SISTEMA INFORMATIVO
Concretar acciones al servicio de los pobres
Tags: Jornada Mundial de los Pobres mons. fernando chica arellano fratelli tutti Iglesia
Por: Mons. Fernando Chica Arellano - Con cierta frecuencia, a propósito de las enseñanzas de la Iglesia y, más en particular, de los documentos pontificios, algunas personas parecen tener la sensación de que son textos demasiado genéricos. Bonitas palabras, pero difíciles de llevar a la práctica. Esta impresión se difumina leyendo el magisterio del papa Francisco, colmado de ejemplos sugerentes y de retos específicos.
En estos párrafos quiero evocar algunas de las concreciones que el Obispo de Roma ha formulado en sus dos últimas encíclicas: Laudato Si’ (LS), sobre el cuidado de la casa común, de 2015, y Fratelli Tutti (FT), sobre la fraternidad y la amistad social, de 2020. Son pautas que nos llevan a compartir, a vencer nuestro egoísmo y salir de nosotros mismos para auxiliar a quienes se hayan sometidos a pruebas diversas. Pueden servir para celebrar con genuino provecho la IV Jornada Mundial de los Pobres. Esta iniciativa, alentada por el Santo Padre con entusiasmo y ardor, coincide con el 33º domingo del Tiempo Ordinario. Esta vez tiene lugar el 15 de noviembre próximo y es una llamada imperiosa a tender la mano a los menesterosos.
Recordando la distinción clásica entre las obras de misericordia corporales y espirituales (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2447), divido mi exposición en dos secciones.
Concreciones ‘corporales’
Comentando la parábola evangélica del buen samaritano (cfr. Lc 10, 25-37), Su Santidad indica que “es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por cada llaga del herido. Busquemos a otros y hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia” (FT 78).
En Laudato Si’, el Sucesor de Pedro había ya observado: “Sólo a partir del cultivo de sólidas virtudes es posible la donación de sí en un compromiso ecológico. Si una persona, aunque la propia economía le permita consumir y gastar más, habitualmente se abriga un poco en lugar de encender la calefacción, se supone que ha incorporado convicciones y sentimientos favorables al cuidado del ambiente. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida” (LS 211). A continuación, individuaba varios ejemplos bien asequibles para cambiar el rumbo de nuestra vida a mejor: “Evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias” (LS 211).
En varios momentos de la encíclica Fratelli Tutti, habla el Papa de la importancia de la caridad política. Es interesante reconocer que lo hace de un modo bien preciso, estimulante, cercano e inclusivo: “Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política” (FT 186).
En el siguiente párrafo seleccionado, por ejemplo, el Papa es capaz de vincular algo tan cotidiano como es cuidar el agua que sale del grifo en casa con el nivel moral de la humanidad, la preocupación ecológica y el respeto a los derechos humanos: “Cuando hablamos de cuidar la casa común que es el planeta, acudimos a ese mínimo de conciencia universal y de preocupación por el cuidado mutuo que todavía puede quedar en las personas. Porque si alguien tiene agua de sobra, y sin embargo la cuida pensando en la humanidad, es porque ha logrado una altura moral que le permite trascenderse a sí mismo y a su grupo de pertenencia. ¡Eso es maravillosamente humano! Esta misma actitud es la que se requiere para reconocer los derechos de todo ser humano, aunque haya nacido más allá de las propias fronteras”(FT 117).
Otras pistas las encontramos cuando al Santo Padre alude a la importancia de la sobriedad y dice: “Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración” (LS 223). Con ello, enlaza ya con la importancia de humanizar las relaciones cotidianas, reivindicando el “laborioso cultivo de la amistad”, que a veces puede quedar minusvalorado en nuestro mundo, marcado por las relaciones digitales. “Hacen falta gestos físicos, expresiones del rostro, silencios, lenguaje corporal, y hasta el perfume, el temblor de las manos, el rubor, la transpiración, porque todo eso habla y forma parte de la comunicación humana” (FT 43). Si en vez de gastar tanto tiempo en enviar mensajes, mirar el teléfono móvil o quedar atrapados por el brillo de la pantalla de una tablet, miramos a quien tenemos al lado, lo escuchamos, salimos a su encuentro, lo tomamos en serio, secamos sus lágrimas, compartimos sus anhelos, etc., estamos inyectando enormes dosis de bondad llamadas a romper círculos viciosos y nocivos. Pero con esto entramos ya en otra sección, tan inspiradora como la primera.
Concreciones ‘espirituales’
“El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor” (LS 231). Recojo ahora cinco tipos de gestos cotidianos que podemos considerar como “obras de misericordia espirituales”. Son actitudes que caldean nuestra alma y la hacen sensible a las necesidades ajenas, sobre todo a las penurias de los más vulnerables.
Según indica el papa Francisco, la amabilidad nos libera de la crueldad, de la ansiedad y de la urgencia distraída. “Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir ‘permiso’, ‘perdón’, ‘gracias’. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia. Este esfuerzo, vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa”(FT224).
Esta amabilidad se plasma en el cuidado del diálogo, que tantas veces hoy brilla por su ausencia y se convierte en manipulación, sucesión de monólogos o meras negociaciones interesadas. “Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad”(FT 202).
Un modo bien concreto en el que la amabilidad y el diálogo toman forma es el espíritu del ‘vecindario’, sobre todo en ciertos barrios populares, que viven auténticas relaciones de vecindad, “donde cada uno siente espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino. En estos lugares que conservan esos valores comunitarios, se viven las relaciones de cercanía con notas de gratuidad, solidaridad y reciprocidad, a partir del sentido de un “nosotros” barrial. Ojalá pudiera vivirse esto también entre países cercanos, que sean capaces de construir una vecindad cordial entre sus pueblos” (FT 152).
Por supuesto, nada de esto evita la existencia de conflictos. Pero, ¿qué hacer con ellos? “Es fácil hoy caer en la tentación de dar vuelta la página diciendo que ya hace mucho tiempo que sucedió́ y que hay que mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa” (FT 249). Y advierte el Obispo de Roma: “No me refiero solo a la memoria de los horrores, sino también al recuerdo de quienes, en medio de un contexto envenenado y corrupto fueron capaces de recuperar la dignidad y con pequeños o grandes gestos optaron por la solidaridad, el perdón, la fraternidad. Es muy sano hacer memoria del bien” (FT 249).
Relacionado con ello, está la última de las concreciones que he seleccionado: “Prestar atención a la belleza y amarla nos ayuda a salir del pragmatismo utilitarista. Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso” (LS 215). Invitándonos a todos a ser contemplativos en medio de la vida cotidiana, el Papa afirma que “el universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre” (LS 233). Para cultivar esta actitud contemplativa, en el sexto capítulo de la encíclica Laudato Si’, Francisco recuerda la importancia de los signos sacramentales, del descanso dominical y del encuentro festivo comunitario, entre otras ayudas privilegiadas que encontramos en nuestra tradición eclesial.
Una Jornada que estimule nuestra creatividad
No echemos en saco roto estas pistas tan luminosas que Su Santidad nos brinda como una oportunidad de gracia. Sintámonos todos, leyendo su magisterio, invitados a estar cerca de quienes carecen de lo necesario, de aquellos que están hartos de palabras banales y tienen sed de un amor concreto, diligente y raudo, que abra nuevos horizontes y arranque del pesimismo y la postración.
Las sugerencias del Papa piden ser comentadas en reuniones de pastoral, grupos apostólicos, ambientes juveniles que busquen caminos no roturados, escuelas de formación cristiana, reuniones de Caritas… Pueden servir de acicate para llenar de contenido esta Jornada de los Pobres, oportunidad propicia para cancelar nuestra posible tibieza y atender a los necesitados, implicándonos en la solución de sus problemas, como hicieron los santos, que resplandecen en la historia como antorchas de incesante caridad.
Santos como Francisco de Asís, Ángela de la Cruz, Juan de Dios, Teresa de Calcuta, Damián de Molokai, Leopoldo de Alpandeire, Carlo Acutis y otros, nos enseñan a seguir las huellas de Cristo, poniendo por obra lo que leemos en la Carta a los Romanos: “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde” (12,15-16). De ellos aprendemos que nadie se salva solo. Todos somos deudores. Por eso hemos de sumar voluntades, desgranar ideas, emprender acciones benéficas, de modo que nuestras almas se conmuevan ante el clamor de quienes menos tienen.
Socorriendo a los desvalidos, al estilo de Cristo Jesús, nuestra fe se volverá activa, nuestra esperanza firme y dinámica nuestra caridad. Ojalá que, por medio de esta Jornada, Dios ensanche nuestros corazones, para que sepamos poner en marcha una creatividad eficaz y regeneradora en aras de una vivencia profunda y cotidiana del Evangelio, continuamente al servicio de los pobres y desfavorecidos de este mundo.
Tras lo dicho, alguien puede pensar que los esfuerzos y puntos reseñados no van a cambiar el mundo. Que lo sugerido por Su Santidad es una simple minucia, poco para lo mucho que hay que arreglar a nuestro alrededor. A este respecto, hay que llenarse de esperanza y ánimo tomando en cuenta una observación que hace el mismo papa Francisco: “Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente” (LS 212). Adelante, pues.
Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Vie 25 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Jue 24 Sep 2026
Jue 10 Sep 2026
Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 8 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mié 2 Sep 2026
Después del terremoto
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Son muchos los sentimientos encontrados cuando en una buena parte de Colombia padecimos las consecuencias del terremoto el pasado 10 de agosto.El departamento del Valle del Cauca en los distintos municipios, se vio gravemente afectado, y en nuestro caso, el Distrito de Cali se ha visto envuelto en una encrucijada de dolor, pero a la vez de esperanza.En Cali lamentamos la muerte de 158 personas y un número grande de heridos. Los damnificados se suman por miles, cuando en cifras todavía preliminares podemos contar las más de 12.000 residencias destruidas, y eso sin sumar plenamente, las casas de cientos de campesinos que en las zonas rurales se vieron afectadas.Numerosas son las familias que debieron desalojar sus hogares, otras que perdieron sus emprendimientos y otras que quedaron prácticamente con solo lo que tenían puesto el día del terremoto. La dimensión humana nos duele profundamente. Los efectos colaterales en los estados emocionales de muchos son graves y requieren especial atención.La Iglesia de Cali, así como de las diócesis de Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira, hemos dado muestras de entrega y acompañamiento espiritual y social sin límites. Cada una de estas jurisdicciones hicimos, hacemos y haremos todo lo que esté al alcance de nuestras manos.Hemos acompañado las comunidades afectadas tanto desde lo espiritual, como también con el complemento psicológico. Desde nuestras instituciones, comenzando por las pastorales sociales diocesanas y los Bancos de alimentos, hemos tratado de llevar un poco de consuelo a las personas más vulnerables.Desde el Banco arquidiocesano de alimentos de Cali, hemos llevado víveres a sectores marginados de la ciudad, pero también a Buenaventura, Palmira, Cartago, Istmina, Pereira, para que los obispos locales los distribuyan en las parroquias más afectadas.La vida sacramental no podía estar ausente, y con la presencia de sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y algunos laicos, se asumió la hermosa tarea de acompañar los lugares de la tragedia a los damnificados. En los casos de los difuntos, y cuando se solicitaba, se pudieron realizar dignas celebraciones exequiales, y ofrecer a los familiares de los fallecidos, el consuelo de la fe.Resalto la iniciativa del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, la iniciativa de venir a nuestro departamento del Valle, y a Pereira, con 80 presbíteros acompañados por el cardenal y los obispos auxiliares. Fue una presencia misionera cargada de fe y sentido eclesial. Agradezco, en nombre de todos los obispos y fieles de toda la arquidiócesis de Cali y de Pereira, tan loable presencia que nos hermana mucho más.Después del terremoto que produjo la tierra con su movimiento tectónico surgió otro terremoto, el de la solidaridad. Cómo no reconocer los esfuerzos de los rescatistas y voluntarios, hombres y mujeres de todas las edades que pusieron lo mejor de cada uno para salvar vidas o rescatar victimas. Cómo no valorar al Estado Colombiano, a los bomberos, a la defensa civil, a los rescatistas de otros países y ciudades de Colombia, al personal de la salud, y a las autoridades de policía y ejército que, sin desfallecer, aun con el corazón roto, de día y de noche trabajaron en las acciones humanitarias. No hubo distinción ni de condición política, ni de credo ni de condición social, Hubo fraternidad y trabajo común con el firme propósito de salvar vidas lo más pronto posible. A las autoridades civiles de la Gobernación y las alcaldías municipales, va también nuestro reconocimiento, pues ellos no solo intervinieron en los momentos propios inmediatos al terremoto, sino que les corresponde la no fácil tarea de la reconstrucción integral de Cali y demás municipios del Valle del cauca.Por último, después del terremoto, en cuanto a la Iglesia se refiere, nos viene la tristeza que se acrisola con la fe en el Señor. Cerca de 100 templos y capillas de todo el Departamento se han visto seriamente afectados, muchos de ellos colapsaron o es necesario demoler. Muchas parroquias han debido ser cerradas como medida cautelar, lo que impide que los fieles tengan un lugar digno para sus celebraciones.En Cali fueron estos los templos y capillas con mayor afectación:1.La catedral San Pedro Apóstol, de la Plaza Caizedo, iglesia madre de Cali, referente histórico de muchos años. Bien patrimonial de interés nacional.2.La capilla de la Merced. Lugar donde hace 490 años nació Cali. Bien patrimonial de interés nacional.3.La parroquia central San José, de La Cumbre, con colapso total.4.La parroquia Principal y la capilla de Dagua5.La parroquia San Isidro Labrador, Km. 306.La parroquia El Sagrado Corazón, en Bitaco.7.La parroquia de Nuestro Señor del Buen Consuelo, Yumbo.8.La parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Colseguros.9.La parroquia San Ignacio de Loyola, Terrón Colorado.10.La casa de velación In memoriam, junto a la parroquia de San Fernando Rey.11.La Capilla de Jesús Nazareno, en el barrio Alameda.12.La parroquia Santa Teresa de Jesús, en Pampalinda, afectación total de techo.13.La parroquia el Santísimo Sacramento, el Templete.14.La capilla de La Milagrosa, en la avenida Roosevelt.Y otras 41 parroquias y capillas que sufrieron afectaciones de diverso nivel.Después del terremoto viene la esperanza, viene la recuperación integral de las comunidades, viene la reconstrucción o restauración de nuestros templos y capillas. Confío en que, con la ayuda de todos, vamos a lograr esta meta.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali
Mar 25 Ago 2026
Hacemos historia de salvación desde la parroquia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta