicio común en el que se apoye a familias en situación de pobreza material. Esto educa a los hijos en la empatía y muestra a la sociedad la fuerza transformadora de un hogar unido.d.Desarrollar acciones específicas de acompañamiento a familias en situación de vulnerabilidad asegurando que la Iglesia actúe como una “familia de familias” que no deja a nadie solo.En conclusión, afirmar que la familia es un bien social primario significa reconocer que ella es el primer ámbito de desarrollo humano, la fuente de los valores esenciales para la convivencia y la base indispensable del bien común. Allí se aprende a vivir con otros, a respetar la dignidad de cada persona y a construir relaciones de solidaridad. Por ello, el cuidado y fortalecimiento de la familia no es sólo una tarea privada, sino una exigencia social y eclesial que condiciona el presente y el futuro de toda comunidad humana.P. Nelson Ortiz RozoDirector Departamentos Matrimonio y Familia - Promoción y Defensa de la VidaConferencia Episcopal de Colombia

Lun 13 Jul 2026

Papa León XIV nombra nuevo obispo para la Diócesis de Jericó: Pbro. Diego Luis Rendón Urrea

Sacerdote de la Diócesis de Santa Rosa de Osos y hasta ahora rector de la Fundación Universitaria Católica del Norte y del Cibercolegio UCN, el padre Diego Luis Rendón Urrea será el octavo obispo de esta Iglesia particular del suroeste antioqueño, reconocida por su riqueza espiritual, misionera y cultural, y por ser la tierra natal de Santa Laura Montoya, primera santa colombiana.El padre Rendón Urrea sucede en esta misión episcopal a monseñor Noel Antonio Londoño Buitrago, quien acompañó pastoralmente la diócesis desde 2013 y presentó su renuncia al Santo Padre en agosto de 2024, tras cumplir los 75 años de edad, conforme a lo establecido por el Código de Derecho Canónico.De la educación superior católica al ministerio episcopalCon este nombramiento, el Papa León XIV confía la conducción pastoral de la Diócesis de Jericó a un sacerdote cuya trayectoria ha estado estrechamente vinculada a la educación y la evangelización.Durante los últimos años, el padre Diego Luis Rendón Urrea se desempeñó como rector general y representante legal de la Fundación Universitaria Católica del Norte y del Cibercolegio UCN, instituciones desde las que ha impulsado procesos de educación superior y formación virtual con identidad católica, al servicio de comunidades de distintas regiones del país.Trayectoria pastoral del nuevo Obispo de JericóEl padre Diego Luis Rendón Urrea nació el 3 de junio de 1967 en Rionegro, Antioquia. Realizó su formación filosófica y teológica en el Seminario Mayor de Santa Rosa de Osos y en la Universidad Santo Tomás de Medellín. Fue ordenado sacerdote el 21 de noviembre de 2000 para la Diócesis de Santa Rosa de Osos.Realizó estudios de especialización en Gerencia Educativa en la Universidad de San Buenaventura de Medellín y en Pedagogía de la Virtualidad en la Fundación Universitaria Católica del Norte. Adelantó, además, estudios de doctorado en Educación en la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina.Entre los servicios pastorales que ha desempeñado a lo largo de su ministerio sacerdotal, se encuentran:- Vicario parroquial de la parroquia Inmaculada Concepción de Amalfi (2001).- Primer rector del Cibercolegio de la Fundación Universitaria Católica del Norte y vicario de Educación Católica (2002-2005).- Promotor vocacional y delegado de Pastoral Misionera (2005-2009).- Delegado de Pastoral Social y vicario de Pastoral de la Diócesis de Santa Rosa de Osos (2010-2011).- Capellán del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) en Bogotá (2011-2014).- Párroco de Nuestra Señora del Carmen, en Gómez Plata (2014-2015).- Miembro del Colegio de Consultores y del Consejo Presbiteral de la Diócesis de Santa Rosa de Osos (2022-2026).- Rector general y representante legal de la Fundación Universitaria Católica del Norte y del Cibercolegio UCN (2015-2026).Una diócesis con profunda tradición evangelizadoraLa Diócesis de Jericó fue creada el 29 de enero de 1915 mediante la bula Universi Dominici Gregis del Papa Benedicto XV. Está ubicada en el suroeste del departamento de Antioquia y extiende su jurisdicción pastoral sobre 15 municipios: Andes, Betania, Betulia, Caramanta, Ciudad Bolívar, Concordia, Hispania, Jardín, Jericó, La Pintada, Pueblorrico, Salgar, Támesis, Tarso y Valparaíso.La sede episcopal se encuentra en la ciudad de Jericó, donde está ubicada la Catedral de Nuestra Señora de las Mercedes. La diócesis cuenta con 30 parroquias, el Seminario Diocesano San Juan Eudes, comunidades de vida contemplativa y activa, así como la casa de retiros espirituales Lisieux.Esta Iglesia particular ocupa un lugar especial en la historia de la Iglesia en Colombia por ser cuna de Santa Laura Montoya Upegui, primera santa nacida en el país y fundadora de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena. También son hijos de este territorio el beato Juan Bautista Velásquez Peláez y el beato Jesús Aníbal Gómez Gómez, cuyos testimonios de fe continúan inspirando la vida cristiana y misionera de esta región.Con este nombramiento, la Diócesis de Jericó inicia una nueva etapa de su camino pastoral, manteniendo viva una tradición evangelizadora que durante más de un siglo ha contribuido significativamente a la vida de la Iglesia en Colombia.