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"Código de conducta" para obispos que indique la dirección correcta: Card. Salazar
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El Papa Francisco inauguró este 21 de febrero el encuentro con los obispos del mundo e invitados especiales sobre la protección de menores en la Iglesia. Allí el cardenal colombiano Rubén Salazar Gómez, arzobispo de Bogotá y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano, intervino con la ponencia: “La Iglesia en un momento de crisis. Enfrentar los conflictos y tensiones y actuar decididamente”
Clericalismo. Parte con esta palabra la reflexión del arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia, el cardenal Rubén Salazar Gómez, abriendo la sesión vespertina de la primera jornada del Encuentro sobre “La protección de los menores en la Iglesia”, dedicada hoy al tema de la “responsabilidad de los obispos”.
Y es precisamente, partiendo de esta premisa, que el cardenal Salazar evidencia la necesidad de “categorizar” la “naturaleza de la crisis”. Porque es el clericalismo que se ve reflejado en la “tergiversación del sentido del ministerio convertido en medio para imponer la fuerza, para violar la conciencia y los cuerpos de los más débiles”, afirma el cardenal Salazar y en “una comprensión equivocada de cómo ejercer el ministerio”, cometiendo “errores de autoridad” que han agravado la crisis. Una realidad, el clericalismo, que el Papa describe en su Carta al pueblo de Dios, de agosto del año pasado, afirmando con fuerza que “decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”, recuerda el arzobispo de Bogotá.
Una llamada a la conversión
Las claras palabras del Pontífice y “nos urgen a ir a la raíz del problema para poder enfrentarlo” afirma el cardenal colombiano, reconociendo al mismo tiempo que “no es fácil decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”, porque es una mentalidad “que subyace a nuestra manera de concebir el ministerio y de actuar en los momentos decisivos”. Por ello, prosigue Salazar Gómez, se hace necesario “desenmascarar el clericalismo subyacente y lograr un cambio de mentalidad”: la conversión.
No dejar desprotegido al rebaño
La responsabilidad de los obispos comienza por el “acrecentar constantemente” la conciencia de que han sido elegidos por el Señor y por lo tanto, no son nada por cuenta propia, afirma el cardenal de Bogotá y habla de “admitir” que la Iglesia no supo y aun hoy, en ocasiones, no sabe “afrontar con rapidez y decisión la crisis provocada por los abusos”. Y se "huye", de muchas maneras, dejando desprotegido al rebaño: negando “la dimensión de las denuncias presentadas, no escuchando a las víctimas, ignorando el daño causado en los que sufren los abusos, trasladando a los acusados a otros sitios donde estos siguen abusando o tratando de llegar a compromisos monetarios para comprar el silencio”. " Actuando de esa manera” precisa el cardenal Salazar, manifestamos claramente una ‘mentalidad clerical’ que nos lleva a poner el "mal entendido bien de la institución eclesial sobre el dolor de las víctimas y las exigencias de la justicia”; llegando “incluso a la mentira o a tergiversar los hechos para no confesar la horrible realidad que se presenta”.
No minimizar la crisis
“Tenemos que reconocer que el enemigo está dentro” afirma a continuación el cardenal Salazar, que “los primeros enemigos están dentro de nosotros, entre los obispos y los sacerdotes y los consagrados que no hemos estado a la altura de nuestra vocación”. Y agrega que para “reconocer y enfrentar la crisis”, superando la mentalidad clerical, es necesario también “no minimizarla afirmando que en otras instituciones suceden abusos a mayor escala”.
“El hecho de que se presenten abusos en otras instituciones y grupos y no justifica nunca la presencia de abusos en la Iglesia porque contradice la esencia misma de la comunidad eclesial y constituye una tergiversación monstruosa del ministerio sacerdotal que, por su propia naturaleza, debe buscar el bien de las almas como su supremo fin”.
“ No hay ninguna justificación posible para no denunciar, para no desenmascarar, para no enfrentar con valor y contundencia cualquier abuso que se presente al interior de nuestra Iglesia
El papel de los medios de comunicación
El cardenal Salazar tiene palabras también para reconocer el papel desempeñado por la prensa, los medios de comunicación y las redes sociales “en el ayudarnos – dice - a no soslayar sino a afrontar la crisis”. El prelado reconoce que “es mucho lo que se ha hecho para enfrentar la crisis de los abusos” pero que “si no si no hubiera sido por la insistencia valiosa de las víctimas y la presión ejercida por los medios de comunicación, tal vez no nos hubiéramos decidido a enfrentar como se ha hecho esta crisis vergonzosa”.
Código de conducta y discernimiento comunitario
"En el tratamiento de la crisis y en el proceso de conversión el obispo no está solo ya que su ministerio es colegial", prosigue el cardenal Salazar Gómez, e insiste: “Más que nunca tenemos que sentirnos llamados a fortalecer nuestros vínculos fraternos, a entrar en un verdadero discernimiento comunitario”.
El prelado reconoce la valiosa labor realizada por los Papas para “ayudarlos” en esta tarea, mostrándoles “el camino a recorrer”. “Pero parece deseable – dice - que se ofrezca al obispo un ‘Código de Conducta’ que, en armonía con el ‘Directorio para los Obispos’, muestre claramente cómo debe ser el proceder del obispo en el contexto de esta crisis”. El Arzobispo de Bogotá recuerda que el Papa Francisco en su carta apostólica en forma de motu proprio ‘Como una madre amorosa’ presenta “la exigencia de la actuación del obispo y de su remoción en caso de una negligencia grave comprobada en estos casos”. El ‘Código de Conducta’ clarificará y exigirá cual debe ser la conducta “propia del obispo” y “su obligatoriedad será una garantía” para que los obispos actúen “al unísono y en la dirección correcta”. Importante es asimismo la “actualización permanente” en la “formación” de los obispos, porque los “tiempos cambiantes plantean desafíos nuevos” a los que deben responder.
Diálogo permanente del obispo con sus sacerdotes
El Cardenal Salazar, también presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano, se refiere a la responsabilidad del obispo para con sus sacerdotes, que abarca un amplio radio de acción que va desde el discernimiento de la vocación de los futuros presbíteros y consagrados, la formación inicial y el acompañamiento. Ante la actual crisis, la responsabilidad del obispo ha adquirido “dimensiones especiales”- afirma el cardenal – volviendo la cercanía del obispo “imprescindible”. “Un diálogo permanente” es el camino que el obispo debe recorrer en la relación con los sacerdotes.
Acción inmediata y plena justicia
Es responsabilidad de los obispos cumplir con el propio deber de “enfrentar enseguida la situación que se presenta a partir de una denuncia contra un sacerdote o consagrado”. Y especifica que “toda denuncia debe desencadenar enseguida los procedimientos que están indicados tanto en el derecho canónico como en el derecho civil de cada nación, según las líneas-guía marcadas por cada conferencia episcopal”. Importante es también distinguir siempre “entre pecado sometido a la misericordia divina, crimen eclesial sometido a la legislación canónica y crimen civil sometido a la legislación civil correspondiente”, para actuar “con plena justicia”. A lo largo del proceso canónico, agrega el cardenal Salazar Gómez, es fundamental que el acusado sea escuchado” porque “la cercanía bondadosa del obispo es un primer paso hacia la recuperación del culpable” y “es necesario mirar también hacia su tratamiento para que no reincida”.
Seria responsabilidad en la reparación de las víctimas
Primer deber de los obispos es “escuchar a las víctimas”, afirma el arzobispo de Bogotá y “no minimizar el daño causado y el dolor producido”. El arzobispo recuerda que en muchos casos “se llegó a pensar que el único motivo que impulsaba a las denuncias era el buscar compensaciones económicas”. “Y no hay duda de que también en muchas ocasiones, hemos cedido a la tentación de tratar de arreglar con dinero situaciones insostenibles para acallar el posible escándalo” admite. Una “realidad nefasta” dice el cardenal, “que no nos puede impedir tomar conciencia de la responsabilidad seria y grave que nos corresponde en la reparación de las víctimas” a las que “estamos obligados a ofrecerles todos los medios necesarios –espirituales, sicológicos, siquiátricos, sociales- para la recuperación exigida”.
En la conclusión el cardenal Rubén Salazar Gómez se refiere al discurso de San Juan Pablo II a los cardenales americanos en el 2002 en el que daba la “dirección esencial que deben tener todos nuestros esfuerzos para superar la crisis actual”: “Tanto dolor y tanto disgusto deben llevar a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo y a una Iglesia más santa.” Y a continuación afirma que “con la ayuda del Señor y con nuestra docilidad a su gracia vamos a lograr que esta crisis lleve a una profunda renovación de toda la Iglesia con obispos más santos, más conscientes de su misión de pastores y padres de la grey” para así poder “erradicar la cultura del abuso en el mundo en que vivimos”.
Algunas frases de su discurso
"¿Cuál es la responsabilidad del obispo?"
"No se trata solo de desviaciones o de patologías sexuales, sino la traición del sentido del ministerio"
"Esto tiene un nombre: clericalismo"
"Decir no al abuso es decir no a cualquier forma de clericalismo"
"No es fácil decir a cualquier forma de clericalismo"
"Es una mentalidad que ha sedimentado en nuestra Iglesia"
"Es necesario desenmascarar este clericalismo disimulado y buscar un cambio de mentalidad...o conversión"
"Es necesaria una revisión en profundidad de nuestra mentalidad"
"Invitación a toda la Iglesia y, en primer lugar, a los obispos"
"La Iglesia no supo ni sabe comportarse para afrontar la crisis de los abusos"
"A veces, actuamos como mercenarios, que huyen cuando llega el lobo"
"Meter por encima del testimonio de las víctimas las justificaciones de los abusadores"
"Sin compasión ni misericordia"
"Mentir incluso, para no confesar la horrible verdad"
"Indebida intromisión de la autoridad civil, a veces interpretada incluso como una persecución"
"El daño lo hacen los que están dentro, entre nosotros"
"El enemigo está dentro"
"Reconocer la crisis significa también no minimizarla, diciendo que en otras instituciones o grupos hay más abusos"
"No hay justificación posible para no denunciar y desenmascarar cualquier abuso"
"El papel de los medios fue muy importante. Nos ayudó a afrontar la crisis"
"Debemos apoyarlos"
"Sin las víctimas y la presión de los medios, tal vez no hubiésemos enfrentado la crisis"
"Para que nunca más en la Iglesia se presenten abusos y cuando se presenten reciban el castigo que merecen"
"Nuestra fortaleza depende de la unidad profunda entre nosotros"
"Es necesaria una actualización permanente de los obispos"
"Tenemos que mostrar ante el mundo una perfecta unidad en la respuesta"
"Relación cercana con los sacerdotes"
"Toda denuncia debe desencadenar los procedimientos canónicos y civiles"
"Distinguir siempre entre pecado, crimen eclesial sometido a la legislación canónica y crimen civil, sometido a la legislación correspondiente"
"Negligencia de nuestra parte nos puede acarrerar penas canónica o civiles"
"Que el acusado sea escuchado"
"Tratamiento, para que el clérigo abusador no reincida"
"No violar los derechos de los victimarios no puede nunca primar sobre los derechos de las víctimas"
"Escuchar a las víctimas"
"Lo único que buscan es el dinero, se solía repetir"
"A veces, se orquestan campañas"
"Hemos cedido a la tentación de arreglar con dinero para acallar el posible escándalo"
"El dinero no puede nunca reparar el daño causado, pero se hace necesario en muchos casos"
"Algunos no logran reponerse al daño y no pueden trabajar y necesitan dinero para sobrevivir"
"Ofrecerles todos los medios necesarios"
"Vamos a lograr que esta crisis lleva a una profunda renovación de toda la Iglesia"
"Una Iglesia donde los niños encuentren siempre un lugar seguro"
Texto completo de la intervención del cardenal Salazar
LA IGLESIA EN UN MOMENTO DE CRISIS
RESPONSABILIDAD DEL OBISPO
ENFRENTAR LOS CONFLICTOS Y LAS TENSIONES Y ACTUAR DECIDIDAMENTE
Cardenal Rubén Salazar Gómez
Arzobispo de Bogotá
Introducción/contextualización
A lo largo del día estamos respondiendo a una pregunta muy concreta frente a la crisis que estamos viviendo en la Iglesia. ¿Cuál es la responsabilidad del obispo? Para poder comprender esta responsabilidad y asumirla es indispensable tratar de categorizar, en la medida de lo posible, la naturaleza de la crisis.
Un análisis somero de lo que ha sucedido nos permite constatar que no se trata solo de desviaciones o patologías sexuales en los abusadores, sino que hay una raíz más honda que es la tergiversación del sentido del ministerio convertido en medio para imponer la fuerza, para violar la conciencia y los cuerpos de los más débiles. Esto tiene un nombre: clericalismo.
También al analizar la forma como en general se ha respondido a esta crisis descubrimos que hemos manejado una comprensión equivocada de cómo ejercer el ministerio que ha llevado a cometer serios errores de autoridad que han agigantado la gravedad de la crisis. Esto tiene un nombre: clericalismo.
Es esta realidad la que el santo Padre Francisco describe en su carta al pueblo de Dios en agosto del año pasado: "Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia -tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia- como es el clericalismo... Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo."
Palabras claras que nos urgen a ir a la raíz del problema para poder enfrentarlo. Pero no es fácil "decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo" porque es una mentalidad que ha calado en nuestra Iglesia a lo largo de los tiempos y que, casi siempre, no somos conscientes de que subyace a nuestra manera de concebir el ministerio y de actuar en los momentos decisivos. Esta constatación significa que se hace necesario desenmascarar el clericalismo subyacente y lograr un cambio de mentalidad; lo cual, expresado en términos más precisos, se llama conversión.
Nuestra responsabilidad se expresa fundamentalmente en una coherencia minuciosa entre nuestras palabras y nuestras acciones. Es necesaria una revisión a fondo de la mentalidad que está detrás de las palabras para que nuestras palabras y acciones sean aquellas que correspondan a la voluntad de Dios en este momento de la Iglesia.
Esta invitación a la conversión se dirige a toda la Iglesia, pero, en primer lugar, a nosotros que somos sus pastores.
I. LA RESPONSABILIDAD DEL OBISPO A LA LUZ DEL OFICIO RECIBIDO Y SU CORRESPONSABILIDAD COMO MIEMBRO DEL COLEGIO EPISCOPAL BAJO LA SUPREMA AUTORIDAD DE LA IGLESIA
1.1. La responsabilidad del obispo como pastor
Como Obispos, Nuestra responsabilidad empieza, por lo tanto, en acrecentar permanentemente la conciencia de que, por nuestra propia cuenta, no somos nada, no podemos nada, ya que no somos nosotros los que hemos elegido el ministerio sino que es el Señor quien nos ha elegido (cf. Jn 15,16 ́18) para hacer presente su salvación por la fuerza de la acción eclesial, sin empañar su presencia con la oscuridad de nuestro contra testimonio.
Conscientes de esta tarea, tenemos que admitir que muchas veces la Iglesia -en las personas de sus obispos- no supo y todavía, en ocasiones, no sabe comportarse como debe para afrontar con rapidez y decisión la crisis provocada por los abusos. Muchas veces se procede como los asalariados que al ver venir el lobo huyen dejando desprotegido el rebaño. Y se huye de muchas maneras: tratando de negar la dimensión de las denuncias presentadas, no escuchando a las víctimas, ignorando el daño causado en los que sufren los abusos, trasladando a los acusados a otros sitios donde estos siguen abusando o tratando de llegar a compromisos monetarios para comprar el silencio. Actuando de esa manera, manifestamos claramente una mentalidad clerical que nos lleva a poner el mal entendido bien de la institución eclesial sobre el dolor de las víctimas y las exigencias de la justicia; a poner por encima del testimonio de los afectados las justificaciones de los victimarios; a guardar un silencio que acalla el grito de dolor de los victimizados con tal de no enfrentar el ruido público que puede suscitar una denuncia ante la autoridad civil o un juicio; a tomar medidas contraproducentes que no tienen en cuenta el bien de las comunidades y de los más vulnerables; a confiar exclusivamente en la asesoría de abogados, siquiatras y especialistas de todo tipo descuidando el sentido profundo de la compasión y la misericordia; a llegar incluso a la mentira o a tergiversar los hechos para no confesar la horrible realidad que se presenta.
Una manifestación de esa mentalidad aparece también en la tendencia a afirmar que la Iglesia no está ni tiene por qué estar sometida al poder de la autoridad civil, como los demás ciudadanos, sino que podemos y debemos manejar todos nuestros asuntos dentro de la Iglesia regidos únicamente por el derecho canónico, e incluso llegar a considerar la intervención de la autoridad civil como una intromisión indebida que, en estos tiempos de creciente secularismo, se ve con tintes de persecución contra la fe.
Tenemos que reconocer esta crisis a profundidad, a reconocer que el daño no lo hacen los de fuera sino que los primeros enemigos están dentro de nosotros, entre los obispos y los sacerdotes y los consagrados que no hemos estado a la altura de nuestra vocación. Tenemos que reconocer que el enemigo está dentro.
Reconocer y enfrentar la crisis -superando nuestra mentalidad clerical-significa también no minimizarla afirmando que en otras instituciones suceden abusos a mayor escala. El hecho de que se presenten abusos en otras instituciones y grupos y no justifica nunca la presencia de abusos en la Iglesia porque contradice la esencia misma de la comunidad eclesial y constituye una tergiversación monstruosa del ministerio sacerdotal que, por su propia naturaleza, debe buscar el bien de las almas como su supremo fin. No hay ninguna justificación posible para no denunciar, para no desenmascarar, para no enfrentar con valor y contundencia cualquier abuso que se presente al interior de nuestra Iglesia.
También tenemos que reconocer que el papel desempeñado por la prensa y los medios de comunicación y las redes sociales ha sido muy importante en el ayudarnos a no soslayar sino a afrontar la crisis. Los medios de comunicación hacen en este sentido un trabajo de gran valor que es necesario apoyar. "Hablando de esta herida -dijo claramente el papa Francisco en su discurso de Navidad a la curia-, algunos dentro de la Iglesia, se alzan contra ciertos agentes de la comunicación, acusándolos de ignorar la gran mayoría de los casos de abusos, que no son cometidos por ministros de la Iglesia -las estadísticas hablan de más del 95%-, y acusándolos de querer dar de forma intencional una imagen falsa, como si este mal golpeara solo a la Iglesia Católica. En cambio, me gustaría agradecer sinceramente a los trabajadores de los medios que han sido honestos y objetivos y que han tratado de desenmascarar a estos lobos y de dar voz a las víctimas. Incluso si se tratase solo de un caso de abuso -que ya es una monstruosidad por sí mismo- la Iglesia pide que no se guarde silencio y salga a la luz de forma objetiva, porque el mayor escándalo en esta materia es encubrir la verdad."
Sin duda, es mucho lo que hemos hecho para enfrentar la crisis de los abusos. Sin embargo, si no hubiera sido por la insistencia valiosa de las víctimas y la presión ejercida por los medios de comunicación, tal vez no nos hubiéramos decidido a enfrentar como se ha hecho esta crisis vergonzosa. Es tan hondo el daño causado, es tan profundo el dolor infligido, son tan inmensas las consecuencias de los abusos que han sucedido en la Iglesia que nunca podremos decir que hemos hecho todo lo que es posible hacer y nuestra responsabilidad nos lleva a trabajar todos los días para que nunca más en la Iglesia se presenten abusos y para que los que eventualmente se presenten reciban el castigo y la reparación que exigen.
1.2. La responsabilidad del obispo como miembro del colegio episcopal bajo la suprema autoridad de la Iglesia
En el tratamiento de la crisis y en el proceso de conversión que debe emprender para poder enfrentarla, el obispo no está solo. Su ministerio es un ministerio colegial. Por su ordenación episcopal, el obispo entra a formar parte del colegio formado por todos los sucesores de los apóstoles bajo la guía y autoridad del sucesor del apóstol Pedro. Más que nunca tenemos que sentirnos llamados a fortalecer nuestros vínculos fraternos, a entrar en un verdadero discernimiento comunitario, a actuar siempre con los mismos criterios y apoyarnos mutuamente en la toma de decisiones. Nuestra fortaleza depende, sin duda, de la unidad profunda que marque nuestro ser y actuar.
Para ayudarnos en esta tarea los papas nos han iluminado con sus palabras y los diferentes dicasterios de la Curia Romana han emitido disposiciones que nos muestran el camino que tenemos que recorrer. Ya sabemos cómo hay que proceder, pero parece deseable que se ofrezca al obispo un "Código de Conducta" que, en armonía con el "Directorio para los Obispos", muestre claramente cómo debe ser el proceder del obispo en el contexto de esta crisis. El papa Francisco con su carta apostólica en forma de motu proprio "Como una madre amorosa" nos presenta la exigencia de la actuación del obispo y de su remoción en caso de una negligencia grave comprobada en estos casos. El "Código de Conducta" vendrá a clarificar y a exigirnos la conducta que es la propia del obispo. Su obligatoriedad será una garantía de que todos actuemos al unísono y en la dirección correcta, ya que nos permite tener un control claro sobre nuestra conducta y nos da las indicaciones concretas para los correctivos que sean necesarios. Será, además, una guía para la Iglesia y la sociedad que permitirá a todos mirar adecuadamente el proceder del obispo en los casos específicos y podrá darnos a todos la confianza de que se está actuando bien. Será, además, una forma concreta de fortalecer la comunión que nace de la colegialidad episcopal.
La formación permanente del obispo ha sido una preocupación constante de la Iglesia. Los tiempos cambiantes plantean desafíos nuevos a los cuales el obispo debe responder y para ello es necesaria una actualización permanente. En nuestro actuar frente a esta crisis necesitamos también estar en proceso permanente de ser actualizados, formados, instruidos, para que nuestra respuesta sea siempre la indicada y esto con carácter obligatorio ya que tenemos que mostrar ante el mundo una perfecta unidad en la respuesta.
Una vez más la crisis se hace un llamado a una conversión que llegue hasta lo profundo de nuestro actuar eclesial. El encuentro que estamos viviendo es un signo claro y una oportunidad real para crecer en este espíritu de comunión.
II. LA RESPONSABILIDAD DEL OBISPO PARA CON SUS SACERDOTES Y CONSAGRADOS
La responsabilidad del obispo se prolonga en la responsabilidad por la santificación de los presbíteros y consagrados. Esta responsabilidad abarca un amplio radio de acción porque debe ser entendida en el contexto de un proceso que empieza con el discernimiento de la vocación en los futuros presbíteros y consagrados, continúa en la formación inicial y debe acompañar toda la existencia de los que han sido llamados a una vida de total dedicación al servicio de la Iglesia. A la luz de la crisis desatada por las denuncias de abusos sexuales por parte de los clérigos, esta responsabilidad ha adquirido dimensiones especiales, en las que, la cercanía del obispo se hace imprescindible. El diálogo permanente -de amigo, de hermano, de padre- que permite al obispo conocer a sus sacerdotes y acompañarlos en sus alegrías y tristezas, en sus logros y fracasos, en sus dificultades y éxitos, es el camino permanente que el obispo debe recorrer en la relación con sus sacerdotes.
¿Y cuál es nuestra responsabilidad frente a los sacerdotes abusadores? Como obispos, debemos cumplir con nuestro deber de enfrentar enseguida la situación que se presenta a partir de una denuncia. Toda denuncia debe desencadenar enseguida los procedimientos que están indicados tanto en el derecho canónico como en el derecho civil de cada nación, según las líneas-guía marcadas por cada conferencia episcopal. Nos ayudará distinguir siempre entre pecado sometido a la misericordia divina, crimen eclesial sometido a la legislación canónica y crimen civil sometido a la legislación civil correspondiente. Son campos que no se deben confundir y que, cuando se distinguen y separan convenientemente, nos permiten actuar con plena justicia. Hoy tenemos claro que cualquier negligencia de nuestra parte nos puede acarrear penas canónicas, incluso la remoción del ministerio, y penas civiles que pueden llegar hasta ser condenados a prisión por encubrimiento o complicidad.
A lo largo del proceso canónico, es fundamental que el acusado sea escuchado. La cercanía bondadosa del obispo es un primer paso hacia la recuperación del culpable. El seguimiento concienzudo de las líneas-guía trazadas por la propia conferencia episcopal permite al obispo trazar para su diócesis la ruta que se debe seguir en los diferentes casos de acusación de abuso por parte de un clérigo. Del cuidado especial que se tenga en esta implementación dependerá en buena parte que los procesos se puedan desarrollar con plena justicia. Pero no basta enjuiciar y condenar al denunciado, cuando se compruebe la falta, sino que es necesario mirar también hacia su tratamiento para que no reincida.
La forma concreta como se implemente la justicia en los diferentes procesos para enfrentar a los clérigos abusadores es una de las llaves maestras para poder superar la crisis en lo que respecta a la salud de los presbiterios, ya que con frecuencia se oye decir, "¿Dónde están los derechos de los sacerdotes?" El hecho de que haya casos de sacerdotes y consagrados acusados no puede llevarnos, bajo ninguna razón, a justificar la actuación indebida de aquellos que los han cometido. En las investigaciones previas, en los procesos canónicos y civiles que se han abierto, ha sido y debe ser siempre una preocupación el salvaguardar los derechos inalienables de los posibles victimarios. Aún más, muchas veces ha sido el temor a violar esos derechos lo que ha llevado a actuaciones que más tarde han podido ser calificadas como encubrimientos y complicidades. Sin embargo, tenemos que tener claro que los derechos de los victimarios -por ejemplo, a su buena fama, al ejercicio de su ministerio, a seguir llevando una vida normal al interior de la sociedad- no pueden nunca primar sobre los derechos de las víctimas, de los más débiles, de los más vulnerables.
III. LA RESPONSABILIDAD DEL OBISPO PARA CON EL SANTO PUEBLO FIEL DE DIOS
¿Cuál ha sido la reacción de los católicos frente al escándalo de los abusos por parte del clero y de los consagrados? La respuesta no puede ser unívoca, pero una vez más se ha constatado que para la inmensa mayoría de las personas católicas o no católicas la Iglesia se identifica con los sacerdotes y consagrados. Es a la Iglesia a la que se le responsabiliza de lo acaecido. Esta realidad nos debe mover a lograr una cercanía creciente con el pueblo de Dios que está llamado a crecer cada día en su conciencia de pertenencia a la Iglesia y de sentirse corresponsable de ella.
En el contexto de esta cercanía al pueblo de Dios, hay que situar nuestro proceder para con las víctimas del abuso. Y nuestro primer deber es escucharlas. Uno de los pecados originales cometidos al inicio de la crisis fue precisamente no haber escuchado con apertura de corazón a aquellos que denunciaban haber sido abusados por clérigos.
Escuchar a las víctimas empieza por no minimizar el daño causado y el dolor producido. En muchos casos se llegó a pensar que el único motivo que impulsaba a las denuncias era el buscar compensaciones económicas. "Lo único que buscan es el dinero.", se solía repetir. No hay duda de que a veces se orquestan acusaciones. No hay duda tampoco que en muchas ocasiones se ha tratado de reducir la reparación de las víctimas a una indemnización monetaria sin tener en cuenta el verdadero alcance de esa reparación. Y no hay duda de que también en muchas ocasiones, hemos cedido a la tentación de tratar de arreglar con dinero situaciones insostenibles para acallar el posible escándalo. Esta nefasta realidad no nos puede impedir, sin embargo, tomar conciencia de la responsabilidad seria y grave que nos corresponde en la reparación de las víctimas. El dinero no puede nunca reparar el daño causado, pero se hace necesario en muchos casos para que las víctimas puedan seguir los tratamientos psicoterapéuticos que necesitan y que generalmente son muy costosos, algunos no han logrado reponerse al daño causado y no son capaces de trabajar y necesitan del apoyo económico para sobrevivir y para algunos el reconocimiento pecuniario se hace parte de un reconocimiento del año causado. Es claro que estamos obligados a ofrecerles todos los medios necesarios -espirituales, sicológicos, siquiátricos, sociales- para la recuperación exigida.
La responsabilidad del obispo es muy amplia, abarca muchos campos, pero siempre es insoslayable.
Conclusión
San Juan Pablo II en el discurso a los cardenales americanos en el 2002 daba la dirección esencial que deben tener todos nuestros esfuerzos para superar la crisis actual: "Tanto dolor y tanto disgusto deben llevar a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo y a una Iglesia más santa."
Con la ayuda del Señor y con nuestra docilidad a su gracia vamos a lograr que esta crisis lleve a una profunda renovación de toda la Iglesia con obispos más santos, más conscientes de su misión de pastores y padres de la grey; con sacerdotes y consagrados más santos, más conscientes de su servicio ejemplar para con el pueblo de Dios; con un pueblo de Dios más santo, más consciente de su corresponsabilidad de edificar permanentemente una Iglesia de comunión y participación, en donde los niños y adolescentes, y todas las personas, encuentren siempre un lugar seguro que propicien su crecimiento humano y la vivencia de la fe. Así contribuiremos a erradicar la cultura del abuso en el mundo en que vivimos.
Fuente: Vatican News y el Catolicismo
Foto: Vatican.va
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Nuevos ataques en la subregión del San Juan: Mons. Mario de Jesús Álvarez clama por la paz y la protección de las comunidades
Ante los recientes ataques contra estaciones de Policía en Nóvita y Santa Rita de Iró, la Iglesia expresa su preocupación por el impacto de la violencia en la población civil y pide buscar caminos de paz, diálogo y respeto por la dignidad humana.La Diócesis de Istmina-Tadó hizo un llamado urgente a detener la escalada de violencia que en los últimos días ha afectado a distintos municipios de la subregión del San Juan, en el sur del departamento del Chocó, y que nuevamente tiene a las comunidades sufriendo.La situación se agudizó el miércoles 30 de septiembre en Nóvita, donde, alrededor de las 10:00 de la mañana, mientras la comunidad se disponía a iniciar la celebración de la Eucaristía con motivo de la fiesta patronal de San Jerónimo, se registró un ataque contra la estación de Policía mediante drones y armas de largo alcance. De acuerdo con información de las autoridades, el hecho incluyó el lanzamiento de seis granadas desde drones y también afectó instalaciones militares. No se reportaron personas heridas.Para la Diócesis, la situación adquiere una especial gravedad por haber ocurrido en medio de una celebración religiosa y en el casco urbano, donde la población quedó expuesta al riesgo.Desde Nóvita, monseñor Mario de Jesús Álvarez Gómez, obispo de Istmina-Tadó, expresó su preocupación por lo que está ocurriendo en la región y pidió a los grupos armados detener las acciones que están afectando directamente a las comunidades. También pidió al al Gobierno Nacional priorizar la protección de las comunidades.“Todo debemos pararlo inmediatamente, dada la angustia y la zozobra que esto provoca”, manifestó el obispo, quien insistió en que la salida debe buscarse por “los caminos del Evangelio y los caminos de la paz”.El prelado señaló que durante los últimos días se han registrado graves hechos de violencia en municipios como Tadó, Río Iró, Sipí, Condoto y Nóvita. En declaraciones entregadas este 1 de octubre, explicó que, a su juicio, las comunidades están experimentando miedo e impotencia y que muchas personas prefieren guardar silencio ante el riesgo que perciben en sus territorios.Sobre las dinámicas del conflicto, monseñor Álvarez se refirió a la confrontación entre el ELN y las AGC, así como a los ataques contra integrantes de la Fuerza Pública. Sus apreciaciones corresponden a su lectura de la situación que viven las comunidades que acompaña pastoralmente la Diócesis.La violencia continúa en Santa Rita de IróLa preocupación se extendió este jueves 1 de octubre a Santa Rita de Iró, cabecera municipal de Río Iró. Según informó el padre Ernesto Zapata, vicario general de la Diócesis de Istmina-Tadó, durante la mañana se habían registrado múltiples explosiones de artefactos lanzados mediante drones contra la estación de Policía.“Lo que sabemos hasta el momento es que se han producido al menos seis ataques desde aeronaves no tripuladas...aún no se tiene información confirmada sobre posibles personas heridas", explicó el sacerdote. Recordó, además, que esta población, de aproximadamente 4.000 habitantes, ya había vivido numerosos ataques con estos artefactos dos meses atrás.“Que todos vivamos en dignidad y en respeto”Ante este panorama, la Diócesis de Istmina-Tadó insiste en que las comunidades no pueden continuar soportando las consecuencias de la confrontación armada. Su llamado se dirige a quienes tienen responsabilidades en las decisiones de seguridad y, de manera particular, a los actores armados que desarrollan acciones violentas en los territorios.“Únicamente es dejándonos iluminar por el Dios del amor, de la misericordia y del perdón como podemos hallar caminos para que todos vivamos en dignidad y en respeto”, expresó monseñor Álvarez.La preocupación de la Iglesia por la situación de las comunidades del San Juan no es nueva. En anteriores momentos de confinamiento y confrontación armada, la Diócesis de Istmina-Tadó ha pedido que se garantice la libertad de movilidad de la población civil y el acceso de la Iglesia y de las organizaciones humanitarias a las comunidades afectadas.Precisamente estas localidades del sur del Chocó resultaron gravemente impactadas por el terremoto del 10 de agosto en Colombia. La mayor parte de sus viviendas sufrieron graves daños estructurales y las comunidades aún están a la espera del proceso de recuperación y reconstrucción.Vea el mensaje del Obispo de Istmina-Tadó a continuación:
Jue 1 Oct 2026
“Que la Iglesia sea una casa abierta": Papa León XIV pide acompañar y orar por quienes enfrentan dificultades de salud mental
El Santo Padre invita a rezar para que la Iglesia sea una casa abierta, capaz de acompañar sin juzgar a quienes enfrentan dificultades en su salud mental y de integrar este cuidado en la vida y misión de las comunidades.La Iglesia en Colombia se une a la intención de oración confiada en este mes de octubre por el Papa León XIV a la Red Mundial de Oración del Papa: “Por la pastoral de la salud mental”. A través de la iniciativa “Reza con el Papa”, el Santo Padre invita a los fieles y a todas las personas de buena voluntad a orar para que la pastoral de la salud mental se integre en toda la Iglesia, contribuyendo a superar el estigma y la discriminación que enfrentan las personas con enfermedades mentales.La propuesta del Pontífice pone en el centro a quienes viven situaciones de ansiedad, depresión u otras enfermedades mentales, muchas veces en silencio y en medio de experiencias de soledad, incomprensión o estigmatización. En este contexto, el papa León XIV pide que la Iglesia sea una “casa abierta”, un espacio seguro donde todos tengan un lugar y donde las personas puedan ser escuchadas y acompañadas sin juicios ni miedo.Una Iglesia que acompaña y no descartaEn la oración, el Papa León XIV se dirige al “Dios de la vida”, que conoce las luces, sombras y heridas silenciosas que habitan el corazón humano. Desde allí, presenta ante el Señor a quienes enfrentan dificultades en su salud mental y recuerda que Dios los llama por su nombre, con ternura, y que en Él encuentran dignidad y esperanza.La plegaria también contiene una petición de perdón por las veces en que la comunidad ha mirado hacia otro lado y ha contribuido al estigma y la discriminación hacia las personas con enfermedades mentales. El Papa pide que la Iglesia se convierta en una comunidad que acompaña y no descarta, que escucha sin juzgar y se acerca sin miedo.La intención se extiende, además, a quienes acompañan y cuidan: profesionales de la salud, familiares, voluntarios y todas aquellas personas que, desde distintos ámbitos, tienden puentes de comprensión y consuelo. Para ellos, el Pontífice pide fortaleza y compasión.Finalmente, el papa León XIV invoca al Espíritu Santo para que la Iglesia aprenda a acoger e integrar el cuidado de la salud mental en la vida y en la misión de sus comunidades, de manera que pueda ser signo vivo de una misericordia que acompaña, sostiene y restaura.Una realidad que interpela a la sociedad y a la IglesiaLa intención de oración responde a una realidad que afecta a millones de personas en el mundo. La Organización Mundial de la Salud señala que cerca de mil millones de personas viven con algún trastorno mental y advierte que el estigma, la discriminación y las dificultades para acceder a servicios de calidad continúan siendo obstáculos importantes para quienes necesitan atención.La situación también tiene una incidencia particular en niños y adolescentes. La OMS estima que uno de cada siete jóvenes entre los 10 y los 19 años experimenta un trastorno mental, mientras que muchos de estos casos permanecen sin reconocer o sin tratamiento. La organización advierte, además, que quienes viven con estas condiciones son especialmente vulnerables a la exclusión social y a la discriminación.Ante esta realidad, la Iglesia está llamada a fortalecer espacios de acogida y acompañamiento, en articulación con las familias, las comunidades y los profesionales que brindan atención especializada. La pastoral de la salud mental no busca sustituir el trabajo de los profesionales de la salud, sino ofrecer también cercanía, escucha, acompañamiento y una comunidad en la que cada persona pueda experimentar que su dignidad es reconocida.“No podemos hacerlo solos”El Papa León XIV ya se había referido a la salud mental durante la vigilia de oración con jóvenes celebrada en Barcelona el 9 de junio de 2026. En respuesta al testimonio de una joven que compartió su experiencia con la depresión, el Pontífice llamó la atención sobre las presiones y expectativas que pueden afectar los equilibrios fundamentales de las personas y, al reflexionar sobre el dolor y la soledad, afirmó: “no podemos hacerlo solos”.Esta expresión ilumina también la intención de oración de octubre: frente al sufrimiento que muchas personas experimentan en silencio, la respuesta cristiana pasa por fortalecer comunidades capaces de acompañar, escuchar y acoger. Se trata de que nadie tenga que afrontar solo sus heridas y de que la Iglesia pueda ser un lugar donde las personas encuentren cercanía, dignidad y esperanza.Oración del Papa León XIV por la pastoral de la salud mental:En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.Dios de la vida,Tú conoces lo más íntimo de nuestro corazón,las luces y sombras que nos habitan,las heridas silenciosas que a veces nadie ve.Hoy te presentamos a nuestros hermanos y hermanasque enfrentan dificultades en su salud mental,que sufren en soledad con ansiedad, depresión o cualquier otra enfermedad mental.Tú los llamas por su nombre, con ternura,y en Ti encuentran dignidad y esperanza.Perdónanos por las veces que hemos mirado hacia otro lado,alimentando el estigma y la discriminaciónhacia las personas con enfermedades mentales.Haz que tu Iglesia sea casa abierta,espacio seguro donde todos tengan lugar,comunidad que acompaña y no descarta,que escucha sin juzgar y se acerca sin miedo.Te pedimos, Señor, por quienes cuidan:profesionales, familiares, voluntarios,hombres y mujeres que con paciencia y amortienden puentes de comprensión y consuelo.Dales fortaleza y compasión para sostener.Envía tu Espíritu sobre nosotros,para que aprendamos a acoger e integrar el cuidado de la salud mentalen la vida y en la misión de nuestras comunidades y de toda la Iglesia,y así lleguemos a ser un signo vivo de tu misericordia,que nunca abandona y siempre restaura.Amén.Vea el video de la oración del Papa a continuación:
Mié 30 Sep 2026
Tras peregrinar con María, la Arquidiócesis de Medellín se dispone a vivir octubre misionero
Cerca de 1.300 personas participaron en la tradicional Peregrinación Mariana de la Arquidiócesis de Medellín. La jornada fue encabezada por el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, y el obispo auxiliar, monseñor José Mauricio Vélez García. Familias, jóvenes, sacerdotes, religiosas y fieles se unieron en esta jornada que cada año prepara a la Iglesia particular para vivir octubre, Mes Misionero.El 26 de septiembre, acompañados por la Virgen del Seminario, los peregrinos caminaron unidos en oración hasta el Seminario Mayor de Medellín. Durante el recorrido, los participantes encomendaron sus intenciones, la vida pastoral de la Iglesia particular y los frutos de este mes de las misiones que celebra la Iglesia Universal.La jornada concluyó con la celebración de la Eucaristía, presidida por el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo. En su homilía, el prelado centró su reflexión en la bienaventuranza proclamada en el Evangelio y destacó que escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica permite descubrir el sentido de la fe y avanzar hacia una vida transformada por ella.“La Palabra de Dios no es una teoría, es una persona a la que nos unimos para que se haga carne en nosotros”, afirmó el arzobispo, subrayando así la relación entre la escucha de la Palabra y la vida concreta de los creyentes.Monseñor Tobón también presentó a la Virgen María como modelo de quien escucha la voluntad de Dios y responde con toda su vida. En este sentido, vinculó la peregrinación con el camino misionero que la Iglesia está llamada a recorrer:“Qué hermosa esta jornada: estar reunidos en torno a la Madre y con ella reconocer quiénes somos, a dónde vamos y qué tenemos que hacer”.
Mar 29 Sep 2026
Liberar y cuidar: Iglesia en Colombia profundiza sobre nuevos criterios para el Ministerio del Exorcismo
El tercer curso nacional de formación para exorcistas reunió en Bogotá a sacerdotes y delegados de distintas regiones para profundizar en protocolos, criterios de discernimiento y prácticas pastorales orientadas a proteger la dignidad de las personas atendidas.En Colombia, el Ministerio del Exorcismo avanza hacia una práctica pastoral cada vez más consciente de la responsabilidad que implica acompañar a personas que atraviesan situaciones de especial vulnerabilidad. Esta fue una de las principales conclusiones del tercer curso nacional de formación para exorcistas, organizado por la Comisión Episcopal y el Departamento de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Colombia, bajo el lema “Liberar y Cuidar: El Ministerio del Exorcismo desde la Cultura del Cuidado”.El encuentro, que contó con la participación de cerca de 80 representantes de distintas jurisdicciones eclesiásticas del país y con aportes de expertos nacionales e internacionales, dio continuidad a los dos cursos anteriores, centrados en “Exorcismo y oración de liberación” y “Discernimiento y espiritualidad, pilares del sacerdote exorcista y su equipo”. En esta tercera edición, la reflexión se concentró en cómo incorporar de manera concreta la cultura del cuidado, la normativa eclesial y criterios de actuación responsable en este ministerio.“La figura del exorcista la debemos no solo valorar, sino también cuidar”, señaló monseñor José Mauricio Vélez García, obispo auxiliar de Medellín y presidente de la Comisión Episcopal de Doctrina de la CEC, al explicar que se trata de un servicio que requiere formación, discernimiento, oración y comunión con el obispo. El prelado recordó que el exorcismo es un sacramental de la Iglesia y que su ejercicio corresponde al sacerdote que ha recibido legítimamente este encargo de parte del obispo.El cuidado de la persona, en el centroUno de los principales énfasis del curso fue la necesidad de que quienes ejercen o acompañan este ministerio tengan claridad sobre los riesgos de generar nuevas afectaciones en personas que ya llegan a la Iglesia en condiciones de fragilidad. El padre Iván José Ruiz Vidal, delegado para el Ministerio del Exorcismo de la Arquidiócesis de Cartagena, destacó este desafío: “En la medida en que nosotros adoptamos el cuidado dentro de nuestro ministerio, pues evitamos entrar en revictimización”.Desde esta perspectiva, el cuidado no se planteó como un elemento adicional al ejercicio del exorcismo, sino como un criterio transversal que debe orientar la relación con quienes solicitan acompañamiento. Esto implica respetar su dignidad, intimidad y libertad; ofrecer una escucha adecuada; evitar actuaciones que puedan producir nuevas heridas y reconocer cuándo una situación requiere la intervención o el acompañamiento de otros profesionales.El padre Gabriel Londoño Sepúlveda, sacerdote exorcista de la Arquidiócesis de Bogotá, sintetizó este enfoque en dos direcciones: el cuidado del ministro hacia las personas que atiende y el cuidado de quienes acuden a él en el ejercicio de su ministerio. Para ello, subrayó la importancia de actuar desde la verdad, el amor, una recta doctrina, la escucha y el acompañamiento pastoral.Discernir antes de intervenirOtro de los aprendizajes centrales fue la necesidad de fortalecer el discernimiento. Las reflexiones abordaron la importancia de evitar atribuciones apresuradas de carácter espiritual frente a situaciones que pueden tener dimensiones psicológicas, psiquiátricas, médicas o sociales.Monseñor José Mauricio Vélez insistió en que el sacerdote exorcista debe contar con criterios suficientes para distinguir las distintas realidades que pueden estar presentes en una persona que solicita ayuda. De ahí la importancia de una formación que permita conjugar la dimensión espiritual con las herramientas provenientes de otras disciplinas.En la misma línea, las ponencias sobre los criterios para el discernimiento de la acción extraordinaria del maligno, las directrices para el ministerio del exorcismo y los posibles abusos en el uso del ritual profundizaron en la necesidad de actuar con prudencia, rigor teológico, formación, oración y trabajo interdisciplinario.El curso también abordó situaciones relacionadas con prácticas de ocultismo y algunas terapias alternativas, planteando la prevención y la formación de las comunidades como herramientas necesarias para que los fieles puedan desarrollar criterios de discernimiento frente a las distintas propuestas espirituales que encuentran en la sociedad contemporánea.Prevenir abusos y fortalecer la responsabilidadLa cultura del cuidado también llevó a revisar posibles formas de abuso en el ejercicio del ministerio, incluidos aquellos que pueden surgir por desconocimiento, actuaciones inadecuadas o interpretaciones erróneas del ritual.Monseñor Rubens Miraglia Zani, exorcista de la Diócesis de Bauru, en Brasil, uno de los conferencistas internacionales del encuentro, llamó la atención sobre la necesidad de fortalecer la vigilancia episcopal y la formación de quienes participan en este servicio. También recordó que no toda persona que se presenta como exorcista cuenta con la autorización eclesial para ejercer este ministerio.De acuerdo con el sacerdote brasileño, esta claridad resulta particularmente relevante en contextos en los que personas que buscan una respuesta inmediata frente a situaciones de sufrimiento pueden quedar expuestas a prácticas que no corresponden al ejercicio legítimo del ministerio de la Iglesia.“No hacemos de nombre propio sino en nombre de la Iglesia y, por lo tanto, hay que seguir lo que nos pide la misma Iglesia”, afirmó el sacerdote brasileño.En este sentido, monseñor Vélez recordó también que el exorcista es un sacerdote nombrado por el obispo y que los fieles pueden acudir a sus respectivas jurisdicciones eclesiásticas para conocer quién ha recibido este encargo. Esta claridad busca favorecer el orden pastoral y prevenir que personas vulnerables terminen recurriendo a quienes actúan al margen de la autoridad y de las normas de la Iglesia.Una responsabilidad que involucra al exorcista y a su equipoEl curso amplió, además, la reflexión sobre quienes acompañan al sacerdote exorcista. La selección, formación, acompañamiento y actuación de los auxiliares fueron abordados como elementos necesarios para garantizar que todo el equipo comprenda los límites de su servicio, actúe con discreción y permanezca en comunión con la autoridad eclesial.Entre los elementos identificados durante los talleres se destacó la necesidad de fortalecer competencias relacionadas con el discernimiento, la formación doctrinal y canónica, el equilibrio humano y espiritual, el trabajo interdisciplinario y la capacidad de reconocer señales de alerta en la práctica pastoral.La reflexión sobre la cultura del cuidado incluyó también el cuidado del propio sacerdote exorcista, tanto en sus dimensiones física y psicológica como espiritual, así como la importancia de evitar actitudes de protagonismo o autorreferencialidad que puedan desvirtuar el sentido eclesial del servicio.De la reflexión a líneas de acciónUno de los aportes metodológicos del encuentro fue el trabajo desarrollado en ocho mesas, organizadas según las provincias eclesiásticas. Este ejercicio permitió compartir experiencias territoriales, reconocer desafíos comunes y plantear propuestas para fortalecer el ministerio en las distintas jurisdicciones.El análisis de las normas canónicas y la construcción de un mapa de competencias permitieron, además, trasladar las reflexiones a situaciones concretas de la práctica pastoral. Las conclusiones recogidas durante estos ejercicios serán objeto de una posterior sistematización por parte de la Conferencia Episcopal de Colombia.Para el padre Carlos Guillermo Arias, director del Departamento de Doctrina de la CEC y coordinador de la organización del curso, este proceso se inscribe en la responsabilidad de continuar ofreciendo herramientas de formación para quienes prestan este servicio en las Iglesias particulares.La proyección, de acuerdo con lo trabajado durante el encuentro, apunta a mantener una formación permanente, fortalecer la articulación entre las jurisdicciones eclesiásticas, consolidar criterios comunes de actuación y profundizar en protocolos y líneas de acción que permitan responder de manera responsable a las situaciones que llegan a este ministerio.“Es relevante seguir formándonos y ojalá tuviésemos la posibilidad de seguir formando también otro mayor número de sacerdotes”, señaló el padre Iván José Ruiz, quien insistió en que la tarea no puede reducirse a una comprensión exclusivamente espiritual de las situaciones que afectan a las personas, sino que debe considerar también las circunstancias sociales y las afectaciones a la dignidad humana.Así, el tercer curso nacional dejó como uno de sus principales desafíos hacer de la cultura del cuidado una práctica permanente del Ministerio del Exorcismo en Colombia: un servicio ejercido en comunión con el obispo, con sólida formación espiritual, doctrinal y canónica, capacidad de discernimiento, apertura al trabajo interdisciplinario y especial atención a la dignidad y protección de las personas vulnerables.Vea el informe audiovisual con los momentos y testimonios más destacados: